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Relatos Ardientes

La señora del hotel jugó conmigo diez días

Me llamo Adrián, tengo treinta y seis años, y normalmente no viajo solo. Lo evito, de hecho. Me gusta la compañía, las risas compartidas, las conversaciones que se estiran hasta que la botella se vacía. Pero esa vez lo necesitaba. Me había quedado solo por decisión propia, después de una ruptura larga y honesta, sin gritos ni traiciones, pero con ese sabor amargo que deja el desgaste lento del cariño.

Estaba en ese punto en que uno no busca nada, pero en secreto desea que algo lo encuentre.

Elegí Nerja por casualidad. O por instinto. Era pleno agosto, el pueblo ardía bajo un sol que no daba tregua, y yo necesitaba el tipo de calor que no se apaga con aire acondicionado. Reservé un hotel blanco y silencioso, en una ladera con vistas al Mediterráneo. Un refugio de paredes encaladas, jazmín en los pasillos y un silencio que no molestaba.

Llegué un martes. Me instalé, apagué el móvil, me descalcé. No tenía planes. No buscaba distracciones, solo sol y mar. Pero el universo, caprichoso como siempre, tenía otra idea.

Fue la primera mañana, al bajar a desayunar, cuando la vi.

Estaba sentada junto al ventanal, leyendo un libro y bebiendo un café tan negro como su melena. Llevaba una blusa de lino blanco, abierta lo justo para invitar a mirar sin que pareciera intencionado. Tenía la piel bronceada, unos labios carnosos que apretaban la cucharilla con aire distraído y una seguridad en la postura que decía sin palabras: he vivido, y he vivido bien.

No pude evitar mirarla. Y ella lo notó.

Giró el rostro despacio, mantuvo la mirada tras unas gafas oscuras y sonrió apenas con una comisura. Fue una sonrisa peligrosa. No seductora en el sentido clásico. Era la sonrisa de quien sabe más de lo que muestra y solo lo comparte si le apetece.

Sentí un escalofrío. Y me reí por dentro.

El segundo encuentro fue junto a la piscina, al mediodía. Yo nadaba solo, intentando convencerme de que ese viaje todavía era un ejercicio de introspección. Salí del agua empapado, con el sol pegándome como un abrazo violento, y ella bajó las escaleras con un pareo rojo que no se molestó en ajustar. El viento lo levantó un instante y dejó a la vista unas piernas firmes que no temían ser miradas.

—¿Te gusta lo que ves o solo estás juzgando? —dijo, sin presentarse.

—¿Juzgando? —respondí con una sonrisa ladeada—. Para eso tendría que haber terminado de mirar. Y todavía no he acabado.

Se detuvo junto a una tumbona, dejó su bolso, se quitó las gafas y me miró por primera vez con los ojos al descubierto. Eran verdes, con esa veta ámbar que delata a la gente peligrosa.

—Elena —dijo, sentándose con una copa que olía a ron y menta—. Cincuenta y dos, por si pensabas endulzarme con frases tipo «te conservas bien».

—Adrián. Treinta y seis. Y no soy de conservar. Prefiero derretir.

Su carcajada fue una mezcla de sorpresa, interés y aprobación. Fue entonces cuando supe que ese viaje sería cualquier cosa menos solitario.

***

Pasamos los días siguientes en un juego elegante. No siempre hablábamos. A veces bastaba con coincidir. En el desayuno, nuestras mesas siempre estaban cerca. En la playa, su toalla aparecía misteriosamente a dos pasos de la mía. Nos saludábamos con ese tono neutro, casi desinteresado, pero las miradas jugaban en otro nivel.

Ella tenía el arte de provocar sin ser vulgar, y yo una voluntad débil cuando alguien se movía con tanto control.

Una tarde, durante la siesta colectiva del hotel, la encontré en el pequeño spa. Estaba sola en el jacuzzi. Sabía que estaría allí. Entré sin decir nada, me metí al agua y nos miramos.

—¿Buscas relajarte o provocar? —dijo, sin dejar de observarme mientras el vapor le cubría los hombros.

—¿Y tú? ¿Buscas olvidarte del mundo o ser el centro de él?

Nos quedamos en silencio. El agua tibia nos rozaba la piel. Yo veía sus rodillas emerger apenas, como islas que invitaban al naufragio. Bajo la superficie, con la excusa del vapor, ella dejó que uno de sus pies subiera lento por mi pantorrilla, por la cara interna del muslo, hasta rozarme la polla ya dura por encima del bañador. La presionó con el empeine, sin apuro, midiendo mi respiración, y yo me mordí el labio para no gemir. Ella sonrió. Retiró el pie con la misma calma con la que lo había puesto, como quien apaga una vela solo para mirar el humo.

