La mujer madura del chat acabó siendo mi profesora
Tengo que empezar confesando que casi todo esto pasó de verdad, aunque me guarde los nombres, las ciudades y algún detalle que prefiero que se quede entre la persona que lo vivió y yo. El resto lo cuento tal cual lo recuerdo, que ya es bastante increíble sin necesidad de adornarlo.
Todo arrancó cuando yo acababa de cumplir diecinueve años. Piel clara, pelo oscuro, metro setenta y cinco, un cuerpo normal de chico que jugaba al fútbol los fines de semana y poco más. No era el más aplicado del instituto; me interesaban más los amigos y pasar las tardes encerrado en mi cuarto con el portátil, saltando de un chat a otro mientras debería estar estudiando.
Por entonces me dejaba una barba que me hacía parecer mayor, y eso me abría puertas que a mi edad no me correspondían. Una tarde de aburrimiento absoluto entré, medio en broma, a una sala de gente de más de cuarenta. No esperaba nada. Abrí conversación con varias mujeres de la lista y la mayoría ni contestaban, hasta que una me respondió con un desparpajo que me desarmó. Se hacía llamar Renata.
Me reí con ella desde el primer mensaje. Tenía una manera de escribir viva, irónica, sin la pesadez que solía encontrar en esos sitios. La cosa se puso tensa cuando me preguntó la edad y a qué me dedicaba.
—Treinta y ocho —mentí sin pestañear—. Trabajo en una distribuidora de materiales.
—Cuarenta y seis —contestó ella—. Funcionaria.
Le pedí el contacto del Messenger y me dijo que no, que era demasiado joven para ella. Si supiera la verdad, me dejaba de hablar al instante. Pero no me rendí. Insistí durante días hasta que cedió, y a partir de ahí empezamos a hablar horas y horas. Nos pasábamos fotos. La barba hizo su trabajo y ella nunca sospechó, o si lo hizo, prefirió callárselo.
Renata era rubia de bote, con algún kilo de más repartido donde tenía que estar, y una boca que era lo primero que miré en cada foto. Una boca grande, de labios llenos, que parecía hecha para chupar polla, para tragar semen sin quitar los ojos de encima. Vestía siempre sencilla, vaqueros y blusa, pero había algo en su mirada que se salía de la pantalla y te agarraba por el cuello.
Un sábado por la tarde me propuso vernos por cámara. Yo estaba muerto de miedo y a la vez con la polla ya medio dura contra el pantalón. Acepté, y al segundo ya me estaba sonando la llamada.
—Pero qué jovencito eres tú —dijo en cuanto me vio, con una voz tan melosa que no sonaba a reproche—. Me has mentido con la edad, granuja.
—Veintitrés —improvisé, bajando otra vez el número, aunque ya sin mucha convicción.
Ella se rió y me contó que tenía un hijo más o menos de mi edad inventada. Estaba separada. Con el tiempo aprendí a reconocer su patrón: solo aparecía conectada cuando estaba sola en casa, los fines de semana que el chico se quedaba con su padre.
***
Lo nuestro vivía entero dentro de una pantalla, y sin embargo era lo más intenso que me pasaba en la semana. Yo no podía disimular el efecto que me hacía verla. Ella lo notaba, claro que lo notaba, y le encantaba jugar con eso.
—Uy, qué coloradito te has puesto —me decía—. ¿Tienes calor o qué?
—¿Por qué me miras así? —y se mordía el labio inferior, despacio, sabiendo perfectamente lo que provocaba.
Las conversaciones se fueron calentando solas. Una noche, sola en casa, sopló el aire hacia su escote y soltó un suspiro largo.
—Me vendría tan bien que estuvieras aquí y me dieras un masaje, Adrián.
—¿Solo un masaje? —respondí, haciéndome el pícaro.
—Ponte de pie, anda. Que quiero verte bien.
Yo estaba en calzoncillos y se me marcaba la polla dura contra la tela como un bulto que no se podía disimular. Me levanté, y por la cámara debió de verse aún más de lo que yo pensaba, porque abrió mucho los ojos y se llevó dos dedos a la boca, chupándoselos despacio.
—¿Todo eso es de verdad tuyo? —escribió, después de un silencio—. Sácamela, jovencito. Quiero verla entera.
Me bajé los calzoncillos hasta las rodillas y mi polla saltó hacia arriba, dura, con la punta ya brillante de líquido. Se la mostré de perfil, la agarré por la base y la sacudí una vez para que viera bien el peso. Renata soltó un jadeo que llegó nítido por el altavoz.
