La vecina madura me pidió que fingiera ser otra
Fui a su casa un viernes por la mañana, sabiendo perfectamente a qué iba y aun así con el pulso disparado como si estuviera a punto de cometer una locura por primera vez. Mi esposa, Marina, lo sabía. No solo lo sabía: había sido ella quien, después de semanas oyendo a su vecina soltar indirectas cada vez menos discretas, me dijo que fuera y averiguara qué quería de verdad.
—Ve si te atreves —me soltó esa mañana antes de irse, con una media sonrisa que me dejó excitado y confundido al mismo tiempo—. Pero luego me lo cuentas todo.
Todo. Esa palabra me acompañó durante el camino.
La mujer que me esperaba al otro lado del pasillo se llamaba Estela. Viuda desde hacía pocos años, elegante incluso para bajar la basura, de esas mujeres maduras que no necesitaban enseñar nada para hacerse notar. Pero aquella mañana no se había molestado en fingir decoro. Abrió la puerta antes de que yo tocara, como si hubiera estado pegada a la mirilla esperándome.
Llevaba un camisón fino, claro, pegado al cuerpo por la luz que entraba desde una ventana del salón. No era necesario que fuera transparente del todo; aun así se le marcaban las tetas pesadas, los pezones duros y la sombra oscura entre los muslos. Me miró primero a la cara y luego a la entrepierna, sin la menor vergüenza.
—Pensé que ibas a echarte atrás —dijo.
—Yo también lo pensé.
Sonrió de una forma rara, mitad triunfo, mitad nervios. Luego se apartó.
—Entonces entra antes de que cambies de idea.
La casa olía a café, a lavanda y a ese calor espeso que deja una mujer excitada cuando lleva rato preparándose para que la miren. Cerró la puerta detrás de mí y escuché el clic de la cerradura. No fue un gesto teatral. Sonó a decisión.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó, aunque ya venía caminando hacia el dormitorio.
—No.
—Yo tampoco.
La seguí. Me fijé en sus caderas bajo el camisón, en el balanceo lento y seguro de una mujer que conocía su cuerpo y sabía lo que provocaba. La habitación estaba medio a oscuras, con las persianas a media altura. La cama ya estaba deshecha. Sobre una silla había una bata, unas bragas y nada más. Aquello no había sido improvisado.
Estela se giró frente a mí y me estudió unos segundos. No tenía la expresión de una amante nerviosa ni la de una vecina jugando a algo inocente. Tenía hambre. Hambre de piel, de contacto, de una fantasía muy concreta que todavía no entendía.
—Quiero una cosa antes de empezar —dijo.
—¿Empezar?
—No te hagas el tonto. Los dos sabemos para qué viniste.
No pude negarlo. La tenía a menos de un metro, con ese camisón que dejaba ver lo suficiente para volverme idiota. El bulto dentro de mi pantalón era demasiado evidente. Ella lo miró y se relamió apenas.
—Quiero que hagas exactamente lo que te pida —añadió—. Si en algún momento no quieres, te vas. Pero si te quedas, me sigues el juego entero.
Asentí. La garganta se me había secado.
—¿Qué juego?
Se acercó hasta pegar una mano a mi pecho. Noté sus dedos cálidos a través de la camisa.
—Quiero que, mientras me follas, imagines que estoy en el lugar de tu mujer.
La frase me golpeó directo en la nuca. Me excitó y me incomodó al mismo tiempo.
—Estela...
—No me mientas. Sé cómo la miras cuando suben juntos en el ascensor. Sé cómo la tocas cuando creen que nadie los ve en el garaje. La deseo desde hace meses, pero ella nunca me habría dejado tocarla. Tú sí estás aquí. Así que me conformo con que me la prestes en tu cabeza.
Debí haberme ido. Lo pensé de verdad. Pero entonces me agarró la cara con las dos manos y me besó.
Fue un beso húmedo, directo, de lengua impaciente. No tanteó; me invadió la boca como si quisiera tragarme la duda antes de que pudiera hablar. La apreté por la cintura casi por reflejo y sentí el calor de su cuerpo a través del tejido. Ella gimió, me mordió el labio y me apretó el paquete con la palma abierta.
