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Relatos Ardientes

Mi amiga con derechos me enseñó más de lo que esperaba

Me llamo Tomás y por entonces tenía veintiún años. Carla, en cambio, ya pasaba los veintiocho. Era amiga de mi hermana desde la facultad y, hasta esa primavera, para mí no había sido más que una de esas mujeres que entran y salen de casa con una carpeta bajo el brazo.

Siempre me gustaron las mujeres más grandes. No sé explicarlo del todo: la seguridad con la que se mueven, la falta de vergüenza, el saber exactamente lo que quieren. Carla tenía todo eso de sobra, y lo descubrí casi por accidente.

Una tarde de lluvia la crucé sola en la parada, la acerqué en el auto y ahí empezó todo. La segunda vez fue estrenando su departamento, recién mudada, con las cajas todavía sin abrir. Estábamos los dos en la cama, recuperando el aire, cuando entró Verónica sin golpear.

***

Verónica, o Vero, compartía con ella la mitad de su vida. Nos miró a los dos, miró la cama deshecha y, sin una pizca de vergüenza, soltó una carcajada.

—La próxima avisen, así no interrumpo —dijo, dejándose caer en una silla.

Yo quedé de piedra. Ella, en cambio, cruzó las piernas y nos apuntó con el dedo como si fuera la dueña de la situación.

—Diviértanse todo lo que quieran, pero cuídense. Es un pibe, Carla, todavía hay mucho que enseñarle.

Me dio la sensación de que sabía más de Carla que yo de mí mismo. Carla preparó unos mates y los tres nos sentamos a la mesa a compartirlos como si nada de lo anterior hubiera pasado.

—Ni se te ocurra contar lo que viste —le advirtió Carla.

—Tranquila, nena. Ya llegaremos a un arreglo para pagar mi silencio —contestó Vero, y las dos se rieron.

—Si soy parte del arreglo, alguien me va a tener que explicar —dije yo, imaginando cosas que no eran.

—Nada que ver, pibe. Es entre ella y yo —me cortó Vero—. Carla, vos sabés que comparto departamento con dos más y se me hace imposible traer a alguien. Me vas a prestar este.

—Con condiciones —respondió Carla.

—Obvio. Después arreglamos.

Terminamos la ronda y Vero se fue. Quedamos solos, todavía con la cama revuelta de fondo, y por primera vez hablamos en serio de lo que estaba pasando.

—Mientras le deje traer gente acá, la tenemos de nuestro lado —dijo Carla.

—¿Y nosotros qué somos? —pregunté.

—Amigos. Nos divertimos, la pasamos bien. Nada de pareja.

—Bien. Entonces contame, ¿qué es eso de que tenés tanto que enseñarme?

***

Carla me contó buena parte de su historia esa tarde. A Vero la conocía desde los quince, cuando coincidieron en el secundario de un pueblo chico. Se hicieron inseparables, casi hermanas. Para terminar de unirlas, Vero se había puesto de novia con el hermano mayor de Carla.

Un sábado, ese chico salió en auto a buscar a unos amigos y nunca volvió. Un accidente en la ruta. Desde entonces, las dos quedaron pegadas como con cemento, y al terminar el colegio se fueron juntas a Córdoba a empezar la facultad.

Allá vivieron sin freno. No había fin de semana que no salieran, y más de una vez volvieron al departamento con algún desconocido. Un par de años después, sin plata y un poco cansadas, se mudaron a mi ciudad, más cerca de sus familias.

—Estuvimos un tiempo tranquilas, todo estudio —me dijo—. Pero el que es de la noche no se cura. A los veintiséis volvimos a las andadas. Y justo ahí apareció tu hermana.

Me explicó, sin vueltas, lo que le gustaba. No era ninfómana, decía, simplemente disfrutaba del sexo y lo necesitaba como quien necesita dormir bien. Había probado de todo, había tenido orgasmos que la dejaban temblando, pero no hacía sexo oral ni anal porque las pocas veces que lo intentó la habían pasado mal.

—Esa soy yo, con lujo de detalles —cerró—. Y la cosa es sencilla, nene. Ya no quiero ir de cama en cama. Cuando aparezca el indicado, será mi novio. Mientras tanto, solo quiero a alguien con quien sacarme las ganas. ¿Te gusta la idea?

—¿Yo sería ese alguien? —pregunté, sin creérmelo.

—Te lo estoy proponiendo. Pero con reglas claras.

***

Las reglas las recitó como si las tuviera escritas.

—Punto uno: yo elijo cuándo y cómo. Y antes que nada, vamos juntos a hacernos estudios médicos. Tranquilidad para los dos.

—Acepto —dije.

—Punto dos: me gusta sin forro. Del cuidado me encargo yo.

—Mejor todavía.

—Punto tres: yo pongo los límites. Nada de oral, nada de anal. Ni lo intentes.

—Eso podríamos charlarlo —arriesgué—. Tengo poca experiencia, capaz aprendemos juntos.

—Por ahora, descartado. Más adelante veremos —me frenó—. Y lo más importante: nada de dramas si alguno se consigue pareja en serio.