—Todavía no —murmuró—. Cuando lo haga, quiero que sea sin agua de por medio. Quiero verte entero.

No hicimos nada más. Pero juro que fue más erótico que muchas camas que he compartido. Al final, ella se marchó a su habitación y dejó en el aire un vacío lleno de deseo.

La tensión crecía. En el bar del hotel jugábamos a ignorarnos. Ella charlaba con otros huéspedes. Yo me acercaba a otras mujeres. Pero era pura estrategia: no nos perdíamos de vista. Había noches en que ni nos saludábamos. Y otras, como aquella en que pusieron salsa, en que el cuerpo decía lo que la boca callaba.

La música sonaba caliente. Ella me ofreció la mano sin palabras. Acepté sin cuestionar. Bailamos. Su cadera chocó contra la mía. Su muslo se deslizaba entre los míos con un ritmo antiguo, como si conociera cada paso antes de darlo. Sentía su pubis apretado contra el bulto de mi pantalón, restregándose apenas, con una precisión obscena disfrazada de coreografía.

—No tienes ni idea de lo que estás haciendo —me susurró.

—Estoy aprendiendo. Pero tengo buen oído. Y mejor memoria.

—Veremos si también tienes buena lengua. Porque te voy a hacer chuparme el coño hasta que te tiemblen las mandíbulas.

Se alejó después de decirlo y me dejó con el pulso acelerado y la polla dura marcada bajo la tela. Más tarde, tras demasiadas copas, nos sentamos en el patio interior del hotel, donde el jazmín lo perfumaba todo y el silencio era una promesa.

—¿Qué buscas en unas vacaciones solo? —me preguntó, sin preámbulos.

—Nada. O quizá algo que no sé que necesito.

—¿Y si lo encuentras?

—¿Tú lo eres?

Elena me sostuvo la mirada, seria por primera vez.

—Podría serlo. Pero me gusta jugar antes. Ver si de verdad tienes hambre o solo estás aburrido.

Me incliné hacia ella. Nuestras bocas casi se rozaron. Pero no la besé.

—Eres peligrosa —dije—. No lo olvides.

***

La noche siguiente fue distinta. El ambiente estaba cargado. Nos habíamos esquivado todo el día. Ni miradas, ni saludos. Y entonces, en el bar, apareció con un vestido negro sin espalda y unos tacones imposibles. Parecía sacada de otro tiempo.

—¿Te cuento un secreto? —dijo, acercándose a mi oído.

—Dímelo.

—¿Sabes cuál es el lugar más prohibido de este hotel? El mirador de la azotea. Cerrado «por mantenimiento». Una pena. Tiene las mejores vistas al mar. Y una acústica perfecta para ciertos sonidos.

Lo soltó como quien habla del clima. Luego se alejó. Pero antes de subir las escaleras me lanzó una mirada rápida. La única invitación explícita en todos esos días.

Esperé unos minutos. No por dignidad, sino por puro deseo de alargar la agonía. Después subí.

La encontré en el mirador, de espaldas, con el vestido pegado al cuerpo por la brisa del mar. Fumaba con la elegancia de quien ha vivido muchas vidas. Me acerqué.

—Tardaste —susurró.

—No soy de correr. A menos que valga la pena.

Tiró el cigarrillo por la balaustrada, me giró el rostro con una mano, lenta, y me besó con una furia que llevaba días conteniendo. Mi lengua se hundió en su boca como buscando respuestas. Sus dientes me mordieron el labio inferior hasta arrancarme un gemido, y ella se rió bajito contra mi boca. Mis manos recorrieron su cuerpo con hambre, le apreté las tetas por encima del vestido, sentí los pezones ya duros marcados en la tela, y bajé la mano al filo del muslo. Le levanté el vestido de golpe. Debajo no tenía nada. Nada. Solo piel caliente y el vello recortado, y una humedad que empapaba el aire.

—Toca —jadeó—. Comprueba lo mojada que me tienes desde hace días.

Hundí los dedos entre sus labios abiertos y encontré el coño empapado, palpitando. Ella soltó un gemido ronco cuando le entraron dos dedos hasta el fondo, y me clavó las uñas en la nuca. La follé con la mano ahí, contra la pared del mirador, mientras el pulgar le trabajaba el clítoris en círculos lentos. Elena movía la cadera contra mi mano, buscándome, jadeando obscenidades en mi oído.