—Así me gusta —susurró—. Menos pensar y más follar.
Sus dedos bajaron al botón de mi pantalón y lo abrió sin apartar la mirada. Después me desabrochó el cinturón y la cremallera con una soltura obscena, como si llevara años imaginando ese momento. Yo la ayudé a sacarme la camisa y cayó al suelo. Ella pasó las manos por mi torso, despacio, saboreando la vista.
—Estás duro como una piedra —dijo.
—Mírate y pregúntate por qué.
Se rió. Esa risa le salió grave, satisfecha.
—Qué bien. Me gustan los hombres que llegan con ganas.
Se arrodilló delante de mí sin ceremonia. Ver a una mujer madura, segura y descarada bajando hasta quedar con la cara frente a mi polla me dio un tirón brutal en el vientre. Me sacó el pene de los bóxers y lo sostuvo con una firmeza que me hizo soltar aire por la boca. Lo miró como quien valora una herramienta que piensa usar a fondo.
—Quiero oírte decir su nombre —murmuró.
—No jodas.
Me besó la punta y sonrió al notar cómo me estremecía.
—Di el nombre de tu esposa mientras te la chupo.
—Marina...
La palabra apenas me salió y ella abrió la boca para metérmela entera. El calor de su lengua me arrancó un gemido. No chupaba con delicadeza ni con falsa timidez; tragaba y subía, volvía a bajar, apretando con los labios mojados mientras una mano me masajeaba los huevos y la otra me sujetaba la cadera para marcarme el ritmo.
—Joder... —gruñí.
Ella levantó la vista sin soltarme. Sus ojos brillaban. Siguió mamándomela con una mezcla de ansiedad y técnica que no tenía nada de improvisado. La saliva le resbalaba por la comisura y le caía al mentón. Me la sacó un momento para escupir sobre el tronco y extenderlo con la mano antes de volver a hundírsela hasta donde pudo.
—Así la chupas tú, ¿no? —dijo con la voz rota—. Así se la chupas a tu mujer.
Me agarré al cabecero de la cama porque las piernas empezaban a aflojarme. Ella me lamió desde la base hasta el glande, dando vueltas con la lengua, y luego me succionó con fuerza, acelerando. Su camisón se había abierto entre las rodillas y alcancé a ver su coño: hinchado, húmedo, con el vello recortado y brillante de puro deseo.
—Mírame —ordenó.
La miré.
—Dime que piensas en ella.
—Estoy pensando en ella.
Gemió como si esa mentira la alimentara. Me soltó justo cuando notó que me acercaba demasiado al orgasmo.
—Todavía no —dijo, poniéndose de pie—. Quiero sentirte dentro.
Me empujó hacia la cama y me hizo sentarme al borde. Luego se sacó el camisón por la cabeza. Se quedó desnuda frente a mí, sin esconder nada. Tenía el cuerpo de una mujer muy vivida: tetas llenas, vientre suave, caderas amplias, culo generoso. Nada de eso le quitaba un gramo de morbo. Al contrario. Había una seguridad brutal en cómo se ofrecía.
Me tomó una mano y se la llevó a una teta.
—Aprieta.
Lo hice. El pezón se le endureció entre mis dedos.
—Más.
Se lo pellizqué y ella cerró los ojos, jadeando. Luego guio mi mano entre sus piernas. Tenía el coño empapado, abierto, caliente. Al tocarle el clítoris se le doblaron un poco las rodillas.
—¿Ves? —dijo—. Así me pone imaginarlo.
Metí un dedo. Me abrazó la muñeca con una desesperación que ya no podía disimular. Añadí otro y empecé a follármela con la mano, sintiendo cómo se abría y se mojaba más. Ella separó más las piernas.
—Jódeme con los dedos. Fuerte.
Obedecí. El sonido húmedo llenó la habitación. Se llevó una mano a la boca para chuparse dos dedos y luego se los metió entre las nalgas, apenas acariciándose mientras yo le bombeaba dentro del coño. La visión me puso al límite otra vez.