Los estudios tardaron diez días. El lunes, con los resultados limpios en la mano, fuimos a una farmacia, compramos lo que el ginecólogo le había recetado y volvimos al departamento sin mucho que agregar.

—Bueno, nene, ahora sí podemos estar tranquilos —dijo cerrando la puerta—. Una cosa más: si alguno tiene algo afuera, se lo dice al otro. Por seguridad. ¿Estamos?

—Estamos, Carla.

***

Apenas pasamos la puerta nos sacamos diez días de espera de encima. La ropa quedó tirada por el piso y nos enredamos en besos y manos como si el tiempo se nos fuera a acabar.

—Tengo unas ganas locas —me dijo contra la boca—. Chupame las tetas y meteme mano.

La acosté y me subí sobre ella, a la altura justa de unos pechos llenos, de pezones duros que se marcaban solos. Pasé de uno al otro mientras una mano bajaba entre sus piernas, abriéndola con torpeza, ayudado por lo mojada que estaba.

—Estoy hirviendo. Dejame a mí —dijo, empujándome el hombro.

Nos giramos y se acomodó encima. Me ofreció los pechos a la boca y se puso en cuclillas, de rodillas abiertas, frotándose sobre mí sin dejarme entrar, recorriéndome de punta a punta. Gemía bajito, se sacudía, hasta que no aguantó más y de un movimiento preciso se me clavó hasta el fondo.

Se quedó quieta un segundo, las manos apoyadas en mi pecho, la cabeza gacha. Después empezó a moverse en círculos, mordiéndose el labio, ahogando los sonidos en la garganta.

—Ahora sí, nenito —jadeó—. Te voy a sacar todo.

Aceleró, entrando y saliendo de golpe, hasta que acabó con un gemido ronco que nunca le había escuchado, y yo apenas un par de embestidas después. Se derrumbó sobre mi pecho y se le escaparon dos lágrimas, de pura emoción, dijo.

—Hermoso. Lo disfruté muchísimo —murmuró.

—Vero tenía razón. Tenía mucho que aprender.

—Y esto no es nada. Hay tres posiciones que me hacen gritar. Ya las vas a conocer.

Quise besarla con ternura y me esquivó la cara.

—Nada de eso. Atracción, nada más. ¿Estamos?

***

Esa fue la dinámica durante casi cuatro meses. Una o dos veces por semana, según los horarios: de mañana, de tarde, de noche. Ella mandaba, ella decidía, y yo aprendía. Mi hermana comentaba en casa que Carla estaba distinta, más contenta, más aplicada. Si hasta hablaba de buscar trabajo en un jardín de infantes para fin de año. Nadie sospechaba de dónde venía esa sonrisa nueva.

A principios de julio, unos días antes de las vacaciones de invierno, me avisó que las pasaría en casa de sus padres. Quince días lejos. Y decidió que la despedida tenía que ser distinta: una noche entera en un albergue transitorio.

Para no levantar sospechas, ella contó que viajaba el sábado al atardecer y yo que me juntaba con amigos a comer un asado. Esa tarde pidió turno temprano en la peluquería y otro con la depiladora, Andrea, para dejarse lista de pies a cabeza.

La pasé a buscar como si fuera a llevarla a la terminal. Cargamos los bolsos en el baúl, frenamos en un supermercado donde ella compró un par de cosas y, ya de vuelta en el auto, me sonrió de costado.

—Ahora sí, nenito. Vamos al telo.

***

Elegimos uno en las afueras y esperamos a entrar cuando no hubiera nadie cerca. Ella pidió la habitación por la ventanilla, una con cochera, pernocte hasta las cinco. Sacó la plata de la cartera y pagó antes de que yo atinara a moverme.

—Esto lo quería yo, para despedirnos —dijo—. Por eso elijo y pago.

—No hacía falta. Era a medias.

—Para nada. Vamos.

Metí el auto, cerré la cochera y entré. Ella ya había encendido la luz y revisaba la habitación con cara de aprobación. Probó la cama con un par de saltos.

—Cómoda y con losa radiante. La vamos a pasar genial —dijo—. Pero primero, ducha. Todavía tengo algo de crema de Andrea y un par de pelitos sueltos.

Se desnudó despacio, guardando la ropa en una bolsa, y quedó solo con una bombacha blanca, más grande de las que usaba siempre.

—Vamos, acompañame. Sacate todo.

El baño tenía hidromasaje y una ducha aparte. Abrió el agua, graduó la temperatura y se enjabonó dándome la espalda. Cuando se giró, con los ojos cerrados todavía, pude verla por primera vez como nunca: Andrea le había dejado apenas una franja fina de vello, recortada, que casi no disimulaba unos labios rosados y gruesos.

Abrió los ojos, me descubrió mirándola con descaro y se rió. Me llamó con un gesto. Nos enjabonamos el uno al otro, sin apuro, y después pasamos a la bañera. Echó sales, las burbujas y el perfume llenaron el aire, y por primera vez en esos meses nos comportamos como amantes de verdad: caricias lentas, besos largos, sin reglas.

***

Salimos, nos secamos y fuimos juntos a la cama. Ella tocó una perilla y la luz se volvió roja y tenue. Después se abrazó a mi pecho, suspiró hondo y me miró a los ojos.

