Mi vecina madura sabía lo de las bragas robadas
El café estaba amargo. O quizás era Marc el que estaba amargo. Probablemente lo segundo.
Se quedó en el balcón con la taza humeante, fingiendo leer el móvil mientras vigilaba la calle como un acosador. Las ocho de la mañana de un jueves y ahí estaba él, el universitario modelo, espiando a los vecinos en vez de repasar para el simulacro de Ingeniería Informática de las once. Debería estar estudiando. En su lugar, tenía los ojos clavados en el portal.
Que le den al examen. Esto es más importante.
El portal se abrió y ahí estaba él. Bernardo. Setenta y tantos años de mediocridad ambulante, arrastrando una bolsa de viaje hasta el Opel Corsa gris de su amigo Tomás, otro jubilado con demasiado tiempo libre.
Entonces apareció ella. Núria. Vestido de verano amarillo, sandalias planas, el pelo castaño con esos mechones blancos brillando bajo el sol. Se acercó a Bernardo, le dio un beso en la mejilla —casto, matrimonial, absolutamente vacío de pasión— y le dijo algo que Marc no pudo oír desde el quinto piso.
El viejo asintió, entró en el coche y el Corsa se alejó calle abajo. Núria se quedó en el portal, mirándolo desaparecer. En su mente no había nostalgia, solo el cálculo frío de una libertad recuperada.
Tres días, pensó ella. Setenta y dos horas sin tener que fingir.
Luego giró la cabeza. Hacia arriba. Directamente hacia el balcón de Marc.
Ese muchacho me va a volver loca, pensó, con un cosquilleo bajo el vientre. Ya no es aquel crío con sus secretitos en el cesto de la ropa. Ahora es un hombre. Joven, sí. Pero hombre. Con esos ojos que me devoran cada vez que me ve.
Marc se congeló con la taza a medio camino de la boca, sintiendo cómo la sangre le subía a las mejillas como a un niño pillado robando galletas.
Mierda. Me ha visto. Me ha visto vigilándola como un psicópata.
Pero Núria no pareció molesta. Sus labios se curvaron en una media sonrisa, casi imperceptible desde la distancia. Una sonrisa que guardaba secretos: bragas desaparecidas hacía años, un adolescente torpe que se creía invisible, la ternura de ver cómo ese mismo crío se había convertido en un hombre que seguía mirándola con el mismo deseo desesperado.
Levantó la mano. Un saludo casual. Y entró al edificio.
Marc dejó la taza con manos temblorosas.
Tres días. Bernardo se va tres días. Núria sola en el piso de abajo. Esta vez lo haces. O actúas o te cortas los huevos, porque no te sirven de nada.
***
El simulacro fue un desastre. Marc se quedó mirando la pantalla sin procesar ninguna pregunta, clicó respuestas al azar y cerró la sesión. El examen real era a las cinco; ya tendría tiempo de centrarse. O eso esperaba.
Un piso más abajo, Núria se quitó el vestido y se miró en el espejo del armario. El cuerpo delgado, las venas marcadas en brazos y piernas, los pechos pequeños cediendo con la gravedad de los años. No era el cuerpo de una joven. Pero era el suyo, y sabía exactamente qué hacer con él.
Lo ha vuelto a hacer, pensó, sonriendo. Me ha estado vigilando desde el balcón. Como cuando tenía quince.
El recuerdo la hizo reír. Aquel verano en que empezó a notar que sus bragas más atrevidas desaparecían del cesto. Luego lo vio: Marc, entonces un adolescente desgarbado, inclinándose sobre la barandilla cuando ella tendía la ropa, con una mirada hambrienta que no conseguía disimular. Una semana después tendió un tanga rojo a propósito. Volvió a desaparecer. Pero el Marc de ahora no era aquel chaval torpe. Alto, fuerte, con unos ojos grises que la desnudaban cada vez que coincidían en el portal.
Tres días, pensó, acariciándose distraída el vientre. Voy a devorar a ese muchacho.