—Sí… así, cabrón… hazme un dedo más… lléname…

Metí tres. Los saqué brillantes, se los pasé por los labios y ella los chupó como si fueran una polla, mirándome a los ojos, la lengua enrollándose alrededor con una lentitud calculada.

—Sabes a mí —le dije con la voz rota—. Mira cómo me pones.

La bajé de rodillas frente a mí sin decir más. Me abrió el pantalón con manos ágiles, me sacó la polla y se la quedó mirando un segundo, como una promesa. Luego me la comió de una sola vez, hasta la base, respirando por la nariz mientras la garganta se le contraía alrededor de mi glande. Se la sacó despacio, un hilo de saliva colgando de su boca, y me miró desde abajo.

—Llevo días imaginando cómo sabías —susurró—. Y sabes mejor.

Me la volvió a chupar, esta vez con hambre, sin pausa. La lengua le bailaba por debajo del glande, las manos me apretaban los huevos y el tronco, y yo tuve que agarrarme a la barandilla para no caerme. Le puse una mano en la nuca y empujé un poco, con miedo. Ella gimió y aceleró, follándose ella misma la boca con mi polla, y las lágrimas de esfuerzo le corrían el rímel sin que le importara nada.

—Para —le supliqué—. Para o me corro ya.

Me la sacó de la boca con un beso mojado en la punta y se levantó riéndose ronca. Se dio la vuelta, se apoyó con las manos en la barandilla de piedra, arqueó la espalda y se levantó ella misma el vestido hasta la cintura. Su culo, redondo y bronceado, brillaba a la luz de la luna. Abrió las piernas.

—Ahora fóllame —ordenó—. Fóllame fuerte. Que nos vean, que nos oigan. Pero no pares.

Me guie con la mano y la penetré de una embestida. El coño la sintió tan estrecho y tan caliente que casi grité. Elena sí gritó, sin ningún pudor, y el mar rugía abajo devolviéndonos el eco. Empecé a follármela con rabia, agarrándola de las caderas, viendo cómo mi polla entraba y salía brillante de sus jugos. Cada embestida hacía que su culo chocara contra mi pubis con un chasquido húmedo que llenaba la azotea.

—Sí… así… más profundo, cabrón… rómpeme… —jadeaba, apretando los dedos contra la piedra.

Le tiré del pelo hacia atrás con una mano y le mordí el hombro. Con la otra le busqué el clítoris y empecé a frotárselo mientras la seguía embistiendo. Su coño empezó a apretarse alrededor de mi verga, contracciones cortas y furiosas, y su voz se rompió en un gemido largo.

—Me voy… me voy a correr… no pares, no pares, no pa…

Se corrió con un temblor que le recorrió todo el cuerpo, el coño chorreando alrededor de mi polla, tan mojada que sentí el líquido resbalarme por los huevos. Yo aguanté dos, tres embestidas más y me salí. La giré, la puse contra la balaustrada de nuevo y me masturbé rápido, a dos dedos de su cara. Ella abrió la boca y sacó la lengua, mirándome con los ojos entrecerrados.

—Córrete en mí, Adrián. Toda. En la boca, en las tetas, donde quieras.

Le eché el primer chorro sobre la lengua, el segundo por la barbilla, el resto entre los pechos que ella misma se había sacado del vestido. Semen caliente resbalando por su piel bronceada, brillando bajo la luz de la luna. Se pasó dos dedos por el escote, los recogió y se los llevó a la boca, mirándome.

—Delicioso —murmuró.

Estábamos al borde de todo: de la barandilla, del agotamiento, del error. Y nada importaba. Solo su piel, su olor, sus dientes marcados en mi cuello.

Cuando terminamos, su respiración era una tormenta suave. Se levantó, se limpió con un pañuelo de tela como quien se retoca el maquillaje, se ajustó el vestido sin prisa y, mientras se alejaba, me dijo:

—Y mañana, en el desayuno, ni se te ocurra hablarme.

—¿No quieres parecer una mujer fácil?

Se giró un segundo, con la sonrisa torcida en los labios aún húmedos.

—No, cariño. Quiero que te mueras de ganas otra vez.

***

La mañana siguiente fue casi insoportable.

El desayuno se sirvió como cada día, en la terraza que daba al jardín, con el rumor del mar a lo lejos. Las mismas mesas, la misma fruta, los mismos turistas somnolientos. Y, sin embargo, todo era distinto. Mi cuerpo aún ardía.

