El juez y la empleada trans del tribunal
Mariana cruzó la puerta del tribunal a las siete y cuarenta, con la blusa blanca recién planchada y el pulso golpeándole en la garganta. Veinticuatro años, una carpeta limpia bajo el brazo y la certeza incómoda de que cada «bienvenida» que recibiría traía escrita, en tinta invisible, la palabra «cupo». El pasillo olía a café recalentado y a papel viejo. Las miradas se demoraban sobre ella un segundo de más, siempre un segundo de más.
Una administrativa de pelo gris le ofreció un mate «para que te sientas en casa, querida», y el tono fue tan ensayado que Mariana sonrió hacia adentro, con esa ironía que se guardaba solo para ella. Sabía leer esos gestos. Llevaba años traduciéndolos.
El juez Ricardo Salgado la recibió en su despacho minutos después. Cincuenta y cuatro años, traje gris de lana fina, una voz grave que parecía fabricada para dictar sentencias sin apelación. Le señaló la silla frente al escritorio y la miró de frente.
—Bienvenida, Mariana. Acá no hay atajos. Solo trabajo —dijo, sin desviar los ojos hacia ningún otro lado, sin ese gesto condescendiente de quien cree estar haciendo una caridad.
Ella sintió un alivio extraño, casi molesto. Nadie me había mirado así, sin pasar antes por el escáner de mi cuerpo.
***
Las primeras semanas fueron un desfile de expedientes y silencios prolijos. Charlas cortas junto a la máquina de café. Un «¿todo en orden?» que él repetía como un tic amable. Mariana aprendió el ritmo del juzgado, la letra apretada de Salgado, el modo en que se quitaba los anteojos cuando algo lo desconcertaba.
Una tarde de lluvia cerrada, el juez la retuvo después de hora para revisar un escrito que debía presentarse al día siguiente. La luz del escritorio era ámbar, íntima, y afuera el agua golpeaba los vidrios como si quisiera entrar. Cuando él se inclinó sobre el papel para marcarle una línea, Mariana sintió el calor de su cuerpo a centímetros del suyo. Olía a cuero gastado y a una colonia seca, discreta.
Ninguno de los dos se movió cuando sus manos se rozaron sobre la hoja. El roce duró demasiado para ser un accidente y muy poco para ser una declaración.
—Disculpá —murmuró él, sin retirar la mano.
—No tenés que disculparte —respondió ella, y su voz salió más ronca de lo que esperaba.
***
La primera vez que se besaron fue en ese mismo despacho, con la puerta trabada con doble vuelta de llave y las persianas bajas. Salgado la empujó contra el borde del escritorio, una mano en la nuca y la otra ya buscando el cierre de la falda recta.
—Hace semanas que pienso en esto —dijo contra su boca—. Y sé perfectamente que es una locura.
Mariana le mordió el labio inferior, despacio primero, con fuerza después.
—Entonces hacela —le contestó—. Hacé la locura.
La ropa cayó en desorden sobre la alfombra. Él la fue desnudando con una lentitud deliberada, como quien abre un expediente reservado que no debería estar leyendo. Cuando le bajó la ropa interior y descubrió la verga semierecta, gruesa, ya brillando en la punta, soltó un gruñido bajo desde el fondo del pecho.
—Mirá cómo estás —dijo, pasando la palma abierta por todo el tronco, apretando apenas.
El sonido fue un roce húmedo, resbaladizo. Mariana echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido largo, sin pudor.
Salgado se arrodilló sobre la alfombra. El juez de prestigio, el hombre que daba conferencias sobre garantías y derechos, ahora tenía la boca abierta alrededor de su pija. La lengua caliente rodeó el glande, lamió la hendidura, succionó con hambre. Cada chupada le arrancaba a Mariana un sonido más profundo.
—Así… seguí así… más fuerte —jadeó ella, con los dedos enredados en el pelo entrecano del juez.
Los dedos de Salgado bajaron a los testículos, los masajearon mientras la boca subía y bajaba, tragándola casi hasta la base. El ruido era obsceno, mojado, llenaba el despacho silencioso. Mariana se aferró al borde del escritorio con las dos manos, las piernas temblando, la verga latiendo dentro de esa boca caliente.
***
Cuando él se incorporó, se bajó los pantalones de un tirón. Su polla estaba dura, marcada de venas, goteando. La frotó contra la de ella, verga contra verga, un roce caliente que les sacó a los dos un gruñido al mismo tiempo.
—¿Querés que te coja? —preguntó él, con la voz hecha trizas—. Decímelo vos.
—Cogeme —contestó Mariana sin dudar—. Metémela toda. Quiero sentirte adentro.
Salgado la giró y la inclinó sobre el escritorio, hizo a un lado los expedientes con el antebrazo. Escupió en la palma, lubricó la entrada apretada con dos dedos que entraron despacio, abriéndola de a poco. Mariana gimió contra la madera, un sonido largo y agudo. Después él empujó la cabeza gruesa contra el anillo de músculo y entró centímetro a centímetro, hasta quedar pegado a ella.
