El repartidor que cumplió mi fantasía travesti
Me llamo Daniela, aunque ese no es el nombre que figura en mi credencial. Tengo veintisiete años y vivo sola en una privada tranquila a las afueras de la ciudad, donde nadie me conoce y nadie pregunta. Soy una chica trans de clóset: durante el día trabajo, saludo a los vecinos y respondo a un nombre que no siento mío; de noche, con la puerta cerrada, soy quien de verdad soy.
Tengo un cuerpo menudo, la piel del color de la canela y unas piernas que me gusta mirar en el espejo cuando me arreglo. Y tengo una debilidad que arrastro desde siempre: los hombres maduros, esos que pasan de los cuarenta y cinco y que ya no necesitan demostrar nada. Me gusta su calma, su manera de mirar sin disimular, y sobre todo me gusta imaginar cómo me follarían sin pedir permiso, con esa autoridad tranquila de quien ya sabe lo que hace con una polla dura entre las manos.
Durante años cargué con la misma fantasía, repetida tantas veces que ya tenía guion propio. Un hombre tocaba a mi puerta sin saber qué iba a encontrar, y al verme así, vestida y maquillada, me hacía suya sin preguntar. Me abría de piernas contra la pared, me metía la verga hasta el fondo y me hacía tragar cada gota de su corrida. Lo había imaginado de mil formas distintas. Lo que no esperaba era que una tarde de lluvia se volviera real.
***
Aquel día llegué del trabajo agotada y con el cuerpo tenso. Lo primero que hice fue meterme bajo la ducha y dejar que el agua caliente me aflojara los hombros. Mientras me enjabonaba, ya sentía esa cosquilla familiar en el estómago, la anticipación de transformarme. Me pasé los dedos jabonosos entre las nalgas, me acaricié el culo despacio, me metí un dedo apenas para probarme, y noté que ya estaba mojada de ganas. Cuando salí, el espejo estaba empañado y yo ya era otra.
Me tomé mi tiempo. Primero la ropa: una tanga negra que apenas me cubría y, encima, un baby doll blanco de gasa que dejaba adivinar todo lo que cubría. Después las medias, el perfume dulce detrás de las orejas y en las muñecas, la peluca de un negro brillante que me caía sobre los hombros. Me senté frente al tocador y me maquillé despacio, delineando los ojos, pintándome los labios de un rojo que combinaba con las zapatillas de tacón que dejé listas junto a la cama. Un rojo hecho para dejar marca alrededor de una polla.
Cuando terminé, me miré entera en el espejo de cuerpo completo. Por fin soy yo. Pero esa noche no me alcanzaba con mirarme. Quería que alguien más me mirara, que alguien me tocara, que alguien me follara.
Afuera había empezado a llover, una de esas lluvias finas y constantes que vacían las calles. Me senté en la cama con el teléfono en la mano y, antes de arrepentirme, abrí la aplicación de la farmacia. Hice un pedido pequeño, casi una excusa: condones de sabor y un lubricante. Cualquier cosa con tal de que alguien tocara mi puerta.
Confirmé la orden y el corazón se me disparó. Ya no había marcha atrás.
***
Los cuarenta minutos siguientes fueron una tortura deliciosa. Caminé de la sala a la recámara una docena de veces, me retoqué el labial dos, me miré en cada superficie que reflejara algo. Cada motor que pasaba por la calle me hacía contener la respiración. Me decía que era una locura, que en cualquier momento podía cancelar, y al mismo tiempo no quería que pasara nada que no fuera exactamente esto.
Entonces lo oí: el claxon corto de una motocicleta frente a la privada.
El problema era llegar hasta la entrada. La privada tiene un portón común y yo no podía cruzarlo vestida así. Maldije por lo bajo, me quité las zapatillas, me puse unos tenis y una sudadera enorme que me tapaba hasta los muslos, y salí a la lluvia con el paraguas en la mano.
