Dos maduras casadas me retaron en su propio juego
Después de las fiestas, la vuelta a la rutina siempre me costaba. Reuniones, el cierre del año anterior, las previsiones del siguiente: todo había que dejarlo atado antes de poder respirar tranquilo. La primera semana en Sevilla la dediqué entera a eso, a rematar flecos, hasta que por fin pude volver a lo único que de verdad me apasionaba.
Lo que empezó como una forma de invertir el dinero se había convertido en algo más serio. Compraba propiedades antiguas —caserones, conventos, seminarios medio en ruina— y las restauraba para devolverles su forma original. Donde otros veían escombros, yo veía potencial. Esa mirada me había costado años afinarla.
Mi casa de campo había quedado bien en las primeras intervenciones, pero algo no terminaba de convencerme. Por eso, cuando mi amigo Tomás, el de la inmobiliaria, se ofreció a presentarme a varios estudios de arquitectura, presté atención. De todos, el que más me gustó fue el de dos matrimonios que compartían despacho desde la universidad.
Bruno e Iván rondaban los cuarenta y cinco. Altos, delgados, poco amigos del gimnasio aunque jugaban al pádel los fines de semana. Serios, impecables, con esas canas bien cuidadas que dan confianza. Pero quienes de verdad llamaban la atención eran ellas.
Daniela y Carla no pasaban desapercibidas, y desde luego no lo pretendían. Les gustaba que las miraran, que las admiraran. Eran dos mujeres explosivas y, como comprobaría con el tiempo, peligrosas. Por eso mantuve siempre una relación más profesional que personal: no quería estropear un buen negocio por un calentón.
Hicimos varios proyectos juntos, todos rentables, hasta que apareció uno que no consulté con nadie. Un fin de semana los subí a todos al coche sin decirles a dónde íbamos, ni siquiera a Tomás. Después de varias horas de carretera llegamos a unas ruinas que yo conocía bien: un monasterio del siglo catorce donde de niño había jugado mil tardes.
Las dos parejas se pusieron manos a la obra, midiendo y calculando, mientras yo esperaba apoyado en un muro caído. Al terminar, fue Carla quien habló por los cuatro.
—Es un trabajo ingente. Hay muchísimo que reconstruir, habría que echar números para ver si sale rentable.
—Dentro de lo malo, las piedras ya están aquí —respondí, señalando los grandes bloques desperdigados por el suelo.
Les pregunté lo único que de verdad me importaba: si se podía devolver el edificio a su estado original. Dijeron que sí, que sería arduo, pero posible. Y se les iluminó la cara. Cerré la compra esa misma semana, con terreno y hectáreas incluidas. Para ellos era el reto de su carrera; para mí, un capricho que llevaba años esperando.
De vuelta, ya de noche, paramos a tomar un café y me invitaron al cumpleaños de Daniela. Una cena, me aclararon, porque la comida era cosa de familia. No supe negarme.
***
Compré un perfume caro, de esos que en según qué piel huelen a gloria. El único conocido que esperaba ver allí, además de los dos matrimonios, era Tomás, que a última hora no pudo acudir. Tenía planeada mi retirada temprana, una excusa cómoda para irme pronto a casa.
Pero cuando llegué y vi cómo se habían arreglado Daniela y Carla, supe que la noche no iba a ser corta. Se sentaron una a cada lado, según ellas para que no me sintiera «como un pez fuera del agua».
Daniela era pura curva y color: melena negro azabache, labios pintados de rojo intenso, ojos verdes que era imposible no mirar. El vestido ajustado era una declaración de intenciones, con un escote que dejaba adivinar unas tetas grandes y firmes que se movían con cada respiración. Carla, en cambio, era luz: rubia platino, piel bronceada, ojos color miel llenos de un misterio calculado, y un culo redondo que el vestido corto marcaba sin disimulo. Las dos sabían exactamente el efecto que causaban, y lo usaban sin pudor.
Durante horas toreé la situación. A veces lo mejor es hacerse el tonto y dejar que la cosa se normalice sola. Creí que lo había conseguido, hasta que Carla decidió romper la sutileza.
—Marcos, cariño —empezó, con un tono que era todo menos inocente—. Eres un hombre con una carrera impresionante. Tienes una visión para los negocios que no deja de asombrarnos. Lo del monasterio: todos veían pedruscos y tú veías otra cosa.