***
Marc tardó una eternidad en decidir qué ponerse para seducir a una mujer de más de cincuenta años. Terminó con vaqueros oscuros, camiseta gris y zapatillas limpias: lo más normal posible, como si solo fuera un vecino amable. Cogió el portátil —necesitaba una excusa, cualquier excusa— y salió.
El rellano estaba en silencio, solo el rumor lejano del tráfico de Castellón. Bajó las escaleras despacio, dándose tiempo para arrepentirse y volver como el cobarde que era. Pero no lo hizo.
Llegó al cuarto. La puerta de Núria, con una «A» de latón debajo de la mirilla. Levantó la mano hacia el timbre. La bajó. Es tu vecina. Está casada. Podría ser tu abuela. Volvió a levantarla. Cinco años de fantasías. O lo haces ahora o nunca lo harás.
Tocó. El sonido resonó dentro del piso.
Núria estaba en la cocina cuando lo oyó. Sonrió, caminó hacia el recibidor y se pasó los dedos por el pelo frente al espejo, despeinándolo lo justo.
Natural. Sin artificio. Veamos qué hace el niño.
Abrió. Y ahí estaba él, a punto de desmayarse, las mejillas rojas, el portátil contra el pecho como un escudo patético.
—¿Marc? —Su voz ronca salió suave—. Bon dia. ¿Pasa algo?
El cerebro del muchacho se quedó en blanco.
—El wifi… es que… —Genial, elocuencia digna de Shakespeare—. Mi wifi no va bien y tengo que entregar un trabajo y… pensé que quizás…
Se detuvo, porque sonaba exactamente a lo que era: una excusa miserable.
Wifi otra vez, pensó Núria, conteniendo la risa. Ni siquiera se ha molestado en inventar algo más creíble.
—¿Quieres usar mi wifi? —preguntó, y algo en cómo enfatizó «usar» y «mi» hizo que la pregunta sonara a doble sentido—. Pasa. Hace demasiado calor para quedarse en el rellano.
Marc cruzó el umbral. La puerta se cerró tras él con un clic que sonó definitivo.
—La cocina está por aquí, ya lo sabes —dijo ella, caminando delante.
Los ojos de Marc se clavaron en su trasero, pequeño y tonificado pero con esa suavidad de mujer madura, balanceándose bajo la tela ligera. Supo enseguida que no llevaba sujetador.
Concéntrate, no la mires el culo como un pervertido. Bueno, eres un pervertido, confirmado. Pero al menos disimula.
Núria sabía exactamente qué estaba mirando. Y le gustaba.
—Siéntate. ¿Quieres un café? Acabo de hacerlo.
—Eh… vale. Gracias.
Él se sentó, abrió el portátil, fingió buscar la red. Ella sirvió dos tazas, cruzó las piernas frente a él. El vestido se subió, revelando casi la mitad de sus muslos tonificados, bronceados, surcados de venas.
—Así que problemas con el wifi —dijo.
—Sí. Bueno. En casa a veces va mal.
—Mmm. —Sonrió—. Hace un calor insoportable. Bernardo se ha ido esta mañana. Tres días de pesca en Peñíscola con su amigo. Vuelve el domingo. —Sus ojos se clavaron en los suyos al decirlo. No fue casualidad—. Tres días muy largos. Muy… solitarios.
Me lo está diciendo. Me está diciendo «estoy sola hasta el domingo».
Se acercó a la mesa. Despacio, como una pantera que no quiere asustar a su presa. Se detuvo junto a su silla, tan cerca que él pudo oler su piel.
—Marc. Llevas diez minutos aquí y no has tocado el ordenador. —Se inclinó, apoyando las manos en la mesa, a la altura de sus ojos—. Y tu wifi funciona perfectamente. Te he visto en el balcón esta mañana. Observándome.
—Yo no estaba… no quería…
—Llevas cinco años comiéndome con los ojos, Marc. ¿Crees que no me he dado cuenta?
El corazón del muchacho se detuvo. Literalmente.
—Lo siento —susurró—. No quería incomodarte.
