Lo que pasó con el jardinero cuando acepté el reto
Todo empezó por una apuesta tonta, de esas que mi novio Damián lanzaba cuando se aburría los sábados por la tarde. Hacía un calor pegajoso y el jardinero llevaba media mañana podando los setos del fondo, en mangas de camisa, con el sudor marcándole la espalda. Yo lo había mirado más de la cuenta desde la cocina y Damián se dio cuenta.
—Te gusta el viejo —dijo, medio en broma, recostado en el marco de la puerta con una cerveza en la mano.
—No es viejo —contesté sin pensar—. Tendrá cuarenta y pico. Y está bueno.
Damián soltó una risa.
—A que no te animas a calentarlo.
Ahí estaba el problema con Damián: nunca sabía hasta dónde podía empujarme.
El jardinero se llamaba Aurelio. Llevaba viniendo a casa desde que nos mudamos, una vez por semana, siempre puntual, siempre callado. Era ancho de hombros, con el pelo entrecano y unas manos grandes y curtidas que yo había observado más veces de las que admitiría. Tenía esa seguridad tranquila de los hombres que ya no necesitan demostrar nada.
—¿Qué gano si lo hago? —pregunté, cruzándome de brazos.
—Si lo pones nervioso, lavo los platos un mes. Pero no vas a poder. Solo desde la ventana, sin salir. Esas son las reglas.
Le di la mano para cerrar el trato. La mañana anterior, sin saberlo, ya había abierto las cortinas del dormitorio justo cuando Aurelio pasaba con la manguera, y juraría que me había visto en bata. La idea de repetirlo, esta vez a propósito, me encendió de una forma que no esperaba. Ya me notaba las bragas húmedas de solo pensarlo.
***
Esperé a que el sol estuviera más bajo, cuando Aurelio se tomaba su descanso a la sombra del limonero, justo frente a la ventana de nuestra habitación. Damián se sentó en una silla en el rincón, con esa sonrisa de quien cree que tiene la partida ganada.
—Solo mirar —me recordó—. Nada de salir.
Subí la persiana despacio. Me había puesto un vestido fino, sin nada de gracia aparente, pero me senté en el borde de la cama de modo que la luz de la tarde me cayera encima. Aurelio levantó la vista del termo y nuestras miradas se cruzaron a través del cristal.
No aparté la mía. Eso fue lo primero que lo desconcertó.
Empecé despacio. Me pasé la mano por el cuello, fingiendo que tenía calor, y dejé que los dedos bajaran por el escote. Aurelio dejó el termo en el suelo sin dejar de mirarme. Murmuré su nombre, sabiendo que no podía oírme, solo leer mis labios.
—Aurelio… —dije, y vi cómo se le tensaba la mandíbula.
Detrás de mí, oía la respiración de Damián cambiando de ritmo. Eso me dio valor. Me recosté un poco, dejé caer la cabeza hacia atrás y me bajé el tirante del vestido hasta que una teta quedó al aire, con el pezón ya duro apuntando al cristal. Aurelio se removió donde estaba sentado, se acomodó la polla dentro del pantalón con disimulo y luego con menos disimulo. Yo me pellizqué el pezón entre el pulgar y el índice, tiré de él, lo hice girar mientras gemía sin sonido, solo el movimiento de la boca, los ojos clavados en él.
—Mira cómo se la agarra el hijo de puta —susurró Damián desde el rincón, con la voz ronca—. Lo tienes empalmado hasta las cejas.
No contesté. Estaba demasiado metida en el juego, demasiado caliente yo misma. Me subí el vestido hasta la cintura, abrí las piernas y le enseñé las bragas, ya con una mancha oscura en el centro. Aurelio se pasó la lengua por los labios y se apretó la verga por encima de la tela con la mano entera. Verlo perder la compostura, verlo ceder centímetro a centímetro mientras me devoraba con los ojos, me tenía ardiendo. Metí la mano por dentro del elástico y empecé a frotarme el clítoris en círculos lentos para que él viera cada movimiento.
Y él siguió.
Se bajó la cremallera sin dejar de mirarme y sacó la polla al sol. Estaba dura, gruesa, con la punta brillante, y él se la agarró con esa mano grande y curtida y empezó a masturbarse frente a mi ventana, sin esconderse. Me mordí el labio, aparté las bragas a un lado y le mostré el coño, abierto, brillante, mientras me metía dos dedos y los sacaba despacio. Aurelio cerró los ojos un segundo, como si le doliera contenerse, y cuando los abrió ya no había duda de quién estaba ganando esta partida. La ventana de nuestra habitación daba al patio interior, lejos de la calle, así que solo nosotros tres existíamos en ese momento.