Me senté con mi plato y mi café, como si no la estuviera buscando con los ojos. Y ahí estaba ella: perfecta, elegante, con un vestido blanco vaporoso, gafas oscuras y ese aura de mujer que ha tenido una noche que no se olvida. Fingió no verme.

Pero cuando pasé cerca de su mesa para servirme más zumo, sin mirarla, soltó en voz baja:

—Tienes marcas en el cuello. Deberías tener más cuidado con las fieras salvajes.

No me detuve. Sonreí por dentro. Aquel desayuno fue un juego silencioso de miradas y gestos. Sus piernas cruzadas, dejando ver del muslo algo más de lo necesario. Su lengua atrapando la cucharilla. Cada movimiento estaba cargado, y yo me relamía con cada segundo.

Cuando se levantó, me guiñó un ojo al pasar y susurró:

—Voy a la playa. Hoy me siento libre.

La encontré una hora después, tumbada boca arriba, sola, en la zona más apartada del arenal, donde los bañistas se reducían a unos pocos curiosos. El pareo enrollado en la cadera, la piel brillando al sol. Mis pasos se hundían en la arena, pero ella no se movía. Sabía que me acercaba.

—¿Quieres ponerme crema? —dijo sin abrir los ojos—. ¿O solo has venido a comerme con la mirada?

—Puedo hacer las dos cosas —respondí, sentándome a su lado—. Aunque si sigues así, voy a tener problemas para levantarme de la toalla.

Rió. Se giró despacio hacia mí y me miró con esa mezcla de hambre y control que ya conocía.

—¿Y tú? —dijo—. ¿Tienes alguna parte del cuerpo que necesite atención especial?

—Depende de lo que entiendas por atención.

—Depende de si vienes a jugar. O a rendirte otra vez.

No hablamos más. Nos quedamos un rato en silencio, con el mar como único testigo. No podía más. Me levanté y le tendí la mano.

—Vamos.

Ella no preguntó adónde. Se cubrió, solo por protocolo, y caminamos juntos hasta el hotel.

***

Cerré la puerta de mi habitación. No hubo conversación. No hacía falta.

Elena se deshizo del pareo con una sola mano y del bikini con la otra, sin coreografía, sin espectáculo, con la naturalidad de quien no necesita seducir porque ya te tiene. Se dejó caer sobre la cama, desnuda, y abrió las piernas mirándome como quien invita a un festín.

—¿Todavía me deseas, Adrián? —dijo, con la voz grave y rota.

—No sabes cuánto.

Me arrodillé al pie de la cama y le agarré los tobillos. La arrastré hasta el borde, le puse las piernas sobre mis hombros y hundí la cara entre sus muslos sin preámbulos. La lamí de abajo arriba con la lengua plana, lento, saboreando la sal del mar todavía en su piel y el jugo espeso que ya la empapaba. Ella gritó y me agarró del pelo con las dos manos.

—Dios, sí… ahí… come ese coño, cabrón… —jadeaba.

Le abrí los labios con los dedos y le chupé el clítoris con la boca entera, tirando de él con succiones cortas. Su cadera se levantaba sola, buscándome la cara. Le metí dos dedos, curvándolos hacia arriba mientras la lengua no le daba tregua. El coño se le contrajo alrededor de mis dedos como una boca, chorreando, y Elena empezó a gemir cada vez más fuerte, sin importarle si las paredes eran finas.

—No pares, no pares… me estás volviendo loca… ay, joder… así…

Le clavé la lengua adentro, aleteando, mientras el pulgar le seguía trabajando el clítoris. Sentí el primer temblor recorrerle los muslos. Elena arqueó la espalda hasta que solo los omóplatos tocaban la cama, gritó algo sin palabras y se corrió en mi boca, empujándome la cara contra su coño hasta que no pude respirar. Yo tragué todo lo que me dio, sin soltarla, y seguí lamiéndola despacio, prolongándole el orgasmo hasta que se derrumbó, temblando, con la piel cubierta de sudor.

—Ven aquí… ahora te toca a ti… —jadeó, con los ojos vidriosos.

Me subí a la cama y me tumbó de espaldas. Se puso de rodillas a mi lado, me agarró la polla con las dos manos y me la miró como se mira algo que se quiere devorar. La chupó desde la base hasta la punta, con la lengua bien abierta, y luego se la metió entera en la boca. Sentí el fondo de su garganta contraerse alrededor del glande y creí morirme.

—Me pones como una puta… te quiero dentro ya… sin piedad… —susurró, sacándomela un instante para hablar y volviéndomela a comer.

