Los tacones que me convirtieron en su muñeca
Me eligió porque vio la grieta. Yo era un hombre común, correcto, invisible entre la multitud de cualquier bar de hotel. Pero mis ojos me delataban: siempre se desviaban hacia los zapatos de las mujeres. No era deseo abierto; era una curiosidad reprimida, escondida bajo una vida ordenada y aburrida.
Madame Vinil me reconoció al instante. Avanzó como una aparición calculada: corsé negro de látex brillante ceñido hasta el delirio, botas de plataforma que marcaban el suelo con un compás hipnótico, guantes largos sembrados de microcristales. Su silueta era un exceso diseñado, cintura imposible, postura de reina. El cabello platino le caía como una cascada artificial, y sus labios rojos parecían siempre húmedos, listos para dictar sentencia.
Se inclinó lo suficiente para que su perfume —mezcla dulzona de látex bruñido y algo más oscuro— me envolviera. Rozó apenas mi hombro, como si por accidente hubiera invadido mi espacio. Y allí, junto a mi oído, con voz de terciopelo venenoso, dejó la semilla.
—Shhh… mírame. Toda tu vida no ha sido más que un disfraz rígido. Finges fuerza, finges solidez… pero eso no eres tú. Lo único verdadero, cariño, lo único que late en ti, es el deseo de sentir mis tacones en tu andar. Vas a caminar sobre ellos, aunque lo niegues. Y cuando lo hagas, cada clic será mío.
Su mano enguantada se deslizó por debajo de la mesa y aterrizó directamente sobre mi bulto. Apretó la polla por encima del pantalón sin preámbulos, midiéndome como quien pesa una fruta en el mercado. Se me escapó un jadeo estrangulado. Ella sonrió, sin dejar de apretar, y frotó despacio la palma contra la tela hasta que sintió el latido caliente de mi verga endurecerse bajo sus dedos.
—Mírate, cariño. Ya estás mojado por mí y todavía no he hecho nada. Esta polla dura es la única verdad de tu cuerpo. Y me pertenece.
Se llevó los dedos enguantados a la nariz, aspiró el olor de mi excitación filtrada a través de la tela, y luego los pasó por mis labios entreabiertos. El sabor químico del látex me golpeó como un latigazo.
—Chúpalos. Practica, muñeca. Vas a chupar mucho más que esto antes de que termine contigo.
Obedecí sin pensarlo. Mi lengua rodeó los dedos brillantes mientras ella me miraba con una diversión cruel, y yo sentí la polla goteando dentro del calzoncillo, humedeciendo la tela con un hilo espeso de líquido preseminal.
El golpe seco de sus botas contra el suelo fue un decreto. No era un capricho: era un experimento, un placer cruel. Quería ver cómo la negación se volvía fiebre, cómo lo cotidiano se derrumbaba bajo el peso de un deseo que yo no había pedido pero que ya no podría resistir.
Ese era su motivo: crear belleza desde la ruina, moldear a un hombre común hasta convertirlo en una muñeca brillante, en un trofeo de su poder.
***
Al principio fue apenas un roce mental. Quise olvidar a Madame Vinil, archivarla como un exceso grotesco de una noche cualquiera. Pero mis ojos empezaron a traicionarme.
En la calle, cada mujer en tacones se volvía un imán. No eran ellas: eran los zapatos. El clic seco contra el pavimento, la curva imposible del tacón, la plataforma que alargaba la pierna. Cada sonido me entraba como un latido caliente en la verga. Solo miro, no significa nada, me decía, pero el bulto entre mis muslos desmentía cada palabra.
