Mi primera cita pagada con un desconocido dominante
Todos los relatos que voy subiendo están en orden, tal como ocurrieron. Desde que me mudé a la ciudad decidí anotar cada cosa que me pasaba en un cuaderno que escondo en el último cajón. No pienso contarlo todo, porque mucho se repite y aburriría, pero hay noches que valen por sí solas. Esta es una de ellas.
Fue mi primera vez cobrando por entregarme a un desconocido, y todavía me tiembla algo por dentro cuando la recuerdo.
Lo conocí por una de esas aplicaciones. Se hacía llamar Damián, decía tener treinta y tantos, ser extranjero y medir casi un metro noventa. En el chat fue directo: buscaba a alguien joven, pequeña, dócil. Una putita, escribió, sin rodeos. Y yo, que llevaba semanas imaginando justo eso, le respondí que sí antes de pensarlo.
La idea me daba miedo y me calentaba a partes iguales. Nunca había estado con un hombre tan grande, ni con uno que pidiera las cosas de esa manera. ¿Hasta dónde sería capaz de aguantar? Esa pregunta me acompañó toda la tarde mientras me arreglaba.
Me planté frente a la puerta de su departamento con el corazón en la garganta. Nerviosa y excitada a la vez, repasé mi reflejo en la pantalla apagada del celular. Estaba lista, o eso quería creer.
Llevaba unos tacones altos color violeta, un vestido negro hasta la rodilla, el pelo suelto, aros grandes y el maquillaje en tonos morados a juego con el esmalte de manos y pies, un violeta tan oscuro que casi parecía negro. Me había vestido para gustarle, para que entendiera apenas me viera qué clase de noche le esperaba.
Toqué el timbre. Unos segundos después escuché pasos del otro lado y la cerradura giró.
El hombre que apareció era enorme. Tuve que levantar la vista para mirarlo a la cara, y eso que iba en tacones. Los hombros le llenaban el marco de la puerta. A su lado me sentí diminuta, casi frágil, y esa sensación me recorrió la espalda como una corriente.
—¿Eres Antonella? —preguntó. Tenía la voz grave, tranquila, de alguien acostumbrado a que le obedezcan.
Asentí, intentando que no se me notaran los nervios.
—Pasa —dijo, y se hizo a un lado.
El departamento era amplio y estaba cuidado hasta el último detalle. Mientras me guiaba por el pasillo me di cuenta de algo que no esperaba: él también estaba tenso, lo disimulaba bien pero le temblaba un poco la mano al señalarme la habitación. Saber que no era la única me calmó. Aunque solo un instante.
Sin prisa, me bajó los tirantes del vestido y dejó que cayera al suelo. Me miró de arriba abajo, en silencio, estudiándome como quien decide por dónde empezar. Después señaló el piso, frente a él.
—De rodillas.
Obedecí sin dudar. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en los oídos. Se soltó el cinturón con calma y dejó caer el pantalón, y entonces lo vi. Era más de lo que había tenido nunca, y la sola idea de lo que vendría me dejó la boca seca.
—Empieza —dijo.
Lo tomé entre los labios. Iba despacio al principio, acostumbrándome, hasta que él perdió la paciencia y me sujetó la cabeza con las dos manos. Marcaba el ritmo a su antojo, hundiéndose hasta el fondo. Me costaba respirar, se me saltaban las lágrimas, pero no quería parar. Quería complacerlo, demostrarle que podía con todo.
Me encantaba sentirme usada de esa forma. Llevé las manos a acariciarlo mientras seguía, notando cómo se tensaba, cómo se le escapaban los gemidos roncos. Que se corra así, que pierda el control por mi culpa. Era lo único que tenía en la cabeza.
No tardó mucho. Me sujetó con firmeza, soltó un gruñido largo y terminó en mi boca. Me lo tragué entero, sin dejar nada, y cuando se retiró me ayudó a ponerme de pie. Estaba agotada y temblando, pero también más excitada de lo que recordaba haber estado nunca.
—A la cama —ordenó.
Me tumbé boca abajo. Se colocó detrás de mí y me preparó con paciencia, con los dedos, mientras yo me mordía el labio intentando relajarme. Sabía que iba a doler. También sabía que lo quería igual.
Cuando entró, lo hizo despacio, abriéndose paso centímetro a centímetro. El dolor fue intenso, como si me partieran, y se me escapó un grito contra la almohada. Él se detuvo, me sujetó de las caderas y esperó a que me acostumbrara. Solo entonces empezó a moverse.
Cada embestida me llegaba a un punto que no sabía que existía. Era dolor y placer al mismo tiempo, mezclados de una manera que me nublaba la cabeza. Sentí que el orgasmo se acercaba antes de lo que creía posible.
—Date la vuelta —dijo.
Obedecí. Me sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano y siguió, mirándome a los ojos todo el tiempo. Me sentía pequeña, indefensa, completamente a su merced, y nada me había excitado tanto en la vida. El cuerpo se me tensó de golpe.
—Córrete —ordenó, y no pude evitarlo. Me sacudí entera mientras el placer me recorría de arriba abajo.