—Madre mía… —murmuró—. Menuda polla tienes, cabrón. Te voy a enseñar una cosa, y como se te ocurra grabarme, te mato.
Se desabotonó la blusa despacio, un botón cada dos segundos, hasta que se la abrió del todo. No llevaba sujetador. Sus tetas cayeron pesadas, blancas, con los pezones grandes y oscuros ya duros de punta. Se las agarró con las dos manos y se las levantó hacia la cámara, apretando los pezones entre índice y pulgar hasta que soltó un pequeño gemido.
—Machácatela para mí, anda. Quiero verte hacerlo mirándome las tetas.
Me senté en la silla con la cámara enfocando desde el pecho hacia abajo y empecé a masturbarme despacio, subiendo y bajando el puño por toda la longitud, apretando en la punta cada vez que llegaba arriba. Ella se lamía los labios sin dejar de mirar la pantalla.
—Más rápido. Así, sí. Imagínate que es mi coño, mi coño apretadito de casi cincuentona tragándose esa polla joven que tienes.
La cámara la enfocaba de cintura para arriba, pero por el movimiento de su brazo derecho supe perfectamente lo que estaba haciendo la otra mano debajo del vaquero. Después no aguantó y se lo bajó también, se abrió de piernas frente a la cámara y me enseñó el coño depilado a franjas, ya empapado, con dos dedos metidos hasta los nudillos.
—¿Ves lo que me provocas, jovencito? Mira cómo chorreo. Todo esto es por tu culpa.
Se sacó los dedos brillantes de flujo y se los llevó a la boca, chupándoselos uno por uno mientras me miraba con los ojos entrecerrados. Yo me estaba corriendo antes de tiempo, sentí el nudo subir por la ingle y no pude avisar. El chorro salió disparado, blanco, espeso, y me cayó por los nudillos y sobre el vientre.
—Muéstramelo —jadeó ella—. Enséñame lo que te he sacado.
Acerqué la mano llena de semen a la cámara. Ella metió tres dedos en su coño mientras miraba mi corrida en la pantalla, y a los pocos segundos se dobló hacia adelante con un gemido largo, ronco, temblándole las piernas.
Lo que más recuerdo no es el final, sino la frase que me dejó al despedirse:
—Me ha encantado tu cara justo en ese instante. Me vuelves loca, jovencito. Y esa polla la quiero un día entera dentro.
Durante casi dos años repetimos aquello cada dos o tres semanas, siempre con ella sola, siempre con el hijo fuera. Con el tiempo añadimos el teléfono a la cámara, nos llamábamos y hablábamos sin pudor de cosas que no me había atrevido a decirle a nadie: cómo me la mamaría hasta el fondo, cómo me la montaría encima poniéndome ella el ritmo, cómo se abriría de culo para que se lo llenara de leche. Y entonces, como había llegado, desapareció. Dejó de conectarse, dejó de contestar a los mensajes. Supuse que se habría cansado o habría encontrado a alguien. Me quedé con la sensación rara de echar de menos a una persona que en realidad nunca había tocado.
***
Pasaron cinco años. Terminé la carrera de Comunicación Audiovisual, me eché novia, la novia me dejó, y me encontré sin saber muy bien qué hacer con mi vida. Como no aparecía trabajo de lo mío, decidí matricularme en un máster de producción de espectáculos en otra ciudad. Empezar de cero, conocer gente, despejarme. Llegué el primer día con pocas ganas y me fui con la sensación de haber acertado: la gente era de mi rollo y las asignaturas me interesaban de verdad.
Al tercer día tocaba la clase de marketing y producción, la que todos temían. Los veteranos me habían avisado de que la profesora era durísima, seria, exigente como pocas. Entramos en el aula con esa mezcla de miedo y curiosidad, y ella aún no había llegado.
Esperamos cinco minutos hasta que apareció una mujer de unos sesenta años, abrigo largo y una bufanda enorme que se fue quitando mientras nos daba los buenos días. Yo estaba sacando el cuaderno de la mochila. Levanté la vista hacia la pizarra y se me heló la sangre.
Era Renata.
O como se llamara de verdad, porque desde luego ese no era su nombre. La misma boca, la misma manera de moverse, cinco años más encima y muchos secretos por encima de los que me había contado. Me escondí detrás del compañero de delante mientras la cabeza me iba a mil. Funcionaria, me había dicho; yo había imaginado una oficina, no un aula. Renata, se hacía llamar; en el cartel de la puerta ponía otro nombre del todo distinto. Y la edad… la edad era, sin discusión, bastante mayor de lo que me había confesado en su día.