Esa noche, frente a la pantalla, caí sin darme cuenta. Tecleé «mujeres caminando en tacones». El primer video me atrapó como un hechizo: un plano cerrado de pies sobre plataformas transparentes. El movimiento era lento, cadencioso, hipnótico. Me bajé el pantalón de un tirón y agarré la polla ya empapada de preseminal. Empecé a masturbarme con violencia, apretando el glande hasta que dolía, arrastrando el prepucio arriba y abajo al ritmo de cada clic en la pantalla. La corrida llegó en un espasmo brutal: chorros espesos de semen me salpicaron el pecho, el vientre, la mano. Y con cada descarga la ansiedad crecía. Solo podía terminar pensando en los tacones de Madame Vinil, como si fueran fetiche y dueño a la vez. Me llevé los dedos manchados a la boca y chupé mi propia corrida sin saber por qué, solo porque una voz interior me susurraba que ella lo habría querido así.
Las noches se volvieron un delirio. Soñaba con pasarelas infinitas, mujeres desfilando en plataformas brillantes. Pero poco a poco las siluetas se disolvían. Ya no eran ellas. Era yo. Mi cuerpo, mis piernas arqueadas en esa postura imposible, mientras Madame Vinil caminaba a mi lado, guiando cada paso con un chasquido de uñas esmaltadas.
—Más lento, cariño. Que cada clic te robe el alma.
En el sueño ella se agachaba, me abría las piernas y me metía el tacón entre los muslos, presionando el cuero frío contra mis huevos hinchados. Yo gemía como una hembra, la polla apuntando al techo, mientras ella se reía y aumentaba la presión hasta que me corría solo con el roce del cuero. Despertaba empapado, con el pulso desbocado, la entrepierna pegajosa de semen tibio y las sábanas manchadas de humedad.
***
El segundo día, en la oficina, la herida se abrió más. Una mujer pasó a mi lado con tacones de aguja y plataforma. El sonido sobre el mármol fue tan obsceno que se me cortó la respiración. La seguí con los ojos, con el cuerpo entero. La presión bajo el pantalón se volvió insoportable: la polla se me endureció hasta doler, marcando la tela con un bulto imposible de disimular. Me encerré en el baño, con las manos temblando, y me la saqué. Estaba roja, palpitante, con el glande brillante de líquido claro. Empecé a masturbarme frenético, mordiéndome los labios para no gritar, mientras los tacones resonaban dentro de mi cabeza como gemidos. Me corrí en tres embestidas contra el propio puño, disparando chorros gruesos de semen que salpicaron la puerta metálica del cubículo. Me quedé jadeando, con la verga aún dura entre los dedos, incapaz de saciarme.
Desde entonces, todo se volvió un filtro. Revistas, escaparates, páginas enteras de internet: solo veía zapatos altos. Tacones como promesas, plataformas como altares. Me corría una y otra vez, en el baño, en la cama, bajo la ducha con el agua caliente cayéndome sobre la polla enrojecida, y aun así el deseo nunca se saciaba; más bien se acumulaba, como un veneno dulce que me hinchaba los huevos hasta el punto de la exasperación.
La tercera noche el sueño se convirtió en condena. Caminaba con seguridad, con una elegancia aprendida, los tacones marcando el compás. Madame Vinil aplaudía despacio, riendo, embriagándome con su perfume.
—Eso es… mírate, muñeca. Ya eres mía.
Se acercaba por detrás y me metía la mano entre las nalgas, buscando el culo con un dedo enguantado. Yo abría las piernas obediente y sentía el látex frío penetrarme lento, hasta el fondo, mientras la polla se me sacudía sin necesidad de tocarla. Me corría solo con el dedo dentro, chorreando semen sobre las plataformas negras.
Desperté temblando, sudado, con el corazón atrapado en la garganta y la mano derecha metida entre mis propias nalgas. Sonó el timbre. Abrí la puerta y el destino me esperaba en una caja de cartón: mis primeros tacones de plataforma.
El mandato de Madame Vinil ya no era un susurro. Era un objeto físico. Y yo estaba perdido.
***
El paquete esperaba en el suelo como un altar sellado. Las manos me temblaban al abrirlo. El aire se llenó de un olor químico: cuero negro recién desatado, mezcla de pegamento, barniz y promesa. El aroma se me metió en la nariz como un perfume obsceno.