—Hostia, Estela...
—No pares. Así. Así. —Su respiración ya era un jadeo roto—. Dime que se lo haces a ella. Dime que tu mano está dentro de Marina.
Lo dije. Apenas lo solté, se corrió.
Fue rápido y sucio. Se apretó contra mi mano, convulsionando, chorreándome los dedos, con un gemido grave que fue subiendo hasta convertirse en un quejido largo. Cuando acabó, me miró con las pupilas abiertas y una especie de agradecimiento feroz.
—Ahora sí —susurró—. Quiero tu polla.
La tumbé sobre la cama y me coloqué entre sus piernas. Ella misma se agarró los muslos para abrirse más. Vi su coño hinchado, brillante, pidiendo guerra. Me pasé el glande por la entrada y le tembló el abdomen.
—Métela ya —soltó, impaciente—. No me hagas esperar más.
Se la hundí de una embestida. El gemido que soltó fue casi un grito. Me enterró las uñas en los hombros y arqueó la espalda, recibiéndome hasta el fondo. Estaba apretada y resbaladiza, caliente de una manera obscena. Me quedé un segundo dentro, sintiendo cómo me apretaba.
—Joder... qué coño... —murmuré.
—Muévete —ordenó—. Fóllame de verdad.
Empecé despacio, saliendo casi hasta la punta y entrando de nuevo con fuerza. La cama golpeaba la pared con cada embestida. Sus tetas rebotaban, pesadas, y ella se las agarraba para ofrecerlas, para que las mirara, para que entendiera lo mucho que estaba disfrutando.
—Más duro —jadeó—. No viniste a tratarme con cuidado.
Apreté sus piernas contra mi cintura y la empotré más fuerte. El sonido de mi polla entrando y saliendo de su coño mojado se volvió escandaloso. Ella lo recibía todo. Cada golpe le hacía abrir más la boca, cerrar los ojos, soltar palabras sueltas y órdenes cada vez más sucias.
—Así... así, cabrón... imagina que es ella... que la estás partiendo en mi cama...
Le agarré una teta y se la apreté mientras seguía clavándosela. Con la otra mano le busqué el clítoris y empecé a frotárselo en círculos secos. Estela soltó un chillido y me trabó con las piernas.
—Sí, sí, no pares... fóllame y tócame ahí... joder, qué rico...
La besé en la boca para callarla y me respondió con una mordida. Estábamos sudados, pegados, chocando con rabia. No había romanticismo en aquel momento, solo hambre compartida y una fantasía torcida que nos encendía más cuanto más la nombrábamos.
—Dilo otra vez —me pidió al oído—. Dime que es Marina.
—Te estoy follando pensando en Marina.
Estela gimió tan fuerte que casi me hace perder el ritmo.
—Sí... sí... su nombre, dame su nombre mientras me abres el coño con esa polla...
Seguí embistiendo. La levanté de las caderas para entrarle con otro ángulo, más arriba, más profundo. Ella abrió los ojos de golpe y soltó una maldición. Le pegué una nalgada. Luego otra. El sonido seco le arrancó un gemido nuevo, más ronco.
—¿Eso querías? —le pregunté.
—Sí. Sí, hijo de puta. Trátame como si me hubieras deseado toda la vida.
Le metí dos dedos en la boca y ella los chupó con voracidad mientras yo no dejaba de follarla. Luego se los saqué y le giré la cara para besarle el cuello. Su cuerpo entero estaba pendiente del siguiente golpe de cadera. Sentía cómo me apretaba más a cada segundo.
—Me voy a correr —dijo—. No aflojes ahora. No se te ocurra aflojar.
Le froté el clítoris más rápido y ella se corrió otra vez, esta vez debajo de mí, con los muslos temblando y el coño contrayéndose alrededor de la polla. La seguí embistiendo durante su orgasmo, aprovechando cada espasmo, cada apretón, cada gemido descontrolado que le salía del pecho.
—Joder, Estela, me vas a hacer correr.
—No. Todavía no. Date la vuelta.
