A los cincuenta y nueve, su voz me hizo temblar
Amparo acababa de cumplir cincuenta y nueve años. Recién salida de un divorcio largo y agotador del que todavía le dolían algunas esquinas, y después de más de seis años sin que nadie la tocara, afrontaba con una ilusión casi adolescente la mudanza a su casa nueva junto al mar, en Santa Pola.
Habían sido años duros. Treinta de matrimonio que se apagaron sin un grito, solo con el lento desgaste de dos personas que dejaron de mirarse. Cuando por fin firmó los papeles, Amparo descubrió que no sentía pena, sino una especie de aire nuevo entrándole en los pulmones. Vendió el piso que compartían, eligió ella sola aquella casa con vistas al puerto y se prometió que la segunda mitad de su vida iba a ser distinta. Más suya. Más libre.
Lo que no esperaba era cuánto echaría de menos algo tan simple como una caricia. Seis años sin que unas manos la recorrieran le habían enseñado que el deseo no se jubila con uno; solo se queda dormido, esperando que alguien lo despierte. Seis años sin sentir una polla dura contra el vientre, sin un peso encima de ella, sin unos labios chupándole los pezones hasta ponérselos duros como piedras. Seis años tocándose sola algunas noches, con la ventana abierta y la boca mordida en la almohada para que la vecina no la oyera correrse.
Llevaba días subiendo y bajando cajas, montando estanterías y discutiendo con un armario que se negaba a quedar derecho. Aquel domingo había decidido regalárselo entero a la cama. Sin embargo, el sueño reparador que tanto esperaba no llegó a cumplir su promesa: durmió de un tirón, sí, pero amaneció con el cuerpo pidiendo a gritos un par de horas más de calma bajo las sábanas tibias.
Medio dormida, con los ojos todavía cerrados, escuchó el zumbido del móvil sobre la mesilla. Un mensaje. A regañadientes estiró el brazo, palpó la madera fría hasta dar con el teléfono y lo acercó a su cara. Una mueca a medio camino entre la sonrisa y el desconcierto se le dibujó en los labios.
Era Rubén. Su amigo Rubén, mandándole un saludo de buenos días rematado con tres besos castos y cariñosos. Lo que la descolocó no fue el mensaje, sino la hora.
¿Qué hace este hombre escribiéndome a las seis de la mañana?
Frunció el ceño, todavía adormilada, y en lugar de contestar por escrito le preguntó si podía llamarlo.
—Claro que puedes, faltaría más —respondió él al instante—. Me encantaría escuchar tu voz.
Amparo pulsó el botón verde y se acomodó de lado, con la mejilla hundida en la almohada.
—Buenos días, madrugador. ¿Se puede saber qué haces despierto a estas horas?
—Buenos días, Amparo. —La voz de Rubén sonaba grave, recién levantada—. No podía dormir y me acordé de ti. Espero no haberte despertado.
—Pues no. Llevo toda la semana reventada con la mudanza y, fíjate la ironía, ahora el cansancio no me deja dormir.
—Eso tiene un remedio muy fácil. —Lo notó sonreír al otro lado—. Un desayuno traído a la cama, y después un buen masaje con aceite, despacio, a la luz de una vela y con un poco de incienso aromatizando el cuarto. Te dejaría como nueva.
Amparo soltó una carcajada ronca y se estiró bajo las sábanas como una gata.
—No me hagas eso, que me dan escalofríos solo de imaginarlo. Con lo que me gusta a mí que me traigan el desayuno a la cama…
—Pues imagínalo bien. —La voz de él bajó un tono, se volvió más espesa—. Tengo aceite de masaje en casa. Me encantaría extendértelo despacio por la espalda, por los hombros, por el culo, sin prisa ninguna, susurrándote al oído lo bonita que es tu piel mientras te separo las nalgas con los pulgares.
Hubo un silencio breve. Amparo notó que el cuerpo, que un minuto antes solo pedía dormir, empezaba a pedir otra cosa muy distinta. Sintió un tirón caliente en el bajo vientre y, sin darse cuenta, apretó los muslos bajo la sábana.