Saqué los tacones con reverencia. Negros, brillantes, de tacón alto y delgado que parecía un arma. Los acerqué al rostro y aspiré como si fueran flores prohibidas. El olor era denso, embriagador. Los apreté contra mi pecho y cerré los ojos: por un instante sentí que Madame Vinil me abrazaba a través de ellos.
La voz no tardó en colarse.
—Eso es, cariño. Respira hondo. Cada molécula te pertenece… o más bien, me pertenece a mí. Ahora desnúdate. Los quiero ver contra tu piel.
Me arranqué la ropa a tirones. Quedé completamente desnudo en el pasillo, la polla ya semierecta apuntando hacia adelante, los huevos apretados por la excitación. Agarré uno de los tacones, lo llevé hasta mi verga y froté el cuero brillante contra el glande. La sensación fría y suave me sacó un gemido largo. Empecé a masturbarme con el zapato, deslizando la punta del tacón por toda la longitud de la polla, envolviéndome con el cuero, ensuciándolo con hilos de preseminal.
—No, muñeca. No te corras todavía. Póntelos primero.
Temblando, me deslicé dentro de ellos. El ajuste fue exacto, como si siempre hubieran estado esperando por mis pies. El arco forzado me curvó la espalda, obligó a mis caderas a moverse. La postura no era mía: era de ella. Sentí cómo el cambio de postura tensaba mis muslos y empujaba las nalgas hacia atrás, obscenamente ofrecidas, mientras la polla se agitaba entre mis piernas.
—Mírate… ahora caminas como yo.
Fui hasta el espejo del pasillo. El reflejo me paralizó. De pie sobre los tacones, mi cuerpo era otro: más alto, más esbelto, más femenino. La línea de mis piernas se alargaba como una promesa. La verga colgaba dura y roja entre mis muslos, chorreando líquido preseminal que caía en gotas gruesas sobre el parquet. Me miré boquiabierto, sintiendo que algo dentro se rompía y se unía al mismo tiempo.
El calor fue insoportable. Empecé a caminar frente al espejo, con pasos cortos y torpes, escuchando el clic contra la madera. Cada paso me sacaba un gemido. Me agarré la polla y empecé a pajearme mirándome, con la otra mano apoyada contra el espejo, las nalgas contraídas, los tacones marcando el compás. El reflejo me devolvía la imagen de una criatura obscena: mitad hombre, mitad muñeca, con la verga tiesa entre plataformas negras.
—¿Lo sientes, cariño? Ya no eres tú. Eres mío. Córrete para el espejo. Márcalo con tu semen.
Me corrí con un grito ahogado. Chorros espesos de semen salieron disparados contra el espejo, resbalando lentamente sobre mi propio reflejo, cubriendo la imagen de mi cuerpo transformado con un velo blanco y pegajoso. Me quedé jadeando, temblando sobre los tacones, con la polla aún goteando los últimos hilos de corrida sobre el parquet. El eco del clic todavía vibraba en mis oídos como un mantra.
—Lámelo. Todo. Quiero verte limpiar el espejo con la lengua.
Obedecí sin pensar. Me acerqué de puntillas sobre los tacones, saqué la lengua y empecé a lamer mi propio semen del cristal, tragando cada gota, mientras la voz de Madame Vinil se reía en mi cabeza.
***
La noche fue un teatro sin telón. Apenas cerré los ojos, ya estaba de pie sobre un escenario invisible. Mis piernas brillaban bajo luces que no sabía de dónde venían, pero cada destello iluminaba lo mismo: los tacones. Negros, altísimos, crueles. Eran mi cuerpo y mi condena.
Madame Vinil estaba sentada al borde del escenario, cruzada de piernas, observándome con calma. El brillo de su látex parecía palpitar como una piel viva. Con cada clic de mis tacones sobre el suelo, ella sonreía más.