Empezó lento, profundo, dejando que ella sintiera cada milímetro del recorrido. Luego aceleró. Las embestidas se volvieron más brutales, secas, carnales. El escritorio crujía bajo los dos cuerpos. El sudor le bajaba a Mariana por la espalda.
—Estás tan apretada que me vas a hacer terminar adentro —gruñó él contra su oído.
Mariana clavó las uñas en la madera del escritorio.
—Hacelo. Terminá adentro. Quiero sentirte.
Salgado embistió con un ritmo de bestia hasta que el orgasmo lo atravesó entero. Se vino con fuerza, todavía empujando, sin querer salir. Mariana se acarició a sí misma con la mano libre, rápido, dos o tres veces, y terminó también, el cuerpo sacudiéndose contra el borde del mueble.
Se quedaron pegados, jadeando, mientras la lluvia seguía golpeando los vidrios. El aire olía a sexo y a encierro. Ninguno habló. Solo se besaron despacio, como si sellaran un secreto que todavía no se animaban a nombrar.
***
Las noches siguientes fueron en el departamento de Salgado, siempre con las luces bajas, siempre con el teléfono en silencio. Lo hicieron en todas las posiciones que se les ocurrieron. Mariana montándolo, rebotando sobre esa polla gruesa mientras él le apretaba las caderas y le hablaba al oído.
—Mirá cómo me recibís —le decía—. Sos mía, aunque nadie en este mundo lo sepa.
Ella terminaba gimiendo encima de él, el cuerpo tenso de placer. Otras noches él la ponía en cuatro y la cogía duro, sin tregua, hasta dejarla agotada y temblando sobre las sábanas. Por primera vez en mucho tiempo, Mariana se sentía deseada exactamente como era, con todo lo que era.
Hablaban poco de lo que estaban haciendo. Salgado no prometía nada, y ella tampoco se lo exigía. Pero había algo en cómo él la buscaba con la boca antes de dormir, en cómo le acariciaba la espalda mientras le contaba de un juicio que lo desvelaba, que se parecía demasiado a la ternura. Mariana fingía no notarlo. Era más fácil sostener el deseo que sostener la esperanza.
—¿Vos qué querés de mí? —le preguntó una madrugada, con la cabeza apoyada en su pecho.
—No lo sé —admitió él, y la honestidad le costó más que cualquier confesión—. Pero sé que cuando no estás, el departamento me parece más chico.
***
Hasta que llegó el quiebre.
Un audio filtrado. Una foto tomada desde un edificio de enfrente, a través de la ventana mal cerrada del despacho. El titular no tardó ni dos horas en aparecer: «El juez progresista y su empleada trans: lo que pasaba en el tribunal». De un día para otro, Mariana dejó de ser la administrativa discreta y silenciosa. Pasó a ser «la travesti que sedujo al juez», «el símbolo de la decadencia», un argumento de panel televisivo más que una persona.
Los pasillos del juzgado se llenaron de miradas acusadoras, de murmullos que se cortaban cuando ella aparecía. Salgado se refugió en comunicados fríos y medidos: «Mi vida privada no interfiere con mi función judicial». Mariana, en cambio, quedó expuesta sin escudo, su cuerpo y su intimidad convertidos en munición de discusión política.
***
Una noche, ya con el escándalo en su punto más alto, él la llamó. Se encontraron en el despacho vacío, con la puerta cerrada, como la primera vez. Pero esta vez no hubo lujuria salvaje. Hubo algo lento, casi triste, que les pesaba a los dos en los hombros.
Salgado la besó con una desesperación contenida, como quien se despide sin animarse a decirlo. La sentó sobre el escritorio, le abrió las piernas y volvió a arrodillarse. Chupó su verga despacio, con una devoción nueva, como si quisiera memorizar cada vena, cada reacción. Mariana le agarró el pelo y gimió bajito, conteniendo las lágrimas que le ardían detrás de los ojos.
—Aunque todo se vaya a la mierda —susurró él, levantando la vista—, esto fue real.
Después se incorporó, se lubricó y la penetró otra vez, despacio, profundo, como si quisiera grabarse cada sensación en la piel. Terminaron juntos, en silencio, abrazados sobre el escritorio que los había visto empezar. El placer y la pena se les mezclaron en el mismo temblor.
***
Cuando todo pasó, Salgado le abrochó la blusa con dedos torpes, temblorosos.
—No puedo defenderte en público sin perderlo todo —admitió, sin mirarla.
—Lo sé —dijo Mariana, y la ironía que tantas veces la había salvado ahora le dolía en la boca—. Nunca te lo pedí.
Renunció dos días después. Caminó por los pasillos del tribunal por última vez sin bajar la mirada ni una sola vez. Llevaba en el cuerpo el recuerdo de cada gemido compartido, de cada noche a luz baja, de cada vez que él la había deseado tal como era.
Ya no se sentía «la empleada trans». Tampoco «la víctima del escándalo». Era solamente Mariana. Alguien que, por una vez, había sido deseada sin condiciones ni etiquetas, aunque el precio hubiera sido quedar expuesta a la vista de todos.
El expediente quedó reservado. Pero ella, por primera vez en mucho tiempo, salió a la calle sintiéndose entera. Deseada. Dueña de sí misma.