Sonreí sin morder el anzuelo. Sabía que no había terminado.
—Por eso no entiendo que te hagas el tonto y no captes lo que llevamos toda la noche diciéndote. ¿O es que eres corto? Y corto no lo eres.
Así que de eso iba la cena.
Con la excusa de fumar un cigarrillo, las dos me arrastraron al patio. Lejos de la mesa, la conversación perdió cualquier disfraz.
—Desde que te vi por primera vez tengo clarísimo lo que quiero hacerte —dijo Carla, mirando alrededor para asegurarse de que estábamos solos—. Me apareces hasta en sueños, y no precisamente vestido. Sueño con tu polla en mi boca, con tragármela entera. Me despierto con el coño empapado.
Daniela se sumó con una sonrisa descarada, aún más directa. Confieso que, en lugar de incomodarme, me encendía. Me gustan las mujeres que hablan claro, que dicen lo que quieren sin rodeos ni vergüenza.
—Mi marido tiene lo suyo, no me quejo —soltó Daniela, con una crudeza que me hizo aguantar la risa—. Pero llevo toda la cena preguntándome qué escondes tú entre las piernas. Porque no siempre un buen cuerpo es preludio de una polla decente. Y yo quiero saber si la tuya folla tan bien como promete.
—Eso tendréis que averiguarlo —respondí, y me encaminé de vuelta a la mesa antes de que pudieran replicar.
Trajeron la tarta con una vela. Mientras Daniela la soplaba y soltaba unas palabras de agradecimiento, sentí la mano de Carla deslizarse por mi muslo por debajo del mantel, subir hasta el bulto y apretarlo con descaro. Abrió mucho los ojos al comprobar el tamaño de lo que encontraba. Se inclinó hacia su amiga y le susurró algo; un segundo después había dos manos donde antes solo había una, dos manos manoseándome la polla por encima del pantalón, notando cómo crecía y se marcaba contra la tela.
Las aparté con calma.
—Mi venganza va a ser terrible —les advertí en voz baja.
—¿Es que nos vas a castigar? —ronroneó Daniela, divertida—. Dime dónde me pongo. De rodillas, boca abajo, con el culo en pompa: lo que quieras.
No contesté. Solo dije que en cinco minutos me marchaba, y que las dos vendrían conmigo.
Se miraron, incrédulas. Habían dado por hecho que, si todo salía como ellas querían, vendría conmigo solo la que más me gustara.
—El problema —añadí— es que no he conseguido decidir cuál de las dos es más atrevida. Y quiero averiguarlo.
Bastó una excusa: que se iban al casino, como otras veces, y que me llevaban de acompañante. Bruno e Iván apenas levantaron la vista de su conversación, pidiéndoles que no gastaran demasiado y que volvieran pronto.
***
Me preguntaron a qué hotel íbamos. Les dije que a mi casa.
—¿Por qué la tuya? —quiso saber Carla.
—Porque está insonorizada. Y porque tengo todo lo que hace falta para pasarlo bien.
Se miraron entre risas nerviosas, preguntando medio en broma si no sería un psicópata. Les respondí que tendrían que descubrirlo. Por el camino confesaron que nunca habían estado las dos en la misma cama con un hombre. No me molesté en contestar.
En casa surgió el primer obstáculo. Las dos querían que eligiera, y que la otra lo aceptara deportivamente. Cuando propuse estar los tres juntos, Daniela fue clarísima.
—Seremos muy lanzadas, que lo somos, pero nunca hemos estado juntas. A mí no me ha atraído nunca otra mujer. Un trío con dos hombres, eso sí me lo pensaría.
—Lo mismo digo —apuntó Carla—, aunque a mí no me importaría que el otro fuese mi marido. Sería más morboso.
Les dije que las dos me gustaban por igual, así que lo echaron a suertes entre risas.
Ganó Carla, que no esperó ni un segundo. Me cogió de la mano y tiró de mí hacia el dormitorio, mientras le pedía a su amiga que pusiera algo en la televisión y se sirviera una copa.
Carla quiso pasar antes por el baño. Aproveché para abrir la parte de la habitación que no enseño a cualquiera y dejar lista una cuerda colgada del gancho del techo. Quería que quedara claro desde el principio quién mandaba allí. Cuando salió, los dos nos quedamos parados un instante: ella, al ver la cuerda; yo, al verla vestida solo con los tacones. El coño depilado, los pezones ya duros de anticipación, la piel bronceada brillando bajo la luz cálida.