—Estás temblando —me dijo Damián, acercándose por detrás—. No pensé que llegarías tan lejos.
—Perdiste la apuesta, amor —le contesté sin girarme, con los dedos todavía dentro—. Lo tengo cascándosela para mí.
Lo que no había previsto era cuánto me afectaría a mí. El reto era calentarlo a él, pero la que estaba a punto de reventar era yo. Me chorreaba la mano entera.
***
Fue idea de Damián abrir el ventanal. Lo hizo casi sin pensarlo, empujado por la misma excitación que nos había arrastrado a los dos.
—Pasa a tomar agua, Aurelio —le dijo desde el umbral, intentando sonar casual—. Hace un infierno ahí fuera.
Aurelio entró despacio, guardándose la polla apenas a medio meter, secándose las manos en el pantalón, midiéndonos a los dos con esa calma suya. Sabía perfectamente lo que acababa de ocurrir. Yo seguía sentada en la cama, con el vestido arrugado en la cintura, las tetas fuera y las bragas apartadas, sin ninguna intención de taparme.
—Vaya espectáculo me ha dado, señora —dijo él, y su voz grave me recorrió la espalda entera—. Casi me corro en el jardín.
—No sabía que mirabas —mentí, y los tres sabíamos que era mentira.
Damián se reía, nervioso, sin saber muy bien qué había desatado. Pero yo sí lo sabía. Me levanté, dejé el vestido caer al suelo y crucé la habitación desnuda hasta detenerme a un palmo de Aurelio. Olía a tierra húmeda, a sol y a sudor de hombre que ha trabajado todo el día. Le puse una mano en el pecho y la otra directamente sobre el bulto que le abultaba el pantalón. Estaba durísimo. Noté su corazón golpeando como un tambor y su verga latiendo contra mi palma.
—Has estado toda la tarde con la polla dura mirándome —le dije en voz baja—. Ahora estás aquí. Y me la vas a dejar probar.
—Mariana —intervino Damián, pero su voz no era una advertencia. Era casi una súplica.
Miré a mi novio por encima del hombro. Tenía los ojos brillantes, la bragueta ya abierta, la mano cerrada alrededor de su propia polla. No iba a detenerme. Era exactamente lo que él, sin admitirlo, había querido provocar desde el principio.
Me arrodillé.
***
Aurelio dejó escapar el aire despacio cuando le solté el botón del pantalón y se lo bajé hasta los tobillos junto con el calzoncillo. No tenía prisa, ni él ni yo. La polla le saltó hacia arriba, dura, pesada, y me golpeó en la mejilla antes de que pudiera atraparla. Me la puse en la palma con las dos manos y me tomé un momento solo para mirarla, para sentir el peso y el calor. Era grande, más gruesa de lo que había imaginado, con las venas marcadas y los huevos bien llenos colgando debajo, y latía contra mis dedos cada vez que los cerraba alrededor.
La recorrí primero con los labios, sin abrir la boca, dejando un rastro lento y baboso desde los huevos hasta la punta. Le lamí las pelotas una a una, me las metí en la boca despacio, se las chupé mientras le agarraba la verga con el puño y se la meneaba lento. Aurelio echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido grave que retumbó en toda la habitación. Esa reacción, la de un hombre que se creía dueño de sí mismo viniéndose abajo por mí, me volvió loca.
—Despacio —murmuró él, con la voz quebrada—. Así, chúpamela así, despacio.
La besé en la punta, junté las gotas espesas del glande con la lengua, dibujé círculos alrededor del capullo mientras lo escuchaba jadear. Le abrí la boca y me la metí entera, hasta que la punta me pegó en el fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz para no ahogarme. Cada vez que subía y bajaba con los labios, sus manos buscaban mi pelo, no para empujarme, sino para sostenerse, como si le faltara el suelo. La saqué toda, brillante de saliva, y le escupí encima antes de volver a tragármela hasta el fondo. Sentí cómo se estremecía de la cabeza a los pies.
Desde un costado, oía a Damián respirando rápido, su propia mano marcando un ritmo obsceno sobre su polla, al compás del mío.
