La noche que mi tía durmió borracha en mi cama
Hay madrugadas que uno no olvida nunca, por más años que pasen. La mía fue la del aniversario de bodas de mis padres, en pleno enero, cuando recién había cumplido los dieciocho. En mi casa hacía un calor pegajoso que se metía por las rendijas y se quedaba ahí, denso, sin moverse aunque dejaras las ventanas abiertas.
Vivíamos en una casa de dos plantas. Mi habitación era la única en planta baja, separada del resto por una escalera y dos pasillos. Arriba dormían mis padres y mi hermana menor. Esa distancia, que durante años había sido una bendición porque me dejaba estar en mis cosas sin que nadie me molestara, esa noche se iba a convertir en otra cosa.
Para que se hagan una idea: yo tenía dieciocho años recién cumplidos y nunca había estado con una mujer. Ni siquiera me había acercado de verdad. Algún beso torpe en una fiesta, un par de manos que rozaron las mías y nada más. Mis amigos hablaban de sexo como si fuera lo más natural del mundo y yo asentía para no quedar como el único virgen del grupo. Mi vida sexual entera cabía en una pestaña del navegador y en mi mano derecha. Eso era todo.
El sábado del aniversario llegó muchísima gente. Tíos, primos, vecinos, amigos de mis padres que solo aparecían en fechas señaladas. La casa olía a empanadas, a vino tinto, a perfume mezclado y a sudor disimulado. Yo me ocupé de ayudar con las bebidas y de aguantar las mismas preguntas de siempre, esas que te hacen los adultos cuando no saben qué más decirte: que cómo iba la universidad, que si tenía novia, que si seguía igual de flaco.
Entre los invitados estaba la tía Mariela. La llamábamos tía aunque en realidad era la tía de mi madre, la hermana menor de mi abuela. Tenía cuarenta y nueve años y, desde hacía un tiempo, las mujeres de la familia se turnaban para invitarla a todo: a los almuerzos del domingo, a los cumpleaños, a cualquier reunión donde no tuviera que volver sola a su departamento. Su marido la había dejado tres años atrás por una chica mucho más joven, y aunque Mariela hacía como que ya lo había superado, todos sabíamos que no era cierto.
Esa noche había tomado más de la cuenta. Yo la veía de lejos, riéndose fuerte con mi madre y con mi tía Rosario, levantando la copa cada vez que alguien proponía un brindis. Llevaba un vestido negro corto, con un escote modesto pero suficiente, y los tacones se los había sacado en algún momento para andar descalza por el living. Tenía una cintura ancha, caderas grandes, un trasero generoso que el vestido marcaba sin querer. Hasta esa noche nunca me había permitido mirarla de verdad. Era la tía y punto. Pero a las dos de la madrugada, con tres cervezas encima, la miré.
La fiesta se fue apagando. La gente se despidió en tandas, abrazos largos en la puerta, promesas de almorzar el próximo domingo. Mi hermana subió primero. Yo me quedé un rato más, hasta que mi madre me dijo que me fuera a dormir, que ellas se ocupaban del resto. Bajé a mi cuarto, me saqué la ropa y me quedé en bóxer. Hacía demasiado calor para una sábana. Encendí los audífonos, busqué una playlist tranquila y traté de quedarme dormido.
No sé cuánto tiempo pasó. Quince minutos, media hora. Tengo el sueño liviano y enseguida noté que la puerta se abría. Me hice el dormido, dándole la espalda a la entrada. Escuché pasos torpes, susurros.
—Despacio, despacio, no la dejes caer —era la voz de mi madre, con esa lentitud que tiene cuando ha tomado.
—Ay, pesa más de lo que parece. ¿La acostamos así no más? —ésta era mi tía Rosario.
—Sí, déjala. Mañana le buscamos algo. Que duerma aquí, en el cuarto del chico no la va a molestar nadie.
—¿Y él?
—Ya está dormido. Pobre, terminó agotado. No se va a enterar de nada.
Sentí cómo el colchón cedía con un peso nuevo. Las dos mujeres acomodaron a quien fuera con torpeza, riéndose por lo bajo, tratando de no hacer ruido. Apagaron la luz y cerraron la puerta. Yo no me moví.
