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Relatos Ardientes

El secreto que escondía la esteticista del hotel

Llegamos a Formentera con la intención de no hacer nada durante diez días. Solo playa, sol y olvido. Natalia, mi novia, había estado tan agotada los últimos meses con el trabajo que casi no había dormido bien. El hotel era pequeño pero coqueto, con una piscina de azulejos azules y un spa que ofrecía servicios de estética desde las nueve de la mañana.

El problema surgió al segundo día. Natalia quería depilarse antes de ponerse el biquini y se dio cuenta de que había olvidado hacérselo en Valencia. No le pareció un problema grave: bajó a recepción, preguntó si el spa del hotel tenía servicio de depilación y le dijeron que sí, que podía reservar para el día siguiente a primera hora.

—¿Cuánto tarda? —me preguntó antes de dormir.

—Ni idea. Una hora, supongo. Desayuna sin mí y nos vemos en la playa.

A las nueve en punto, Natalia bajó al spa con su bolsa pequeña. Yo me quedé durmiendo veinte minutos más y luego me fui al chiringuito a tomar un café solo.

***

Sofía llegó con cinco minutos de retraso, lo justo para que Natalia se pusiera un poco nerviosa en la pequeña sala de espera. Cuando abrió la puerta del gabinete, lo primero que Natalia notó fue que la esteticista era extraordinariamente alta. Medía casi un metro ochenta con las sandalias de tacón que llevaba para trabajar, algo que le pareció curioso para ese tipo de trabajo.

Tenía el pelo oscuro recogido en un moño suelto, los pómulos marcados y una bata de trabajo blanca que dejaba adivinar más de lo que escondía. Su cuerpo era largo y bien proporcionado, con los hombros un poco más anchos de lo habitual y unas manos grandes y cuidadas.

—Pasa, pasa —dijo Sofía con una voz levemente ronca—. ¿Qué quieres hacerte hoy?

—Las piernas y las ingles —respondió Natalia—. Todo lo que haga falta.

—¿Todo? —repitió Sofía con una media sonrisa—. Me gusta la gente decidida.

Le indicó el vestuario, le pidió que se quitara la ropa y se pusiera la bata que encontraría doblada en el banco, dejándose solo la ropa interior. Natalia siguió las instrucciones y cuando salió al gabinete ya se había formado una primera impresión completa: una mujer impresionante, con una energía que no encajaba del todo con el ambiente relajado del spa.

Manos de pianista, pensó, sin saber exactamente por qué.

***

Sofía la hizo tumbarse en la camilla y empezó por lo básico: un masaje previo con loción hidratante para preparar la piel antes de la cera. Natalia cerró los ojos. Después de semanas de tensión y noches cortas, el simple hecho de que alguien le pasara las manos por las piernas con calma le resultó casi hipnótico.

La esteticista subía desde los tobillos hasta la parte alta del muslo con movimientos lentos y firmes. Natalia notó cómo cada pasada llegaba un poco más arriba que la anterior, rozando el borde de la ropa interior con suavidad, como si fuera parte del protocolo. Podría haber sido parte del protocolo. Pero no lo era.

Cuando Sofía le separó ligeramente la bata para dejar al descubierto la zona de las ingles y le pidió que abriera un poco las piernas, Natalia sintió la presión de los dedos de la esteticista sobre la tela de su braguita, justo donde la ingle se junta con el pubis. Fue un roce breve, casi imperceptible, pero lo suficiente para que Natalia abriera los ojos y mirara al techo.

No ha sido sin querer, pensó.

Pero no dijo nada. Volvió a cerrar los ojos.

***

La cera caliente sobre las piernas resultó casi placentera. Sofía trabajaba con rapidez y precisión, tirando las tiras con un movimiento seco que dolía un instante y luego desaparecía. Cuando llegó a las ingles, el trabajo se volvió más delicado. Le dejó la ropa interior puesta y limpió toda la zona exterior con paciencia, pasando los dedos para comprobar que no quedaba pelo.