Me costó un segundo entenderla. Ella me empujó del pecho hasta hacerme caer de espaldas sobre la cama. Luego se incorporó, con el pelo revuelto y la cara roja de excitación, y se montó encima de mí. Agarró mi polla, aún dura y brillante, y se la colocó en la entrada del coño. Bajó despacio, apretando los dientes mientras se la metía entera otra vez.
—Mírame —dijo.
La miré.
Empezó a cabalgarme con un ritmo lento al principio, saboreándolo. Sus tetas botaban frente a mí. Yo las agarré con las dos manos y las amasé con fuerza, sintiendo el peso caliente y la textura de su piel sudada. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás, ofreciéndome la garganta.
—Muérdelas.
Le atrapé un pezón con la boca y ella dio un respingo delicioso, sin dejar de moverse. Luego aceleró. Subía y bajaba sobre mi polla con una decisión casi salvaje, clavándose hasta el fondo y sacándomela casi entera antes de volver a sentarse. El sonido húmedo entre nuestras pelvis se mezcló con su respiración rota.
—Así... así... me encanta cómo me llenas...
Le agarré las caderas y empecé a impulsarla yo también, haciéndola caer más fuerte. Su culo golpeaba mis muslos. Cada vez que bajaba se le escapaba un gemido distinto. Una veces era un «sí», otras una blasfemia, otras el nombre de mi esposa murmurando como una adicta a su propia fantasía.
—Marina... joder... Marina...
Eso me descolocó y me excitó aún más. La vi perdida en su delirio, usándome para montarse una escena que solo existía en su cabeza. Y entonces pasó.
Justo cuando empezó a moverse más rápido, al borde de otro orgasmo, me miró sin verme de verdad y gritó otro nombre.
—¡Rafael!
Me quedé duro bajo ella, no de excitación sino de sorpresa. Rafael era su marido muerto.
Pero Estela no se detuvo. Seguía montándome con furia, apretando el coño alrededor de mi polla mientras su cara era un puro descontrol. Volvió a gritarlo.
—¡Rafael, sí! ¡Así me follabas, cabrón!
Sentí una punzada extraña en el pecho. Quise pararla, apartarla, preguntarle qué coño estaba pasando. Pero la sensación de su cuerpo cabalgándome, de sus músculos apretándome mientras mezclaba el nombre de su difunto con el de mi esposa, me dejó atrapado en una mezcla de morbo, desconcierto y deseo bruto.
—Estela...
—No pares —soltó, casi desesperada—. No hables. Solo fóllame.
La cogí por la cintura, me incorporé un poco y empecé a clavársela desde abajo con golpes secos, acompasando su movimiento. Ella gritó otra vez, ahora más fuerte. El colchón crujía. Sus uñas me arañaron el pecho. Se estaba corriendo encima de mí y se notaba en todo: en cómo temblaba, en cómo se le cerraba el coño, en cómo apretaba la mandíbula para no romperse.
—¡Rafael! ¡Joder, Rafael!
Se vino con un espasmo brutal, apretándome tanto que me sacó un gruñido. Yo no aguanté más. Le clavé los dedos en las caderas y me corrí dentro de ella, bombeando en varias sacudidas mientras ella seguía convulsionando, todavía montada, todavía perdida en esa mezcla de presente, fantasía y recuerdo.
Se dejó caer sobre mi pecho. Los dos jadeábamos, empapados. El cuarto olía a sexo recién hecho, a sudor, a saliva, a sábanas calientes. Me quedé mirando el techo unos segundos, intentando ordenar lo que acababa de pasar.
Ella fue la primera en hablar.
—Lo siento.
No sonó avergonzada. Sonó agotada.
—Has dicho su nombre.
Asintió contra mi pecho. Luego levantó la cabeza.
—Y antes dije el de tu esposa. Te lo advertí: no quería solo follar. Quería sentir cosas prestadas. —Se incorporó un poco, todavía con mi polla dentro, cada vez más blanda—. Quería mezclar el deseo de ahora con lo que ya no tengo.
No supe qué responder. Ella salió de encima de mí despacio y un hilo de semen se le escurrió por el muslo. No hizo nada por limpiarlo. Se sentó al borde de la cama, dándome la espalda un momento, y luego se giró.
