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Relatos Ardientes

Mi vecina del octavo me invitó a cenar esa noche

Todo empezó cuando una oferta de trabajo me obligó a dejar mi ciudad y mudarme a Santander. Encontré un piso bastante céntrico, desde el que podía recorrer media ciudad caminando, y me instalé sin más equipaje que dos maletas y las ganas de empezar de cero.

Los días fueron pasando y poco a poco conocí a los vecinos. Era una comunidad tranquila, de esas en las que nadie hace ruido después de las once. Yo vivía en un octavo y en la planta solo había dos viviendas, así que con quien más coincidía era con la mujer de enfrente, Pilar.

Pilar era toda una señora. Por aquel entonces tenía sesenta y siete años, aunque yo jamás se los habría echado: siempre arreglada, bien peinada, con un perfume discreto que se quedaba flotando en el portal y en el ascensor mucho después de que ella se hubiera ido. Daba gusto cruzársela.

Yo tenía treinta y un años y no me había fijado en ella de ninguna manera que no fuera la cortesía de un vecino. Nuestras conversaciones eran las de siempre, las que caben en seis pisos de ascensor: que si hace bueno, que si refresca por las tardes, que si menudo viento del norte. Frases hechas y nada más.

Una tarde, mientras veía la televisión tirado en el sofá, sonó el timbre. Me asomé a la mirilla y vi a Pilar, así que abrí.

—¡Hola, Pilar! ¿Qué tal? —dije.

—Hola, Adrián. Venía a pedirte un favor, si no estás muy liado.

—Claro, dame un segundo que apago la tele y voy.

Cuando entré en su piso me explicó que quería reordenar el salón, que le habían entrado ganas de cambiar los muebles de sitio y ella sola no podía con el sofá ni con la librería. Nos pusimos a ello sin más. No tardamos nada: en quince minutos lo teníamos todo en su nuevo lugar.

Mi plan era volver a casa y seguir haciendo el vago delante de la tele, pero nos quedamos charlando un rato de pie, en mitad del salón recién ordenado.

—Muchas gracias, Adrián. ¿Tienes sed? Lo único que puedo ofrecerte es un vaso de agua, o si te apetece tengo unas botellas de vino, aunque no están muy frías.

—No ha sido nada, mujer, faltaría más. Un vasito de agua no me viene mal.

Estábamos en la cocina bebiendo cuando noté que ella quería agradecérmelo de alguna manera.

—No sé cómo pagarte el favor.

—De verdad que no hace falta.

—Pues te llevas una botella de vino blanco, que tú le darás mejor uso que yo —insistió.

—Que no, que no hace falta.

Al ver que no iba a llevarme la botella, cambió de estrategia.

—Entonces, si esta noche no tienes nada que hacer, te invito a cenar. Hago una tortilla de patatas que quita el sentido.

Ante una oferta así, y para no ser un maleducado con un detalle tan amable, acepté. Total, una cena que me ahorro.

—Vale, Pilar. Tú me dices a qué hora me acerco.

—Ya te aviso yo, te toco el timbre cuando esté terminando.

La tarde pasó sin nada destacable, otra vez frente a la tele, sin hacer gran cosa.

A las nueve sonó el timbre. Cuando abrí, me quedé mirándola: se había arreglado, elegante, con un vestido oscuro y los labios pintados.

—Caray, no sabía que había que ir de gala —solté.

—Anda, anda, si son cuatro trapos viejos.

—Bueno, pues me calzo y voy.

Tengo que reconocer que me cambié para estar a la altura y no presentarme en chándal. Cuando llegué, ella terminaba de emplatar y ya me sirvió una copa de vino. Durante la cena hablamos de nuestras vidas. Descubrí que era viuda desde hacía cinco años y que tenía una hija de cuarenta y tres, divorciada y con poco tiempo para visitarla. Todo transcurrió como una cena normal: copa de vino, un postre casero, conversación que fluía sola.

A medianoche, sin darnos cuenta de lo rápido que se nos había ido la hora, le dije que la dejaba descansar.

—No te preocupes, que tengo más vino en la nevera —contestó—. Para el único día que tengo visita, no la voy a echar tan pronto.

—Por mí no hay problema. Voy yo a por esa botella.

Cuál fue mi sorpresa al abrir la nevera y encontrar, además, una botella de licor café casi entera.