—¿Quién dijo que me incomoda? —Removió su café—. ¿Sabes qué más sé? Que te llevabas mis bragas.
El mundo de Marc se detuvo por completo. Hasta el zumbido del frigorífico pareció cesar.
—Yo… yo no…
—Por favor. No me insultes mintiéndome. —Núria sonreía sin crueldad, casi divertida—. Siempre desaparecían los días que tú venías. Y a veces volvían al cesto. Húmedas. Con manchas que alguien había intentado limpiar en el lavabo. Mal, por cierto.
Marc quería morirse. No había defensa posible.
—Lo siento —murmuró, mortificado—. No sé qué me pasaba.
—No te disculpes. —Ella cubrió su mano con la suya, una palma áspera y callosa con la alianza de oro brillando tenue. Manos de trabajar—. Tenías quince, dieciséis años. Lleno de hormonas. Colgado de la vecina. Es normal. Me parecía perturbador, pero… —otra pausa— tierno.
—¿Tierno? —Él levantó la vista, incrédulo.
—Pero ahora ya no eres aquel crío con la cara llena de espinillas. —Núria inclinó la cabeza, estudiándolo. Sus ojos color miel atraparon la luz de la ventana—. Ahora eres un hombre.
—Núria, yo… —La garganta se le cerró. El calor le quemaba la cara—. Sé que soy un crío para ti. Que podrías tener a quien quisieras. Hombres de tu edad, con experiencia, con…
—Para. —Se levantó, rodeó la mesa, se colocó frente a él—. Levántate.
Marc obedeció, temblando. Ella tuvo que alzar la vista porque él era mucho más alto.
—Tienes razón en algo —dijo—. Eres muy joven. Pero también muy atractivo. Así que nada de complejos.
Antes de que él pudiera procesarlo, Núria se puso de puntillas, le tomó la nuca y lo besó.
Fue suave al principio. Exploratorio. Sus labios cálidos, con sabor a café. Marc se quedó paralizado un segundo, dos. Luego su cerebro se reinició y respondió, abriendo la boca, dejando que la lengua de ella encontrara la suya. El beso se transformó de suave a desesperado, de exploratorio a hambriento. El mundo desapareció.
Gimió contra su boca —un sonido necesitado, vergonzoso— y ella se lo tragó, profundizando.
Qué hambriento está, pensó Núria, sus dedos enredándose en el pelo de él. Cuánto tiempo lleva necesitando esto.
Rompió el beso, jadeante.
—¿Quieres esto?
—Sí. Sí, claro que sí —respondió Marc sin dudar—. Llevo años soñándolo.
—¿Estás seguro? Porque si entramos en mi habitación, no voy a tratarte como a un niño.
—No quiero que me trates como a un niño. Quiero que me trates como tú quieras.
Ella sonrió. Una sonrisa oscura, prometedora. Extendió la mano.
—Ven.
***
Las piernas de Marc temblaban mientras lo guiaba por el pasillo, entre fotos familiares en marcos dorados, hasta un dormitorio pequeño con cama de colcha de flores. Ella echó el pestillo y se giró hacia él.
—¿Nervioso?
—Un poco.
—¿Cuántas veces has hecho esto?
—Unas cuantas. Pero nunca con alguien como tú. —Buscó las palabras—. Que sepa lo que quiere. Que sea… tan real.
Núria se acercó. Le quitó la camiseta y la tiró al suelo, recorriendo su pecho con los dedos.
—Eres guapo, Marc. Y tan joven, pensó. Perfecto para lo que necesito.
Bajó las manos al cinturón, lo desabrochó y metió la mano dentro de sus calzoncillos. Sus dedos encontraron el miembro duro, caliente, húmedo de excitación. Apretó con firmeza y todo el cuerpo de Marc se estremeció.
—Shh —murmuró, besándolo mientras lo acariciaba—. Déjame hacer esto.
Y él, joder, la dejó. Núria lo llevó al borde de la cama y lo desnudó por completo. Luego se llevó las manos a los tirantes y deslizó el vestido por sus hombros.