—¿Quieres que te arregle el interior también? —preguntó, sin apartar los ojos del trabajo.

—¿Qué parte?

—La zona del pubis. Muchas clientas prefieren que quede todo uniforme. El resultado es mucho mejor así.

Natalia dudó. Sofía añadió, sin ninguna prisa:

—No te arrepentirás. Te lo garantizo.

—Está bien —dijo Natalia, y notó que su propia voz sonaba diferente, más baja.

Sofía le ayudó a quitarse la ropa interior con un gesto completamente profesional, como si lo hubiera hecho mil veces. Natalia quedó expuesta sobre la camilla bajo la luz blanca del gabinete y sintió un calor que no era solo de las lámparas.

La esteticista recortó el vello más largo con unas tijeras pequeñas y precisas, luego aplicó la cera con cuidado y terminó dejando una línea fina en el centro. Natalia notó que la respiración se le había acelerado sin que pudiera justificarlo con el dolor, porque no había habido casi dolor.

—Date la vuelta —dijo Sofía en voz baja—. Para terminar bien hay que limpiar la zona posterior también.

Natalia obedeció sin decir nada. Se puso boca abajo, apoyada sobre los antebrazos, y sintió las manos de Sofía recorriéndole los glúteos con la misma calma de antes, aplicando loción antes de la cera, preparando cada zona con cuidado. Cuando terminó, en lugar de decirle que ya podía girarse, Sofía le aplicó una crema calmante en la zona que acababa de depilar. Los dedos se deslizaron con suavidad sobre la piel sensibilizada, uno de ellos bajando más de la cuenta, resbalando entre los glúteos hasta rozar el coño ya mojado de Natalia. Fue un roce que duró apenas dos segundos, pero le bastó a Sofía para comprobar lo empapada que estaba, y le bastó a Natalia para cerrar los puños alrededor de la almohada y morderse el labio.

—Listo —dijo Sofía finalmente, con una sonrisa que Natalia no vio pero sí adivinó.

***

Natalia se dio la vuelta despacio. Sofía estaba de pie junto a la camilla, mirándola, sin ninguna urgencia por ir a buscar a la siguiente clienta.

—¿Terminamos? —preguntó Natalia.

—Si quieres —respondió Sofía.

Y en ese «si quieres» había todo un universo de posibilidades.

Natalia no respondió de inmediato. La miró. Miró la bata blanca, los hombros anchos, las manos que todavía sostenían el bote de loción. Luego dejó que los ojos bajaran un momento, lo suficiente para notar lo que no había notado antes, o lo que no había querido notar: una línea horizontal bajo la tela de la bata, demasiado alta para ser la parte superior de una ropa interior femenina. Una forma que no encajaba con el resto. Un bulto largo, marcado, que empujaba la tela hacia adelante y que, mientras Natalia lo miraba, dio un pequeño tirón involuntario.

Ah, pensó. Y eso fue todo.

No retrocedió. No se incorporó de golpe ni puso cara de sorpresa. Se quedó quieta un momento, procesando, y luego hizo algo que ella misma me confesó que no había planeado: alargó la mano y tomó la de Sofía. Y sin decir nada, la llevó despacio hasta ponerla directamente sobre ese bulto, apretándola contra la bata, sintiendo debajo de la tela una polla dura, gruesa, caliente incluso a través del algodón.

La esteticista no se movió. La dejó hacer. Solo se le escapó un suspiro por la nariz.

—¿Siempre sabes cuándo alguien está interesada? —preguntó Natalia sin soltarle la polla.

—Casi siempre —dijo Sofía—. Pero no siempre actúo.

—¿Por qué esta vez sí?

Sofía se encogió de hombros con una elegancia extraña, entre profesional y cómplice.

—Porque tú no has fingido que no lo notabas.

