Mi vecino fue el primer hombre maduro que me deseó
Desde muy joven supe que la ropa de mi hermana y de mi madre me sentaba mejor a mí que a ellas. Les robaba zapatos, blusas, alguna falda, y me encerraba en mi cuarto para mirarme en el espejo hasta que oía pasos en el pasillo. Me dejé crecer el pelo y dejé de pedir permiso para hacerlo. Hubo quien me acompañó en el camino y quien arrugó la nariz, pero a esas alturas ya no me importaba demasiado.
El cuerpo, al menos, me ayudó. Nací con una figura andrógina, delgada, de líneas suaves y músculos largos. Cuando cumplí los dieciocho empecé a hormonarme, y la piel se me volvió más fina, casi sin vello, con un brillo nuevo que reconocía cada mañana al despertar. Por fin podía ir de compras a buscar mi propia ropa, mi lencería, mi maquillaje. Mi vida se iba volviendo más femenina con cada semana que pasaba.
Dejé de vestirme de chico por completo. Me costaba tiempo y esfuerzo, pero salía a la calle impecable: depilada, maquillada, con la ropa elegida pieza a pieza. Aun así, todavía había miradas torcidas, comentarios a media voz, gente que se cambiaba de acera. Una aprende a no escucharlos.
No sé en qué momento Rubén empezó a fijarse en mí. Rondaba los cuarenta, atractivo y atlético, con esa seguridad tranquila de los hombres que no necesitan demostrar nada. Era vecino de mis padres desde siempre, puerta con puerta, de esos rostros que uno ve crecer y envejecer en el mismo rellano. Cada vez que sus ojos se detenían en mí, yo me sentía deseada.
Cuando coincidíamos en el portal me trataba como a una dama. Sin sorpresa, sin gestos raros, sin esa incomodidad que tantos otros no sabían disimular. Me conocía desde niña, y precisamente por eso su naturalidad me desarmaba. Eso, y un físico que ya quisieran muchos de mi edad.
Cuando se separó de su mujer, su aire abatido me atrajo todavía más. Yo le sonreía en el ascensor intentando animarlo, y él me devolvía la sonrisa con una mezcla de tristeza y gratitud. Una tarde, en un cruce casual junto a la panadería, por fin se decidió.
—Hola —dijo, frenando el paso—. Nunca hemos estado a solas tú y yo. ¿Te tomarías una copa conmigo?
Acepté antes de que terminara la pregunta. Fuimos a un bar pequeño y mal iluminado a dos calles de casa. Rubén era correcto, ameno, con una conversación que enganchaba sin que una se diera cuenta. Me seducía sin proponérselo, casi sin saber que lo hacía. Pasaban los minutos, luego las horas, y yo seguía perdida en su voz y en esa mirada suya tan dulce.
Sí noté cómo sus ojos recorrían mi cuerpo. La barbilla, suave por las hormonas. El escote, donde empezaban a despuntar mis pechos. El vientre plano que el top dejaba al aire, adornado por el piercing del ombligo.
Mis muslos largos y trabajados salían de una falda muy corta, enfundados en medias finas con ligas de silicona, y los pies acababan en unas sandalias de tacón alto. Lo admito: me había vestido para él. Más para provocar que para abrigarme.
La charla empezó con tonterías, pero poco a poco se fue acercando a lo íntimo. Le pregunté por su matrimonio, intuyendo que había más historia de la que circulaba por el edificio. Acabó contándome que ella le había sido infiel. Yo no lo quería de novio ni de marido. Quería animarlo, sí, pero sobre todo quería acostarme con él. Sin rodeos.
De pie junto a la barra, con las copas en la mano, el tiempo parecía haberse detenido. Le apoyaba la mano en el brazo, notando la firmeza del músculo bajo la camisa, y le sonreía como una tonta, deseando que se lanzara, que me tomara entre sus brazos de una vez. Estaba dispuesta a entregarme allí mismo.
Al fin me giré con la excusa de alcanzar una servilleta, acercando el trasero a su cadera, y aparté la melena sobre un hombro. Entonces se decidió. Me cogió de la cintura, depositó un beso suave en la piel desnuda de mi hombro y, apoyando la cabeza en mi clavícula, me susurró al oído.
—Me gustas. Te he visto cambiar mucho estos últimos meses, de ánimo y de cuerpo. Me encanta la mujer en la que te estás convirtiendo.
Creo que fue su propia timidez la que lo soltó, hablando cuando yo no lo miraba. Mi sonrisa, que él no llegó a ver porque le daba la espalda, debió de rozarme las orejas a pesar del carmín. Sin pensarlo más, pegué el culo a su entrepierna y la espalda a su pecho, y giré apenas la cabeza para besarlo.
Tomé sus manos y las llevé a mi vientre, cruzadas sobre el piercing, rodeándome la cintura. Mi lengua se enroscó con la suya, lenta, húmeda, sumando saliva al deseo que ya no podíamos disimular.