—Pilar, ¡habrá que hacerle los honores a este licor!

—Llevo siglos sin probarlo, pero venga, un día es un día.

Lo que ninguno de los dos sabía es que no iba a quedarse en uno solo.

Entre el vino y el licor nos fuimos soltando, y la conversación empezó a torcerse hacia terrenos más personales. Me preguntó por mis novias, por qué seguía soltero, si no había conocido a ninguna chica desde que llegué a la ciudad.

Le dije la verdad.

—Pues, Pilar, todavía no estoy muy asentado. Conozco a la gente del trabajo y a un par de los del bar de abajo. Poco más.

—Tranquilo, que ya llegará.

Viendo que se metía en mis asuntos, me envalentoné y le pregunté si ella no había vuelto a conocer a nadie desde que enviudó.

—No, Adrián. A veces echo de menos tener a alguien al lado, pero tampoco me hace tanta falta.

El licor me dio el valor que me faltaba.

—Pues es una pena que una mujer como tú esté sola. No sabe el mundo lo que se pierde.

Según lo decía, ya estaba pensando que la había fastidiado. Pero ella soltó una carcajada limpia.

—Gracias por el cumplido. También es una pena lo tuyo.

—Te lo digo en serio. Para la edad que tienes, estás estupenda. No los aparentas.

El problema es que mi cuerpo iba por delante de mis palabras, y la conversación me había empezado a poner. Ella se dio cuenta enseguida.

—Vaya, parece que la charla te ha animado.

Me puse colorado como un crío.

—Perdona, no es mi intención. Qué vergüenza.

—¿Cómo que vergüenza? ¡Qué alegría comprobar que todavía puedo despertar algo por ahí!

Tranquilo, no quería verme en esta situación, pensé. Pero aquello no bajaba, y tuve que removerme en la silla para colocarme con disimulo.

—Veo que no está muy cómoda ahí dentro —dijo ella, mirándome con una sonrisa que no era inocente—. Si quieres, puedes liberarla de su prisión. A mí no me importa.

—Perdona, creo que no te he entendido bien.

—A lo mejor me arrepiento, porque yo no soy así. No sé si es el vino, el licor o la conversación, pero verte de esta manera me ha dado una idea. No sé si será buena, pero si no la digo, reviento.

Me quedé unos segundos paralizado. ¿Qué estaba pasando? Y, en lugar de echarme atrás, decidí subir la apuesta a ver hasta dónde llegaba aquello.

—¿Me ayudarías a liberarla, entonces?

Esperaba una negativa. En cambio, contestó:

—Claro. Tú me has echado una mano esta tarde, lo menos que puedo hacer es devolverte el favor.

Me levanté de la silla y me quedé de pie frente a ella, que me fue bajando el pantalón y la ropa interior con una calma que me puso aún más nervioso. Cuando me liberó, ella ya tenía los ojos brillantes y no dudó en rodearme con la mano.

—¿Puedo?

—Toda tuya.

—Cuánto tiempo sin tener una así entre las manos —murmuró, acariciándome despacio—. Qué calentita.

Me trabajó un rato con una lentitud deliberada, hasta que se inclinó y dejó un beso en la punta que me recorrió como una descarga. Me tuve que agarrar al respaldo de la silla. Luego, de pronto, se detuvo.

—Vamos a mi dormitorio —dijo, levantándose—. Quiero sentirte dentro.

Fuimos quitándonos la ropa por el pasillo, sin prisa y sin pausa, dejando un rastro de prendas hasta la cama.

Se tumbó y me miró con una mezcla de hambre y ternura.

—Métemela ya. Pero despacio.

Estaba empapada. Yo tenía ganas de bajar y recorrerla con la boca, y lo intenté.

—Ahora no, Adrián —me frenó con suavidad—. En este momento solo quiero sentirte ahí. Lo otro tendrá su turno, ya verás.

Y, como buen mandado, se la fui metiendo poco a poco. La sensación de entrar en ella, centímetro a centímetro, mientras me clavaba las uñas en la espalda, fue brutal.

—Qué ganas tenía de un momento así —jadeó—. Así, Adrián, qué bien lo haces. Sigue.