—Podéis llamarme Reni —dijo, repartiendo la mirada por la sala—. Os aviso desde ya: esta asignatura es densa y exige mucho trabajo en casa. Pero antes, quiero que os presentéis. Nombre, edad y en qué os gustaría trabajar dentro de la Comunicación Audiovisual.
Empezaron por la otra punta. Cada presentación traía risas, promesas exageradas, currículums inventados sobre la marcha. Yo iba el último, y no había manera de escapar. Conté los segundos. Cuando me llegó el turno, me puse de pie y ella me miró a la cara por primera vez.
Se quedó blanca. Se le borró la sonrisa de golpe y se agarró al borde de la mesa como si el suelo se moviera. Me reconoció al instante, no me cupo ninguna duda. Saqué fuerzas de donde pude.
—Soy Adrián, tengo veinticuatro años y me gustaría dedicarme a la música, a producir conciertos y festivales.
—Muy bien, Adrián —contestó, recomponiéndose con un esfuerzo que solo yo supe leer—. ¿Queda alguien más? No. Pues siéntate. Bienvenido.
El resto de la clase fue una tortura deliciosa. Ella me esquivaba la mirada, yo se la buscaba; cuando por fin se cruzaban, los dos la apartábamos a la vez. La tensión era tan espesa que se podía cortar.
***
Al terminar, me quedé recogiendo mis cosas más despacio de lo necesario. Ella también, y los dos lo sabíamos. Cuando el aula se vació, se acercó con una sonrisa que no terminaba de decidirse entre el susto y la diversión.
—Hola, Adrián. Menuda casualidad, ¿no? —dijo en voz baja—. En persona se te ve más joven todavía. En realidad aparentas justo la edad que tienes.
—Hola, Renata —respondí, y los dos nos reímos por inercia—. Ya ves que ninguno de los dos contó del todo la verdad.
Se le tensó la mandíbula un instante.
—Tengo pareja. Y un puesto que me ha costado mucho. No quiero que nadie sepa nada de esto, ¿de acuerdo? Te pido un trato cordial y normal.
—Tranquila —le dije—. Por mí no se va a enterar nadie.
Esa semana tuvimos otra clase y nos comportamos como dos perfectos desconocidos, fríos y correctos. Yo salía de los primeros para no alargar la incomodidad. Hasta que llegó el sábado.
Estaba con mis amigos en un local, sería la una y media de la madrugada, cuando me vibró el móvil. Un número que no tenía guardado.
«Adrián, no sé si serás tú. Tenía tu número de hace años. Soy yo, tu profesora. Escríbeme cuando puedas, necesito hablar contigo.»
Salí a la calle y le escribí. Me pidió llamarme y, a los pocos segundos, su voz me entró por el auricular con un temblor que no le había oído nunca.
—Pensarás que estoy loca por escribirte a estas horas —dijo—. Pero no podía dormir. ¿Estás muy ocupado?
—Estaba con unos amigos, pero ya me iba para casa.
—Quizá te suene raro… ¿te apetecería tomar la última en mi casa? Me gustaría que habláramos de todo esto con calma.
No tenía ningún sentido y aun así cogí un taxi. Quince minutos después estaba en su portal. Llamé al telefonillo y me abrió sin preguntar. Subí al cuarto, encontré la puerta entornada y su mano asomando para hacerme pasar.
***
Cerró con el pie y, antes de que pudiera decir una palabra, me besó. Un beso hondo, sin titubeos, con la lengua entrando de golpe en mi boca, buscando la mía y enredándose con ella. Me agarró la nuca con una mano y con la otra me apretó la polla por encima del vaquero, notando cómo se me ponía dura en un segundo. Yo no me lo esperaba y se me doblaron las rodillas. Besaba de una manera que no se aprende joven.
Se separó un segundo, me tomó la cara entre las dos manos y me miró con una intensidad que me dejó sin aire.
—Eres tan joven… y estás tan bueno —murmuró—. Llevo cinco años pensando en esta polla. Cinco años, Adrián.
Me llevó al sofá, me sentó de un empujón y se arrodilló frente a mí con una calma que contrastaba con todo lo demás. Me desabrochó el cinturón despacio, me bajó los vaqueros y los calzoncillos hasta los tobillos, y mi polla saltó dura, tiesa, con la punta ya brillante. Ella se quedó unos segundos mirándola como si fuera algo que había esperado toda la vida.