—En estos tres meses disfruté cada minuto. Sexo suave, sexo bruto, mandando yo, mandando vos. Me había jurado no engancharme —dijo, y se subió a horcajadas, acodada sobre mí—. Pero creo que la estoy cagando. Te extraño cuando no estás. Me mojo de solo pensarte. Y esta noche te voy a dar algo que no le di a nadie. Me preparé para esto. No me defraudes.

Se desplazó hasta el otro extremo de la cama y se acomodó sobre mí, su sexo a unos centímetros de mi boca y el mío rozándole los labios.

—No me apures. Si me arrepiento, paro. Sé delicado y yo te voy a dar tanto placer como me des a mí.

De manera torpe, inexperta, me tomó con la mano y empezó a moverla. Sentí su respiración primero, después su boca. Entendí que tenía que ser parejo: le abrí despacio las piernas y la recorrí con la lengua por primera vez. Se estremeció, mitad sorpresa, mitad miedo. Era de las primeras veces que recibía algo así.

Lo que había aprendido con las mujeres de mi adolescencia me sirvió para tener paciencia. Fui despacio, buscando que se olvidara del prejuicio y se entregara. Cuando empecé a jugar con su clítoris, ella respondió metiéndome entero en la boca, tan de golpe que tuvo una arcada. Le acaricié la cabeza para que volviera a la calma.

Retomó. Yo aceleraba con la lengua y ella con la boca. Me empapaba la cara mientras me chupaba sin control, hasta dejarme al borde.

—Carla, voy a acabar —avisé.

—No pares, que ya me vengo yo también —contestó.

Aguantó unos segundos más y, justo antes del final, se separó para gritar su orgasmo: un grito ronco, brutal, el primero que le escuchaba salir así. Después volvió a tomarme con la boca para terminar el trabajo, y cuando acabé no supo bien qué hacer, tosió, se ahogó, parte cayó sobre las sábanas y el resto la inundó.

Quedó tendida, los ojos cerrados, agotada. Hermosa. Rendida, por primera vez, a lo que tanto se había negado.

***

No le di tiempo a recuperarse. Le acomodé las piernas, bien abiertas, y la penetré de nuevo. No estaba tan cansada como parecía: me siguió con un ritmo lento, largo, hasta que acabó otra vez con un gemido grave. Yo me retiré sin terminar y la dejé descansar.

La cama era un desastre. Pedí al servicio un juego de sábanas limpias, que tardaron lo justo para que ella se diera otra ducha. Cuando volvió, perfumada, se recostó a mi lado.

—Gracias por hacerme el amor —dijo.

—Fue un polvo. Nada de amor.

—Fue lo que hiciste. Me hiciste el amor.

Nos dormimos abrazados. Unas horas después me despertó con la mano.

—Vamos, dormilón. Nos queda una hora. Y ahora cogeme bien, sin dulzura.

—¿Segura?

—Segurísima. Sin piedad.

Así lo hicimos. Sin mimos, sin caricias, solo sexo. Cuando sonó el aviso de fin de turno, se duchó por última vez, se puso una tanga roja nueva y se vistió para viajar. La bombacha vieja la enrolló y la tiró al tacho.

—De esto hablamos cuando vuelva —dijo.

La dejé en la terminal y la vi subir al micro.

***

Diez días después pasé por casualidad frente al departamento y vi la ventana entreabierta. Golpeé esperando encontrarla a ella, pero quien abrió fue Vero, con una remera larga y poco más.

—Pasá, nene. Carla no está —dijo.

El lugar gritaba lo que había pasado: la cama deshecha, una tanga colgada del respaldo, dos vasos en la mesita.

—Ayer hablé con ella. Creo que vuelve solo a buscar las cosas. Se queda allá. Hasta me ofreció pasarme el alquiler —agregó.

—¿Me estás jodiendo?

—Para nada. Llamala y te explica.

Salí sin siquiera reparar en que Vero estaba más que dispuesta a seguir la fiesta. Encontré un teléfono y la llamé. Atendió enseguida y fue directa, como siempre.

—Conocí a alguien y conseguí trabajo acá. No vuelvo, me quedo en mi ciudad. Gracias por este tiempo, nene. Siempre te voy a recordar como el que me devolvió las ganas de enamorarme. Te quiero.

Cortó y me dejó mudo, con el tubo en la mano. Había perdido a mi amiga con derechos y volvía a empezar de cero.

Unos días más tarde regresó, cargó todo en una camioneta, pasó a saludar a mi familia y se fue. A mí no me dio siquiera la chance de despedirme.

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Comentarios(5)

LuchoMdp

Que bueno!! me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Sigan subiendo relatos asi

ElCriollo_77

Se hizo corto, quede con ganas de mas. Alguien mas vota por una segunda parte??

GonzaloMdr

La dinamica entre los dos esta muy bien lograda, se siente real sin que resulte forzado. Muy bueno.

PabloCba24

Me recuerda a mis veintipico jaja, trae muy buenos recuerdos. Excelente relato

Rodrigo_K

increible!!! uno de los mejores que lei en este sitio

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