—¿Y por qué te lo imaginas en vez de venir? —dijo ella, y se sorprendió a sí misma de su propia osadía.
—¿Cómo?
—Lo que oyes. Me levanto, te abro la puerta, te mando a la cocina a preparar el desayuno y nos lo comemos los dos juntos aquí, en mi cama. Yo te espero calentita bajo las sábanas. Y después me pongo boca abajo y me regalas ese masaje que dices que me gustaría tanto.
***
Al otro lado de la línea, Rubén se quedó mudo. Eran amigos desde hacía años, de esos que se cuentan las penas y se ríen de las mismas tonterías. Él nunca había escondido que le gustaba, se lo decía medio en broma cada dos por tres, pero jamás habían pasado de un abrazo largo en una despedida. La propuesta lo agarró por sorpresa.
—Joder, Amparo… ¿en serio quieres que vaya?
—¿Te parece mala idea desayunar juntos y luego relajarnos a la luz de una vela? —Su voz era miel y desafío al mismo tiempo.
—No me parece mala idea. Me parece que la tengo dura como una piedra solo de oírte, y estoy sudando sujetando el teléfono.
Amparo cerró los ojos. La habitación olía a pintura nueva y a sábanas limpias. Por la rendija de la persiana entraba la primera luz, dorada y tímida, dibujando una línea sobre la pared. Sin pensarlo demasiado, deslizó la mano libre bajo el camisón, se rozó el vientre y bajó hasta encontrarse el vello suave del pubis. Estaba caliente. Estaba mojada. Y aún no la había tocado nadie.
—¿Y cómo crees que estoy yo? —dijo ella en voz baja, casi en un susurro—. Estoy en la cama, Rubén, con la mano metida entre las piernas. Me acabo de quitar las bragas de un tirón. Tengo los pezones tan duros que me duelen, y el coño empapado. Empapado de verdad. Se me está corriendo por dentro de los muslos.
—No me hagas esto por teléfono…
—Me estoy pellizcando un pezón mientras te hablo. —La respiración de ella se había acelerado, y no hacía ningún esfuerzo por disimularlo—. Me lo estiro fuerte, así, como me lo estirarías tú con los dientes. Y con la otra mano me estoy separando los labios del coño para que el aire me toque el clítoris. ¿Lo oyes? ¿Oyes cómo suena de mojada que estoy?
Acercó el teléfono a su entrepierna y volvió a subírselo lentamente al oído. Del otro lado le llegó un jadeo grave, casi un gruñido.
—Me cago en la puta, Amparo…
—¿La tienes en la mano? —preguntó ella con una audacia que no se conocía—. Sácatela. Sácatela ya y mientras me hablas te la meneas pensándome. Quiero oírte hacerte una paja mientras yo me toco.
Rubén soltó una carcajada ahogada, incrédula, y ella oyó el crujido de la sábana, la goma de un calzoncillo bajando y, después, el ritmo húmedo y lento de una mano cerrada alrededor de una polla dura. El corazón le dio un vuelco. Nunca había sido tan directa con nadie, ni siquiera cuando era joven. Y sin embargo, hablarle así a Rubén, con las palabras crudas saliéndole solas de la boca como si llevaran años esperando, le encendía cada centímetro de piel.
—Ya la tengo fuera —murmuró él—. La tengo dura y toda mojada de babas mías, imaginando que es tu boca la que me la chupa.
—Es mi boca —dijo Amparo, cerrando los ojos—. Es mi boca la que te la está chupando. Cierra los ojos y siénteme. Te la tengo entera dentro, hasta el fondo, con la lengua envolviéndotela por debajo, subiendo y bajando despacio para que no te corras todavía. Te lamo la punta, te la meto entera otra vez, te chupo los huevos uno por uno mientras te la meneo con la mano.
—Joder, joder…
—Y mientras te la mamo tengo los dedos metidos en mi coño, Rubén. Dos dedos hasta el fondo, moviéndolos igual que quiero que me la metas tú.