***

Sofía se desabrochó la bata despacio, sin dramatismo. Debajo llevaba un sujetador negro de copa generosa y una tanga que hacía lo posible por contener una erección que ya no se podía disimular: la punta de la polla asomaba por el borde elástico, brillante, con una gota espesa que amenazaba con caer. Natalia la miró sin apartar los ojos. El cuerpo de Sofía era exactamente como había intuido: largo, bien proporcionado, con unas caderas más estrechas de lo habitual pero unas piernas que parecían no terminar nunca.

Natalia se incorporó en la camilla y, sin soltar su mano, la acercó hacia sí. El beso fue extraño al principio, porque ninguna de las dos había besado antes a alguien como la otra. Pero fue un buen beso. Un beso largo, con lengua, con dientes, con la respiración cada vez más rota, que fue creciendo hasta convertirse en algo más urgente, con las manos de Natalia recorriendo el torso de Sofía, sus costillas, la curva de sus caderas.

Cuando bajó los dedos por el vientre y encontró la tela de la tanga, la esteticista soltó un sonido suave contra su boca. Natalia apartó la tela de un tirón y la polla saltó libre, rebotando contra su propio vientre. Era grande, considerablemente más de lo que había esperado: gruesa, venosa, con un glande ancho y morado que ya goteaba. La rodeó con la mano y no llegó a cerrar los dedos del todo. Empezó a masturbarla despacio, mirándole la cara a Sofía mientras lo hacía, sintiendo cómo cada movimiento le arrancaba a la esteticista una respiración más ronca.

—Joder —murmuró Sofía—. Qué manos.

Natalia bajó la cabeza y se la metió en la boca sin previo aviso. Primero solo la punta, chupándola con los labios apretados, jugando con la lengua sobre el frenillo, saboreando ese líquido salado que no dejaba de brotar. Luego fue tragando más, centímetro a centímetro, respirando por la nariz, obligándose a relajar la garganta. Cuando la polla le tocó el fondo del paladar, Natalia soltó un gemido ahogado y volvió a subir despacio, dejando un hilo de saliva colgando del glande.

—Así —susurró Sofía, apoyando una mano en su nuca sin presionar—. Así, cariño.

Natalia volvió a bajar, esta vez más deprisa, con un ritmo que iba encontrando por instinto. Chupaba, sacaba la polla entera, la lamía desde la base hasta la punta, se la metía otra vez, con la mano trabajando la parte que no le entraba en la boca. Sofía tenía las piernas separadas y el vientre tenso, mirándola desde arriba como si no acabara de creerse lo que estaba viendo. Cada vez que Natalia le pasaba la lengua por debajo del glande, la esteticista se estremecía.

—Para —dijo de pronto Sofía en voz baja, apartándole la cabeza con cuidado—. Si no paro ahora, me corro en tu boca. Y todavía no.

Natalia se relamió, sonriendo. Tenía los labios hinchados y la barbilla brillante.

***

Sofía se desabrochó el sujetador y Natalia comprendió por qué la bata la cubría tan bien: tenía un pecho generoso, redondo, con los pezones oscuros y duros, que no encajaba con ninguno de los supuestos que Natalia había manejado hasta ese momento. Lo tocó con las manos abiertas, sin prisa, apretando la carne, pellizcando los pezones entre el pulgar y el índice hasta que Sofía dejó escapar un jadeo. Se inclinó y se los chupó uno detrás del otro, mordiéndolos con suavidad, tirando con los dientes.

Sofía le arrancó la bata que aún llevaba puesta y la tiró al suelo. Le abrió las piernas sobre la camilla y se agachó entre ellas, mirándole el coño recién depilado, brillante de lo mojado que estaba.

—Mira cómo estás —dijo, pasándole un dedo por los labios abiertos y separándolos—. Empapada.

—Cállate y chúpame —respondió Natalia, sorprendiéndose a sí misma por lo directo que le salió.

