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Relatos Ardientes

Me convirtió en su sirvienta travesti sumisa

Llegué a su apartamento con el corazón latiéndome en la garganta. Lo había imaginado durante semanas, en mensajes nocturnos donde yo le contaba mis fantasías y él me respondía con órdenes. Pero estar ahí, frente a su puerta, era distinto. Adrián abrió, me miró de arriba abajo y, sin saludarme apenas, me indicó con un gesto que lo siguiera.

—En el baño hay algo para ti —dijo—. Quiero que te lo pongas.

Me siguió hasta el baño y entró conmigo. Sobre el lavabo había dejado un vestido de sirvienta clásico, negro y blanco, sin demasiado escote y con la falda hasta la rodilla. Al lado, ropa interior femenina blanca, unas medias de liguero y unos tacones. Lo observé todo en silencio, sintiendo cómo me ardía la cara.

—Desnúdate y vístete —ordenó—. Y deja la puerta abierta. Quiero verte.

Empecé a quitarme la ropa despacio, obediente. Cuando estuve desnudo, tomé primero el sujetador: tenía un relleno especial que me dejaba un par de pechos firmes y redondos. Me lo abroché con dedos torpes y me miré en el espejo. Por un segundo no me reconocí, y eso me gustó más de lo que esperaba.

Después vinieron las tangas blancas, ajustadas, que se me ceñían de una forma que me hizo respirar hondo. Las medias de liguero, las ligas, los tacones. Estaba tomando el vestido cuando Adrián volvió a aparecer en el umbral, con un trago en una mano y una bolsa de tela en la otra. Me observó mientras me vestía y me maquillaba a toda prisa con lo poco que había en el baño.

Cuando terminé, se acercó y me entregó unas pulseras gruesas con argollas, negras y blancas, a juego con el uniforme. También unas tobilleras y un collar fino que me coloqué yo misma, sintiendo cómo cada pieza me iba transformando.

—Sígueme a la sala —dijo—. Y camina delante de mí.

Caminé delante, consciente de cada paso sobre los tacones. Sentí cómo me levantaba la falda un par de veces para mirarme por detrás, sin decir nada, solo comprobando lo que era suyo.

***

En la sala se detuvo frente al sofá.

—Quítame la ropa —ordenó.

Empecé a desabotonarle la camisa mientras él, en voz baja, no dejaba de hablarme.

—Mírate. Qué femenina te ves. Eres una linda travesti, y voy a enseñarte a ser una buena sirvienta sumisa.

Seguí con el pantalón. Le saqué el cinturón, desabroché el botón, bajé la cremallera. El pantalón cayó al suelo y me arrodillé para quitarle los zapatos, los calcetines y, por fin, la prenda. Durante todo el rato había evitado mirar o tocar su entrepierna, pero la rocé sin querer un par de veces y la noté dura, grande, esperándome bajo la tela.

—Quédate de rodillas —dijo cuando estuvo solo en bóxer—. Saca la lengua.

Obedecí lo más femenina que pude. Él apretó su erección, todavía bajo el bóxer, contra mi boca.

—Lámela.

La lamí por encima de la tela como una desesperada, la besé, sentí su forma y su calor con los labios. Entonces se separó, tomó mis manos y me las ató a la espalda con una cuerda, asegurándolas a las argollas de las pulseras. Quedé indefensa, de rodillas, solo capaz de obedecer.

—Acércate. Arrástrate y ruégame —murmuró mientras se bajaba el bóxer.

Me moví hacia él de rodillas, con la boca abierta, suplicando sin palabras. Se sentó en el sofá y guio mi cabeza.

—Dame una buena mamada. Demuéstrame lo que eres.

Me coloqué entre sus piernas y empecé a chuparlo. Ahí estaba yo, vestida de sirvienta, con su miembro duro llenándome la boca, lamiéndolo con la lengua e intentando metérmelo entero. Él me dejó hacer un rato y luego tiró de mí hacia arriba.

—De pie.