Se los metió de verdad. Dos dedos, hasta los nudillos, y la mano se le llenó de humedad tibia y espesa. El pulgar le buscó el clítoris hinchado y empezó a dar vueltas alrededor, sin llegar a apretarlo del todo, alargando la tortura para durar más. Movió las caderas contra su propia mano, arqueando la espalda sobre el colchón. La sábana se le arrugaba debajo de los muslos. Se estaba escuchando gemir y no le importaba.
—No termines tú sola. —La voz de Rubén salía entrecortada, luchando por mantener el control—. Aguanta hasta que llegue y déjame acabarlo a mí, con la lengua entre tus muslos. Me muero por saborearte despacio, abrirte de piernas encima de la cama y comerte el coño hasta que me tires del pelo.
—Rubén…
—Quiero enterrarte la cara ahí abajo, chuparte los labios uno por uno, meterte la lengua tan adentro como pueda y después subir a buscarte el clítoris y no soltártelo hasta que me estés gritando. Hasta que te corras en mi boca como no te has corrido en años. Quiero tragarme todo lo que echas.
Amparo dejó escapar un gemido largo que ni quiso ni pudo contener. Tenía una mano trabajándose el coño a dos dedos y la otra aferrada al teléfono como si fuera lo único que la mantenía atada al mundo. La voz de él, esa voz que conocía de mil conversaciones tontas, le estaba dibujando en la cabeza una escena que su cuerpo seguía al pie de la letra.
Por un instante se sintió ridícula, una mujer de casi sesenta años derritiéndose por una llamada de teléfono como una cría. Pero el pensamiento duró lo que tarda en deshacerse un copo de nieve sobre la piel caliente. Hacía demasiado tiempo que nadie le hablaba así, que nadie la deseaba en voz alta, que nadie le decía la palabra coño en un tono que sonara a hambre. Se dio cuenta de que no quería que parara por nada del mundo.
—Sigue hablándome —pidió ella entre jadeos—. No te calles, por favor. Cuéntame cómo me follas después.
—Te abriría las piernas con calma —murmuró él, y cada palabra caía como una gota tibia—. Te besaría por dentro de los muslos sin tocarte todavía donde más lo necesitas, solo para que me lo pidieras. Te lamería la raja entera de arriba abajo, muy despacio, sintiéndote temblar contra mi cara. Y cuando ya no aguantaras, cuando estuvieras suplicándome, entonces sí, te la metería. Te metería toda la polla del tirón, hasta el fondo, hasta que sintieras los huevos golpeándote el culo.
—Sí, así, sigue…
—Te la metería a fondo y muy despacio al principio, para que sintieras cada centímetro entrar. Y después te empezaría a follar en serio, boca arriba, con las piernas abiertas y los pies clavados en mis hombros, para llegarte lo más adentro que se puede llegar. Te agarraría las tetas mientras te embisto, te pellizcaría los pezones, y no te soltaría el coño hasta que me estuvieras rogando que te corriera dentro.
Amparo estaba mordiéndose el labio. Los dedos le entraban y le salían del coño a un ritmo que ya no controlaba, sacándole ese ruido líquido y obsceno que le hacía darse vergüenza y calentarla más al mismo tiempo. Sentía el clítoris palpitándole, hinchado, a punto de estallar. Se lo apretó con la yema del pulgar en círculos rápidos, sin tregua.
—Ponte a cuatro patas para mí —siguió él, la voz raspada por la contención—. Quiero verte el culo levantado, quiero mirarte el coño desde atrás, todo abierto y goteando por mí. Y agarrarte de la cadera y metértela así, de perro, viendo cómo entra y sale llena de lo tuyo. Te tiraría del pelo, Amparo. Te daría una nalgada.
—Ay, Dios…
—Y cuando estuviera a punto de correrme te preguntaría dónde la quieres. Si dentro. Si en las tetas. Si en la boca. Y tú me lo dirías con esa voz que estás poniendo ahora.
—Dentro —jadeó ella—. Córrete dentro, Rubén, córrete dentro de mí, lléname entera.