La levanté del pelo con suavidad y me la senté encima, a horcajadas. Ella se guio la polla con la mano, se la restregó por los labios del coño empapado, se la puso en la entrada y bajó de golpe hasta el fondo. Los dos gemimos al mismo tiempo. Empezó a montarme lento, con las manos apoyadas en mi pecho, mirándome mientras se follaba a sí misma con mi verga.

—Mira cómo me tienes… mira cómo entra… —jadeaba, mirando abajo, viendo cómo mi polla desaparecía dentro de ella y volvía a salir brillante.

Le agarré las tetas con las dos manos, las apreté, le pellizqué los pezones hasta que soltó un grito. Aceleró el ritmo. Sus caderas chocaban contra las mías con un chasquido húmedo, obsceno, y el olor a sexo llenaba la habitación entera.

—Sí… así… más… hasta que no sepa ni cómo me llamo…

La agarré por la cintura, la giré sin sacármela y quedó debajo de mí. Le puse las piernas sobre mis hombros, doblándola, y empecé a embestirla desde arriba, con toda mi polla entrando hasta el fondo en cada golpe. Elena gritaba, me pedía más, me clavaba las uñas en la espalda hasta hacerme sangre.

—Fóllame como una zorra, Adrián… más fuerte… rómpeme… no pares…

Cambié el ángulo, apoyé una mano en el cabecero para tener más palanca y le di más duro. Cada embestida era un latigazo. Sus tetas rebotaban con el impacto, el sudor le corría entre ellas, la boca abierta, los ojos en blanco.

—La quiero por detrás —jadeé—. Date la vuelta.

Se puso a cuatro patas de inmediato, con el culo arriba y la cara contra la almohada. La agarré por la cintura y me la volví a meter hasta el fondo. Desde ese ángulo se la sentía todavía más apretada. Le di una palmada en la nalga y ella gimió pidiendo otra. Le di dos más, dejándole marcas rojas, mientras la seguía embistiendo.

—Sí… así… soy tu puta esta tarde… tuya… dámelo todo…

Le pasé el brazo por debajo del cuerpo y le busqué el clítoris otra vez. Empecé a frotárselo mientras la seguía follando por detrás, y ella se deshizo. Su coño empezó a apretarse alrededor de mi polla en espasmos, y supe que estaba a punto.

—Me corro… ay, joder… me corro otra vez… —tembló, y se corrió con un gemido largo y roto, empapándome los muslos.

Yo ya no podía más. Aguanté unas cuantas embestidas más y sentí que iba a estallar.

—Voy… ¿dónde…?

—Dentro —jadeó—. Córrete dentro de mí. Quiero sentirte.

La embestí hasta el fondo una última vez y me corrí ahí, en oleadas largas, apretándole la cintura con las dos manos. Sentí cada latido de mi polla vaciándose adentro, mientras ella gemía bajo, saboreándolo, apretando los músculos alrededor para no dejar escapar nada. Nos quedamos así un rato, yo todavía dentro, ella con la frente contra la almohada, los dos temblando y jadeando.

Salí despacio, y un hilo de semen y de sus jugos le resbaló por el muslo. Me tumbé a su lado. Ella se dejó caer, sudorosa, con el pelo pegado a la cara, y me buscó la mano. Nos dormimos sin darnos cuenta, enredados, sin palabras.

***

Al despertar, ella ya no estaba.

Solo quedaba el olor de su piel en las sábanas, una marca de carmín en la almohada y una nota doblada sobre la mesita.

«Lo que ardió aquí no se repite. Gracias por encenderme. E.»

No la volví a ver. No la busqué. No hacía falta.

Algunas historias están hechas solo de piel, de deseo y de fuego. Y cuando se apagan, el humo es recuerdo suficiente.

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Comentarios(8)

Mirona_77

Excelente!!! me encanto de principio a fin, espero que suban mas de este estilo

Pato_BA

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio todo despues

NandoPlaya

Muy bien contado, se nota que cada detalle esta pensado. El titulo ya te atrapa desde el primer momento

GuillermoBA

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace años, algo parecido aunque no tan intenso jaja. Muy buen relato

SandritoLP

diez dias??? ese si que sabe aprovechar las vacaciones jajaja

LectoraTensa

Buenisimo! Una pregunta, es una experiencia real? porque se lee muy autentico, nada forzado

ElBuenGusto

La categoria Maduras es la que mas disfruto y este relato hace honor al nombre. Esta bien escrito, tiene ritmo y no es burdo como tantos otros. Ojala haya continuacion porque con diez dias da para contar mucho mas.

RaulCaminero

me tuvo enganchado hasta el final, tremendo. Mas de esto por favor

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