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Relatos Ardientes

El carpintero me citó en aquel apartamento vacío

Había pasado un mes exacto desde aquella tarde en la cocina de la casa de mis padres. Un mes desde que el carpintero me había tocado por primera vez, y yo había salido de allí jurándome que no volvería a ocurrir, que había sido un accidente, una locura que no se repetiría.

Estudiaba el último año de arquitectura y aquel mediodía acababa de terminar las clases de la mañana. Tenía una hora libre antes de volver a las aulas, el tiempo justo para cruzar el campus y almorzar algo con un par de compañeros.

Iba por el sendero arbolado que llevaba a la cafetería cuando me vibró el teléfono. Un número desconocido.

—Hola, preciosa. ¿Cómo sigue funcionando esa biblioteca? —decía el mensaje.

Lo supe enseguida. Solo una persona en el mundo me escribiría preguntando por una biblioteca, y se me secó la boca de golpe. Me detuve en mitad del camino e intenté hacerme la desentendida.

—Creo que tiene el número equivocado.

—Claro que no me equivoco. Sé perfectamente que es el teléfono de la universitaria más rica que he conocido en años.

Apreté el aparato con las dos manos. Una parte de mí quería bloquearlo y seguir caminando. La otra ya había empezado a temblar.

—Le pido que me respete —escribí—. Lo que pasó aquella tarde no debió pasar. Déjeme en paz o lo denuncio.

—¿Denunciarme? —respondió, y casi pude oír su risa grave a través de la pantalla—. ¿Y quién va a creer que fue contra tu voluntad? Estabas tan entregada, con la boca llena de mi verga y el coño chorreando, que cualquiera diría que era justo lo que querías.

Iba a contestarle cuando llegaron las fotos.

Eran dos. Mías. De aquella tarde. En una se me veía de rodillas, con los labios estirados alrededor de una polla gruesa y oscura, un hilo de saliva cayéndome por la barbilla. En la otra estaba de espaldas contra la mesada, la falda subida hasta la cintura, las bragas colgando de un tobillo y los dedos gruesos de él hundidos entre mis muslos. No me había dado cuenta de que me las había tomado, perdida como estaba, con los ojos cerrados y la cabeza en otra parte. Verme así, expuesta de una manera tan cruda y tan real, me dejó sin aire.

Tuve que sentarme en un banco del sendero. Por suerte no había nadie cerca, porque cualquiera que me hubiera visto la cara se habría asustado. Esto no puede estar pasando.

Antes de que pudiera responder nada, entró otro mensaje. Una dirección, en un barrio del otro lado de la ciudad.

—Te quiero ver. Tienes una hora para llegar a esa dirección. Si no apareces, tu padre recibe estas fotos en su teléfono. Recuerda que es cliente mío; tengo su número.

***

Después até cabos: había copiado mi número del celular que dejé sobre la mesada de la cocina aquella tarde, mientras yo entraba a tomar agua. No me enteré de nada. Tampoco me enteré de que me fotografiaba mientras me follaba contra la alacena.

Me quedé mirando la pantalla con el mundo girándome alrededor. Lo único que tenía claro era que esas fotos no podían llegar a mi padre. Sería un golpe demasiado duro para él y para mi madre. Ver caer así a su hija, con una polla ajena metida en la boca. Eso no podía ser.

—Por favor, no las mande —escribí, y odié cada palabra mientras la escribía—. Voy a ir. Pero prométame que cuando vaya las borra delante de mí.

—Listo, preciosa. Cuando llegues te doy el teléfono y las borras tú misma. Una hora. Te espero.

Caminé hasta la salida del campus como una sonámbula. Paré un taxi, le di la dirección y media hora después estaba frente a un edificio de viviendas, bonito, tranquilo. Pagué y entré al ascensor.

Subí al piso once. Mientras avanzaba por el pasillo hacia la puerta, temblaba entera. Era una sensación extrañísima: miedo, vergüenza, hasta algo del rechazo que había sentido la primera vez que aquel hombre me tocó. Pero por debajo de todo eso, escondida y caliente, había también una ansiedad distinta. Las ganas de volver a sentir esa verga gruesa abriéndome como me la había metido un mes atrás, hasta hacerme correr contra la mesada de mi propia casa. Notaba las bragas ya húmedas antes de llegar a la puerta.