Movía las caderas contra su propia mano, siguiendo el dibujo que la voz de Rubén le iba marcando en el aire. La luz dorada de la persiana le caía ahora sobre el pecho, sobre el vientre, y ella se imaginaba que era él quien la miraba así, sin prisa, aprendiéndose cada curva de un cuerpo que había dado por invisible desde hacía años. No lo era. No esa mañana. Esa mañana era un cuerpo de mujer viva, sudada, cachonda, con dos dedos metidos hasta el fondo y el clítoris a punto de reventarle.
—Lo necesito —se oyó decir, y le dio igual lo que sonara aquello—. Dios, Rubén, no sabes cuánto lo necesito. Me estoy corriendo, me estoy corriendo, no pares de hablarme…
—Lo sé —respondió él con la voz rota de contención, la mano trabajándose la polla al mismo ritmo que ella—. Aguanta un poco más. Quiero oírte llegar. Métete los dedos hasta el fondo por mí, Amparo, hazlo. Fóllate como te voy a follar yo.
Ella obedeció. Metió los dedos todo lo hondo que le entraron, curvándolos hacia dentro, buscándose ese punto que casi tenía olvidado. Se le contrajo el vientre, se le tensaron los muslos, se le arqueó la espalda del colchón. La ola la agarró de golpe, subiendo desde el coño hasta la garganta, y soltó un grito ahogado contra la almohada mientras el orgasmo le recorría el cuerpo entero, una contracción tras otra, sacudiéndole las caderas contra su propia mano. Notó cómo se le escapaba un chorro caliente por entre los dedos, empapándole el culo y la sábana debajo. Hacía años que no se corría así.
El silencio que vino después no fue vacío. Rubén podía oír, a través del teléfono, la respiración entrecortada de su amiga, el roce de las sábanas, algún gemido ahogado contra la almohada, y después el chapoteo húmedo de la mano de ella retirándose despacio de entre sus piernas. Esperó. Esperó sin decir nada, conteniendo el aliento él también, hasta que un último estremecimiento recorrió la voz de Amparo y supo que ella había llegado del todo. Al otro lado se le escapó un gruñido bajo, y a ella no le hizo falta preguntar para saber que él también se había vaciado en su propia mano escuchándola correrse.
***
Durante unos segundos lo único que se escuchó fue el latido de su respiración aflojando poco a poco. Amparo se quedó boca arriba, con el pelo revuelto sobre la almohada, los muslos todavía abiertos y pegajosos, y una sonrisa floja y satisfecha que no había sentido en muchísimo tiempo.
—Me acabo de correr, Rubén —confesó al fin, sin pizca de vergüenza—. He empapado la sábana. Tenía los ojos cerrados escuchándote contarme cómo me follabas, y no he podido aguantar. Lo siento.
—No lo sientas, por Dios. —Él se rió bajito, encantado, la voz todavía áspera—. Yo tengo la mano llena, para que veas. Saber que has disfrutado tanto solo con mi voz es lo mejor que me ha pasado en semanas. Me vuelve loco imaginarte así, con los dedos dentro por mí.
—Pues no te quedes solo con imaginarlo. —Amparo se incorporó apoyándose en un codo y miró el reloj de la mesilla—. Son las siete de la mañana de un domingo. Tenemos toda la mañana por delante, la casa para nosotros y un desayuno que alguien tiene que preparar. La puerta es la azul, segundo piso. Te espero en la cama, como estoy ahora. Y esta vez me la metes de verdad.
Hubo una pausa. Y luego, la voz de Rubén, cargada de una sonrisa que ella casi pudo tocar.
—Dame veinte minutos. Voy para allá.
Amparo colgó, dejó el teléfono sobre la mesilla y se quedó mirando el techo, todavía con el corazón acelerado y el sexo palpitándole entre las piernas. Por la ventana entraba ya la luz entera de la mañana, y por primera vez en mucho tiempo la casa nueva no le pareció grande ni vacía. Se levantó, descorrió las cortinas y fue a buscar dos tazas. A los cincuenta y nueve años, por lo visto, todavía quedaban madrugadas que valían la pena.