Sofía se rió por la nariz y obedeció. Bajó la cara y empezó a lamerle el coño de abajo hacia arriba, con la lengua ancha, lentamente, insistiendo en el clítoris con la punta cada vez que llegaba. Natalia arqueó la espalda y le agarró el pelo con las dos manos. Sofía le metió dos dedos a la vez, sin resistencia, y los curvó hacia arriba, buscando el punto exacto mientras seguía chupándole el clítoris. Natalia soltó un gemido largo, sin controlarlo ya, y separó todavía más las piernas.

—Ahí —jadeó—. Ahí, no pares, no pares.

El primer orgasmo la agarró de golpe, con los muslos cerrándose alrededor de la cabeza de Sofía y las caderas moviéndose contra su boca. Sofía siguió lamiéndola durante todo el temblor, aguantando la presión, tragando lo que Natalia le daba, hasta que ella misma le empujó la frente para pedirle una tregua.

***

Cambiaron de posición. Sofía se recostó en la camilla, con la polla apuntando al techo, brillante todavía de la saliva de Natalia. Natalia se subió encima, a horcajadas, colocándose sobre ella. Se agarró la polla con la mano, se la pasó por los labios del coño, empapándola bien, jugando con la punta contra el clítoris hasta que las dos gimieron a la vez. Luego se la colocó en la entrada y empezó a bajar despacio.

La penetración fue lenta, con pausas, con ajustes. Aunque estaba muy mojada, la polla de Sofía era gruesa y Natalia tuvo que bajar por tramos, respirando entre uno y otro, dejando que su cuerpo se abriera al ritmo que podía. Cuando por fin la tuvo entera dentro, con las nalgas apoyadas contra las caderas de Sofía, apoyó las palmas en el pecho de la esteticista y se quedó quieta un momento, simplemente respirando, sintiéndose completamente llena.

—¿Bien? —preguntó Sofía.

—Más que bien —respondió Natalia—. Estoy que reviento.

Empezó a moverse. Primero un balanceo lento, hacia adelante y hacia atrás, frotándose el clítoris contra el pubis de Sofía. Luego empezó a subir y bajar, primero poco, después más, sacando la polla casi entera antes de dejarse caer de golpe. Sofía le cogió las caderas con esas manos grandes que ya conocía de la camilla de trabajo y la ayudó a encontrar el ritmo, tirándola hacia abajo con más fuerza cada vez, follándola desde abajo con embestidas que se oían en toda la sala.

—Qué apretada estás —jadeó Sofía—. Joder, no vas a durar nada.

—Cállate —le respondió Natalia, mordiéndose el labio—. Cállate y dámela toda.

Sofía se incorporó sin salir de ella, la abrazó por la espalda y le empezó a chupar los pezones mientras la seguía embistiendo desde abajo. Natalia se cogió al cuello de la esteticista, con la cara hundida en su pelo, y sintió cómo el segundo orgasmo se le venía encima, esta vez desde más adentro, más largo. Un temblor que empezó en las rodillas y la dobló hacia adelante, contra el pecho de Sofía, con el coño contrayéndose alrededor de la polla en espasmos que la propia Sofía notó y le hicieron soltar una maldición.

Sofía la sujetó y esperó a que pasara. Luego siguieron.

***

Natalia pidió lo que quería en voz baja, inclinándose hacia adelante, apoyando las manos en la camilla, ofreciéndose a cuatro patas en una posición que no dejaba dudas sobre qué quería a continuación. Arqueó la espalda y separó las piernas para mostrarle bien el culo, con el coño todavía goteando y el ojete recién depilado a la vista bajo la luz blanca.

—Ahí —dijo, mirándola por encima del hombro—. Fóllame ahí.

Sofía tragó saliva. Cogió el bote de loción de la camilla y se echó un chorro en la mano. Untó primero el ojete de Natalia, metiéndole un dedo despacio, hasta el nudillo, moviéndolo en círculos hasta que el músculo se relajó. Luego metió un segundo dedo y esperó, dejando que Natalia se acostumbrara, empujando ella misma hacia atrás para pedir más.

