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Relatos Ardientes

Lo que una madre hizo por el futuro de su hijo

—¡Diego Medina! —gritó Carla desde la cocina—. ¡Más te vale levantar el trasero de esa cama o vas a perder el autobús!

Diego se levantó refunfuñando y arrastró los pies hasta el baño. Se mojó la cara para despejarse y bajó a desayunar de mala gana.

—Ya estoy despierto, ¿puedes dejar de gritar? —le espetó.

Carla lo miró servirse los cereales sin ganas. Su hijo era un chico rebelde, de los que iban a su aire y hacían lo que les venía en gana. Llevaba años peleando para que madurara y siguiera estudiando. Los había criado sola, a él y a su hermana pequeña, desde que puso de patitas en la calle al holgazán de su marido.

El divorcio no había sido fácil para nadie, y menos para Diego, que enseguida empezó a portarse mal. Ahora estaba en el último curso y avanzaba hacia los exámenes finales a trompicones. El problema era que no le interesaba estudiar; solo pensaba en pasarlo bien y en su novia. La misma mentalidad, pensó ella con rabia, que el desgraciado de su padre.

Con la insistencia de siempre, el chico salió por la puerta justo cuando el autobús se preparaba para arrancar. Carla se apoyó en el marco de la entrada y resopló. Por suerte, ése era su día libre en la cafetería donde trabajaba de camarera, y pensaba aprovecharlo: iba muy atrasada con las tareas de la casa.

***

El primer asalto del día fue la colada. Cargó la lavadora, añadió el detergente y la puso en marcha. Cuando se giró para ordenar el resto de la ropa, se recostó contra la máquina y se quedó pensando en todo lo que le esperaba. La vieja lavadora cambió de ciclo y empezó a vibrar con fuerza; ya tenía sus años y temblaba mucho durante el remojo. Carla dejó que la vibración subiera por su cuerpo y, casi sin darse cuenta, cerró los ojos y se entregó a la sensación.

Abrió los ojos y miró el reloj: las nueve y media. Los niños no volverían hasta cinco horas más tarde. Tiempo de sobra.

Fue a su habitación, abrió el primer cajón de la cómoda y rebuscó hasta dar con su antiestrés favorito: un juguete que vibraba y, además, presionaba justo donde ella necesitaba. Se quitó la camiseta enorme con la que dormía y se bajó la ropa interior. Ajustó la puerta del armario para verse en el espejo; mirarse mientras jugaba la hacía sentir una mujer distinta a la madre agotada de cada mañana.

Se tendió bocabajo con la almohada bajo las caderas, separó sus largas piernas y empezó despacio, con los dedos. Por fuera apenas estaba húmeda, pero bastó deslizar un dedo hacia dentro para que todo cambiara.

—Mmm... —gimió en voz baja, moviendo las caderas al compás de su mano.

Se agarró un pecho con la mano libre, pellizcándose el pezón, y sin pensárselo dos veces sustituyó los dedos por el juguete. El frescor repentino la sobresaltó, como siempre. Saltaba de los pezones al clítoris, espoleando el placer hasta que su cuerpo se tensó, elevó las caderas y un temblor largo la recorrió de arriba abajo.

—Ay, Dios... —jadeó, antes de desplomarse satisfecha sobre el colchón, con las piernas hechas gelatina.

***

—¡Riiing! ¡Riiing! —sonó el teléfono. Carla lo descolgó aún sin aliento.

—Buenos días, ¿la señora Medina? Le llamo de secretaría del instituto. Necesitamos que pase a recoger a Diego y hable con el director.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Su hijo ha sido expulsado. Tendrá que venir a buscarlo y hablar con el director antes de que pueda volver a clase.

Carla suspiró, abatida.

—De acuerdo. Estaré allí en unos minutos.

Como si no tuviera bastante.

***

Veinte minutos después estaba sentada frente al señor Robles, el veterano director.

—Diego ha sido expulsado por saltar la valla y, sobre todo, por faltarle el respeto a una profesora con palabras que prefiero no repetir —explicó—. Su comportamiento en clase es cada vez más disruptivo. Dadas las reincidencias, no me queda más remedio que aplicar una expulsión temporal de tres días.

—Entiendo —admitió ella, asumiendo que la decisión ya estaba tomada—. Le aseguro que no van a ser unas vacaciones.

Ya en el coche, Carla apretó el volante para aguantarse las ganas de soltarle un pescozón.