—Más lento, cariño. Hazme escuchar cómo gime tu andar. Y abre las piernas al caminar. Quiero ver esa polla balancearse como un péndulo.
Obedecía. El eco de cada paso se mezclaba con mis propios jadeos, míos pero ajenos, como si el placer viniera de otra boca. La tensión de las plataformas se extendía hacia arriba: muslos firmes, caderas más abiertas, pecho adelantado. Caminaba desnudo salvo por los tacones, con la verga tiesa golpeándome el vientre a cada paso, y un público invisible aplaudía con respiraciones oscuras.
De pronto sentí manos que no veía recorriéndome las piernas, acariciando la curva de mis pantorrillas, subiendo hasta los muslos, apretando las nalgas. Una boca invisible se cerró sobre mi glande y empezó a chupar con una succión lenta, profunda, sacándome el alma por la polla. Otra lengua me lamía los huevos, y unos dedos se abrieron paso hasta mi culo, penetrándome sin resistencia. Yo gemía como una perra en celo, sostenido por manos fantasmas, con la verga hundida en una garganta que no tenía rostro.
Madame Vinil aplaudió despacio y bajó del trono. Se acercó, me tomó de la barbilla y me metió dos dedos enguantados en la boca hasta hacerme arcadas.
—Chupa, muñeca. Practica. Vas a mamar muchas pollas por mí antes del final.
Sentí una polla invisible penetrarme por detrás, dura y gruesa, empujando hasta el fondo. El grito se me quedó atrapado en los dedos de Madame Vinil. Me embistieron con violencia, mientras la boca fantasma seguía mamándome la verga por delante. Estaba atrapado entre dos placeres, empalado por invisibles que me usaban como muñeca de trapo bajo la sonrisa de mi dueña.
—Mírate… ya eres un espectáculo. Córrete, cariño. Córrete mientras te follan.
El clímax llegó en oleadas, como si todo mi cuerpo se derramara sobre los tacones que me sostenían. Sentí la polla invisible descargar dentro de mi culo, chorros calientes llenándome hasta desbordar, mientras yo eyaculaba en la boca fantasma con espasmos que me doblaban en dos. Me derrumbé sobre las manos y las rodillas, con semen ajeno chorreándome por los muslos y el mío propio goteando de las comisuras de una boca que ya no estaba. Reí y gemí a la vez, bajo la risa de Madame Vinil que se confundía con aplausos invisibles.
Desperté jadeando, empapado, con el corazón en un vértigo ardiente, las sábanas manchadas y el culo palpitante como si algo real me hubiera atravesado.
***
El día siguiente fue insoportable sin ellos. Apenas me levanté, me calcé los tacones como quien se ata un órgano vital. No eran un accesorio: eran una necesidad. Pasé la mañana caminando desnudo por el departamento, con la polla oscilando entre las piernas a cada paso, sintiendo cómo cada clic contra el suelo me devolvía la calma y a la vez me endurecía la verga. Cuando tuve que quitármelos para ducharme, descubrí con horror que caminaba en puntas de pie, incapaz de apoyar los talones.
No puedo… no quiero… los necesito.
La orden llegó como un trueno suave.
—Ya no sabes existir sin mis tacones.
Bajo el chorro de agua caliente me agarré la polla y empecé a masturbarme lento, apoyado contra los azulejos, imaginando el clic de los tacones sobre el mármol del baño. Me corrí contra la pared, viendo cómo los chorros de semen resbalaban por las baldosas y desaparecían con el agua. Ni siquiera eso me sació.
La tarde me empujó a la contradicción más cruel. Había olvidado algo urgente, algo que me obligaba a salir. Me miré en el espejo, vestido de calle, los tacones negros brillando bajo el ruedo del pantalón. El miedo me aplastaba: ¿y si alguien miraba?, ¿y si escuchaban el clic en la vereda?