Lejos de aflojar, él aceleró. Me apretaba las muñecas con fuerza, sin dejarme respiro. Me dio una palmada en la mejilla que me dejó la piel ardiendo, y luego otra en el pecho, marcándome. El escozor, en vez de detenerme, me empujaba más alto.
Me cerró una mano en el cuello mientras seguía embistiendo. El aire me llegaba a cuentagotas, la cabeza me daba vueltas, y aun así lo que sentía era indescriptible. Me llevaba al borde una y otra vez para retirarse justo antes, dejándome desesperada, pidiendo más.
—Por favor —supliqué, con la voz rota—. Déjame terminar otra vez.
No me hizo caso. Me mantuvo al filo durante lo que pareció una eternidad, hasta que ya no pude contenerme.
—No aguanto más —dije, entre gemidos y algo parecido a un sollozo.
El segundo orgasmo me dejó sin fuerzas, vacía, temblando como una hoja. Pero él no paró. Siguió como si nada, con la misma rudeza, como si quisiera deshacerme. Con cada empuje me sentía al borde de desintegrarme, y a la vez no quería que terminara. Era una sensación única, adictiva, imposible de explicar.
Me obligó a ponerme a cuatro patas. Me agarró de las caderas y entró de nuevo, más profundo, mientras me sujetaba del pelo y me tiraba la cabeza hacia atrás.
—Eres mía, putita —me dijo al oído, con esa voz grave y dominante—. Mía, para usarte como me dé la gana.
Solo pude gemir. Cada palabra me tensaba el cuerpo, me hundía más en ese estado donde ya no distinguía el placer del dolor. Cuando sintió que volvía a acercarme al límite, se retiró y me dejó suspendida, jadeando, suplicando con la mirada.
***
Me llevó casi a rastras hasta el baño. Me metió en la tina con los tacones todavía puestos, abrió el agua y me ordenó arrodillarme. Lo hice sin pensar, con el cuerpo respondiendo solo a su voz.
Lo que vino después me humilló de una manera que jamás había imaginado, y que sin embargo no fui capaz de rechazar. Hice todo lo que me pidió, hasta lo que nunca creí que haría, mientras el agua tibia me corría por la espalda y él me miraba desde arriba con una sonrisa de dueño. Me sentía sucia, rota, y al mismo tiempo entregada por completo.
—Buena chica —murmuró, y esas dos palabras me dieron más placer que cualquier caricia.
Me sacó de la tina y me devolvió a la cama. Me tumbó boca arriba y me abrió las piernas. El cuerpo me pesaba, me dolía todo, pero seguía excitada, todavía hambrienta de él.
Entró otra vez y me folló en varias posiciones, sin descanso, siempre con la misma firmeza. Me dio una última palmada y me ordenó terminar para él. No pude resistirme: el orgasmo me llegó violento, descontrolado, mientras él seguía empujando cada vez más rápido, cada vez más hondo, hasta que por fin se quedó quieto y terminó dentro de mí con un gruñido largo.
Me quedé tendida, sin aliento, sintiendo cómo su calor se escapaba lento por mis muslos. Estaba destrozada y satisfecha al mismo tiempo, y supe que esa sensación no se me iba a olvidar fácil.
***
Me llevó de nuevo al baño y me ordenó ducharme con agua fría. El frío me golpeó como una bofetada y me ayudó a volver poco a poco al mundo. Cuando salí, me ayudó a vestirme con una delicadeza que no encajaba con nada de lo anterior, como si fuéramos otras dos personas.
Había pedido un taxi. Me acompañó hasta la calle y me ayudó a subir. El conductor me miró por el espejo con una ceja levantada, pero no dijo nada.
Todo el camino fue un suplicio dulce. Tenía el cuerpo lleno de marcas, las muñecas enrojecidas, y cada bache del coche me recordaba dónde había estado. Apenas podía mantenerme erguida en los tacones. Y sin embargo, mientras miraba las luces de la ciudad pasar por la ventanilla, lo único que pensaba era en cuándo volvería a sentir algo así.
Llegué a mi edificio y subí las escaleras agarrándome del pasamanos, peldaño a peldaño, sintiendo cada músculo. Me dejé caer en la cama vestida y me dormí en cuestión de segundos.
Amanecí con un dolor sordo por todo el cuerpo. Apenas podía moverme. Las marcas de la noche anterior seguían ahí, en la piel y por dentro. Me sentía deshecha y, a la vez, extrañamente feliz.
Tomé el celular de la mesilla. En mi cuenta había entrado el dinero acordado, y verlo me hizo sonreír más todavía. No solo había sobrevivido a mi primera cita pagada: la había disfrutado más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Mientras me preparaba, despacio, para una ducha que me costaría horrores, me llegó un mensaje suyo.
«¿Cómo estás, putita? Anoche estuviste increíble. Si te interesa ganar más, me encantaría volver a contratarte.»
Me mordí el labio y le respondí.
«Un poco dolorida, pero bien. Me encantaría volver a verte.»