—No puedo creer lo que estoy viendo —dijo, con la voz tensa—. Cómo se la comes, joder, cómo se la tragas entera.
No le contesté. Tenía la boca ocupada y la cabeza en otra parte. Aurelio empezó a mover las caderas, despacio al principio, follándome la boca con cuidado, y yo lo dejé marcar el paso hasta que le agarré el culo con las dos manos y le pedí más. Entonces empujó de verdad, hasta el fondo, sacándomela con hilos de saliva que me caían por la barbilla hasta las tetas. Lo miraba desde abajo, con los ojos llorosos y llenos de él, y cada vez que nuestras miradas se encontraban él gemía más fuerte. Yo me llevé una mano entre las piernas y empecé a frotarme el coño mientras se la mamaba, chorreando encima de la alfombra. Era un ida y vuelta de placer del que ninguno de los dos quería salir.
El espejo del armario me devolvía la escena entera: yo de rodillas y desnuda, con las tetas rebotando cada vez que me embestía la boca, Aurelio con la cabeza echada atrás y la camisa pegada al cuerpo, y Damián de pie junto a la cama meneándosela sin pestañear, con la polla goteando en la mano. Saberme observada por los dos, sentirme puta entre dos hombres a la vez, me empujó todavía más. Me metí tres dedos en el coño y los movía al mismo ritmo con el que me follaba la garganta.
—Mariana —jadeó Aurelio—, no voy a aguantar mucho. Me voy a correr.
Aceleré. Le agarré los huevos con una mano, notándolos apretarse contra el cuerpo, mientras con la otra le trabajaba la base de la polla y con la boca y la lengua le apretaba la punta, sin pausa, chupando fuerte. Sentí cómo se tensaba todo su cuerpo, cómo se le contraía el vientre. Soltó un gruñido largo, profundo, animal, y se corrió con una fuerza que me hizo cerrar los ojos. El primer chorro me llenó la boca, espeso y caliente; saqué la polla y dejé que los siguientes me cayeran en la cara, en los labios, en la barbilla, en las tetas, mientras seguía meneándosela para sacarle hasta la última gota. Lo sostuve hasta el final, sin soltarlo, hasta que el último temblor lo recorrió y se quedó quieto, jadeando, con una mano apoyada en mi hombro para no perder el equilibrio.
Abrí la boca para que me vieran el semen todavía dentro, lo hice rodar sobre la lengua y me lo tragué de un golpe, mirando a Damián a los ojos. Mi novio soltó un gemido ahogado y se corrió en su propia mano al instante, sin ni siquiera avisar, salpicando el borde de la cama.
***
Me limpié los labios con el dorso de la mano, recogí con el dedo un hilo de leche que me resbalaba entre los pechos y me lo chupé sin apuro. Me puse de pie despacio. Aurelio me miraba con una mezcla de asombro y respeto, todavía recuperando el aliento, con la polla medio dura brillándole de saliva.
—Hacía años que no… —empezó, y no terminó la frase. No hacía falta.
Damián seguía en su rincón, descompuesto, con la mano manchada, una sonrisa boba y la cara roja.
—Te lo dije —le solté, acercándome a darle un beso con la boca todavía con sabor a Aurelio—. Lo tenía en la palma de la mano. Lavas los platos un mes.
—El reto era calentarlo —protestó él, riéndose—, no comértela entera.
—Tú abriste el ventanal, amor. La culpa es tuya por calentarme a mí primero.
Aurelio se acomodó la ropa con calma, guardándose la verga todavía gorda dentro del pantalón, recuperando poco a poco esa serenidad suya de hombre de pocas palabras. Antes de salir, se detuvo frente a mí y me sostuvo la barbilla con dos dedos, esos dedos que olían a tierra y a mi propio coño de cuando me había tocado antes.
—La semana que viene vuelvo por los setos —dijo, con una media sonrisa—. Y por lo que haga falta. La próxima vez te la meto entera.
Lo vi cruzar el patio de nuevo, tomar las tijeras de podar y seguir como si nada, igual de tranquilo que siempre. Pero esta vez, cuando levantó la vista hacia la ventana, ya no apartó la mirada.
Cerré las cortinas despacio, con el corazón todavía a mil y las piernas pegajosas. Damián me abrazó por detrás, hundiendo la cara en mi cuello.
—¿En qué me he metido? —murmuró.
Sonreí mirando el jardín por la rendija de la cortina.
En lo que los dos queríamos meternos desde hacía mucho.





