Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La depilación lésbica que terminó en mi primera vez

Eran más de las tres de la tarde cuando llegué con mi amiga Vera a un centro de estética del que nos habían hablado muy bien. Llevábamos días fantaseando con escaparnos un fin de semana y, entre vestidos, trajes de baño y risas frente al espejo, terminamos aceptando una verdad simple: las dos queríamos una depilación completa antes de viajar.

Yo no conocía el lugar. Ella hizo la llamada, pidió turno para las dos y me arrastró con esa seguridad suya que siempre me desarmaba un poco. Lo que para mí iba a ser una cita incómoda con cera y pudor, cambió apenas se abrió la puerta.

Nos recibió una mujer rubia, de ojos claros y perfume limpio, demasiado limpia para un día tan húmedo. Dijo llamarse Elisa y nos hizo pasar a una salita con sillones bajos, música suave y un aroma a aceites que se pegaba a la piel incluso sin tocarla. Me sonrió con calma, pero la que me dejó sin aire fue la otra.

La dueña del lugar apareció desde el fondo con una bata blanca entallada, el cabello oscuro recogido y una boca que parecía hecha para decir barbaridades con tono amable. Se presentó como Lorena, nos dio un beso en la mejilla a cada una y nos miró de arriba abajo sin disimulo, como si ya supiera qué había debajo de nuestra ropa.

—Qué bellas vinieron las dos —dijo con una risa baja—. Van a salir todavía mejor.

Vera, que no conocía la vergüenza, respondió primero. Yo apenas sonreí. Me costaba sostenerle la mirada a esa mujer, no porque fuera solo atractiva, sino porque tenía una forma descarada de observarme, como si me estuviera leyendo el cuerpo antes de tocarlo.

—¿Quién pasa primero? —preguntó.

—Yo —saltó Vera—. Después tengo que irme volando.

—Perfecto —dijo Lorena—. A tu amiga la cuidamos mientras espera.

Elisa se sentó a mi lado cuando Vera entró al gabinete. Hablamos de cualquier cosa al principio: el calor, el tráfico, las vacaciones. Después no sé cómo terminamos hablando de relaciones, de decepciones, de hombres, de mujeres que a veces entienden mejor el cuerpo ajeno que quien se acuesta contigo por costumbre.

Siempre tuve fama de saber escuchar. Mis amigas me contaban todo. Yo daba consejos que sonaban sensatos, maduros, seguros, aunque por dentro no siempre me sintiera así. Con Elisa pasó lo mismo. Me habló de una ruptura reciente, de cómo extrañaba que la tocaran bien, de cómo una mujer puede pasar meses sin correrse por no atreverse a pedir lo que le gusta.

—¿Y tú? —me preguntó, acercándose un poco—. ¿Te atreves a pedirlo?

Tragué saliva. No sé si por el perfume o por el tono de su voz, pero sentí un tirón húmedo entre las piernas.

—Depende —respondí, fingiendo serenidad.

—Eso es un no bonito —dijo ella sonriendo.

La puerta se abrió más de media hora después. Vera salió despeinada, con una expresión sospechosamente relajada y los labios demasiado brillantes. Lorena venía detrás con esa calma insolente que ya me tenía nerviosa.

—Pasa la consejera —dijo Vera, riéndose—. Ya les conté que eres la que arregla la cabeza de todas.

—No exageres —murmuré, aunque ya estaba colorada.

Entré al gabinete con el pulso acelerado. La luz era tenue, nada clínica. Había una camilla ancha cubierta por toallas limpias, frascos de aceite sobre una bandeja, una cera tibia preparada en un calentador, y la música estaba apenas por encima del silencio. No parecía un lugar para sufrir tirones de depilación. Parecía un lugar pensado para que una se rindiera.

—Relájate —me dijo Lorena al cerrar la puerta—. ¿Es tu primera vez con depilación completa?

—Sí.

—Entonces voy a ir despacio. Si algo te molesta, me lo dices. Si algo te gusta, también.

La última frase me golpeó más de la cuenta. Me indicó dónde dejar la ropa, me dio una toalla y se giró con aparente profesionalismo para darme privacidad. Aun así, me temblaron los dedos al desvestirme. Cuando me acosté boca abajo, desnuda bajo la toalla, sentí que ya no estaba yendo a depilarme. Sentí que me estaba entregando a algo que no sabía nombrar.