Sentía vergüenza, el sudor bajando por mi espalda. Pero cuando me los quité para probar con zapatos normales, mis pies se negaron a apoyar el talón. Caminaba como un fantasma, en puntas, ridículo, humillado. Un paso en tacones era una confesión. Un paso descalzo era imposible. Estaba atrapado.
Madame Vinil se rió en mi oído, sensual y cruel.
—El mundo debe oírte, muñeca. Cada clic de tus tacones es un grito de lo que ya eres. Y no te pongas calzoncillo. Quiero que salgas con la polla libre, rozándose con la costura del pantalón a cada paso. Que cada clic te haga más duro.
Obedecí. Me guardé la ropa interior en el cajón y sentí de inmediato el roce áspero de la tela contra el glande desnudo. Con lágrimas en los ojos, abrí la puerta. El sonido hueco de mis pasos sobre la calle se mezclaba con el calor de mi vergüenza y con la fricción constante que iba hinchándome la verga bajo el pantalón. Y, sin embargo, cada clic también me hacía sonreír.
***
La calle fue un suplicio. Cada clic de los tacones contra el pavimento sonaba como un grito que solo yo escuchaba. Miraba hacia el suelo, deseando que nadie reparara en mí. Pero las miradas siempre llegan. Y cada paso frotaba mi polla dolorosamente contra el interior del pantalón, marcando el bulto cada vez más obsceno.
Primero fue una mujer mayor que, al cruzarse conmigo, bajó la vista y se detuvo en mis pies. No dijo nada, pero frunció el ceño y apretó el bolso contra el pecho, como si se hubiera topado con algo indecente. El rubor me ardió en la cara y la verga me dio un latigazo brutal bajo la tela.
—Así, cariño —susurró Madame Vinil desde dentro de mi cráneo—. Deja que te juzguen. Cada ceja levantada es un aplauso secreto. ¿Sientes cómo se te pone dura por su desprecio? Eres una perra de vergüenza.
Seguí caminando, cada paso más tambaleante. En la tienda de la esquina, un grupo de jóvenes se rió por lo bajo mirando sus celulares. No entendí las palabras, pero supe que hablaban de mí. El calor subió desde el estómago hasta la garganta: una mezcla de vergüenza y una excitación insoportable. Sentí una gota gruesa de preseminal escapárseme y mojar la tela del pantalón, dibujando una mancha oscura sobre el bulto.
—Mueve las caderas, muñeca. Hazlos reír más. Que sus carcajadas sean tu música.
Obedecí. El vaivén se volvió más marcado, más femenino. Y el eco de las risas se mezcló con el clic de los tacones hasta volverse un mantra. Con cada movimiento la polla se frotaba contra la costura interna, y yo tenía que apretar los dientes para no gemir en plena vereda.
Cada carcajada se me clavaba como un aguijón. Pero Madame Vinil lo transformaba en caricia.
—Déjalos reír, cariño. Su burla es tu corona. Cada humillación te hace más hermosa. Más zorra.
En el pasillo estrecho del supermercado, alguien me rozó al pasar. Un hombre alto bajó la mirada hacia mis pies y luego me sostuvo los ojos con media sonrisa antes de seguir su camino. Esa media sonrisa me atravesó como una daga: humillación pura. Y, al mismo tiempo, un calor líquido en el vientre. Sentí que la verga se me endurecía por completo, marcándose obscena bajo el pantalón, y que otra gota espesa de preseminal se me escapaba.
—Eso es, cariño. Cada mirada masculina es un dedo invisible. Cada sonrisa, un recordatorio de lo que eres. Ese hombre te habría follado ahí mismo si se lo pidieras. Y tú se lo habrías chupado de rodillas entre las góndolas.
Me descubrí jadeando en silencio entre las góndolas, con la polla latiendo furiosa contra la tela. No podía pensar, solo caminar. Cada clic de tacón era un latido en la verga, cada roce de la tela contra el glande desnudo un golpe de placer que me hacía tambalear. La vergüenza me hacía sudar; la excitación me doblaba. Sentí de pronto que se acercaba el punto sin retorno: iba a correrme, allí mismo, entre los estantes, sin siquiera tocarme.