Me detuve frente a la puerta, respiré hondo y toqué el timbre. Oí unos pasos acercarse. Fueron unos segundos que me parecieron minutos, como si el tiempo se hubiera quedado quieto.

***

Don Marcial abrió la puerta con el overol de trabajo manchado de aserrín, el rostro sudoroso, las manos grandes y todavía sucias del taller. No me dijo nada. Ni un saludo. Me tomó de la muñeca, tiró de mí hacia dentro, cerró la puerta y me apoyó de espaldas contra ella.

El apartamento estaba vacío. Lo estaban remodelando: paredes desnudas, sin muebles, el piso nuevo protegido con cartones para que las obras no lo rayaran. Él se encargaba de la cocina. Pero apenas tuve tiempo de registrar nada de eso, porque sus manos ya estaban por todas partes.

—Espere —alcancé a decir—. Don Marcial, así no. Vine solo a borrar las fotos.

—Vamos a borrarlas —murmuró contra mi cuello—. Después de que me chupes la polla y te deje el coño hecho un trapo.

Tiró mi mochila al suelo. Sus manos recorrían mi cintura, mi espalda, subían a mi cara y volvían a bajar. Yo llevaba la ropa de siempre para la facultad: jeans azules ceñidos, una blusa verde de botones que apenas me llegaba a la cintura, zapatillas, el pelo largo y oscuro recogido en una cola. Me gusta verme natural, sin maquillaje. Esa tarde, contra esa puerta, esa naturalidad me hacía sentir todavía más desnuda.

—Recuerde lo que me prometió —insistí, con la voz cada vez más débil.

—Lo recuerdo —dijo, y me besó.

Fue un beso lento, profundo, de esos que no piden permiso. Me metió la lengua hasta el fondo de la boca mientras una de sus manos me apretaba una teta por encima del sostén, amasándomela con esa fuerza de carpintero que no medía. Intenté ponerle las manos en el pecho para apartarlo, más por orgullo que por convicción, y él me las bajó con firmeza, sin violencia, devolviéndolas a mi costado como si me recordara cuál era mi lugar.

—Quieta —dijo en voz baja—. Sabes para qué viniste. Viniste a que te folle bien.

Lo peor es que tenía razón.

Con una sola mano me fue desabrochando la blusa. Cayó al suelo. Subió la copa del sostén por encima de mis pechos y bajó la boca hasta ellos, despacio, paseando la lengua por mi piel hasta arrancarme el primer suspiro de la tarde. Me chupó un pezón, lo mordió apenas, lo escupió y volvió a chupar. Después el otro. Me odié por ese suspiro. Pero detrás vino otro, y otro, y un jadeo largo cuando sentí que sus dientes se cerraban justo en el borde del pezón.

—Mírate —dijo contra mi piel—. Te haces la digna y tienes las tetas duras y el coño empapado. Se te nota desde acá.

—No diga eso —jadeé.

—Lo digo porque es verdad. Y ahora te lo voy a demostrar.

Su otra mano bajó hasta la costura de mis jeans y empezó a presionar por encima de la tela, justo sobre el clítoris. Cerré los ojos. Mi cuerpo respondía a su ritmo sin pedirme permiso, como si él conociera un mecanismo dentro de mí que yo no sabía que existía. Empecé a moverme contra su mano sin darme cuenta, restregándome como una perra contra sus dedos.

—Así —susurró—. Déjate. Para esto viniste.

—Sí —admití por fin, y la palabra me supo a derrota y a alivio al mismo tiempo.

Soltó el botón del jean, bajó el cierre y tiró de la tela hacia abajo hasta dejármela a media pierna. Los dedos gruesos apartaron la braga a un costado y encontraron el camino directo. Uno se hundió en mí de una sola vez, hasta el nudillo, y me arrancó un quejido ahogado. Entró y salió despacio, sintiendo cómo lo apretaba, cómo chorreaba alrededor de su mano.

—Estás hecha una perra, preciosa. Te chorrea todo el coño por los muslos.