Estuve un rato largo así, boca abajo, fingiendo. No quería creer lo que me estaba pasando. Habían metido a alguien borracho en mi cama, en mi propio cuarto, en mi noche, sin preguntar. La rabia me duró exactamente hasta que sentí la respiración pausada a mis espaldas y un aroma a perfume dulce mezclado con vino. Entonces giré despacio, encendí la linterna del teléfono y la apunté.
Era Mariela.
Estaba de costado, tapada hasta la cintura con una sábana fina. Llevaba todavía el vestido negro, aunque alguien le había bajado el cierre por la espalda. Tenía el pelo desordenado sobre la almohada, un mechón pegado a los labios. Y dormía profundamente, con esa quietud densa que da el alcohol.
No puede ser. No puede ser ella.
Apagué la linterna. Me quedé mirando el techo, escuchando los latidos de mi propio corazón. No iba a hacer nada. Eso me dije primero. Era la tía Mariela, era una mujer mayor, estaba borracha, no tenía idea de dónde estaba. Yo era un buen chico, no era un degenerado. Iba a esperar a que se durmiera del todo y me iba a ir al sillón del living. Eso me dije.
Pero el cuerpo no me obedeció.
Me quedé porque mi cabeza ya estaba imaginando cosas que no iba a poder olvidar. Me quedé porque era la primera vez en mi vida que tenía a una mujer dormida en mi propia cama, y porque algo dentro de mí —algo que yo no conocía todavía— me empujaba a girar otra vez y mirarla.
Lo hice. Despacio.
Bajé la sábana milímetro a milímetro. El vestido se le había subido hasta los muslos. Le vi las piernas blancas, redondas, con la marca rosada de la media donde la goma había apretado. Bajé más la sábana. Tenía el cierre del vestido abierto por la espalda y se le veía el corpiño rojo de encaje, ajustado, marcando una espalda ancha y suave. Mi erección empezó a doler dentro del bóxer.
***
Lo que pasó después lo voy a contar tal como ocurrió, sin adornarlo, porque adornarlo sería mentir.
Me acerqué. Me pegué a ella todo lo que pude, sin tocarla con las manos. Apoyé el frente de mi cuerpo contra su espalda y sentí su calor a través de la tela del vestido. Olía a perfume floral y, debajo, a piel sudada de noche calurosa. Le rocé el trasero con la erección, apenas, una vez. Esperé. Nada. No reaccionó. Lo hice de nuevo, esta vez con un poco más de presión. Tampoco se movió. Su respiración seguía igual, lenta y profunda.
Tomé aire. Me bajé el bóxer hasta las rodillas. Sentí el aire fresco contra mi piel y la sensación de estar haciendo algo que no podía deshacer. Empujé la verga contra su trasero, esta vez sin tela mía de por medio. La seda del calzón rojo que había visto un segundo bajo el vestido se sentía suave y tibia. Empecé a moverme, despacito, hacia adelante y hacia atrás, con la respiración cortada, los ojos cerrados, la oreja pegada a su nuca para escuchar si cambiaba algo.
Y cambió. Pero no como yo esperaba.
Mariela tiró el trasero hacia atrás. Con fuerza. Como si quisiera devolver el movimiento. No fue un reflejo del sueño. Fue una respuesta.
Me congelé. Por un segundo pensé que iba a darse vuelta y a darme una bofetada que se iba a escuchar hasta el segundo piso. Pero no. Volvió a empujar. Y otra vez. Y otra vez. Mi verga, apretada entre las dos curvas de su trasero, sentía toda la presión de su cadera moviéndose contra mí.
—¿Tía? —le susurré, casi sin voz.
No contestó. Pero estiró un brazo hacia atrás, despacio, y me agarró la mano. Me la guió hasta uno de sus pechos, encima de la tela del vestido. Lo apreté sin pensar. Era grande, pesado, suave incluso a través de la tela. Sentí cómo el pezón se le marcaba bajo el corpiño.
Entonces giró la cabeza apenas y abrió los ojos. Apenas una rendija. Y susurró:
—Seguí.
Una sola palabra. Y se acabó cualquier discusión que yo pudiera tener con mi conciencia.