—¿Qué le has dicho a esa profesora?

—Que estaba amargada —confesó Diego—. Y que se buscara novio a ver si dejaba de fastidiar con los deberes. ¡Es la verdad! Siempre está de mal humor.

Carla tuvo que esforzarse para no reír, porque el chico no andaba del todo desencaminado.

—No seas grosero. Es tu profesora y la tratas con respeto. ¡Castigado en casa hasta que vuelvas al instituto!

***

Los días siguientes fueron más de lo mismo: Diego encerrado en su cuarto sin mover un dedo y ella librando una batalla perdida, sin nadie que la apoyara. El último día de expulsión, lo dejó durmiendo y fue ella misma al instituto. La tarde anterior había averiguado que su hijo llevaba dos asignaturas colgando, una de ellas con un profesor al que el chico llamaba «el Sargento».

En secretaría le dijeron que el profesor Adrián Salas estaba en el departamento, así que recorrió el laberinto de pasillos y llamó a la puerta.

—¿Señor Salas? Soy Carla, la madre de Diego. Quería hablar de las notas de mi hijo.

—Claro, siéntese.

Era más joven que ella, rondaría los treinta y cinco. Aun sentado, daba la impresión de ser alto y fornido, y lo que más gracia le hizo fue el pelo cortado a cepillo, casi militar. Tenía los ojos oscuros y una mirada traviesa; sonreía con esa amabilidad de los hombres que saben de sobra la turbación que provocan. Carla notó un cosquilleo impertinente nada más verlo.

—Me temo que su hijo ha faltado mucho y no ha hecho el último examen —dijo él, echándose hacia atrás en la silla—. Tiene que ponerse las pilas o no se graduará.

—No se imagina las discusiones que tenemos en casa, pero no hay manera —contestó ella con sinceridad—. Le pregunto si necesita ayuda y se encierra en su cuarto o se larga.

—La entiendo. ¿Y su marido? ¿La ayuda con él?

—¡Qué va! Se largó hace tiempo. He tenido que criarlos sola.

—Ya veo. El caso es que su hijo no puede seguir así. Lo siento mucho, señora —dijo poniéndose de pie—, pero si no se esfuerza, no aprobará.

El miedo a que su hijo no se graduara llevaba meses rondándola. Lo había presionado, castigado e incluso intentado sobornar, todo en vano. Al ver al profesor de pie, intuyó que daba por terminada la reunión, y entró en pánico. Si no actuaba en ese mismo instante, todo habría acabado.

—Por favor, espere... Tiene que haber algo que yo pueda hacer. No se imagina lo mal que lo estoy pasando. Trabajo, hago todo en casa, y no puedo más... —Y, sin poder evitarlo, se echó a llorar.

Al oírla suplicar, Adrián entendió hasta qué punto las cosas habían sido duras para esa mujer. Ahí estaban las ojeras, los hombros encorvados, el cansancio en su mirada. Sintió lástima, y algo más. No era fea, ni mucho menos, y se conservaba muy bien. Contempló su cuello, el cabello claro, las piernas largas, y algo se encendió en él.

—Mire, señora Medina, ahora tengo clase, pero pásese esta tarde por mi casa. ¿A las ocho le viene bien?

—¿Por su casa? —replicó ella, extrañada.

—Sí —respondió él sin parpadear, mirándola de forma elocuente—. Hablaremos con calma y veremos qué se puede hacer. Y tutéeme, llámeme Adrián.

Anotó su dirección en un papel amarillo. Carla lo recogió como si fuera un salvavidas.

—Gracias. Allí estaré.

***

Cuando su hijo anunció que se iba a casa de su novia, Carla fingió enojo para disimular el alivio. En cuanto se quedó sola, fue a su cuarto y buscó algo sugerente pero no vulgar. Sonrió al sacar su vestido favorito: todavía le entraba. Sabía para qué iba a casa de Adrián, y el deseo se abría paso por mucho que tratara de convencerse de que solo lo hacía por su hijo. Se maquilló como no hacía en años y se puso un conjunto de ropa interior que llevaba meses guardado para una ocasión especial.

—¡Estás preciosa, mamá! —exclamó su hija al verla salir al pasillo.

—Gracias, cariño —respondió, y por primera vez en mucho tiempo se sintió guapa de verdad—. Pórtate bien. Vuelvo lo antes posible.