Metió un segundo dedo. Los dos empezaron a entrar y salir con un ruido húmedo, obsceno, que rebotaba en las paredes vacías del apartamento. El pulgar me giraba sobre el clítoris al mismo tiempo, con una precisión de artesano. Me sostuve de su cuello para no caerme al suelo. Cerré los ojos otra vez y me dejé ir, gimiendo de la forma en que él quería que gimiera, hasta que un primer temblor me recorrió de arriba abajo, se me apretó todo por dentro y tuve que morderme el labio para no gritar contra la puerta mientras me corría sobre su mano.

Él sacó los dedos empapados y me los pasó por los labios de la boca.

—Chúpalos —ordenó—. Que sepas a lo que sabes tú misma.

Y yo le abrí la boca y le chupé los dos dedos hasta el fondo, mirándolo a los ojos, como una zorra.

***

Me llevó casi en vilo hasta un rincón de la sala, donde los cartones formaban una especie de cama improvisada. Me terminó de desnudar y me hizo recostar boca arriba. Después se desnudó él.

Era la primera vez que lo veía entero. El vientre prominente, el pecho cubierto de vello entrecano, los muslos gruesos. Y entre las piernas, colgando pesada, semierecta ya, la polla más gorda que había visto en mi vida: oscura, venosa, con la punta ancha y brillante, y los huevos pesados abajo balanceándose con cada paso. No tenía nada del cuerpo cuidado de los chicos de mi edad, y sin embargo había en él una seguridad, una falta absoluta de duda, que me tenía hipnotizada. Sabía exactamente lo que quería, y eso era lo que más me desarmaba.

Se me acercó, se me plantó junto a la cabeza y me agarró del pelo.

—Abre la boca, preciosa. Primero me la calientas tú.

Le abrí los labios y él me metió la punta sin apuro, empujando poco a poco, hasta que sentí el glande golpeándome contra el paladar. Me la sacó, me la volvió a meter. Yo la chupaba como podía, ahogándome un poco, con la saliva escurriéndoseme por las comisuras. Él me guiaba de la cola de caballo, marcándome el ritmo, dejándome bajar hasta que la punta me tocaba el fondo de la garganta y me hacía dar arcadas. Después me la sacaba y me la refregaba por la cara, por los labios, por la mejilla.

—Así, tragátela toda. Que se te note en la cara que la disfrutas.

Se la mamé sin dejar de mirarlo, con los ojos llenos de lágrimas por las arcadas y la boca hecha un desastre de saliva y babas. Cada vez que me la volvía a meter hasta el fondo, yo sentía la polla latiéndome contra la lengua, gruesa, dura, y me apretaba los muslos sola de las ganas que me estaba dando.

Cuando decidió que era suficiente, me la sacó de un tirón y se arrodilló entre mis piernas.

—Ahora te toca a ti.

Bajó la cabeza. Lo que siguió fue largo, paciente, casi cruel de tan demorado. Me abrió los muslos con las dos manos, se acomodó y me pegó la boca al coño como si estuviera comiendo fruta madura. Chupó los labios uno por uno, largos lametones desde abajo hasta el clítoris, círculos lentos con la punta de la lengua, después la lengua entera plana, aplastándome. Me metió dos dedos y curvó los nudillos hacia arriba, buscándome ese punto por dentro mientras seguía chupando. Me llevó al borde una vez, dos, tres, retirándose justo antes para volver a empezar, dejándome jadeando y suplicando con las caderas levantadas del cartón, hasta que perdí la cuenta y la noción de dónde estaba.

—Por favor —le supliqué—. Por favor, don Marcial, déjeme.

—Todavía no. Aguanta.

Y volvía a bajar la boca. Cuando por fin me dejó correrme, lo hizo chupándome el clítoris entero con los labios y con los dos dedos hasta el fondo, y yo grité contra los cartones sin importarme quién estaba oyendo del otro lado de las paredes. Se me cerraron los muslos alrededor de su cabeza y me sacudí entera, meándome casi encima, chorreándole toda la barba.

En algún momento creo que perdí el hilo del todo, porque cuando volví a abrir los ojos lo encontré sentado a mi lado, mirándome con una sonrisa de dueño, la barba todavía brillante de mí.

—Volviste —dijo, divertido—. Me gusta verte así, ida, toda entregada.

Se inclinó y me besó en la boca, despacio, haciéndome probar mi propio sabor, como si me agradeciera algo.