No había miedo en su cara, sino una excitación que parecía sorprenderla a ella misma. Le coloqué un antifaz sobre los ojos.
—Así lo vas a sentir todo mucho mejor —le dije al oído.
Le até las muñecas y tiré de la cuerda hasta dejarle los brazos en alto, obligándola a estirar el cuerpo, tetas arriba, culo prieto. Pasé la mano abierta por su espalda, por sus nalgas, y noté cómo se le erizaba la piel. Le metí dos dedos entre las piernas sin previo aviso: estaba mojada, un hilo espeso me resbaló por los nudillos.
—Mírate, guarra —le susurré al oído—. Ni te he tocado y ya chorreas.
—Fóllame ya, por favor —jadeó, moviendo las caderas contra mi mano.
—Cuando yo diga.
Entonces hice una seña hacia la puerta, que había dejado entornada a propósito. Daniela espiaba desde el pasillo. Al principio se hizo la dura, fingiendo que no quería entrar; pero cuando vio la fusta más suave que tenía y oyó a Carla recibir los primeros golpes secos en el culo, no aguantó las ganas. Cada fustazo dejaba una marca rosada en las nalgas de Carla y le arrancaba un gemido más largo que el anterior.
—Menuda floja estás hecha —se burló Daniela de su amiga, intentando provocarme para que la incluyera—. Yo lo haría con muchas más ganas.
No le repliqué. Solo le tendí un correón de cuero y la dejé probar. El primer golpe le salió torpe, sin fuerza. Le enseñé el ángulo, la postura, y al tercero ya sabía exactamente lo que hacía. Los ojos le brillaban, y cuanto más insultaba a Carla —«puta», «zorra caliente», «te encanta que te peguen»— con más entrega le respondía la otra, arqueando la espalda para ofrecer el culo.
Le dije a Daniela que se desnudara, y obedeció sin rechistar. El vestido cayó al suelo, después el sujetador que apenas sujetaba unas tetas enormes de pezones oscuros y anchos, y por último unas bragas negras que sacó completamente ensopadas. Una vez desnuda, la cogí de la mano y nos acercamos por detrás a Carla, que tenía la piel encendida. Le pasé los dedos de su amiga entre las piernas de Carla. Al principio Daniela se resistió, como si le diera reparo tocar a otra mujer; luego me enseñaba los dedos brillantes de flujo, casi orgullosa de lo que encontraba.
—Chúpatelos —le ordené.
Daniela abrió la boca y se metió los dedos hasta el fondo, saboreando a su amiga con una expresión entre asco y morbo. Los sacó limpios.
—Sabe bien la muy zorra —dijo.
Até también a Daniela, le puse su antifaz y me dediqué a las dos por igual. Les pellizcaba los pezones, les metía dos y tres dedos en el coño hasta que sentía cómo se cerraban alrededor, les pasaba la lengua por la espalda, por el cuello, por las tetas colgantes. Carla preguntaba una y otra vez por qué oía un segundo golpe cuando a ella no la tocaban; le dije que me lo daba a mí mismo, y eso pareció enloquecerla más. Las dos chorreaban, y el suelo debajo de ellas ya tenía dos manchas oscuras. Saqué unas pinzas, las gradué para que no fueran extremas y se las coloqué en los pezones. A Carla se le aceleró la respiración cuando cerró la segunda.
—Creíamos que sabías —jadeó—, pero esto es otro nivel. Eres un maldito maestro.
—¿Tonta yo? —saltó Daniela desde su sitio, sin poder verla—. Estoy aquí al lado, igual de desnuda y atada que tú.
Las acerqué hasta que sus respiraciones casi se rozaban. Sin verse, podían sentirse. Besé a una, luego a la otra, y después las junté para que se besaran ellas. Mientras lo hacían, mis dedos buscaron los dos clítoris a la vez, apretando y girando con el pulgar, y el beso se volvió más hondo, más rabioso, con las lenguas fuera y la saliva colgando entre las bocas. Cuando les quité los antifaces, se miraron con una mezcla de vergüenza, deseo y rabia que no se atrevían a nombrar.