***

Era un barrio de casas adosadas. Aparcó justo enfrente y se quedó unos instantes en el coche, reuniendo valor. Es por mi hijo, se repitió hasta que no pudo postergarlo más. Caminó hasta la puerta, respiró hondo y pulsó el timbre.

—¡Hola! Adelante —dijo Adrián, abriendo y haciéndole un gesto para que pasara. La ayudó con el abrigo y la guió hasta el salón.

Le gustaba, y no sabía bien por qué, porque era todo lo contrario de los hombres que siempre la habían atraído. No era un grandullón de gimnasio como su ex. Adrián era simpático, inteligente y seguro de sí mismo, y eso, descubrió, la desarmaba más que cualquier músculo.

—Me alegra que hayas venido —dijo él, sirviéndole una copa de vino—. Habría sido incómodo tratar esto en el instituto.

—Lo entiendo —contestó ella, intimidada por su forma de mirarla, apartándose un mechón detrás de la oreja.

—¿Te has arreglado para mí?

—Bueno, yo... —empezó, sonrojándose y mordiéndose el labio.

—Gracias. Estás preciosa.

Hablaron un rato de lo perdido que andaba Diego y, en un momento dado, él dejó de hablar y la contempló en silencio. Carla le sostuvo la mirada un instante, pero al captar el mensaje acabó desviando la vista. Hacía tanto que nadie trataba de seducirla que el cortejo descarado del profesor de su hijo le resultó tremendamente halagador.

—Mírame y dime por qué estás aquí —dijo él.

Sobrecogida, Carla lo miró boquiabierta, incapaz de aclarar sus propios pensamientos.

—Yo... esta mañana pensé que... No sé, lo siento, creo que ha sido un malentendido —balbuceó, poniéndose en pie, terriblemente azorada.

—Un momento. —Él se levantó y la tomó de la mano—. No te he dado permiso para marcharte. Solo quería asegurarme de que estaba captando bien las señales. Y resulta que sí.

La atrajo hacia sí, sujetándola por la cintura. Ella lo miró, paralizada, y entonces él inclinó la cabeza y resolvió todas sus dudas con un beso largo y hambriento; un beso que la dejó sin aliento y que hizo que su corazón, helado desde hacía años, se fundiera de golpe.

Siguieron besándose con ansia, incapaces de saciar tanto deseo acumulado. Cuando sus labios se separaron para buscar aire, él la tomó en brazos. Carla le rodeó la cintura con las piernas y dejó que la llevara por el pasillo hasta el dormitorio, donde la depositó con cuidado junto a la cama.

La giró con suavidad para que le diera la espalda. Le besó la nuca, dejando que su aliento cálido le erizara la piel, y ella echó el trasero hacia atrás buscando notarlo contra él. Él le mordisqueó el lóbulo de la oreja —un punto sensible que la hizo gemir— mientras le bajaba la cremallera del vestido sin prisa, besándole los hombros a medida que la descubría.

Cuando la prenda cayó al suelo, Carla se cubrió por instinto, insegura de un cuerpo que ya no era el de los veinte años. Pero Adrián la giró de nuevo, sonrió ante aquel pudor inesperado y le retiró las manos a los costados con firmeza.

—No tienes nada de qué avergonzarte, créeme —le susurró al oído.

Se sentó en el borde de la cama y la atrajo hacia él. Le soltó el sostén y tomó un pezón entre los labios, lamiéndolo y mordisqueándolo despacio, mientras sus manos bajaban por las caderas hasta estrujarle las nalgas. Cuando sus dedos resbalaron por fin en su interior, cálido y húmedo, Carla se contrajo para retenerlos.

Entonces él se detuvo, sin previo aviso.

—Métete en la cama. Ahora vuelvo —dijo, saliendo de la habitación.

La firmeza de su voz la inundó de deseo. Tan caliente estaba que desobedeció: se colocó a cuatro patas sobre el colchón, miró hacia la puerta y levantó el trasero con impaciencia. Cerró los ojos al oírlo regresar. No necesitaba verlo para saber que estaba detrás de ella, observándola.

Hasta el último de sus nervios se sobresaltó cuando empezó a lamerla directamente en el clítoris, arrancándole oleadas de placer. Carla se soltó del todo: gimió sin pudor mientras él la dominaba con la lengua, se retorció, dejó de pensar en nada que no fuera aquello. De pronto él se incorporó, le tiró del pelo y la penetró con fuerza desde atrás.