—Todavía más grande en persona… hija de puta —susurró para sí misma.
La agarró por la base con la mano derecha, sacó la lengua y me lamió desde los huevos hasta la punta en un solo recorrido lento, apretando la lengua ancha contra la vena. Cerré los ojos y solté el aire de golpe. Volvió a hacerlo dos veces más, sin prisa, saboreándome como si probara algo caro. Después abrió la boca grande, esa boca de labios llenos que llevaba años imaginando, y se la tragó entera de un solo empujón hasta el fondo de la garganta.
—Joder… —se me escapó.
Empezó a mamármela con un ritmo que no tenía nada que ver con mis experiencias anteriores. Subía hasta la punta, se detenía a chuparme el glande dando vueltas con la lengua, y bajaba otra vez hasta clavarse la polla en la garganta, con arcadas controladas que le hacían soltar hilos de saliva por la comisura de los labios. Con la mano libre me acariciaba los huevos, me los agarraba con suavidad, me los rodaba entre los dedos.
—Mírame —me ordenó, sacándomela un segundo—. Quiero que me mires mientras te la como.
Bajé la cabeza y me encontré con sus ojos clavados en los míos desde abajo, la mitad de mi polla dentro de su boca, un hilo de saliva y baba pegándome el vientre con su barbilla. Se la sacó, se la restregó por toda la cara, por las mejillas, por la frente, embadurnándose con mi líquido, y volvió a metérsela hasta la garganta. Tuve que agarrarme al respaldo y respirar hondo para no correrme ahí mismo.
—Para —jadeé—, para o me corro ya.
Ella se la sacó de la boca de golpe con un sonido húmedo, se relamió los labios y sonrió.
—Ahora —dijo, levantándose y tirando de mi mano hacia el dormitorio— vas a hacerme todo lo que me prometías por la cámara.
En el dormitorio se desnudó delante de mí sin ninguna vergüenza. Cinco años más encima, pero el cuerpo que tantas veces había visto por la pantalla seguía intacto: las tetas grandes y pesadas, la barriga blanda, las caderas anchas, el coño depilado a franjas como me lo había enseñado tantas veces. Se tumbó boca arriba, abrió las piernas y se abrió el coño con dos dedos.
—Ven aquí. Cómemelo. Llevo años imaginándome esa lengua.
Me arrodillé entre sus piernas y bajé la cabeza. Le pasé la lengua por toda la raja de abajo hacia arriba, despacio, saboreando por primera vez ese sabor que me había imaginado tantas veces. Estaba empapada, mucho más empapada de lo que me había parecido posible. Le separé los labios con los pulgares y le clavé la lengua en el clítoris, chupando y lamiendo en círculos mientras ella se agarraba a las sábanas y arqueaba la espalda.
—Ahí, ahí, sigue… —jadeaba—. Métemela, métemela con la lengua.
Le metí la lengua todo lo dentro que pude y le acaricié el clítoris con el pulgar al mismo tiempo. Se retorcía debajo de mí, me apretaba la cabeza con los muslos, me tiraba del pelo. Le metí dos dedos y busqué el punto de arriba mientras seguía chupándole el clítoris sin descanso. A los pocos minutos empezó a temblar entera, me clavó los talones en la espalda y se corrió con un grito ronco, empujando la cadera contra mi cara.
—Fóllame ya —me suplicó cuando pudo hablar—. Métemela ya, Adrián, no aguanto más.
Me subí encima, le agarré la polla con la mano y se la puse en la entrada. Ella misma me guio con la cadera hasta que la punta se encajó. Empujé despacio y sentí cómo se abría, cómo me tragaba centímetro a centímetro, apretándome con unas paredes calientes y empapadas.
—Aaah, joder, sí… entera, dámela entera.
Se la clavé de un solo golpe hasta el fondo y se le escapó un grito. Me quedé quieto unos segundos, con la polla enterrada hasta los huevos, sintiendo cómo su coño palpitaba alrededor. Después empecé a follármela, primero despacio, luego cada vez más rápido, apoyándome en los brazos para mirarle las tetas rebotar al ritmo de los embistes.
—Así, así, más fuerte —me pedía—. Rómpeme el coño, joven, rómpemelo.
La agarré por las caderas y la embestí con todas mis ganas. Ella me miraba la cara, se mordía los labios, se agarraba las tetas y se pellizcaba los pezones. Le di la vuelta y la puse a cuatro patas. Le agarré el pelo con una mano y le apreté las nalgas con la otra mientras se la volvía a meter por detrás, de un solo empujón.