Las solté de la cuerda. Se acariciaban las muñecas, indecisas pero excitadas. Daniela rompió el hielo: se sentó en el sillón, abrió las piernas de par en par mostrando un coño rosado, hinchado y brillante de flujo, y dijo que la cena estaba servida. Me arrodillé frente a ella y la lamí despacio, de abajo arriba, saboreando primero los labios, luego chupándole el clítoris hinchado entre mis labios, después metiéndole la lengua hasta el fondo del coño. Ella empezó a tirarme del pelo, a montar mi cara, a restregarse contra mi barbilla mientras gemía. Carla no quiso quedarse atrás; se pegó a mi espalda, mordiéndome los hombros, bajando por la columna hasta meterse entre mis piernas por detrás, encontrando mi polla dura y empezando a masajearla con las dos manos mientras me lamía las pelotas desde abajo.
—Está durísima, joder —murmuró Carla desde detrás, haciendo círculos con la lengua sobre mis testículos—. Está a punto de reventar.
Justo cuando Daniela estaba a punto, paré. Gruñó de frustración, apretando los muslos alrededor de mi cabeza, pero no era momento. Carla me susurró al oído que ni a su marido se le ponía tan dura, y me metió un dedo despacio por el culo mientras yo volvía a devorar a su amiga. Daniela se estremeció al sentir mi lengua otra vez sobre el clítoris, esta vez sin tregua, chupándoselo y azotándoselo con la punta hasta que tembló entera y se corrió tirándome del pelo con un grito que llenó la habitación, mojándome la cara con un chorro de flujo caliente.
Me recosté en el cabecero con la polla dura, apuntando al techo, la punta morada y con una gota espesa de precum resbalando por el tronco. Carla la rodeó con sus manos pequeñas, incapaz de abarcarla del todo, y me miró con una sonrisa pecadora.
—Qué gruesa, joder. Me encanta —murmuró, antes de metérsela en la boca con un hambre que no fingía.
La chupaba entera, hundiéndosela hasta la garganta, atragantándose y volviendo a subir con hilos de saliva colgando de la comisura. Un mamón sucio, ruidoso, con la mano trabajando la base mientras la lengua giraba en la punta. Me tiraba babas por las pelotas y se las volvía a lamer. Cada vez que salía a por aire, escupía sobre el glande y volvía a tragar.
—Chupas como una puta profesional —le dije, agarrándole el pelo y marcándole el ritmo—. Traga toda la polla, guarra.
Daniela, al otro lado, se quedó mirando los pechos de su amiga, que colgaban bamboleándose con cada embestida en la boca.
—Tienes las tetas más bonitas que he visto —le confesó—. Tu marido es un idiota por no saber aprovecharlas.
Le ordené que se las comiera, y no se hizo de rogar. Se lanzó sobre los pezones de Carla, chupándolos, mordiéndolos, tirando de ellos con los dientes mientras la otra seguía comiéndome la polla. Se animaban la una a la otra, cada vez más sueltas, hasta que las puse en un sesenta y nueve, con Daniela abajo y Carla arriba. Al principio dudaban; luego se entregaron sin reservas, comiéndose los coños con un ansia que no se esperaban ni ellas. Daniela le separaba las nalgas a Carla y le hundía la lengua entre coño y culo sin discriminar; Carla se restregaba contra la boca de su amiga y le devolvía cada lametón con dos. Yo miraba desde atrás, dándome tirones lentos a la polla, viendo cómo dos coños empapados se ofrecían y se aceptaban. Llegaron al orgasmo casi a la vez, con gritos ahogados contra la carne de la otra. Pero eso no las calmó.
Echaron a suertes quién se montaba primero. Ganó Carla, que se sentó a horcajadas sobre mí, se agarró la polla y se la clavó de golpe hasta abajo. Soltó un gemido gutural cuando notó que se la partía en dos.
—Joder, joder, no me cabe —jadeaba, moviéndose despacio para acostumbrarse—. Me llenas entera.