Ella se llevó dos dedos a la boca para humedecerlos y siguió acariciándose mientras él la embestía. Miró por encima del hombro, sin creerse aún cómo la sacudía aquel hombre, y abrió más las piernas.

Si me vieran mis amigas...

Estaba al borde. Aceleró el movimiento de los dedos y, un segundo después, se contrajo entera, cerró las piernas atrapándolo y un gemido ronco escapó de su garganta. Adrián se detuvo, disfrutando de cómo lo estrujaba sin control, y esperó a que el temblor de los muslos se fuera apagando antes de salir de ella, despacio, para no sobresaltarla.

Recorrió su cuerpo a besos: los tobillos, el interior de los muslos, las nalgas, la espalda. No había un centímetro de ella que no ardiera bajo sus labios. Cuando llegó al cuello y volvió a morderle el lóbulo, Carla estaba de nuevo loca de deseo, arqueada, lista para lo que hiciera falta.

Aquel hombre era cuidadoso y atento, pedía permiso para todo. «¿Puedo?», susurraba, y cuanto más se demoraba en preguntarlo, más caliente la ponía.

—¡Claro que puedes! ¡Hazlo de una vez! —jadeó ella.

La sujetó con firmeza y la tomó por detrás con un cuidadoso vaivén, suave y contenido al principio, intuyendo que era el primero en mucho tiempo, comprendiendo que aquella mujer no buscaba solo sexo, sino sobre todo cariño. Le rodeó el cuerpo con una mano, le apretó un pecho, le pellizcó el pezón hasta hacerla gemir, y poco a poco empezó a recuperar el tiempo perdido.

Extasiada, Carla sintió crecer otra vez la excitación. Sacudía la cabeza al ritmo de su amante, encendida de la cabeza a los pies, hasta que un lamento hondo y sostenido detuvo el tiempo en un instante de gloria. Aferró las sábanas, se contorsionó, creyó morir y renacer a la vez.

Él fue espaciando las embestidas hasta detenerse, y entonces la besó y la atrajo hacia su pecho. Ella se acurrucó en su abrazo, buscando un consuelo que llevaba años sin encontrar.

***

Después de un rato de duermevela, Carla pensó que sería mejor volver pronto a casa. Se levantó con pesar y empezó a vestirse, de espaldas a un hombre al que apenas conocía a pesar de lo que acababan de hacer.

—No te preocupes por la graduación de Diego —dijo Adrián, reclinado en la cama—. Pero te voy a decir una cosa. Sé que haces lo imposible para que estudie, pero tienes que ir asumiendo que tu hijo tomará sus propias decisiones. Es su vida, y tiene derecho a elegir, aunque te parezca que se equivoca.

—Lo sé —respondió, deteniéndose a mirarlo—, pero me duele verlo perder el tiempo.

—Lo natural es que los hijos sean lo que ellos quieran, no lo que sus padres creen mejor.

—Sí, bueno... —rezongó ella—. Pero por lo menos que termine el curso.

—De eso me encargo yo —zanjó él con la misma rotundidad con que la había tomado.

La acompañó hasta la puerta. Cuando ella estaba a punto de salir, la retuvo del brazo y, sin encontrar las palabras, se inclinó y la besó otra vez, apenas rozándole los labios, cálido y anhelante.

—¿Podría volver a verte? —preguntó.

Carla se quedó boquiabierta, asimilando lo que acababa de oír, hasta que el corazón le dio un vuelco.

—Ya veremos —dijo, conteniendo la euforia.

Volvió a casa con la sensación de que su vida había cambiado de rumbo. Quizá, después de todo, hubiera encontrado a alguien dispuesto a darle la atención y el cariño que tanto le habían faltado. Aquella tarde, desde luego, había conseguido mucho más de lo que había ido a buscar.

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Comentarios(6)

CamilaCba

tremendo relato, no esperaba ese giro!!

Gonza_bsas

Me quede con ganas de saber como termina todo. Por favor una segunda parte!

ValeriaRos

excelente!!

MatiasK92

La descripcion del principio te mete de lleno en la cabeza del personaje. Muy bien logrado, de verdad.

DiegoCba88

de los mejores de la categoria, sin duda. Segui escribiendo

Marcos_lectura

Me recordo a algo que lei hace tiempo pero este esta mucho mejor contado. La tension del principio engancha mucho

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