Me giró, me subió la falda y deslizó la mano entre mis piernas. Cuando me tocó por detrás, soltó una risa baja.

—Estás caliente. Y mojado. Voy a ver cómo tienes esto.

Apartó las tangas y me metió un dedo, después dos. Gemí sin poder evitarlo y me humedecí entre las piernas, solo un poco, pero él lo notó.

—Mira nada más. Tan caliente y tan cochina, con la ropa interior sucia. Te voy a tener que castigar.

***

Me ordenó arrodillarme otra vez y seguir. Lo que no sabía era que, en cuanto lo tuviera de nuevo en la boca, iba a tomarme por la nuca y empujarme contra él hasta el fondo. Me embistió la garganta con fuerza, una y otra vez. Me sentía ahogada, con los ojos llorosos, y sin embargo me encantaba sentirme usada así, reducida a un cuerpo a su servicio. Cuanto más profundo me llegaba, más caliente me ponía.

Lo sentí endurecerse aún más en mi boca. Empujó hasta el fondo y se vino con varios chorros que me llenaron la garganta. Cuando me soltó para dejarme respirar, lo último se derramó entre mis labios, escurriéndome por la barbilla hasta el cuello del vestido. Me golpeó la cara con su miembro, sacudiéndolo, dejándome marcada y empapada.

Se recostó en el sofá. Su erección no había bajado.

—De pie —dijo.

Me soltó las manos solo para volver a atármelas, esta vez por delante. Me levantó el vestido, me tocó otra vez entre las piernas y chasqueó la lengua.

—Tan mojada, tan sucia. Date la vuelta.

Sentí cómo me quitaba las tangas, cómo me untaba lubricante y volvía a meterme los dedos. Mientras lo hacía, no paraba de hablarme al oído: putita, mariquita cochina, perra en celo. Y yo, lejos de avergonzarme, movía las caderas hacia él, buscándolo.

Entonces noté que me introducía un juguete y lo dejaba dentro. Me puso unas braguitas blancas de algodón y encaje, me las acomodó bajo la falda y me ordenó tirarme al suelo. Cuando obedecí, me ató las piernas juntas y aseguró mis manos entre ellas.

—Tócate —dijo, sentándose frente a mí con un pequeño control en la mano—. Como la mujer que eres. Y mírame mientras lo haces.

—Eso que tienes dentro vibra y crece a control remoto —añadió con una sonrisa.

Lo encendió. Sentí cómo el juguete empezaba a vibrar dentro de mí, y me retorcí. Me tocaba humillada, expuesta, mientras él jugaba con las velocidades y aumentaba el tamaño del juguete, haciéndome gemir cada vez más alto.

—Eres una sumisa, una travesti, una mariquita —repetía—. Viniste para que te someta y te use como mi sirvienta. ¿Quieres que te lo meta? ¿Quieres que te abra entera?

—Sí —jadeaba yo entre gemidos—. Sí, lo quiero.

—Entonces ruégame.

Y le rogué. Le supliqué que me penetrara, que me llenara, que me usara como su hembra, su sirvienta sumisa. Él subió el juguete al máximo y yo terminé corriéndome dentro de las braguitas, entre súplicas y temblores, sin que apenas me hubiera tocado.

***

Cuando vio que me había mojado entera, apagó la vibración. El juguete fue reduciéndose poco a poco sin salir. Se puso de pie, me levantó la falda con el pie y miró las braguitas empapadas.

—Perra cochina —dijo—. Vamos a otro lado.

Me soltó las piernas y me puso un collar con correa. Liberó mis manos y me ordenó avanzar a cuatro patas, delante de él. Lo obedecí mientras las piernas me temblaban. Me llevó tirando de la correa hasta una habitación con salida a un pequeño patio interior, donde había un mueble que no esperaba: una silla parecida a las de los consultorios, con soportes para las piernas.

—Quítate las braguitas y dámelas —ordenó antes de sentarme.