—Fóllame como en las cámaras —me pidió mirándome por encima del hombro—. Fóllame como me lo prometiste.
La embestí en esa postura hasta que ella misma empezó a echar la cadera hacia atrás para clavársela más profundo. Los golpes secos de nuestras pieles chocando llenaban el cuarto. Le di una palmada en el culo y le dejó marca. Le di otra. Ella jadeaba, gemía, me pedía más.
—Voy a correrme otra vez… ah… no pares.
Se corrió con la cara hundida en la almohada, apretando el coño contra mi polla en espasmos que casi me hicieron acabar a mí. La saqué a tiempo, la puse boca arriba y le levanté las piernas hasta apoyármelas en los hombros. La penetré otra vez, doblándola casi por la mitad, con la cara pegada a la suya.
—Córrete dentro —me susurró al oído—. Dentro, no me hagas esperar. Lléname.
Aceleré el ritmo hasta que sentí subir el nudo desde los huevos. Me tensé, apreté los dientes y me corrí dentro con embestidas duras y lentas, vaciándome hasta la última gota. Ella me abrazaba con las piernas, apretándome el culo con los talones para que no me saliera, jadeándome al oído mientras sentía cómo la llenaba.
Cuando por fin me dejé caer a su lado, ella se llevó dos dedos al coño, los mojó en mi semen que empezaba a escurrírsele y se los chupó con los ojos cerrados. Sin prisa, sin vergüenza, con esa complicidad rara de dos personas que se conocían íntimamente sin haberse tocado jamás. Aquella noche, después de un rato en silencio, se la volví a poner dura con la boca y repetimos otra vez, ella encima esta vez, marcando el ritmo, echándose hacia atrás para que le tocara el clítoris con el pulgar mientras cabalgaba. Cumplimos cada promesa pendiente y unas cuantas que ninguno había llegado a formular.
Cuando por fin nos quedamos quietos, sudados y mirando el techo, fue cuando de verdad empezamos a hablar.
Me contó que llevaba un par de años con un profesor de otra universidad, un hombre cercano a los sesenta y cinco con quien todo iba bien salvo en lo que esa noche estábamos demostrando que a ella le importaba. Me confesó que desde que me reconoció en clase no había parado de pensar en mí, que el detalle de tenerme de alumno, casi de la edad de su hijo, la encendía de una manera que la avergonzaba y la excitaba a partes iguales.
—Lo que más me pone —me dijo al oído, con la mano jugando otra vez con mi polla blanda— no es solo que seas joven. Es que estés ahí, sentado en mi clase, fingiendo que no me conoces mientras yo me acuerdo de que te estás corriendo dentro de mí.
Yo le pedí perdón por todas las mentiras de aquellos chats, por los años que me había quitado, por la barba y la distribuidora inventada. Ella se rió y me dijo que estábamos en paz, que ella también había mentido y que a partir de ahora pensaba ser sincera, al menos conmigo.
***
El máster duró lo que duró, y entre asignaturas densas y entregas imposibles pasó de todo. Aprovechábamos los huecos de la facultad cuando el edificio quedaba medio vacío: la mamé una tarde entera en su despacho con la puerta cerrada con llave, arrodillada bajo su mesa mientras ella se agarraba al borde para no gritar. Otra vez me montó encima en su coche en el aparcamiento de profesores, con el cristal empañado, cabalgándome despacio para no hacer ruido y corriéndose mordiéndome el hombro. Los fines de semana sueltos en que su pareja viajaba se los reservaba enteros para mí, y me exprimía a base de dos o tres polvos por noche, insaciable. Había un punto de juego peligroso en cruzarnos por el pasillo con cara de nada, sabiendo que la noche anterior se la había dejado llena de semen, y eso le encantaba a ella tanto como a mí.
Sospecho que su pareja terminó intuyendo que había alguien más, aunque a mí nunca me llegó ningún reproche. Cuando acabó el curso, conocí a la que hoy es mi mujer, y con ella se me ordenó la vida de golpe. Volví a perder el rastro de aquella mujer de mil nombres, esta vez para siempre.
De vez en cuando, sin venir a cuento, me acuerdo de ella. De la boca tragándose mi polla hasta la garganta, de la voz por el auricular a la una y media de la madrugada pidiéndome que me la sacara, de aquella primera mirada en el aula cuando se le heló la cara. Y sonrío. Porque hay coincidencias que parecen escritas, y el mundo, ya se sabe, es un pañuelo.





