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Relatos Ardientes

Una vida diferente, tal como aquel hombre predijo

El embarazo de Catalina fue el primero de su vida y, aunque no sería el único, sí fue el que la marcó para siempre.

Corría el año 1991 cuando se enteró de que estaba esperando. Estaba sentada en la orilla de la cama, con la prueba temblándole entre los dedos, y el cuarto apenas se iluminaba por una ventana de cortinas amarillentas que ya habían visto mejores días.

—¿Embarazada? —repitió en voz baja—. Esto es increíble.

Afuera, el barrio seguía su ruido de siempre: un camión que pasaba, una radio lejana, un perro que ladraba sin ganas. El mundo continuaba igual. Para ella, en cambio, todo acababa de cambiar.

—Mi madre siempre me hizo menos —murmuró, como si hablara con alguien que no estaba ahí—. Decía que estaba seca. Que no servía ni para parir.

Soltó una risa corta, amarga, de esas que no nacen de la alegría. Se llevó la mano al vientre todavía plano, casi con miedo. No se notaba nada. No se sentía nada. Y, aun así, había algo ahí: algo vivo, algo suyo.

Catalina no era una mujer ingenua. Sabía perfectamente lo que implicaba estar embarazada en ese momento de su vida. No había boda, no había promesas, no había un futuro claro esperándola con los brazos abiertos. Solo estaba ella, su cuerpo cansado de trabajar desde joven, y una certeza que le apretaba el pecho.

No lloró. No gritó. No dio brincos de emoción. Simplemente se quedó sentada, respirando despacio, tratando de entender cómo algo tan pequeño podía sentirse tan pesado.

Pensó en su infancia, en los comentarios lanzados como cuchillos disfrazados de consejos. Pensó en cuánto había tenido que demostrarse ante los demás, incluso ante su propia madre. Pensó en el miedo, pero también en algo que no esperaba: una chispa de orgullo.

Pues aquí estás. Y aquí estoy yo.

Aún no sabía si estaba lista. No sabía si sería buena madre. No sabía si la vida le daría tregua. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sintió que su cuerpo no la había traicionado. Y eso, en un mundo que siempre le había dicho que no era suficiente, ya era una pequeña victoria.

***

Los meses pasaron entre el trabajo, la rutina y los chequeos médicos. La vida no se detenía por su embarazo, ni parecía interesarle hacerlo.

Aquella tarde, después de salir de la consulta del séptimo mes, Catalina caminaba despacio por la acera del hospital. El sol comenzaba a bajar y el aire tenía ese olor extraño, entre desinfectante y humo de ciudad, que siempre rodeaba a los edificios de salud.

Fue entonces cuando lo notó.

Un hombre estaba apoyado cerca de la entrada, como si la estuviera esperando, aunque no parecía ansioso. No vestía bata ni traje, nada que lo hiciera destacar. Camisa clara, pantalón oscuro, aspecto pulcro. Normal. Demasiado normal.

—Señorita, buenas tardes —dijo con voz cordial, casi alegre—. Disculpe que la moleste, ¿pero ya sabe qué va a ser su criatura?

Catalina se detuvo. No era raro que la gente preguntara eso; las embarazadas despertaban curiosidad, opiniones no solicitadas. Aun así, algo en él la hizo sentir observada.

—Sí —respondió con naturalidad, acomodándose el bolso en el hombro—. Es un niño. Me lo acaba de confirmar el doctor.

El hombre sonrió. No fue una sonrisa exagerada ni perturbadora. Fue genuina. Sus ojos se iluminaron como si acabara de escuchar una excelente noticia.

—Perfecto —exclamó—. Entonces déjeme decirle algo que tal vez no quiera escuchar todavía.

Catalina frunció apenas el ceño.

—¿Disculpe?

—Esa criatura que lleva dentro —continuó él, con una tranquilidad que desentonaba con sus palabras— no será el niño que el doctor le dibujó en la ecografía. Crecerá, sí. Pero, con los años, va a mirarse al espejo y va a reconocerse en otra parte. Va a convertirse en una mujer. Y será la mujer más libre que usted conozca.