Lorena empezó por la espalda. Vertió aceite tibio sobre mis hombros y lo extendió con las manos abiertas, firmes, expertas. No era un masaje cualquiera. Sus palmas recorrían mi piel con una lentitud calculada, aflojando músculo por músculo, y cada vez que pasaba cerca de mis costillas o bajaba hacia la cintura, me hacía contener el aire.

—Estás muy tensa —dijo.

—Un poco.

—Eso ya lo noté.

Sus dedos se hundieron en la base de mi cuello, luego bajaron por la columna hasta la curva de mis caderas. La toalla cubría mis nalgas, pero no tardó mucho en moverla con cuidado.

—Voy a trabajar más abajo —avisó—. Quiero que el cuerpo suelte antes de empezar.

Yo asentí, aunque sabía que no me estaba soltando por el masaje. Me estaba soltando porque una mujer desconocida estaba tocándome con una seguridad que jamás había sentido en manos ajenas. Sus palmas amasaron mis nalgas sin apuro, separándolas apenas, pasando por la parte alta de los muslos, rozando demasiado cerca del centro de mi cuerpo.

La primera vez que un dedo suyo acarició, casi por accidente, la piel húmeda entre mis piernas, se me escapó un sonido. No un gemido completo, pero sí algo que no dejaba dudas.

—¿Todo bien, corazón? —preguntó.

—Sí.

—Estás mojada y todavía ni empecé ahí.

No supe qué responder. Ella soltó una risa baja, sin crueldad, como quien confirma algo que ya esperaba. Después siguió masajeándome con más descaro, deslizando los dedos por la cara interna de mis muslos, presionando apenas en el borde de mis labios, retirándose justo antes de tocar donde más lo necesitaba.

Cuando me pidió que me diera vuelta, ya tenía la respiración irregular. Me acosté boca arriba y ella acomodó la toalla de manera que cubriera lo mínimo. Mis pechos quedaron al aire, y vi cómo sus ojos se detenían un segundo en mis pezones endurecidos.

—También estás tensa aquí —dijo, apoyando las manos en mis hombros.

Me masajeó el pecho por encima, sin tocar los pezones al principio. El aceite corrió tibio por mi clavícula, por la parte alta de las tetas, por el estómago. Sus manos bajaron despacio a mi vientre y se abrieron sobre mis caderas, dominando mi cuerpo entero con un gesto simple.

—Voy a preparar la zona para que no duela tanto —murmuró.

—Haz lo que tengas que hacer.

—¿Solo lo que tenga que hacer?

La miré. Ella sonreía. Yo estaba excitada como una idiota y ya no tenía ganas de fingir inocencia.

—Haz lo que quieras —le dije.

Esa vez no disimuló. Pasó un dedo por la línea de mi monte, apartó despacio los labios y rozó mi clítoris apenas con la yema. Mi espalda se arqueó. Cerré los ojos. Ella volvió a hacerlo, una, dos, tres veces, cada vez con un poco más de presión, hasta que mi coño respondió solo, abriéndose, mojándose más, pidiéndole sin palabras que no parara.

—Así me gusta —susurró—. Que me digas la verdad con el cuerpo.

Tomó un poco de cera y empezó de verdad la depilación, pero el trabajo estaba mezclado con otra cosa. Antes de cada tirón, sus dedos acariciaban mi piel, calmando, excitando, confundiendo dolor y placer. Me separaba los labios con una mano mientras con la otra trabajaba precisa, limpia, y entre un movimiento y otro, el pulgar volvía a mi clítoris como si necesitara asegurarse de que yo siguiera respondiendo.

—Estás temblando —dijo.

—No sé si por nervios.

—No, eso no es nervio. Eso es ganas.

Se inclinó sobre mí y me besó. No fue un beso casto ni dudoso. Su lengua entró directa, caliente, dominándome la boca igual que sus manos me dominaban entre las piernas. Le agarré la muñeca sin pensar, y ella aprovechó para meterme dos dedos de golpe en el coño, lentos primero, hasta el fondo después.

Gemí contra su boca. Un gemido claro, abierto, de mujer excitada de verdad. Lorena se separó apenas para mirarme.