—No huyas de las miradas. Son tu alimento. Eres un espectáculo, aunque no quieras. Córrete, muñeca. Córrete en el pantalón como la puta que eres. Ahora.
Me apoyé contra una estantería, apretando los dientes. Un espasmo brutal me sacudió la pelvis y me corrí, dentro del pantalón, sin tocarme, sintiendo cómo el semen caliente empapaba la tela y me chorreaba por el interior del muslo. Ahogué un gemido contra el brazo. Cuando levanté la vista, una cajera me miraba de reojo, con el ceño fruncido, mientras la mancha se extendía visible sobre mi ropa.
Salí a la calle cargando la compra, los tacones resonando más fuerte que nunca, el pantalón pegado a mi polla aún blanda y pegajosa. La contradicción era insoportable: cada mirada me quemaba, cada clic me excitaba. No sabía si llorar de vergüenza o reír de placer. Y entonces comprendí que ya no había diferencia.
***
Llegué a casa con las bolsas temblando en las manos. Apenas cerré la puerta, el silencio se volvió insoportable. El eco de los tacones aún vibraba en mi cuerpo como una descarga. Cada mirada de la calle, cada risa contenida, cada ceja alzada, todo ardía bajo mi piel.
Me arranqué el pantalón manchado y quedé desnudo, salvo por los tacones. La polla ya volvía a ponerse dura, pese a la corrida reciente. Dejé los zapatos en el suelo, brillantes bajo la luz artificial, y me arrodillé frente a ellos como frente a un altar. El cuero negro olía más fuerte que nunca, mezcla de sudor y perfume químico. El simple roce de mis dedos sobre la superficie bastó para encender la fiebre.
La voz llegó inmediata, húmeda, inevitable.
—Vamos, muñeca. Dales lo que necesitan. Cógelos con las dos manos y frota tu polla contra ellos. Ensúcialos.
Obedecí. Junté los dos tacones y los apreté alrededor de mi verga, envolviendo la polla con el cuero frío. Empecé a follarme los zapatos, empujando las caderas hacia adelante, arrastrando el glande contra la superficie brillante. Los gemidos se me escapaban sin control, agudos, casi de mujer. La respiración se me cortaba con cada embestida.
—Más rápido. Fóllatelos como si fueran mi coño. Como si fueran mi boca. Muéstrame lo obediente que eres.
Acelaré, con las nalgas contraídas, los muslos tensos, los tacones apretados contra la verga. El cuerpo se arqueó como si estuviera poseído, y en un espasmo largo los marqué con mi vergüenza brillante. Chorros gruesos de semen cayeron sobre el cuero, resbalando por los tacones altos, llenando el interior de los zapatos, chorreando por las plataformas hasta el suelo. Apenas terminé, la orden descendió, clara y cruel.
—Límpialos. Con tu lengua. No dejes ni una gota.
Me agaché sobre las manos y las rodillas, con el culo levantado, y empecé a lamer los tacones. Recorrí con la lengua cada centímetro del cuero, tragando mi propio semen, chupando el interior del zapato donde la corrida se había acumulado. El sabor metálico se mezcló con el del cuero. Me estremecí hasta el temblor. Y lo peor: el placer volvió a crecer, doblegado, obediente. Sentí que se me endurecía otra vez, mientras me llenaba la boca con mi propia semilla y la de los sueños que aún no había vivido.
Me desplomé en la cama, exhausto, los tacones todavía húmedos junto a mí, la polla enrojecida y pegajosa contra el vientre. Cerré los ojos y el sueño cayó como un telón.
***
El escenario estaba oscuro, apenas iluminado por focos de neón rosa. Madame Vinil me esperaba en un trono, la peluca platino brillando como una llamarada artificial. Llevaba un corsé de látex fucsia y unas botas de plataforma rosa flúor que parecían imposibles, diseñadas para ser adoradas.