Le bajé la cremallera del vestido del todo. Ella levantó los brazos sin hacer ruido y me dejó sacárselo por encima de la cabeza. Quedó en corpiño y en ese calzón rojo de seda que había visto antes. Yo estaba sin nada. La luz que entraba por la persiana, una rayita anaranjada del farol de la calle, le caía sobre el costado del cuerpo y le dibujaba la curva de la cadera.
—No hables —me dijo, como leyéndome la mente—. Y no hagas ruido.
Me besó. Fue mi primer beso de verdad, el primero con una mujer que sabía besar. Tenía la boca tibia, el aliento a vino, la lengua paciente. Me enseñó cómo, sin enseñarme. Yo le seguí el ritmo como pude, con torpeza, sintiendo que el mundo entero se me había encogido al tamaño de esa cama.
Después me dejó tocarla. Me bajó la mano por el cuello, por el pecho, por el vientre, por encima del calzón rojo. Estaba mojada. Lo supe porque la seda estaba pesada, pegada a ella. Me llevó la mano por debajo de la tela y me hizo sentir lo que era una mujer caliente por dentro. Me guió los dedos al principio, con una paciencia que solo da la experiencia, y después me soltó para ver qué hacía yo solo.
Yo no sabía nada. Pero ella tampoco esperaba que supiera.
—Despacio —me susurró—. No tengas apuro.
Se sacó el calzón. Se quedó desnuda de la cintura para abajo, conmigo encima, y me pasó las piernas alrededor. Me agarró la cara con las dos manos, me miró un segundo a los ojos y me dijo, casi sin voz:
—Mírame.
Y se lo metió ella misma.
Yo cerré los ojos sin querer. Sentir aquello por primera vez fue como caerse de espaldas en agua tibia. Era apretado y suave al mismo tiempo, era resbaladizo, era pulsante. No iba a durar. Empecé a moverme y al tercer empujón ya sentía el final viniéndome encima.
—Aguantá —me dijo ella, agarrándome la cadera para frenarme—. Esperá. Respirá.
Le hice caso. Me quedé quieto, encima de ella, con la frente apoyada en su hombro, sintiendo el sudor de los dos mezclándose. Ella me besó la sien, me pasó la mano por la espalda, me dijo cosas al oído que no se pueden repetir. Esperó hasta que yo respiré normal otra vez.
—Ahora despacio.
Volví a moverme. Esta vez me concentré en ella. En cómo se le abría la boca, en cómo cerraba los ojos, en cómo le subía y le bajaba el pecho. Me enseñó sin hablar a buscar un ritmo, a esperar, a leerla. Cuando le temblaron las piernas, las dos, alrededor de mi cintura, yo sentí que iba a explotar y le pregunté en voz baja qué hacer.
—Afuera —dijo, también en voz baja—. Salí afuera.
Apenas alcancé. Me salí en el último segundo y terminé sobre su vientre, casi en silencio, mordiéndole el hombro para no gritar. Ella se aguantó la risa contra mi oreja.
***
Nos quedamos un rato así, abrazados, en silencio, escuchando los ruidos viejos de la casa. El reloj del living. La canilla que goteaba en la cocina. Algún auto que pasaba en la calle. Yo no sabía qué decir. Ella tampoco dijo nada al principio.
Después me ayudó a limpiarla con la remera vieja que yo tenía en la silla. Se vistió despacio, con tranquilidad. Se peinó con los dedos. Me miró desde la puerta del cuarto y me sonrió, una sonrisa cansada, casi triste, y me dijo:
—Esto no pasó nunca. Pero gracias.
Y se fue.
Cuando me levanté al mediodía siguiente, Mariela ya no estaba. Había vuelto a su departamento temprano. Mi madre comentó en el almuerzo que la tía estaba mucho más animada esa mañana, que se notaba que la fiesta le había hecho bien. Mi tía Rosario coincidió. Mi padre no opinó porque estaba con resaca.
Yo me callé y comí.
Mariela y yo nunca volvimos a hablar de lo que pasó. Nos seguimos viendo en los almuerzos del domingo. Nos saludamos con un beso en la mejilla, como siempre. A veces, cuando se descuidaba, me miraba un segundo más de la cuenta. Yo también. Y nada más.
Pero esa noche, la noche en que mi tía durmió borracha en mi cama, sigue siendo la primera de todas mis noches. La verdadera. La que me enseñó, sin yo pedirlo, lo que era el deseo de una mujer adulta.