—Dilo.

—¿Qué?

—Que te gusta.

—Sí... me gusta.

—No te oigo.

—Me encanta.

Ella sonrió y volvió a meterme los dedos, esta vez girándolos dentro, frotando ese punto que no siempre me encontraban. Mi coño se contrajo de inmediato. Sentí humedad resbalando hacia la sábana y me dio vergüenza un segundo, hasta que la vi mojarse los dedos con lo mío y lamerlos sin apartar la vista de mi cara.

—Qué rico sabor tienes —dijo—. Y recién empiezas.

Después bajó. Me abrió bien las piernas, me las sostuvo por dentro de los muslos y enterró la cara entre ellas. La primera lamida fue larga, de abajo arriba, separando mis labios con la lengua. La segunda se concentró en mi clítoris, succionándolo despacio. La tercera ya me arrancó un gemido obsceno.

Jamás me habían comido el coño así. No como un trámite, no con torpeza, no apurados por llegar a otra cosa. Lorena sabía exactamente cuándo lamer suave y cuándo chupar fuerte, cuándo meter la lengua dentro y cuándo volver al clítoris para dejarme temblando. Sus manos me sujetaban las caderas y me inmovilizaban cuando intentaba escapar del exceso de placer.

—Quédate ahí —ordenó, con la boca pegada a mi coño.

La obedecí. Tenía la cabeza hecha humo. Sentía su lengua mojándome toda, entrando, saliendo, rodeando el clítoris, y de vez en cuando uno de sus dedos volvía a hundirse en mí para acompañar el ritmo. Me estaba follando con la boca y con la mano al mismo tiempo, sin una pizca de ternura falsa, con hambre real.

—Lorena... —jadeé.

—Eso, dilo otra vez.

—No pares.

No paró. Chupó más fuerte, me metió dos dedos hasta los nudillos y empezó a moverlos rápido, golpeando por dentro mientras la lengua no dejaba mi clítoris. El orgasmo me subió como un espasmo caliente desde el vientre. Intenté cerrar las piernas, pero ella me las abrió más. Me corrí en su boca con un grito ronco, moviendo la pelvis sin control, y ella siguió lamiendo incluso cuando ya estaba sensible, arrancándome pequeños quejidos entrecortados.

Cuando levanté la cabeza, vi que la puerta estaba entreabierta. Elisa estaba allí, mirándonos, quieta, respirando un poco más rápido de lo normal. No parecía sorprendida. Parecía excitada.

—Tienes una llamada —dijo, aunque nadie en ese cuarto creyó que hubiera venido por eso.

Lorena se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió.

—Ahora no, Elisa. Estoy ocupada.

Yo debería haberme tapado, debería haber sentido pudor, pero tenía las piernas abiertas, el coño latiendo y la boca aún húmeda del beso de otra mujer. Lo único que sentí fue una oleada nueva de deseo cuando Elisa entró del todo y cerró la puerta tras de sí.

—Vera ya se fue —dijo ella, clavándome los ojos—. Te dejó en buenas manos.

—Eso parece —murmuré.

Elisa se acercó a la camilla y Lorena le tomó la cintura. Se besaron delante de mí, lento al principio, con esa familiaridad de quienes ya se conocen el gusto. Yo las miraba sin poder apartar la vista. El beso se volvió más sucio. Elisa le metió la lengua hasta hacerla gemir, y Lorena deslizó una mano entre sus piernas por encima del vestido, arrancándole un jadeo corto.

—¿Te gusta mirar? —me preguntó Elisa, sin dejar de mirarme.

—Sí.

—Entonces también vas a tocar.

Me hicieron sentarme en la camilla. Lorena se puso detrás de mí, besándome el cuello y amasándome los pechos, mientras Elisa se colocó de pie entre mis piernas. Levanté las manos casi por instinto y las apoyé en sus caderas. Ella tomó mis muñecas y las guio hacia arriba, a sus tetas, firmes bajo la tela.

—Aprieta —me dijo.

Lo hice. Sentí cómo se le endurecían los pezones. Lorena me mordió el lóbulo y una de sus manos volvió a mi coño, encontrándolo todavía mojado, demasiado sensible.

—Mírala cuando la toques —susurró en mi oído—. Quiero verte perder la vergüenza.