—Eres la cosa más bonita que he tenido nunca entre los brazos —murmuró—. ¿Te vienes conmigo? Vamos a mi casa.
—Te deseo —le contesté—. Te he deseado siempre.
—¿No te importa lo que piense la gente?
—Me da igual. Solo quiero estar contigo.
Y era verdad. No me importaba que nos vieran así, tan pegados, tan obvios. A él tampoco, o cada vez menos. Sus manos empezaron a deslizarse por mi cuerpo con caricias tiernas que me encendían más. Sus labios bajaban por mi cuello y mis hombros, aunque todavía no se atrevían a pasar de la cintura, como si guardara un último resto de pudor. Aun así, sentía su erección dura contra mí.
Jugueteaba con el piercing, rozando la piel desnuda de mi vientre. Lo deseaba dentro de mí y se lo estaba haciendo saber con cada movimiento. Entre los dos empezábamos a montar todo un espectáculo en mitad del bar.
Me llevó a su casa sin soltarme la cintura en todo el camino, sin que le importara cruzarse con algún conocido. En el ascensor su lengua exploró mi boca con avidez mientras me sujetaba el culo con fuerza.
Ya ni le pesaba que los vecinos lo vieran conmigo, con la chica trans del edificio. Sus manos se apoderaron de mis nalgas por encima del tanga, bajo la falda corta.
***
Levantó la minifalda y por fin acarició la piel desnuda de mis muslos. El piso estaba desordenado, típico de soltero, pero apenas me dio tiempo a mirarlo. Me llevó de la mano directo a la cama deshecha.
Las sábanas todavía guardaban su olor. Me tumbé de espaldas y dejé que él se acomodara a mi lado, sin despegar sus labios de los míos. Su mano recorría mi cuerpo sin prisa, subiendo por las piernas bajo la falda, frenándose a medida que se acercaba al tanga.
Le abrí la camisa y le desnudé el pecho, acariciando y pellizcando sus pezones. No bajó hasta mi sexo todavía, pero tiró de mis medias, enrollándolas despacio, dejándome las piernas al aire. Sensual, tierno, acariciaba cada centímetro de piel que iba descubriendo.
Entonces me tomó los pies desde el borde de la cama y empezó a lamerme los dedos. Pasaba la lengua entre ellos, recorría las plantas, y yo me retorcía. Nunca unas cosquillas me habían dado tanto gusto. Nos íbamos desnudando el uno al otro al ritmo que el deseo nos marcaba.
—Quiero saborearte entera —dijo—. Como un caramelo.
Pero aún dudaba en hacerlo del todo. Se le notaba el recelo, un viejo reflejo heterosexual que no terminaba de soltar. Iba a tener que tener paciencia con él.
—Hazlo —le pedí—. Quiero tu lengua en todo mi cuerpo.
Noté sus labios en mis axilas, en el cuello, su lengua tibia en mi oreja. Yo misma me abrí el top para que tuviera acceso a mis pechos. Posó la boca sobre ellos y me hizo suspirar, mordisqueando con cuidado mis pezones hasta volverme loca.
Mi mano buscó su sexo. Le abrí los pantalones, bajé la cinturilla y noté cómo se liberaba, duro, buscándome. Le acaricié los testículos depilados y subí y bajé los dedos por el tronco, masturbándolo despacio, recreándome en cada gemido suyo.
Quería darle todo el placer posible, así que me lo metí en la boca. Nunca he sido de gargantas profundas, pero me las apaño bien con el glande, babeando el resto, lamiéndolo entero, del perineo a la punta, saboreando los testículos con verdadera gula.
—Sí —jadeó—. Cómemela. Es toda tuya.
No paré hasta notar el sabor de su semen en la boca. Por fin se soltó del todo y me besó, librándose de una parte de sus complejos. Saboreamos los dos lo que quedaba entre mis labios, mezclándolo con nuestra saliva en un beso lento y obsceno.
Ya estábamos desnudos por completo. Se colocó encima de mí, acomodado entre mis muslos, besándome el cuello, la cara, las orejas. Su lengua buscaba la mía entre nuestros labios entreabiertos, y yo se la daba, claro, la chupaba como había hecho con su sexo.
El peso de su cuerpo sobre el mío. Mi propia erección, apretada entre su pubis y mi cadera, ya no parecía molestarle. Al sentirla contra la suya, algo se le rendía por fin.
Le rodeé los muslos con las piernas, por detrás de las rodillas, para sentirlo más cerca, arañándole la espalda con las uñas largas. Me dejaba llevar por la sensación de estar clavada al colchón. Y esas mismas sensaciones despertaban de nuevo su erección, que se frotaba contra la mía, las dos duras y juntas.
Yo también tenía fuerza, así que nos giré para quedar encima. Me incorporé entre sus muslos, mirándolo a los ojos, y tomé las dos pollas con una sola mano. Las froté la una contra la otra, masturbándonos sin prisa. Por su cara y sus jadeos, le encantaba.
—¿Quieres follarme? —le pregunté.