—Si quieres irte, lo entenderé.
Debí haberme vestido ahí mismo. En lugar de eso, me acerqué y le aparté el pelo del cuello. Tenía la piel erizada. La besé detrás de la oreja y sentí cómo soltaba el aire, tensa otra vez.
—No quiero irme todavía —dije.
Me miró como si no esperara esa respuesta. Luego abrió un poco las piernas y se llevó dos dedos al coño, sacando una mezcla de su flujo y mi corrida. Se la miró en la yema y después me la ofreció.
—Entonces vuelve a ponerme caliente.
Le chupé los dedos sin apartar la vista de su cara. El gemido que le saqué fue bajo, casi tímido esta vez. No tardé en bajar por su cuello, morderle suavemente una teta, lamerle el pezón endurecido. Ella me acarició el pelo y separó más las piernas.
Me arrodillé entre sus muslos y le abrí el coño con los pulgares. Estaba sensible, hinchado, todavía húmedo y con restos de mi semen asomando. Pasé la lengua de abajo arriba y me lo llevé todo. Estela soltó un quejido ronco.
—Joder... qué bruto.
Seguí comiéndoselo despacio al principio, concentrado en el clítoris, alternando chupadas largas con lamidas firmes. Luego le metí la lengua cuanto pude, saboreando cómo volvía a mojarse enseguida. Ella se retorcía sobre la cama, me agarraba de la cabeza, me guiaba sin pudor.
—Ahí... no, más arriba... sí... sí, no pares...
Le metí dos dedos mientras le chupaba el clítoris y empezó a jadear de nuevo. Sus caderas buscaban mi cara con hambre. Ya no decía el nombre de nadie. Solo insultos, jadeos, ruegos. Eso me gustó. Me hizo sentir que, al menos en ese instante, estaba presente conmigo.
—Me voy a correr otra vez —avisó con voz temblorosa—. No me sueltes ahora.
No la solté. La hice correrse en mi boca, apretándole el muslo con una mano y follándola con los dedos con la otra. Acabó temblando, respirando a tirones, empujándome la cara contra el coño mientras se vaciaba en espasmos cortos y seguidos.
Cuando levanté la cabeza, me miró con una expresión distinta. Más blanda. Menos pose.
—Gracias —murmuró.
—No me des las gracias como si te hubiera hecho un favor.
—¿Y si lo fue?
Nos quedamos callados unos segundos. Después me tumbé a su lado. El silencio ya no era incómodo, solo denso. Afuera, en algún piso cercano, sonó una aspiradora. Un ruido normal, absurdo, que hizo todavía más extraño aquel encierro lleno de fluidos y nombres ajenos.
—Marina va a querer saberlo todo, ¿no? —preguntó ella.
—Sí.
—Cuéntaselo todo. Incluso esto.
—¿También lo de tu marido?
Cerró los ojos un instante.
—Sobre todo eso.
Me vestí sin prisa. Ella no se tapó. Se quedó sentada en la cama viéndome recoger la ropa, con el coño aún enrojecido y el pelo revuelto, como una reina cansada después de una batalla privada. Antes de salir, se acercó y me abrazó desnuda. Sentí sus tetas contra mi pecho, su aliento en el cuello.
—No sé si quería acostarme contigo —susurró— o con lo que representabas.
—Tal vez con las dos cosas.
—Tal vez.
Me dio un beso corto, distinto al primero. Menos hambriento, más humano.
Salí de su apartamento con las piernas todavía flojas y la cabeza hecha un ruido. En el pasillo seguía siendo de día, seguían sonando puertas, seguían pasando vecinos como si el mundo no se hubiera movido ni un centímetro. Pero yo llevaba encima el olor de una mujer madura que me había usado para acostarse a la vez con su recuerdo y con su fantasía.
Y lo peor, o lo mejor, era que ya estaba pensando en cómo se lo iba a contar a mi esposa cuando volviera a casa.
Para quienes leen desde Buenos Aires: chicas escort en Palermo, con fotos reales.