Apenas recuperaba el aliento cuando se tendió de espaldas sobre los cartones y, con esa facilidad que tenía para moverme como quería, me acomodó encima de él. Me hizo subir hasta quedar a horcajadas, sus manos firmes en mis caderas, guiándome. Su polla estaba dura como una piedra, apuntando al techo, brillante ya de saliva y de mí.

—Tómala —dijo—. Tú misma. Despacio. Métetela toda.

Lo obedecí. La agarré con la mano, me la coloqué en la entrada y me dejé bajar centímetro a centímetro. La sentí abrirme, estirarme, empujar donde ningún chico me había llegado antes. Me hundí con las rodillas clavadas en el cartón y las manos apoyadas en su pecho ancho, jadeando cada vez que un poco más entraba. Cuando lo tuve entero dentro, con los huevos pegados a mi culo, los dos soltamos el aire a la vez.

—Así —murmuró—. Ahora muévete. Sin prisa. Enséñame cómo cabalga la universitaria.

Empecé a cabalgarlo. Subía y bajaba marcando yo el ritmo, dejando salir la polla casi hasta la punta antes de dejarme caer entera de nuevo, sintiendo cómo me golpeaba el fondo cada vez. Él me miraba desde abajo con los ojos entrecerrados, sin dejar de tocarme: me apretaba las tetas, me pellizcaba los pezones, me pasaba el pulgar por los labios de la boca para que se lo chupara. De vez en cuando me apretaba las caderas y me obligaba a frenar, a sostener la tensión un segundo más de lo que yo quería, con la polla clavada hasta el fondo, solo para recordarme quién decidía.

—Muévete en círculos ahora. Así, dale con las caderas. Que la sientas bien adentro.

Le hacía caso en todo. Le rotaba las caderas encima, dejaba que se me abriera por dentro, y le decía, entre jadeos, que era suya, que volvería cuando él me llamara, que haría lo que me pidiera. Le decía que me follara, que no parara, que su verga era la más rica que había probado. Y mientras lo decía, lo sentía verdad.

En algún momento me agarró de la cintura, me giró y me puso a cuatro patas sobre los cartones, con el culo levantado y la cara contra el suelo. Se acomodó detrás. Escupió sobre mi raja, se agarró la polla y me la volvió a meter de una embestida hasta los huevos. Grité. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y empezó a follarme así, sin piedad, cada envite haciéndome rebotar el culo contra su vientre con un chasquido húmedo.

—Mira cómo te lo doy, preciosa. Mira cómo te abre este viejo.

—Sí, sí, así, más fuerte, don Marcial, más fuerte.

Me daba palmadas en una nalga y en la otra. Me dejaba la piel roja, ardiendo. Sin dejar de embestir, se llevó el pulgar mojado de saliva a mi otro agujero y empezó a apretar, hundiéndolo apenas, jugando con él.

—Este también va a ser mío algún día —me dijo al oído—. Todo tuyo va a ser mío. ¿Me oyes?

—Sí —gemí—. Todo suyo.

Me volvió a acostar de espaldas, me abrió las piernas de par en par y se me metió otra vez, ahora de frente, cargando todo el peso sobre mí. Los cartones crujían debajo de mi espalda. Yo le clavaba las uñas en los hombros mientras él me embestía cada vez más rápido.

—Te voy a llenar —dijo de pronto, acelerando—. Aquí mismo. Adentro. Te voy a dejar chorreando semen.

—No —solté, con un resto de cordura—. Eso no, por favor.

—¿No? —Aflojó el ritmo, jugando, dejando la polla quieta dentro de mí, pulsando—. ¿Entonces ya no quieres? ¿La saco?

Amagó con salir y me dio pánico de perderla. Le clavé los talones en el culo para que no se fuera.

Y ahí estaba la trampa, otra vez. Porque en ese momento, ardiendo por dentro, con esa verga latiéndome hasta el fondo, era exactamente lo único que quería.

—Sí quiero —admití—. No pare. Así. Adentro. Lléneme.