El mundo pareció detenerse un segundo. Catalina sintió un ligero mareo, como cuando una se levanta demasiado rápido. Lo miró de arriba abajo, esperando encontrar la broma, la burla, la señal de que aquello no iba en serio.

—¿Cómo se atreve? —dijo, ahora sí con la voz tensa.

El hombre no se inmutó.

—No la juzgo, ni a usted ni a ella —aclaró—. Solo se lo adelanto, para que el día que llegue no le tenga miedo. No hay nada que arreglar. Nada que corregir. Será exactamente quien debe ser.

Eso fue lo que más la desconcertó: hablaba de su criatura como de una verdad ya escrita.

—Mire —respondió Catalina, dando un paso atrás—, no sé quién es usted ni qué se cree, pero mi hijo...

—Su hija —corrigió él con suavidad—. O, al menos, lo que llegará a ser, cuando ella lo decida.

Catalina apretó los puños.

—No vuelva a hablarme. Esto es enfermizo.

El hombre inclinó un poco la cabeza, como si entendiera, o como si fingiera hacerlo. Sacó una tarjeta del bolsillo y la dejó caer suavemente en el suelo, entre ambos.

—Piénselo. No hoy, no mañana. El día que ella le pida un nombre nuevo, acuérdese de mí.

Catalina no la recogió.

—Está loco —dijo, sin gritar, pero con firmeza.

Él sonrió una última vez.

—Eso mismo decía su madre de usted —respondió, antes de darse la vuelta y perderse entre la gente.

Catalina se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole con fuerza y el vientre pesándole más que nunca. Miró la tarjeta en el suelo. No se atrevió a tocarla, pero tampoco pudo apartar la vista. Por primera vez desde que supo que estaba embarazada, sintió miedo. No por el parto, no por el futuro, sino porque alguien había dicho en voz alta algo que el mundo todavía no sabía nombrar.

***

Treinta años no se cuentan en una tarde, pero pueden resumirse en una frase: aquel hombre tuvo razón.

La criatura nació, creció y, durante años, cargó un nombre que le quedaba como un abrigo prestado, dos tallas más grande, incómodo en los hombros. Hasta que una mañana, frente al espejo, dejó de pelearse con su reflejo. Catalina, que para entonces ya había sepultado los reproches de su propia madre, escuchó la frase que un desconocido le había anunciado tres décadas atrás:

—Mamá, me llamo Renata.

Y Catalina, que llevaba treinta años recordando una tarjeta que nunca recogió del suelo, solo respondió:

—Ya lo sabía, mi amor. Alguien me lo dijo antes de que nacieras.

***

Renata aprendió a habitarse despacio. La voz, los gestos, la manera de cruzar las piernas en el autobús sin pedir permiso al mundo. Cada cosa fue una conquista pequeña. Pero la que más le costó —y la que más disfrutó— fue aprender a desearse a sí misma antes de dejar que alguien más lo hiciera.

Por eso, cuando conoció a Damián, llegó entera. No buscaba que la salvara ni que la validara. Buscaba, simplemente, a alguien que la mirara sin trampa.

Se conocieron en la presentación de un libro, de esas con vino tibio en vasos de plástico. Él trabajaba en la imprenta que había editado el volumen; ella había ido por la autora. Damián tenía las manos manchadas de tinta y una sonrisa que tardaba en aparecer, como si la pensara dos veces antes de regalarla.

—Te he visto evitar a todo el mundo durante una hora —le dijo él—. Y, sin embargo, llevas media riéndote sola con ese libro.

—Es más interesante que la conversación promedio de esta sala —respondió Renata.

—Eso no es difícil —dijo él—. ¿Te invito a una conversación que valga la pena, entonces?

No fue esa noche. Fue tres semanas después, cuando ya se habían escrito demasiado como para fingir que solo querían hablar.

***

El departamento de Damián olía a papel y a café recién hecho. Renata dejó el bolso en una silla y se quedó de pie en medio de la sala, observándolo, dejando que la observara.