Le pedí a Daniela que se colocara sobre mi boca, mirando a Carla. Su coño abierto y goteante bajó sobre mi cara y me tapó la vista. Empecé a lamerla con toda la lengua, hundiéndosela dentro y sacándola para chuparle el clítoris, mientras notaba cómo Carla se levantaba y se dejaba caer sobre mi polla con embestidas cada vez más rápidas, cada vez más profundas. Las oía besarse encima de mí, sentía cómo se movían a destiempo, cómo se tocaban las tetas la una a la otra, cómo se metían los dedos en la boca. La cama entera crujía. Carla se corrió con un grito salvaje, apretándome la polla desde dentro con espasmos que casi me hacen soltar, y le cedió el sitio a Daniela sin dejarme respirar.
Daniela se sentó de espaldas a mí, dándome el culo y las nalgas grandes y blancas rebotando cada vez que bajaba. Se agarró a mis rodillas y empezó a cabalgarme con una furia que no había visto en Carla, empalándose hasta el fondo, gimiendo cada vez que la punta le tocaba dentro.
—Es verdad —jadeó Daniela en cuanto me tuvo dentro—. Arde. Casi me corro solo de metérmela. No pares, no pares, hijo de puta.
La cogí de las caderas y empujé de abajo, follándomela con embestidas secas que le hacían chocar el culo contra mis muslos con un sonido húmedo. Carla se puso delante, le abrió las piernas a su amiga y empezó a lamerle el clítoris mientras yo se la metía y sacaba. Aquello fue demasiado para Daniela, que aulló y se corrió inundándome la polla y la cara de su amiga. Le pedí que se pusiera a cuatro patas, la agarré del pelo y volví a metérsela desde atrás, follándomela como una perra, viendo cómo el culo se le enrojecía con cada golpe de mis caderas. Carla se metió debajo, mamándome las pelotas cada vez que salía de Daniela, chupando el flujo de su amiga que me chorreaba por el tronco.
Volvieron a correrse las dos, gritando la una encima de la otra, hasta desplomarse boca arriba sobre el colchón. Pidieron algo fresco de beber y, antes de que terminara el vaso, Carla se empeñó en acabar lo que había empezado. Se tumbó boca arriba, abrió las piernas y se agarró las corvas con las manos, ofreciéndose entera.
—Ven, méteme esa polla y no pares hasta que te corras dentro —me pidió, con la voz ronca—. Quiero sentirlo.
Me coloqué encima y se la clavé de una embestida. Daniela se sentó al lado, acariciándome la espalda, pellizcándome el culo, animando a su amiga con guarradas al oído. Empecé lento, saboreando cada centímetro, y fui subiendo el ritmo hasta follármela con toda la fuerza, con las caderas chocando contra las suyas, con los pechos rebotando en cada golpe. Carla gritaba, se arañaba los muslos, apretaba el coño alrededor de mi polla como si quisiera arrancármela. Esta vez me dejé llevar. Sentí la corrida subir desde las pelotas, imparable, y cuando llegó fue largo, intenso, de los que dejan la mente en blanco durante unos segundos eternos. Descargué chorro tras chorro dentro de ella, tantos que empezó a rebosar y a resbalarle por las nalgas hasta la sábana. Carla temblaba debajo de mí, corriéndose otra vez con mi semen caliente llenándole el coño.
Cuando por fin salí, Daniela se lanzó sin que nadie le dijera nada: le separó las piernas a Carla y se puso a lamerle el coño chorreante, tragándose el semen que me había salido a mí. Después subió, me besó, y me pasó lo que le quedaba en la boca. Se lo tragó Carla con una sonrisa. Aquello ya no era una noche, era una guarrada en toda regla.
—En mi vida imaginé que alguien pudiera correrse así —dijo Carla, recuperando el aliento, con la barbilla todavía brillante—. No te enfades, pero eres como un animal.
No me molestó. Estaba demasiado a gusto para que algo me molestara.
Mientras se vestían, con las bragas en el bolso porque las tenían inservibles, me pidieron hacerme una pregunta cada una. Una quiso saber qué tal lo había pasado; la otra, si siempre me corría tanto.
—Ya me caíais bien antes —respondí—. Ahora me gustáis más, porque os he visto más sueltas, más vosotras. Lo otro… tendréis que descubrirlo.
Se rieron. Me dijeron que tropezar una vez no era grave, pero que tropezar dos ya habría que contárselo a sus maridos. Luego me dieron un beso cada una, con lengua, largo, y se marcharon en un taxi. De aquella noche me quedó una sola duda, una que todavía no he resuelto: cuál de las dos sería la que volvería a por más.