Cuando se las entregué, me las metió en la boca. Después me senté, abrí las piernas y dejé que me las atara a los soportes, igual que las manos. Mientras lo hacía, seguía recordándome lo que era para él: una sumisa que solo servía para obedecer, una mariquita que merecía ser usada. Yo asentía con la cabeza, chupando mi propio sabor de la tela.

Empezó con los juguetes. Primero uno vibrador que me hizo babear y arquearme, metiéndolo y sacándolo despacio, mirando cómo quedaba. Después un plug con una pequeña bomba que lo inflaba.

—¿Eres una putita? —preguntaba mientras lo inflaba un poco más.

Yo asentía.

—¿Una mariquita sumisa?

Volvía a asentir, sintiendo que iba a estallar y, al mismo tiempo, más caliente, más sometida que nunca.

Cuando se cansó, sacó el aire, retiró el plug y tomó una hilera de bolas unidas por una cuerda, cada una más grande que la anterior. Las fue metiendo una a una, subiendo la vibración con cada movimiento, sin dejar de recordarme que tenía todo el derecho a jugar conmigo como quisiera.

Luego se subió encima y empezó a penetrarme, fuerte, profundo, haciéndome gemir incluso con la tela en la boca. Movía las caderas como podía para recibirlo entero. Subió la vibración al máximo y me embistió hasta el fondo, hasta que tuve un orgasmo enorme y me corrí otra vez sin que me tocara, con el cuerpo entregado, la falda levantada y aquel hombre partiéndome en dos.

***

Me sacó las braguitas de la boca, me limpió con ellas y volvió a metérmelas. Soltó mis piernas y mis manos y me dio la vuelta, reacomodando la silla hasta dejarme arrodillada y recostada de frente, con los pies atados a los soportes y las manos sujetas en lo alto.

Entonces empezaron las nalgadas. Primero con la mano, hasta que volví a encenderme. Después con una correa, con la fusta, alternando golpes con caricias. Yo me movía sintiendo el ardor, gimiendo con cada uno como una hembra que pide más. Me metió otro vibrador y lo dejó dentro, encendido, mientras seguía castigándome.

—Se nota que estás en celo —murmuró—. Necesitas que te llenen.

Y me llenó. Volvió a entrar en mí sin sacar el vibrador, abriéndome entera, embistiendo cada vez más rápido. Tiró de la correa del collar para hundirse hasta el fondo mientras me repetía que iba a dejarme suya, marcada, llena. Yo asentía y movía las caderas a su ritmo, perdida en aquella sensación de ser usada y deseada al mismo tiempo.

Lo sentí endurecerse, calentarse, y supe que llegaba. Empiné las caderas para recibirlo y estalló dentro de mí, llenándome con varios empujones más, profundos, lentos, definitivos. Me corrí otra vez, empapándome entera, temblando bajo su peso.

Se dejó caer sobre mi espalda un instante. Apagó el vibrador y, cuando salió de mí, sentí cómo su calor empezaba a escurrirme por las piernas, dejándome húmeda y deshecha. Me sentía como toda una mujer.

Me soltó las manos y los pies.

—Ponte las braguitas —dijo en voz baja, casi tierno por primera vez en toda la noche.

Obedecí, colocándomelas todas mojadas, y él se fue al baño. Yo tuve que quedarme sentada un rato, porque las piernas me temblaban demasiado para sostenerme. Me había convertido en algo nuevo esa noche, y por una vez no quise pensar en el hombre que dejaría al salir por la puerta, sino solo en la mujer sumisa que él había despertado en mí.

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Comentarios (5)

CeliaMdq

Delicioso, de los mejores que lei en esta categoria. Me tuvo pegada hasta el final.

Seba_Cba

Por favor que haya segunda parte! Quede con ganas de saber como sigue esto

FlordeNoche

Me encanto como lo contaste, se siente real sin ser burdo. Muy buena pluma, sigue asi!

ElCurioso_22

increible!! no esperaba que fuera tan bueno

LucianoR_85

Buenisimo el ritmo, se lee de corridito sin aburrirse. Espero mas relatos de este estilo, la verdad que si

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