Me miró con una mezcla de morbo y miedo.
—¿Quieres que lo haga? —respondió.
—No te asustes. Haremos solo lo que tú quieras —le dije.
Pero yo quería más.
—Fóllame tú. ¿A que nunca has penetrado un culito? Tu mujer no te dejaba, ¿verdad?
—El tuyo va a ser el primero —dijo, con la voz ronca—. Y me muero por hacerlo.
Me estiré hacia el bolso y saqué el tubo de lubricante. Chica preparada vale por dos. Mientras seguía masturbándonos a los dos, repartí el gel en su miembro y en mi entrada, aprovechando para dilatarme con un dedo.
No lo hice esperar. Me subí a horcajadas sobre su cadera. Me gusta verle la cara a mis amantes mientras me penetran, así que me apoyé en su pecho, pellizcándole los pezones. Sujeté su sexo en vertical, apoyé el glande en mi entrada y fui bajando despacio, con las rodillas a cada lado de su cuerpo. Cuando por fin apoyé las nalgas en sus muslos, se me escapó un gemido largo.
Empecé a moverme poco a poco, acostumbrándome a su grosor. Para él era la primera vez con un hombre. Para mí no, aunque por entonces tampoco podía llamarme experta. Hacerlo suave y sin prisa era lo mejor para los dos, y así pudimos disfrutarlo juntos.
Mi sexo y mis testículos golpeaban su vientre cada vez que subía y bajaba. Por fin se decidió a tomarme con la mano y acariciarme. Como íbamos despacio, podía hacerlo con calma, recreándose en la primera polla, aparte de la suya, que sostenía entre los dedos.
No paré hasta que se corrió. Dejó su semen dentro de mí y yo me sentí contenta, no, eufórica. Acabé poco después sobre su abdomen y me dejé caer sobre su pecho, besando y mordisqueando sus pezones mientras él me acariciaba el pelo con una ternura que no esperaba.
Temía ese momento. Que se arrepintiera, que me pidiera que me fuera. No pasó. Estábamos demasiado a gusto. Me sentía protegida entre sus brazos fuertes, y él parecía tan cómodo como yo.
—¿Pedimos algo de cena? —preguntó—. ¿O tienes que volver a casa?
—Estoy famélica —reí—. Y no hace falta. Aviso por el móvil. Si me dejas dormir contigo.
—Sería maravilloso. Tenerte en mis brazos toda la noche.
***
Abrí la puerta al repartidor vestida únicamente con el tanga, provocando. El pobre se quedó boquiabierto y apenas acertó a cobrarme. Mientras cogía el ascensor, debió de oír nuestras risas rebotando por el rellano.
Cenamos desnudos sobre la alfombra del salón, con la brisa tibia de la noche de verano refrescándonos la piel. Notaba su mirada de deseo recorrerme entera, esta vez sin la sombra de rechazo en ninguna de mis partes. Y me gustaba.
Juguetón, me colocó una rodaja de piña sobre el sexo y, sin dudarlo, se agachó a comérsela. Una corriente eléctrica me subió por la columna y se me escapó todo el aire de los pulmones al sentir su lengua en el glande.
Me eché hacia atrás, apoyada en los antebrazos sobre la alfombra, y separé bien los muslos para dejarle sitio. Fue la primera felación de muchas, y vaya si la disfrutamos los dos. Me besaba el escroto con verdadera adoración, se metía los testículos en la boca y luego subía por el tronco hacia el glande, que yo veía desaparecer entre sus labios sin terminar de creérmelo.
Nunca pensé que se atrevería tan pronto, pero allí estaba yo, a punto de correrme en su lengua. Lo avisé, claro. Lo último que quería era enfadarlo por una tontería.
—Me corro, cielo —jadeé—. Sácala ya.
—He fantaseado tanto con este momento que no pienso parar ahora —dijo—. Dámelo, cariño. Dámelo todo.
Y así fue. Un segundo después me derramé en su boca y lo tragó todo. No me dejó más que el sabor en la lengua cuando volví a besarlo, eufórica.
Era ya tarde. Habíamos pasado la tarde entera y parte de la noche jugando, conociéndonos mejor de lo que jamás imaginé. Me llevó a la cama y dormimos juntos. Pasé la noche entre sus sábanas y sus brazos, tal como me había prometido.
Fue la primera de muchas. Nunca lo engañé: durante nuestra relación me acosté con más gente, chicos y chicas, y luego se lo contaba con pelos y señales. Él también sedujo a más de una mujer madura, y yo me enteraba de cada detalle por su propia boca. Lo nuestro funcionaba precisamente porque no nos mentíamos.
Meses después, mi tía, la hermana de mi madre, vino a pasar unos días con nosotros. Es un calco exacto de la mujer que yo quiero llegar a ser cuando tenga su edad. Se la presenté a Rubén y fue un flechazo, amor a primera vista. La cosa es que, de vez en cuando, los visito a los dos. Y dormimos los tres juntos.