La travesti que contrataron para la junta de directivos
Desde aquella tarde en que terminé entre el director del club y uno de sus socios, no podía pensar en otra cosa que no fuera la reunión privada que esos hombres tenían cada mes. Yo lo había vivido una sola vez, casi por accidente, y todavía me ardía la piel cuando lo recordaba. Sabía que volvían a juntarse el jueves, y una parte de mí esperaba que se acordaran de mi nombre.
El miércoles, mientras tomaba un café en la barra del local donde trabajaba, me llegó un mensaje de Sebastián, el director: «Pasá por mi oficina». Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, esa mezcla incómoda de nervios y excitación que ya conocía bien. Dejé la taza a medias y subí.
Lo encontré sentado detrás de su escritorio, con esa calma suya que siempre me ponía las piernas flojas. Cerré la puerta. Él me señaló la silla de enfrente sin levantarse.
—Renata, te llamé porque quiero proponerte algo —dijo, juntando las manos sobre la mesa—. Mañana tenemos la reunión mensual de socios. Después de la parte aburrida, cuando se va la mayoría, los que quedamos nos encerramos en el salón privado. Siempre contratamos compañía para esas noches. Esta vez quiero que la compañía seas vos.
—¿Yo? —Tragué saliva—. ¿Querés decir… para todos ellos?
—Para todos. Y no vas a ser la única, va a haber más chicas. Te pago lo mismo que le pago a las que traigo siempre, y te aseguro que es generoso. ¿Qué decís?
La propuesta me agarró desprevenida. Era arriesgado, era una locura, y aun así la idea de estar rodeada de hombres maduros, mayores que yo, dispuestos a pagar por mi cuerpo, me encendía de un modo que no sabía explicar. Le di vueltas durante unos segundos eternos. Después estiré la mano por encima del escritorio.
—Lo hago. Pero quiero el pago por adelantado.
Sebastián me estrechó la mano con una sonrisa de costado.
—Sabía que ibas a aceptar. Mañana, cuando termines tu turno, te venís directo. Mi asistente te va a estar esperando para dejarte lista.
Salí de la oficina con el corazón golpeándome el pecho. Al pasar frente al escritorio de Camila, su asistente, ella me recorrió de arriba abajo con una mirada que ya lo sabía todo.
***
Pasé el resto del día convenciéndome de que estaba cometiendo el error más grande de mi vida. Pero cada vez que el sentido común ganaba terreno, volvía la imagen de esos hombres trajeados mirándome, y la calentura le pasaba por encima a la cordura sin esfuerzo.
El jueves, apenas terminó mi turno, me escabullí hasta el piso de oficinas donde Camila ya me esperaba sentada, con las piernas cruzadas y una bolsa de tela sobre el escritorio.
—Llegaste temprano. Estás ansiosa, se nota —dijo, divertida—. Mejor, así hay tiempo. Sacate la ropa de calle y ponete algo de esto mientras esperamos.
Abrí la bolsa. Adentro había varios conjuntos de lencería, todos de mi talla, como si alguien hubiera estudiado mi cuerpo de antemano. Mientras revisaba las prendas, vi de reojo que Camila también se desvestía y se enfundaba en un conjunto negro que la hacía ver como una mucama de revista.
—Ponete el que quieras, da igual —dijo—. De todas formas vas a tener que cambiarte más de una vez antes de que termine la noche. Y dejame prepararte bien. Si entrás ahí sin estar lista, lo vas a lamentar, creeme.
Elegí un conjunto de encaje rojo que apenas me cubría. Camila se acercó por detrás, sus manos frías y húmedas de lubricante buscando abrirme con paciencia, dedo a dedo. Me dejé manejar; eran las órdenes de Sebastián y, además, sus dedos me gustaban. Cuando terminó, deslizó dentro de mí un plug grueso, lo encajó de golpe y me cerró la sesión con una nalgada seca.
—Lista —dijo—. Ahora a esperar.
***
Estuvimos casi una hora sentadas en silencio hasta que sonó su teléfono. Camila contestó, asintió y se levantó.
—Es la hora. Seguime.
Caminé detrás de ella por los pasillos vacíos del edificio, con los tacones resonando en el silencio y el encaje rozándome la piel a cada paso. Era una sensación rarísima, atravesar esos corredores apagados vestida así. Al llegar a la puerta doble del salón, Camila la empujó y me hizo pasar.
Adentro estaba Sebastián con otros siete hombres, todos cincuentones, todos de traje, repartidos entre sillones de cuero y una mesa larga con copas. Pensé que eran todos hasta que, detrás de nosotras, entraron dos mujeres más. Una de ellas era Bárbara, una socia del club a la que conocía de vista. Me reconoció, sonrió apenas y siguió de largo.
—Acá les traje la primera —anunció Camila, empujándome suavemente hacia el centro—. Las demás todavía están llegando. Con ésta arrancan.
Me dejó parada frente a todos. No supe qué hacer con las manos ni con la mirada, pero mis dudas se evaporaron cuando tres de ellos se levantaron y empezaron a recorrerme con las palmas, evaluándome como si tuvieran derecho a hacerlo.
—Así que ésta es la que nos contaste —dijo uno, pasándome el pulgar por el labio—. ¿Estás seguro de que aguanta? Ya sabés cómo nos ponemos.