Aparecieron sus pechos. Pequeños, cayendo con esa suavidad que traen los años, las areolas más oscuras que las que Marc había visto antes. Y eran perfectos precisamente por eso. El vestido cayó del todo a sus pies como una piel de seda amarilla. No llevaba bragas, solo una mata de vello castaño con hebras grises, natural, sin concesiones a la moda.
Esto es una mujer de verdad, pensó Marc. Sin pretensiones. Sin intentar parecer lo que no es. Era la visión más erótica que había visto en su vida.
—Túmbate —ordenó ella.
No fue una sugerencia. Y él obedeció al instante. Núria se subió a la cama y se colocó a horcajadas sobre él.
—Condón —dijo, mirándolo a los ojos.
—No… no tengo —admitió Marc, ardiendo de vergüenza.
—Yo sí.
Se inclinó hacia la mesilla, sacó un preservativo y se lo puso ella misma, desenrollando el látex con una precisión que lo hizo tragar saliva. Después sacó un bote de lubricante.
—A mi edad —dijo con naturalidad pasmosa— estas cosas son necesarias. No soy una chavala de veinte que se moja con solo mirar.
Vertió una cantidad generosa, lo extendió sobre él y sobre sí misma con movimientos prácticos, sin pudor, y se posicionó.
—¿Listo?
—Sí.
Se dejó caer. Lo enterró dentro de ella de una sola vez. El grito que soltó Marc fue agudo, desesperado.
—Joder… Núria…
Ceñido como un guante, pensó ella mientras se ajustaba. Tan caliente. Hace tiempo que no me sentía así.
Empezó a moverse, lenta al principio, con una tortura deliberada, saboreando cada centímetro. Luego más rápido. Marc solo podía agarrarse a sus caderas, hundiendo los dedos en esa carne firme y madura que había imaginado tantas veces.
—Así —jadeó Núria, su voz ronca quebrándose—. Dios, Marc… tu polla… tan dura…
El chico duró dos minutos antes de que su autocontrol se desmoronara.
—Me voy a correr —jadeó, casi llorando—. Lo siento, no puedo parar…
—Córrete —ordenó ella, mirándolo a los ojos—. Dámelo todo.
Y obedeció. Su orgasmo fue brutal, todo su cuerpo arqueándose bajo ella mientras se vaciaba, pulsando hasta que las piernas le temblaron.
—No pasa nada —dijo Núria con ternura, retirándose de él—. Tienes veinte años. Date diez minutos.
***
Y los tuvo. Sus dedos trazaron círculos perezosos por el pecho de Marc, bajando hasta el vientre, hasta que su cuerpo —traicionero, incansable, bendito por la juventud— respondió de nuevo.
—Qué maravilla ser joven —dijo ella, divertida, alcanzando otro condón—. Póntelo tú. Quiero verte.
Él obedeció con manos torpes. Luego ella le pasó el lubricante.
—Úntame. Y úntate tú también.
—Pues yo diría que te mojas bastante —comentó Marc con una sonrisa nueva, traviesa, extendiendo el gel—. Esto me parece más bien un oasis.
—Ostres, el niño ha aprendido a hablar. —Núria arqueó una ceja, divertida—. Hace media hora estabas mudo del susto.
—Me has desinhibido. Será tu influencia corruptora.
—¿Corruptora yo? Tú eres el que me robaba las bragas, pervertido. —Pero sonreía, complacida. Se tumbó boca arriba, abriendo las piernas—. Menos hablar. Coloca mis piernas sobre tus hombros.
Marc se arrodilló entre sus muslos, levantándolos, las pantorrillas de ella sobre sus hombros.
—Tienes potencial, chaval —dijo Núria—. Ahora demuéstralo. Que me corra. Y no vale con los dedos.
—Desafío aceptado.
Presionó la punta contra su entrada y se hundió. El ángulo era distinto. Más profundo. Más apretado.
—¡Ostres! —jadeó ella, arqueándose—. Sí… así… joder, así…
Marc encontró un ritmo, vacilante primero, luego decidido. Sus manos agarraron los tobillos de Núria, manteniéndola abierta, usándolos como ancla para llegar más adentro.