El repartidor estaba bajo la cornisa, sacudiéndose el agua de la chamarra. Era mayor de lo que esperaba, y mejor de lo que esperaba: cincuenta años quizá, el pelo entrecano, las manos grandes, una barba corta salpicada de gris. Tenía la mirada tranquila de los hombres que ya vivieron suficiente, y un bulto marcado bajo el pantalón mojado que no le pude dejar de mirar.
—¿Daniela? —preguntó, revisando la bolsa.
—Soy yo —dije, y la voz me salió más suave de lo que pretendía—. Está lloviendo durísimo. Pasa al menos al porche, no te empapes.
Dudó un segundo, miró la calle desierta y aceptó. Lo guie por el caminito hasta la puerta de mi casa. Bajo la sudadera, el baby doll me rozaba la piel a cada paso y yo era consciente de cada centímetro de tela, de mis pezones duros frotándose contra la gasa, de la tanga empapada por otra cosa que no era la lluvia.
—Pasa tantito mientras saco el dinero —le dije al abrir—. No quiero que la lluvia te alcance otra vez en el portón.
Entró. Cerré la puerta. La lluvia quedó del otro lado, golpeando los vidrios.
***
—Aguárdame aquí —le pedí, y caminé hacia la recámara con el corazón en la garganta.
Ahí dentro tomé la decisión que llevaba años ensayando en mi cabeza. Me quité la sudadera y los tenis, me calcé de nuevo las zapatillas rojas y me solté el pelo de la peluca frente al espejo. Tal vez me veía demasiado ofrecida. Tal vez sí. Pero no iba a desperdiciar la única vez que la realidad se parecía tanto al sueño.
Salí con los billetes en la mano, los tacones repiqueteando sobre el piso. El hombre levantó la vista y se quedó inmóvil. Me recorrió de arriba abajo, de las zapatillas a la peluca, sin disimular, con la boca entreabierta y la respiración cambiada. Vi cómo se le marcaba la polla dentro del pantalón, hinchándose ahí mismo, delante de mí.
—Te tardaste —dijo al fin, con una media sonrisa—. Y valió la pena la espera.
Me acerqué despacio, jugando con cada paso.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunté.
—Me fascina —respondió, y la voz le tembló apenas—. No me esperaba encontrarme a una putita así de rica cuando salí a repartir.
La palabra me atravesó entera. Se me apretó todo por dentro. Dejé los billetes sobre la mesa, sin intención de dárselos todavía.
—Ven, siéntate —le dije, señalando el sofá.
Se sentó sin apartar los ojos de mí. Me arrodillé entre sus piernas, sintiendo la alfombra bajo las rodillas, y le puse las manos sobre los muslos. Lo miré desde abajo mientras le desabrochaba el cinturón y le bajaba el cierre del pantalón. Él levantó las caderas para ayudarme y, en cuestión de segundos, su ropa quedó en los tobillos junto con el bóxer, y su polla saltó frente a mi cara, gruesa, venosa, con la punta ya brillante de líquido.
Se me hizo agua la boca. Era exactamente la clase de verga con la que había fantaseado toda mi vida: la de un hombre grande, adulto, que había cogido muchas veces y sabía lo que quería.
La tomé con la mano y la sentí latir contra mi palma, caliente, pesada. La acaricié despacio de la base a la punta, apretando apenas, midiendo su reacción. Él cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo con un gemido ronco.
—Chúpamela, preciosa —murmuró—. Llevo toda la tarde pensando en tu boca desde que te vi bajo la lluvia.
Empecé por la punta, con la lengua plana, lamiéndole la gota de precum como si fuera un caramelo. Después bajé por el tronco, besando cada vena, y le mamé los huevos uno a uno, metiéndomelos en la boca mientras seguía masturbándolo con la mano. Lo escuché soltar una puteada por lo bajo y eso me puso todavía más caliente.