Aproveché la postura para llevar una mano entre sus piernas y acariciarla en círculos lentos mientras me movía. Empezó a temblar y a arquearse contra mí.

—No pares de hacer eso. Vaya combinación.

Al rato dejó de hablar. Solo se aferraba a la almohada y respiraba a sacudidas, hasta que llegó el momento.

—Me voy… me voy a correr.

Y vaya si lo hizo. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba, cómo temblaba de la cabeza a los pies, incapaz de articular palabra. Me quedé quieto un instante, dejándola recuperar el aliento, y luego volví a moverme, primero despacio y después con fuerza, como me gusta a mí, hasta que ya no aguanté más.

—Pilar, me voy a correr.

—Hazlo dentro. Quiero sentirte del todo.

Hacía demasiado tiempo que no terminaba así, sin barreras, y la descarga me dejó sin piernas. Me quedé sobre ella, sin fuerzas, exhausto, mientras nos dábamos besos lentos y ella me acariciaba la nuca. No me había bajado del todo cuando empezó a moverse de nuevo bajo mi cuerpo.

—Vaya, vaya. ¿Otra vez? No sé si aguantaré una segunda igual —dijo, riéndose.

—Esta noche no se duerme.

Al poco decidió cambiar de postura y se sentó a horcajadas sobre mí. Tenía unas vistas inmejorables: ella moviéndose despacio, marcando su propio ritmo, dueña absoluta de la situación. Después se dio la vuelta, de espaldas, y empezó a acariciarse mientras me cabalgaba. Cómo se puso.

—Me voy a correr otra vez, Adrián. Esta noche eres solo mío.

Yo estaba al límite, y en cuanto la sentí apretarse a mi alrededor no pude contenerme. Terminamos casi a la vez, ella derrumbándose hacia atrás y yo agarrándola de las caderas.

Se quedó un rato tumbada sobre mi pecho y luego se acomodó a mi lado.

—Qué placer. Hacía muchísimos años que no me sentía así.

—Y yo no sabía que mover muebles podía acabar de esta manera —contesté—. Cuando necesites más favores, ya sabes dónde vivo.

—No lo dudes. Todavía quedan muebles por colocar.

Nos quedamos dormidos casi al instante.

***

A la mañana siguiente me desperté con su mano entre mis piernas, acariciándome con una sonrisa pícara.

—Buenos días, Adrián.

—Esto sí que es un buen despertar, Pilar.

—Es solo el principio del despertar. Quiero que me lo hagas otra vez. Me han entrado ganas de ponerme a cuatro patas.

—Me has leído el pensamiento. Esa postura es una de mis favoritas.

No tardó ni un segundo en darse la vuelta y ofrecerse. Estaba tan dispuesta que entré de una sola vez, sin esfuerzo, mientras ella ahogaba un gemido en la almohada.

—Qué bruto, hoy te has levantado con fuerza.

Con aquella imagen y las ganas que me había metido en el cuerpo con sus caricias, duré bastante poco. Cuando terminé, le ofrecí seguir yo con la mano para que ella también acabara, y no supo negarse.

—Esto no me lo esperaba. Sí, haz que me corra.

Estábamos en plena faena cuando se oyó un ruido en la entrada del piso. No le hicimos caso y seguimos a lo nuestro, con Pilar pidiéndome que no parara.

—Así, despacito, me gusta mucho. Me voy a correr otra vez…

No nos habíamos dado cuenta de que en el umbral del dormitorio estaba su hija, muda, sin saber dónde meterse. Tan paralizada como nos quedamos nosotros al verla.

—Ma… mamá. ¿Qué está pasando aquí?

—Hija, esto no es lo que parece. Bueno, sí lo parece, pero tiene una explicación.

Yo, acojonado, no sabía ni dónde mirar. Con la cabeza gacha recogí mi ropa del suelo y salí de allí como pude. Lo único que alcancé a notar fue la mirada furtiva que su hija deslizó sobre mí al pasar a su lado.

Desde el pasillo solo escuché una discusión a gritos y un portazo. No había duda de que aquello no iba a quedar así. Pero esa es otra historia, y ya la contaré en su momento.

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Comentarios(3)

DiegoBaires

Increible... nunca pense que un relato de maduras me iba a tener tan enganchado. Muy bueno!!

Mariela_C

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas

fer_lector22

buenisimo!!!

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