Quería que me deseara a mí, no solo a la travesti
Rafael me esperaba apoyado en la barra cada viernes, con esa media sonrisa que creía irresistible y que, para mi desgracia, lo era. Nos habíamos conocido en el bar donde yo cantaba dos noches a la semana, y desde el primer cruce de miradas supe que iba a complicarme la vida.
—¿Y bien? —dijo aquella noche, acercándose hasta que su aliento me rozó la oreja—. ¿Hasta cuándo me vas a tener esperando?
—Hasta que sea el momento —respondí, sin dejar de mirar el escenario vacío—. Quiero que los dos estemos listos.
—¿Listos para qué? —se rió por lo bajo—. Mírame. Llevo media hora aquí solo por verte caminar.
—Yo también te deseo —admití, y era verdad—. Pero necesito más tiempo. Salí de algo que me dejó rota y no quiero repetir la historia. Compréndeme.
Rafael me miró distinto entonces. No con esa hambre fácil de las primeras semanas, sino con algo más paciente.
—¿Y si te prometo que conmigo no se repite? —dijo.
—Las promesas son baratas a la una de la mañana —contesté, y le di la espalda antes de que viera que me había sonrojado.
***
El problema con Rafael no era que me deseara. Eso me sobraba: hombres que querían subirme a su coche, susurrarme groserías y olvidarse de mi nombre al amanecer. Lo que me desarmaba de él era otra cosa.
—Cuéntame del amor que te lastimó —me pidió una noche, mientras compartíamos un cigarro afuera del local.
Levanté una ceja.
—¿De verdad quieres saber, o es tu nueva táctica para llevarme a la cama?
—Quiero saber —dijo, y por el modo en que lo dijo, le creí.
Así que se lo conté. Le hablé de Marcos, que durante dos años me presentó como su «amiga» y me escondió de su familia como si yo fuera un vicio. Le hablé de las noches en que me usaba y de las mañanas en que fingía que no me conocía. Le conté que me había prometido el mundo entero y que el día que reuní el valor para pedírselo, simplemente dejó de contestar.
—No quiero a alguien que me desee a escondidas —le dije—. Quiero a alguien que me mire de frente.
Rafael apagó el cigarro contra la pared. Tardó en hablar.
—Yo no sé esconder nada —dijo al fin—. Pregúntale a cualquiera. Soy un desastre para guardar secretos.
Me reí, y fue la primera vez en mucho tiempo que una risa me salió de verdad.
***
Empezamos a vernos fuera del bar. Cafés a media tarde, caminatas largas por el malecón, cenas en lugares donde él me presentaba al mesero diciendo mi nombre, Renata, sin titubear ni bajar la voz. Pequeñas cosas. Pequeñas cosas que para mí pesaban toneladas.
—Sigo queriendo acostarme contigo —me dijo una noche, sonriendo, mientras me dejaba en la puerta de mi edificio—. Por si no había quedado claro.
—Quedó clarísimo desde el primer día —respondí.
—Pero ya no tengo prisa —añadió—. Es raro. Antes la tenía y ahora no.
Esa frase fue la que me terminó de perder. Lo agarré de la solapa del saco y lo besé ahí mismo, bajo la luz amarillenta del portón, y sentí cómo se le cortaba la respiración.
—Sube —le dije.
—¿Estás segura?
—Estoy lista —contesté—. Que es distinto, y mejor.
***
Mi departamento era pequeño, apenas una sala, una cocina diminuta y un cuarto con una ventana que daba a la avenida. Rafael entró despacio, como si tuviera miedo de romper algo. Yo serví dos copas de vino que ninguno de los dos tocó.
—No tienes que demostrarme nada —dijo, parado en medio de la sala—. Si quieres que solo nos quedemos aquí, hablando, me quedo.
—Llevo semanas queriendo esto —respondí, acercándome—. Lo que no quería era hacerlo por las razones equivocadas.
Lo besé otra vez, ahora sin prisa, y dejé que sus manos me recorrieran la espalda por encima del vestido. Rafael besaba como hablaba: con atención, sin atropellar. Me fue bajando el cierre lentamente, deteniéndose cada poco, leyéndome la cara para confirmar que seguía con él.
—Mírame —le pedí en voz baja—. Quiero que me mires a mí. No a lo que crees que soy.
—Te estoy mirando a ti —dijo, con la frente pegada a la mía—. Solo a ti.
El vestido cayó al suelo. Él se quitó la camisa sin dejar de sostenerme la mirada, y por primera vez en años no sentí esa urgencia de cubrirme, de adelantarme al rechazo que siempre llegaba. Rafael me veía como si fuera la cosa más natural del mundo desearme entera.