—Quiero que sepas algo antes —dijo ella, con la calma de quien ya ha dado esa explicación otras veces—. Soy una mujer trans. Si eso cambia algo para ti, prefiero saberlo ahora y no a medias.

Damián cruzó la habitación sin apuro. Le puso una mano en la mejilla, con el pulgar manchado todavía de tinta, y la miró como si la frase no le hubiera quitado nada, solo agregado.

—Cambia algo, sí —respondió—. Que me gustas más por decirlo así, de frente.

Y entonces la besó.

El beso empezó lento, casi como una pregunta, y se volvió afirmación cuando Renata lo tomó de la camisa y lo acercó. Sintió el cuerpo de él tensarse, las manos bajándole por la espalda hasta la cintura, presionándola contra la mesa donde se apilaban las pruebas de imprenta.

—Despacio —murmuró ella contra su boca—. Tenemos toda la noche.

Damián le desabrochó el vestido botón a botón, sin prisa, deteniéndose en cada centímetro de piel que iba apareciendo. Le besó el cuello, la clavícula, el hombro donde el tirante había dejado una marca tenue. Renata cerró los ojos y se permitió, por fin, no controlar nada.

—Mírame —pidió él.

Ella abrió los ojos. Quería que la viera entera, sin penumbra que disimulara, y él la miraba exactamente así: con hambre y con cuidado a la vez, dos cosas que rara vez vienen juntas.

La levantó en brazos y la llevó al dormitorio. La recostó sobre las sábanas frías y se tomó su tiempo en recorrerla, con la boca y con las manos, leyendo su cuerpo como leía las pruebas de imprenta: buscando dónde se aceleraba la respiración, dónde un gemido se le escapaba sin permiso.

—Aquí —jadeó Renata cuando él dio con el punto justo—. No te detengas.

Damián no se detuvo. La sostuvo de las caderas, atento a cada estremecimiento, hasta que ella arqueó la espalda y le clavó las uñas en el antebrazo. Renata lo atrajo entonces sobre ella, lo rodeó con las piernas y le marcó el ritmo, lento primero, más hondo después, hasta que la habitación se llenó del sonido de dos cuerpos que se habían encontrado sin condiciones.

El clímax los alcanzó casi a la vez, con ella mordiéndole el hombro para no gritar y él susurrándole el nombre que se había elegido a sí misma, como si fuera lo más natural del mundo.

—Renata —repitió él después, todavía agitado, con la frente apoyada en la de ella—. Me gusta cómo suena.

—A mí también —respondió ella, y se rió, esa risa que sí nacía de la alegría.

***

Más tarde, tendida contra el pecho de Damián, mientras él le acariciaba la espalda en círculos lentos, Renata pensó en su madre. En aquella tarjeta que nunca recogió del suelo. En un desconocido que, treinta años atrás, frente a un hospital de cortinas amarillentas, había nombrado en voz alta lo que el mundo todavía no sabía nombrar.

No había hechizos. No había trato. Nunca lo hubo. Solo había existido, desde el principio, una niña esperando el momento de decir su nombre. El hombre no la había transformado: simplemente había sido el primero en verla.

—¿En qué piensas? —preguntó Damián.

—En que llegué tarde a mi propia vida —respondió Renata—. Pero llegué entera.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que su cuerpo no la había traicionado. Que, en un mundo que durante años le había dicho que no era suficiente, ella se había convertido —tal como aquel hombre predijo— en la mujer más libre que conocía.

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Comentarios (5)

CamilaCba

Que relato tan diferente!! me enganchó desde el primer parrafo, no pude parar de leer

Pili_lectora

Esperando la segunda parte, no puede quedarse así!!

LetraViva

Me llegó al corazon, es de esos relatos que te hacen pensar en lo mucho que cambia la vida cuando uno menos lo espera. Muy buen trabajo.

VictorMDQ

¿Esto es real? se siente muy autentico, el personaje en la puerta del hospital me dejó helado

Ramonete33

La premisa es genial, me recordó a una historia que me contó mi abuela sobre el destino y las predicciones. Excelente.

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