Volví arriba y me lo metí entero, todo lo que pude. La polla me abrió la garganta, se me llenaron los ojos de agua, se me corrió el rímel, y aun así seguí bajando hasta que la nariz me chocó contra su pubis. Él enredó los dedos en mi peluca y empezó a marcar el ritmo, empujándome la cabeza contra su verga, follándome la boca sin pedir permiso, exactamente como yo quería.
—Así, mi amor, así —gruñía—. Con la boca abierta, tragándomela toda como la putita que eres.
Me relajé la garganta y lo dejé hacer. Sentía los hilos de saliva caerme por la barbilla, las lágrimas mezclándose con el labial rojo embarrado por su polla, y no me importaba nada. Le pasé la lengua por los huevos, se los chupé mientras lo pajeaba, y volví a tragarme la verga entera. La boca me hacía ruido, un chapoteo obsceno, y él me miraba desde arriba con una sonrisa de macho satisfecho que me hacía apretar los muslos.
—Espera —jadeó después de un rato, tomándome de la barbilla con firmeza y sacándomela de la boca con un pop húmedo—. Si sigues así, esto se acaba muy rápido. Y todavía te quiero coger.
Lo miré con los labios brillantes, la baba colgándome del mentón, respirando fuerte.
—¿Qué quieres hacerme? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Quiero llevarte a la cama y partirte en dos —dijo, sin filtro.
Se me escapó un gemido. Me levanté, le tendí la mano y lo guie por el pasillo hasta la recámara, los dos en silencio, con la lluvia de fondo y su polla apuntándome mientras caminaba detrás de mí.
***
En el cuarto encendí solo la lámpara del buró, esa luz tibia que lo suaviza todo. Me quité el baby doll por encima de la cabeza y lo dejé caer al suelo, quedándome con la tanga negra y las zapatillas. Él se desnudó de prisa, sin la elegancia de antes, urgido. El pecho ancho, la panza apenas marcada por los años, la polla hinchada, roja, apuntando al techo.
—Ponte en cuatro para mí —me ordenó, con una voz distinta, más baja—. Quiero verte ese culito primero.
Le obedecí sin pensarlo. Me acomodé en la cama sobre las rodillas, con las zapatillas todavía puestas, arqueando la espalda, dándole la espalda. Sentí sus manos grandes abriéndome las nalgas, y después su cara ahí, la barba rasposa contra la piel más suave que tenía. Se me escapó un grito cuando le sentí la lengua.
Me comió el culo despacio, con hambre. Me lamía en círculos, apretaba con la punta de la lengua contra mi entrada, se abría paso poco a poco. Me metió un dedo grueso y mojado hasta el fondo, después dos, escarbándome, abriéndome para él. Yo hundía la cara en la almohada y le empujaba el culo contra la boca, muriéndome de ganas de que me metiera la polla.
—Por favor —le supliqué—. Por favor, cógeme ya.
—Todavía no, putita —dijo, y me mordió una nalga—. Voy a dejarte lista para que me tragues toda la verga sin quejarte.
Lo escuché abrir el sobre del condón, el sonido del lubricante derramándose, su respiración pesada detrás de mí. Se untó bien, me untó a mí, y sentí la cabeza de la polla apoyada contra mi entrada, gorda, amenazante. Empezó a entrar despacio, con una paciencia que le agradecí y odié al mismo tiempo. Se me escapó un gemido largo cuando la primera pulgada me abrió, y otro cuando siguió empujando, milímetro a milímetro, hasta que sentí sus huevos contra mi piel.
—Toda dentro, mi amor —gruñó, quieto encima de mí—. Toda la verga adentro de ese culo apretado.
—Dios —jadeé—. No pares. No pares nunca.
Empezó a moverse con embestidas lentas, profundas, saliendo casi entero y entrando otra vez hasta el fondo. El culo me ardía y me palpitaba a la vez, y cada estocada me arrancaba un gemido nuevo. Me tomó de las caderas con las dos manos, me clavó los dedos, y aceleró. La cama empezó a golpear contra la pared, y yo empujaba hacia atrás para recibirlo, gimiendo como una perra, con la boca abierta contra la almohada.