—De rodillas, muñeca —ordenó.
Caí sin resistencia. Mis labios buscaron el vinilo brillante de las botas, recorriendo cada centímetro como si fueran hostias profanas. El sabor químico del látex y el resplandor flúor se mezclaban con mi respiración entrecortada. Lamí la punta redondeada, luego el empeine, subí por la caña hasta la rodilla y volví a bajar, dejando un rastro húmedo de saliva sobre el brillo rosado.
—Más arriba, cariño. Sube por mi muslo.
Obedecí. Trepé con la lengua por el látex del muslo, sintiendo bajo la superficie el músculo firme, hasta llegar al borde donde el corsé se cerraba. Ella abrió las piernas y me mostró que debajo no llevaba nada: solo un coño depilado, brillante de humedad, enmarcado por el látex fucsia.
—Chupa. Muéstrame cuánto me deseas.
Enterré la cara entre sus muslos y empecé a mamarle el coño con desesperación. Mi lengua recorrió cada pliegue, se hundió en su entrada mojada, subió hasta el clítoris y lo chupó con hambre. Ella me agarró del pelo y me apretó contra su sexo, restregándome la cara contra el látex y la piel, mientras gemía con una risa cruel.
—Así, muñeca. Aprende a mamar. Aprende a servir. Esa boca ya no es tuya.
Me clavó una bota entre las piernas y presionó la punta contra mis huevos, sacándome un gemido ahogado contra su coño. Yo seguía lamiendo, con la polla dura goteando sobre el escenario, mientras su tacón me apretaba los testículos hasta el borde del dolor.
—Tócate. Hazlo mientras me chupas el coño. No pararás hasta vaciarte para mí.
Mis manos obedecieron. Me agarré la verga y empecé a pajearme con violencia, sin dejar de mamarla, mientras mis gemidos se mezclaban con los suyos y con el eco húmedo de la lengua sobre el látex. Ella se corrió en mi cara con un espasmo largo, empapándome la boca con su flujo caliente, y yo estallé al mismo tiempo, disparando chorros de semen contra el suelo del escenario. El mundo desapareció: solo quedaban ella, sus botas brillantes, su coño palpitante y mi cuerpo temblando bajo su control.
—Eso es, cariño… cada gota me pertenece. Ahora recógela. Con la lengua. Del suelo.
Me arrastré sobre las plataformas del escenario y lamí mi propia corrida del suelo negro, mientras el eco de su risa se alargaba, cruel y triunfal.
Desperté con el corazón en llamas, los pies buscando los tacones a ciegas, la polla ya erecta contra la sábana empapada. Y comprendí que el sueño no había terminado: se había convertido en mi vida despierta.
***
El eco de los tacones ya nunca se apagó. Cada paso era un recordatorio; cada mirada en la calle, un aplauso invisible. Pero Madame Vinil nunca se conforma con una sola obsesión.
En la penumbra de mi habitación, su voz volvió a descender, suave y peligrosa, mientras yo me pajeaba lento sobre las sábanas manchadas, con los tacones puestos y la polla otra vez tiesa entre los dedos.
—Ya caminas como una muñeca. Ya te corres para mí sin que nadie te toque. Ahora dime… ¿cuál debería ser tu próxima transformación? ¿Serán tus labios pintados alrededor de una polla ajena? ¿Serán tus nalgas abiertas esperando ser follado? ¿Aprenderás a tragar semen como aprendiste a lamer mis tacones?
La pregunta quedó flotando en el aire como una orden sin respuesta. ¿Serían mis labios, mi ropa, mi voz, mi nombre, mi culo? Madame Vinil sonreía, paciente, sabiendo que la respuesta ya estaba escrita en el clic de cada uno de mis pasos y en el chorro pegajoso que en ese mismo instante volvía a marcar mi vientre con su firma.