—Métemela ya —gimió Natalia—. Aguanto, dale.

Sofía se untó bien la polla, la colocó contra el ojete y empujó con la cadera, muy despacio. El glande entró con un pequeño chasquido que le arrancó a Natalia un gemido a medias entre el dolor y el placer. Sofía se quedó ahí, quieta, esperando. Luego empezó a avanzar por milímetros, saliendo y volviendo a entrar un poco más cada vez, hasta que la tuvo entera dentro del culo de Natalia.

—Joder —jadeó Sofía—. Joder, qué apretada.

Natalia le pidió más con la cadera. Sofía empezó a moverse en serio, con embestidas cada vez más largas, cogiéndola de la cintura con una mano y del hombro con la otra para follársela con fuerza contra la camilla. Natalia se llevó dos dedos al clítoris y empezó a frotárselo mientras la otra se la metía por detrás. La cosa se aceleró de golpe. La camilla empezó a chirriar. Se oía el sonido de la piel contra la piel, los jadeos de las dos, los insultos susurrados de Natalia contra su propio antebrazo.

El tercer orgasmo la pilló casi de inmediato y esta vez lo verbalizó contra el hueco del codo, mordiéndose el brazo para no gritar y no hacer demasiado ruido en el gabinete de un hotel de cuatro estrellas. Todo su cuerpo se cerró de golpe alrededor de la polla de Sofía, y esa presión fue lo que acabó con la esteticista.

—Me corro —dijo Sofía con la voz rota—. ¿Dónde?

—Dentro —respondió Natalia sin pensarlo—. Córrete dentro de mí.

Sofía terminó con dos embestidas más y una contracción larga que le sacudió el cuerpo entero. Natalia sintió el chorro caliente llenándola por dentro, una y otra vez, mientras Sofía se dejaba caer sobre su espalda, jadeando contra su nuca.

Cuando la polla salió por fin, un hilo espeso de semen resbaló por el interior del muslo de Natalia hasta la camilla. Estuvieron quietas un rato, recuperando el aliento, con Sofía tumbada sobre ella, todavía dentro a medias. Fuera, el hotel seguía su rutina. En el chiringuito, yo seguía con mi café sin saber nada.

***

Natalia me lo contó esa misma tarde, en la playa, mientras el sol empezaba a bajar sobre el agua. Lo contó con calma, sin saber muy bien cómo iba a reaccionar yo, midiendo mis silencios entre frase y frase. Le dije que me parecía una historia increíble y que me habría gustado estar allí.

—¿En serio? —preguntó.

—En serio.

Esa noche fuimos los dos al spa. Sofía cerró la puerta del gabinete, bajó las persianas y los tres pasamos cerca de dos horas dentro. Hay cosas que pertenecen a ese cuarto y a esa semana, y me gusta que sigan siendo nuestras.

Lo que sí puedo decir es que el resto de los días en Formentera, Natalia reservó cita en el spa cada mañana. Y yo siempre fui con ella.

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Comentarios(9)

Romina_BA

tremendo relato, no me lo esperaba asi jajaja muy bueno

JuanCba21

Se hizo cortisimo... espero que haya segunda parte, me quede con ganas de mas

Felix_peron

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace unos años. Este tipo de situaciones pasan mas seguido de lo que uno se imagina. Muy buen relato.

VeronicaR99

Excelente!!! Muy bien escrito, se nota que le pusiste cariño

Demi_lectorx

La tension que va construyendo es lo mejor. Buen trabajo

LectorNocturno

Que giro al final jaja, no lo vi venir para nada. Sigue escribiendo por favor

MartinBaires

Muy buen morbo sin caer en lo burdo. Eso es lo que diferencia un buen relato de uno mediocre. Felicitaciones

Fer_Mdq

Ahora voy a mirar diferente a las esteticistas jajajaja. En serio, muy bueno

Pablito_GBA

De los mejores de esta categoria que lei en mucho tiempo. Esperando el proximo

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