—Qué rico coges —me susurró al oído, inclinándose sobre mi espalda, sin dejar de embestirme—. Qué culito más caliente, todo mío.
—Sí, tuyo, todo tuyo —le contesté sin pensar—. Cógeme como quieras.
Me agarró del pelo de la peluca y tiró suave, arqueándome más. Me clavaba la verga hasta el fondo con cada estocada y yo sentía cómo me abría por dentro, cómo me llenaba entera. Me pasó una mano por delante y me tomó la polla dura, mojada de tanto precum, y empezó a pajearme al ritmo de sus embestidas. Casi se me nubla la vista.
Cambiamos de posición. Me tumbó de lado, se me pegó por detrás con una pierna entre las mías, y siguió metiéndomela así, más lento, más profundo, mordiéndome el cuello, apretándome un pezón entre los dedos. Después me puso boca arriba, me abrió las piernas de par en par y se metió entre ellas. Me hizo apoyar los tacones en sus hombros y volvió a entrar, mirándome a la cara mientras me follaba.
En esa última me quedé prendida de su mirada, de la concentración en su rostro, de cómo me observaba como si fuera lo único que existiera en el mundo. Se movía con un ritmo firme, cada embestida hundiéndose entera, mi polla rebotando contra mi vientre a cada golpe. Me apretaba las tetas pequeñas, me pellizcaba los pezones, se agachaba a besarme con la boca abierta y me metía la lengua tan hondo como la polla.
—Me voy a venir —dijo de pronto, con la voz quebrada—. Dime dónde la quieres.
Entonces hice lo que más me gustaba. Lo detuve con una mano en el pecho, me deslicé fuera de la cama y me arrodillé frente a él, con la boca abierta y la lengua afuera, mirándolo desde abajo como una devota frente a su altar. Se quitó el condón con dedos torpes y empezó a masturbarse rápido, la polla brillante de lubricante y saliva, apuntándome a la cara.
—Ábrela más —me ordenó—. Sácame toda la lengua.
Le obedecí. Bastaron unos segundos para que terminara con un gemido largo, sosteniéndose de mi hombro para no perder el equilibrio. El primer chorro me golpeó en la mejilla, caliente, espeso; el segundo cayó en mi lengua, salado; los siguientes me llenaron la boca, me resbalaron por la barbilla, me chorrearon entre las tetas. Lo recibí todo sin apartarme, tragando lo que podía, dejando que lo demás me marcara la cara y el pecho.
Cuando terminó, me quedé arrodillada, respirando fuerte, con su corrida escurriéndome por todos lados. Me tomé la polla mía con la mano, la pajeé apenas tres veces, y me vine yo también con un temblor largo, salpicándole las piernas y la alfombra. Verlo así, deshecho por mí, me había llevado al límite casi sin tocarme.
Nos quedamos un momento en silencio, recuperando el aire, la lluvia todavía cayendo afuera.
***
Se vistió despacio, ya con calma, mientras yo me ponía una bata sin limpiarme del todo, porque quería seguir sintiéndolo encima un rato más. En la puerta se detuvo, con la bolsa de la farmacia olvidada en una mano, y me miró de un modo distinto, más curioso que urgido.
—Hago entregas por toda esta zona —dijo—. Casi siempre de tarde.
—Lo tendré presente —respondí, mordiéndome el labio—. Soy clienta frecuente.
Sonrió, abrió el paraguas y se perdió bajo la lluvia hacia su motocicleta. Cerré la puerta y me recargué en ella con el corazón todavía acelerado y el semen ya secándose en la comisura de los labios.
Esa noche, frente al espejo, mientras me desmaquillaba despacio, me quedé mirándome un largo rato. Había cargado con esa fantasía durante años, puliéndola en la oscuridad, convencida de que nunca saldría de mi cabeza. Y ahí estaba yo, sonriendo sola, con el sabor de su corrida todavía en los labios.
Ya estaba pensando en mi próximo pedido.