—Así, joder, así —gimió ella, arqueando la espalda—. Agárrame fuerte… no me trates como si fuera de cristal…
Desde aquella posición él lo veía todo, y la visión lo dejó mareado de lujuria: su polla desapareciendo dentro de ella, el rostro de Núria descompuesto de placer. Embistió con toda la fuerza que sus caderas de veinte años le permitían.
—No pares —gimió Núria, la voz quebrándose—. Ahí… justo ahí… más fuerte, chaval…
—¡Me corro! —gritó de pronto—. ¡No pares! ¡Joder, me corro!
Y explotó. Su cuerpo entero se sacudió y se arqueó sobre el colchón, y un grito agudo escapó de su garganta antes de que se mordiera el puño para silenciarse, consciente incluso en el delirio de que las paredes no eran tan gruesas como debieran.
Madre mía, pensó mientras el orgasmo la atravesaba como un terremoto. Hacía años que no me corría así. Este crío me está partiendo en dos.
Marc siguió embistiendo, más despacio, prolongando el clímax de ella, sintiéndola contraerse una y otra vez, sus propios músculos temblando del esfuerzo de contenerse y hacer durar aquel momento en que la sentía completamente rendida.
—Collons… —gimió Núria cuando pudo hablar, la voz rota—. Me has roto, chaval. Me has partido en dos.
Cuando por fin se calmó, él se retiró con cuidado, todavía duro, todavía sin haberse corrido la segunda vez.
—¿No te has…?
—No —admitió Marc—. Pero está bien. Tú sí.
Núria sonrió, cansada y satisfecha. Le acarició la mejilla.
—Buen chico. Muy buen chico. Has aprobado.
—¿Aprobado?
—El derecho a volver.
***
Marc salió del piso una hora después, tambaleándose, oliendo a ella. Núria lo acompañó a la puerta envuelta en una bata de algodón, el pelo despeinado.
—Esta tarde tengo que ir a limpiar un despacho en el centro —dijo, con esa sonrisa pequeña que él ya empezaba a reconocer—. Volveré tardísimo. Once y media, medianoche.
El cerebro de Marc hizo los cálculos solo.
—Yo tengo que repartir después del examen. No acabo hasta las once y media tampoco.
Silencio. Se miraron. Ella sonrió primero, lenta, depredadora.
—Qué casualidad. Llegaremos a casa a la misma hora. Y Bernardo no vuelve hasta el domingo. Yo estaré sola. Muy sola. Muy… aburrida.
—Podría pasarme —logró decir él—. A ver si necesitas algo.
—¿Qué podría necesitar a las once y media de la noche? —Su mano bajó, rozando la cremallera de sus vaqueros, presionando contra la erección que ya volvía a despertar—. Esto. Necesito esto. Otra vez. Y otra. Y otra.
Va a matarme, pensó Marc. Casi se corre allí mismo.
—Once y media —dijo—. Aquí.
—Once y media. —Núria le dio un último beso, mordiéndole el labio inferior antes de soltarlo—. Y trae condones. Los míos se están agotando.
Le guiñó un ojo y cerró la puerta. Marc subió las escaleras hasta el quinto como un zombi, agarrándose al pasamanos, una sonrisa idiota en la cara.
Esta mujer va a matarme. Y voy a morir feliz.
Entró en su piso. Su madre estaba en la cocina.
—¿Dónde estabas? —preguntó Pilar sin apartar la vista de los fogones.
—Estudiando con un compañero —mintió con una facilidad que lo sorprendió—. Tengo examen a las cinco.
—Pues espero que apruebes.
—Voy a sacar matrícula, mamá.
Y por primera vez en semanas, estaba completamente seguro de que era verdad.
Un piso más abajo, Núria se apoyó contra la puerta cerrada y se llevó los dedos a los labios.
Tres días, pensó. Setenta y dos horas. Voy a destrozar a ese chico.
Y no pudo evitar reírse.