—Claro que aguanta —contestó Sebastián desde su sillón—. Eduardo y yo ya la probamos juntos y salió caminando. Probala vos, si no me creés.
Fue como una señal de largada. El que me tenía agarrada la nuca me empujó hacia abajo y me llenó la boca de golpe, marcando un ritmo duro desde el primer segundo. Los otros dos se ocuparon de la parte de atrás: tiraron del encaje hasta dejarme el trasero al aire y, sin ningún preámbulo, sacaron el plug de un tirón. El «pop» resonó en todo el salón. Enseguida sentí cómo uno de ellos empezaba a entrar, lento pero firme, abriéndose paso.
Mientras me usaban dos a la vez, busqué con la mirada a Sebastián. Estaba sentado justo enfrente, con el miembro afuera pero sin tocar a nadie, observando. Detrás de él, Bárbara tenía las piernas abiertas y Camila, de rodillas, se lo comía con una dedicación deliciosa. Y aun así, Bárbara me miraba a mí.
—Qué delicia esta perra —dijo uno de los que me cogía—. Se ve que la tenés bien entrenada. Yo también quiero, dale.
—Le tomé el culo primero —respondió el otro—. Y solo tiene un agujero. Vas a tener que esperar tu turno.
—¿Por qué no la toman los dos a la vez? —intervino Sebastián con voz tranquila—. Así alguien más le usa la boca.
Los dos se miraron y sonrieron, obedientes, y me sacaron de la posición. Yo estaba mareada, encendida, con la cabeza dándome vueltas. Cuando vi que el primero se acostaba en el suelo, me dejé caer sobre él y lo sentí entrar entero de una vez. Pero antes de que pudiera moverme, el segundo me sujetó por la cadera desde atrás.
—E… esperá, eso no, nunca tuve dos al mismo tiempo, me van a partir —alcancé a decir.
El de atrás se detuvo un instante, echó más lubricante sobre los dos y volvió a empujar, hasta que las dos puntas me forzaron al mismo tiempo. Solté un grito.
—No que no, puta —se rió él—. Mirá qué apretado. Te va a doler, pero a mí me va a encantar. Dale, despacio.
Empezaron a moverse los dos a la vez, ganando terreno de a poco hasta que los tuve completos adentro. Se quedaron quietos un momento. Después uno arrancó a bombear mientras el otro me abrazaba contra su pecho para que no me escapara.
—Decilo, decí que te encanta, que para eso viniste —me susurró al oído.
Tenía los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo en llamas. Estaba a punto de pedir una pausa cuando Sebastián se paró frente a mí y me llenó la boca, callándome de la manera más eficaz.
—Esto te calla, zorra —dijo—. Tomá un poco de lechita para pasar la pastilla.
Me deslizó entre los labios una pastillita junto a su descarga. La tragué casi sin pensarlo, con el cuerpo todavía atravesado por los otros dos. No habían pasado ni un par de minutos cuando una ola de calor me subió desde el vientre y lo apagó todo: el dolor, el miedo, el pudor. Lo único que quedó fue una sensación de placer tan grande que me asustó.
—Magia pura, lo que hace un buen afrodisíaco —comentó Sebastián, apartándose—. ¿Querés más, o ya tuviste suficiente?
—Más… quiero más, por favor —me oí decir, y la voz no parecía mía—. No paren.
***
A partir de ahí solo me quedan retazos. Recuerdo tener dos hombres moviéndose dentro de mí al mismo tiempo, cada uno a su ritmo. Recuerdo que, aunque llegaron las otras chicas, casi siempre había dos o tres rodeándome a la vez. Recuerdo a Bárbara sentándose sobre mi cara, ordenándome que no me detuviera, y la otra socia riéndose en algún rincón del salón.
Mi último recuerdo nítido de esa noche es estar tirada en el suelo, frente a todos, completamente deshecha, mientras los hombres se acomodaban los trajes y se iban como si no hubiera pasado nada. Fue Camila la que me levantó, me envolvió en una bata y me llevó hasta su auto. Me limpió como pudo y me dejó cerca de mi casa, todavía temblando.
Llegué con el rímel corrido y el cuerpo entero como un moretón tibio. No tuve que dar explicaciones: nadie me esperaba despierto. Me metí en la ducha, dejé que el agua caliente me cayera encima un largo rato y recién entonces me permití sonreír sola, sin saber muy bien por qué.
Al día siguiente conté el dinero sobre la cama. Era exactamente lo que Sebastián había prometido, ni un peso menos. Y entonces entendí que no era el dinero lo que me había llevado hasta ahí, ni lo que iba a hacerme volver.
Decidí contar esta historia porque, después de aquella noche, no tengo mucho más que agregar sobre esa etapa: lo que vino después fueron encuentros sueltos, algún trío de vez en cuando, nada que se le pareciera. Nunca volví a vivir una orgía igual, aunque no fue por no buscarla.
Gracias a quienes leyeron mis relatos hasta acá. Me encanta contar estas cosas, y me hace bien saber que del otro lado hay alguien que las disfruta. Sigan escribiéndome. Espero que estén tan bien como yo esa madrugada, caminando descalza por el pasillo, con la sonrisa todavía puesta.