Volvió a acelerar. Me sostenía de las caderas y me hacía rebotar sobre él, cada vez más rápido, la cama de cartones deslizándose bajo nosotros. Yo sentía otro orgasmo trepándome por las piernas, mordí el hombro que tenía encima y me corrí gritando, apretándole la polla con todo el coño. Él aguantó dos, tres embestidas más, hasta que lo sentí tensarse entero, contenerse un instante y dejarse ir con un gruñido largo, profundo, mientras me clavaba contra él y descargaba a chorros calientes bien adentro. Sentí cada latido de su polla vaciándose dentro de mí, un derrame espeso que me llenó y empezó a escurrirse por los muslos apenas se movió.

Caí sobre su pecho sudado, sin fuerzas, la mejilla apoyada en su hombro, la respiración hecha pedazos. Él subía y bajaba debajo de mí como un animal cansado, con la polla todavía metida, ablandándose despacio. Cuando por fin salió, sentí un hilo tibio bajándome entre las piernas y manchando el cartón. Nos quedamos así, enredados, hasta que el silencio del apartamento vacío nos devolvió poco a poco a la realidad.

***

Cuando me incorporé, me vino de golpe la preocupación de cualquier mujer en mi situación. ¿Y si quedo embarazada? Se me debió notar en la cara, porque él se rió antes de que yo dijera nada, mirándome el semen que todavía me chorreaba de entre los muslos.

—Tranquila, preciosa —dijo, acariciándome el pelo—. A este viejo ya lo operaron hace años. No vas a quedar embarazada por más que te llene entera. Solo quería ver hasta dónde estabas dispuesta a llegar.

Me ayudó a levantarme y me mandó al baño a arreglarme. Habían pasado dos horas desde que crucé esa puerta.

Mientras me lavaba la cara y me sacaba con papel el semen que seguía bajándome despacio, él me habló desde el pasillo, más calmado, casi sincero. Me dijo que quería seguir viéndome, que estar conmigo era como recuperar algo de juventud que creía perdido. Pero también me dijo que yo debía seguir con mi vida de siempre: mis clases, mis amigos, mis salidas, hasta un novio si quería. Que nadie tenía que enterarse de lo nuestro. Que no sería un hombre intenso ni celoso, que me buscaría solo de vez en cuando, una o dos veces al mes, y que cuando lo hiciera yo sería suya, completamente suya, y le obedecería en todo.

Ya los dos vestidos, me apoyó otra vez contra la puerta de salida. Una mano sobre la madera, junto a mi cabeza; la otra acariciándome la mejilla, como un novio cualquiera despidiéndose. Yo lo miraba desde abajo, embelesada a mi pesar, con las bragas todavía pegajosas.

—¿Estás de acuerdo, preciosa? —preguntó—. ¿Vas a ser mía cuando te llame?

—Sí, don Marcial —respondí en voz baja—. Cuando usted quiera. Y gracias por mantenerlo en secreto. Que nadie lo sepa.

—Será nuestro secreto —dijo, y algo en su sonrisa me dio un escalofrío—. Aunque alguna gente de mi confianza quizá llegue a saber de ti. Pero son personas cercanas. Tú tranquila.

No le pregunté qué quería decir con eso. No sé si por miedo o porque, en el fondo, una parte de mí no quería saberlo todavía. Me besó una última vez, abrió la puerta y salí al pasillo con las piernas todavía temblando y el coño lleno.

Bajé en el ascensor y caminé hasta la calle como flotando, perdida entre la culpa y un calor que no me dejaba pensar, sintiendo a cada paso cómo su semen seguía escurriéndose despacio dentro de las bragas.

Y mientras buscaba un taxi para volver a casa, mirando el teléfono en mi mano, solo había una pregunta dándome vueltas en la cabeza.

¿Cuándo me llamará?

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Comentarios(6)

Mati_2302

Increible!!! Me dejo sin palabras, hace rato no leia algo asi.

LucianoSdH

Por favor seguí, quedé con ganas de saber qué pasó después. Enganchado desde la primera línea.

Pepón_del_sur

Don Marcial, tremendo personaje jajaja

CarmenDBA

Se siente tan real que pensé que me lo estaban contando al oído. Muy bien narrado, de verdad.

RodrigoMX

Exelente relato, de los mejores que he leido aca en mucho tiempo

SolDeInvierno_BA

Me recordó a ciertas situaciones que uno cree ir a resolver y terminan siendo otra cosa completamente distinta. Bien narrado.

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