***
Nos dejamos caer en la cama enredados. Sus labios bajaron por mi cuello, por mi pecho, por mi vientre, marcando un camino tibio que me hizo arquear la espalda. Yo le hundía los dedos en el pelo, conteniendo el aire cada vez que se detenía un segundo de más.
—No te detengas —murmuré.
—Quiero que dure —dijo contra mi piel—. Esperé mucho. Tú esperaste mucho. No pienso despacharlo en cinco minutos.
Cuando por fin lo tomé con la boca, lo hice despacio, saboreando el modo en que se le tensaba el cuerpo, en que se le escapaba mi nombre entre los dientes. Rafael me dejaba marcar el ritmo, una mano enredada en mi pelo sin empujar, solo acompañando, y esa diferencia —esa sola diferencia— me prendía más que cualquier brusquedad.
—Renata —jadeó—. Para o esto se acaba antes de empezar.
Lo solté con una sonrisa y trepé sobre él, sintiéndolo entero debajo de mí.
—Despacio —le pedí—. Llevo mucho tiempo sin esto. Quiero gozarlo, no aguantarlo.
—Tú mandas —dijo, y lo decía en serio.
***
Me dejó marcar cada centímetro. Bajé sobre él con cuidado, deteniéndome, respirando, dejándome acostumbrar mientras sus manos me sostenían las caderas sin forzar nada. Hubo un instante de molestia, ese que conocía bien, pero esta vez no llegó solo: llegó con su voz preguntándome si estaba bien, con sus pulgares dibujándome círculos lentos en la piel hasta que el cuerpo cedió y el ardor se volvió otra cosa.
—Así —suspiré, empezando a moverme—. Justo así.
—Dios, Renata —dijo, con la cabeza hundida en la almohada—. No tienes idea de cómo te sientes.
Me moví sobre él tomándome mi tiempo, sintiendo cómo cada vaivén borraba un poco más a Marcos, a las noches escondidas, a la versión de mí que aceptaba migajas. Rafael me miraba desde abajo con los ojos entrecerrados y la boca abierta, completamente entregado, y yo me sentí, por primera vez en años, poderosa. Deseada. Mujer entera, sin asteriscos.
—No te apures —le advertí al sentirlo temblar—. Quiero que esto dure.
—Lo intento —rió a medias, sin aliento—. Pero me lo pones imposible.
***
Cambiamos de posición sin soltarnos. Me recostó de espaldas, me abrió las piernas con suavidad y volvió a entrar mirándome a la cara, leyendo cada gesto. Yo le rodeé la cintura con los muslos y lo atraje, pidiéndole más con el cuerpo, y él respondió hundiéndose hasta el fondo en embestidas hondas y pausadas que me arrancaban el aire.
—Mírame —repetí, agarrándole la cara con las dos manos—. No cierres los ojos.
—No los cierro —contestó—. Quiero verte cuando acabes.
Y acabé. Acabé con su nombre atorado en la garganta y las uñas clavadas en su espalda, sintiendo cómo todo el cuerpo se me sacudía en oleadas que no había sentido nunca con nadie. Rafael me siguió segundos después, derrumbándose sobre mí con un gemido largo, ronco, soltando el peso entero en mis brazos como si por fin pudiera dejar de cargarlo.
Nos quedamos así, pegados, empapados, respirando el mismo aire. Afuera, la avenida seguía sonando indiferente.
***
—¿Estás bien? —me preguntó después, apartándome un mechón húmedo de la frente.
—Estoy mejor que bien —dije, y me sorprendió no estar mintiendo.
Rafael me atrajo contra su pecho. Sentía su corazón golpeando, todavía acelerado, bajo mi oreja.
—¿Sabes qué fue lo que más me gustó? —dijo.
—Sorpréndeme.
—Que no actuaras —respondió—. Las otras veces, con otras personas, siempre sentí que había una función de por medio. Contigo no. Estabas tú. Tal cual.
Me incorporé sobre un codo para mirarlo.
—¿Y eso te gusta? —pregunté—. ¿Yo, tal cual?
—Eso es lo único que me gusta —dijo, sin un segundo de duda.
Apoyé la cabeza otra vez en su pecho y dejé que el cansancio dulce me ganara. Por primera vez en mucho tiempo no calculé cuándo se iría, ni ensayé la sonrisa indiferente del adiós. Rafael me rodeó con el brazo y se acomodó como quien planea quedarse.
—El viernes vuelvo al bar —murmuré, ya medio dormida—. ¿Estarás en la barra?
—En la barra, en primera fila y con flores, si hace falta —dijo—. Ya te dije que no sé esconder nada.
Me reí contra su piel. Afuera empezaba a clarear, y por una vez no tuve miedo de que la luz me quitara algo. Esa mañana, la luz solo confirmaba lo que ya sabía: que después de tanto esperar, por fin me había entregado a alguien que me miraba de frente.