Elisa se quitó el vestido por la cabeza sin espectáculo. Debajo no llevaba sostén. Sus pechos cayeron libres, maduros y perfectos. Me inclinó la cara hacia ellos y entendí lo que quería. Abrí la boca y chupé un pezón mientras Lorena me metía dos dedos otra vez. Elisa soltó un gemido grave y me agarró del cabello sin violencia, marcando el ritmo con pequeños tirones.

—Así... así, joder —dijo.

La excitación me había barrido cualquier resto de timidez. Lamiqué su otro pezón, mordí suave, bajé con besos por su vientre. Ella apartó la ropa interior a un lado y me ofreció su coño directamente, depilado, brillante, oliendo a deseo caliente.

—Come —ordenó.

Yo obedecí. Metí la lengua entre sus labios y sentí cómo se abría para mí. Elisa tenía un sabor más fuerte, más espeso. Mientras la lamía, Lorena seguía detrás, tocándome los pechos, metiéndome dedos, frotándome el clítoris con una paciencia cruel que me dejaba al borde otra vez.

Elisa apoyó una pierna en la camilla para darme mejor acceso. Yo la chupaba con ganas, pasando la lengua por el clítoris y hundiéndola después dentro de su coño, escuchando sus jadeos cada vez más cortos. Sentí entonces otra mano entrando en mi boca: Lorena me ofrecía dos dedos mojados con mi propia excitación.

Los chupé. Ella gimió detrás de mí.

—Buena chica —murmuró—. Ya aprendiste rápido.

Me hicieron recostarme otra vez, pero ahora ya no era una clienta. Era el centro del juego. Elisa se desnudó por completo y subió a la camilla. Lorena se quitó la bata y vi por fin su cuerpo entero: pechos grandes, cintura fuerte, piernas firmes, coño húmedo como el mío. La visión me calentó de golpe.

—Ábrete bien —dijo Lorena.

Me coloqué como me pidió, con las rodillas separadas. Elisa se acomodó sobre mi cara y bajó hasta que su coño quedó a centímetros de mi boca. Lorena, en cambio, se acostó entre mis piernas y volvió a lamerme. El primer contacto doble me sacudió completa.

Tenía el coño de Elisa sobre la lengua y la boca de Lorena devorándome abajo. Era demasiado y por eso mismo era perfecto. Chupé a Elisa con ganas, agarrándole las nalgas para acercarla más, mientras Lorena me follaba con la lengua y me metía dedos en un ritmo que no dejaba espacio para pensar.

La camilla crujía con nuestros movimientos. El aceite sobre la piel hacía que nos resbaláramos unas contra otras. Escuchaba mis propios gemidos mezclados con los de ellas, húmedos, groseros, cada vez menos controlados.

Elisa empezó a moverse sobre mi cara con hambre, frotando su clítoris contra mi lengua. Yo la sujeté mejor y la chupé más fuerte. Arriba de mí, su respiración se volvió un jadeo urgente.

—No aflojes... así... me voy a correr.

Abajo, Lorena apartó la boca y me escupió en el coño antes de meterme tres dedos. Sentí el golpe completo, profundo, y casi me atraganté del placer. Ella empezó a follarme la mano con fuerza, sacando y metiendo los dedos empapados mientras el pulgar me machacaba el clítoris.

—Quiero que te corras comiéndola —dijo—. Quiero sentir cómo aprietas mientras la haces acabar.

Eso hizo explotar algo en mí. Chupé a Elisa con más hambre, lamiendo rápido, metiendo la lengua dura en su entrada, volviendo al clítoris. Ella gritó mi nombre, me agarró del cabello con ambas manos y se corrió en mi boca, temblando encima de mí. Su coño palpitó contra mi lengua, mojándome más.

En cuanto sentí su orgasmo, el mío llegó detrás, brutal. Lorena no aflojó ni un segundo. Sus dedos siguieron entrando y saliendo, su pulgar presionando exacto, hasta que me corrí con la espalda arqueada y las piernas sacudiéndose sin control. Gemí tan fuerte que me dio igual quién pudiera oírnos.

Nos quedamos un momento respirando, pero no era el final. Lorena se incorporó con la boca brillante y buscó algo en el cajón lateral de la camilla. Sacó un juguete corto, curvo, de silicona oscura. Lo untó con lubricante y me lo mostró sin vergüenza.

—Si no quieres, no —dijo.

Lo quería. Se lo quité de la mano y lo apreté entre los dedos antes de devolvérselo.

—Sí quiero.

Elisa se colocó a mi lado para besarme mientras Lorena se acomodaba entre mis piernas. Me abrió despacio y apoyó la punta del juguete en mi entrada, haciéndolo girar apenas. Yo estaba sensible, pero tan mojada que entró con facilidad. Sentí el grosor estirándome y lancé un quejido contra la boca de Elisa.

—Respira —susurró ella—. Está entrando delicioso.

Lorena empezó con embestidas cortas, medidas, buscando cómo respondía mi cuerpo. Cuando notó que me estaba entregando, profundizó. El juguete me follaba con un ritmo cada vez más firme, y al mismo tiempo su otra mano me amasaba una teta y luego bajaba a frotarme el clítoris. Elisa me besaba, me mordía el labio, me chupaba los pezones, y de vez en cuando me metía dos dedos en la boca para escucharme gemir alrededor de ellos.

—Joder, qué bien te abres —dijo Lorena—. Mírate cómo lo tragas.

Bajé la vista. Verla follándome así, ver mi coño recibiendo cada empuje brillante de lubricante y de mi propia humedad, me excitó todavía más. No había poesía en eso. Era carne, ganas, fluidos, ruido de piel contra piel. Era exactamente lo que mi cuerpo había pedido sin saberlo.

—Más —le dije.

—Eso quería oír.

Aceleró. El juguete entraba y salía con un golpe seco, profundo, tocándome por dentro de una manera que me hacía apretar los dientes. Elisa bajó entonces entre mis piernas y empezó a lamerme el clítoris mientras Lorena seguía penetrándome. Casi lloré del exceso. Dos mujeres dándome placer sin pausa, sin delicadeza falsa, completamente volcadas a hacerme perder la cabeza.

—Me voy a correr otra vez —avisé, desesperada.

—Pues córrete —dijo Lorena—. Córrete fuerte.

Elisa me succionó el clítoris justo cuando Lorena hundió el juguete hasta el fondo y lo mantuvo ahí, vibrando apenas con la mano. Mi cuerpo se cerró sobre él. El orgasmo me atravesó entera, más largo que el primero, con sacudidas que me hicieron gemir obscenidades sin pensar. Sentí cómo mi coño se contraía una y otra vez alrededor del juguete mientras Elisa seguía lamiéndome el exceso, sin dejar que bajara.

Cuando por fin pararon, yo estaba rendida, sudada, con las piernas abiertas y la cabeza vacía. Lorena retiró el juguete despacio. Elisa me limpió con una toalla tibia, sorprendentemente tierna. Las dos se movían con la tranquilidad de quien conoce muy bien lo que acaba de hacer.

—Ahora sí terminamos la depilación —dijo Lorena, y las tres nos echamos a reír.

Lo increíble fue que la terminó de verdad. Con paciencia, entre alguna caricia extra y besos robados, dejó mi piel impecable. Yo seguía flotando, todavía sensible, todavía húmeda de a ratos. Cuando me vestí, mis piernas temblaban un poco.

Antes de salir, Lorena me sostuvo de la cintura y me dio un beso más lento, menos urgente, pero igual de profundo.

—Ya no eres tan buena dando consejos si nunca te los aplicas —murmuró.

Elisa se acercó después y me besó también, breve pero cargado de promesa. Yo las miré a las dos y entendí que algo en mí se había movido para siempre. No era solo que me hubiera corrido como nunca. Era haber descubierto, de la forma más cruda y deliciosa, una parte de mi deseo que llevaba años esperando cuerpo, manos y lengua.

Salí del centro de estética con la piel ardiendo, el coño todavía palpitando y una sonrisa imposible de disimular. Aquella tarde fui por una depilación y terminé estrenando una versión de mí misma que ya no iba a volver a esconderse.

Desde entonces, cuando alguna amiga me pide consejo sobre su vida sexual, sonrío antes de hablar. Porque a veces una cree que va a explicar el deseo y termina desnuda, con las piernas abiertas, aprendiendo por fin a decir sí.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.