Desperté atrapado entre las sábanas de Soledad
No supe cuántas horas había dormido. Me despertaron las ganas de ir al baño y, antes que nada, la sentí: el miembro de Soledad seguía entre mis nalgas, blando, mojado, pero todavía grueso, enorme, una presencia que mi cuerpo reconocía aunque mi cabeza tardara en ordenar lo que había pasado.
Mis movimientos la despertaron. Me acarició el pecho con la punta de los dedos y, con una dulzura que me daba más miedo que su fuerza, murmuró contra mi nuca.
—¿Qué pasa, bebé? ¿Dormiste bien?
—Quiero ir al baño —respondí casi sin voz.
Sentí sus labios bajar por mi cuello, despacio, y su aliento tibio en mi oreja.
—Vamos, amor. Yo también necesito ir.
Nos levantamos. Me guio hasta el baño con una mano en mi cintura, como si yo fuera algo suyo que no quería dejar caer. Me sentó en el inodoro y se quedó parada frente a mí.
—Hacé todo, mi vida. Vamos a pasar una tarde hermosa.
Abrió la ducha, se quitó la poca ropa que llevaba y esperó. El vapor empezó a empañar el espejo mientras yo intentaba que mi cuerpo respondiera con ella mirándome.
Cuando terminé, me ayudó a levantarme, me besó en los labios y me llevó bajo el agua caliente. Pasó el jabón por mi entrepierna, por mis axilas, por la espalda. Volvió a bajar, enjabonó mi entrada y deslizó un dedo para abrirla, dejando que la espuma se metiera adentro.
—Estás quedando como nuevo, papito —susurró en mi oído.
Después sentí un chorro tibio y firme que arrastraba el jabón, que casi entraba en mí. Me enjuagaba con su propia orina y se reía bajito, satisfecha, mientras yo me mordía la lengua para no decir nada.
Me dio vuelta con las dos manos en mi cintura. Las fue bajando hasta mis nalgas mientras su boca rozaba la mía, primero apenas, después con una fuerza que no admitía respuesta. Su pene, otra vez duro, se frotaba contra mi entrepierna y casi alcanzaba a tocar mi ano.
Estuvimos así varios minutos, hasta que cerró las llaves. Me envolvió en un toallón, me secó con una delicadeza que contrastaba con todo lo demás, se secó ella misma frente a mí, sensual, y con una sonrisa cómplice me tomó de la mano.
—Vení.
***
De vuelta en la habitación, revisó su teléfono, que seguía enchufado en la mesita. Leyó unos mensajes, abrió una lata de cerveza, acercó el plato y su bolso, y se sentó en el borde de la cama con las piernas cruzadas.
—Mariela no va a volver —dijo sin mirarme, mientras sacaba algunas prendas del bolso—. Te tengo para mí sola el resto del día.
El nombre de Mariela me cayó como una losa. Era la única persona que sabía dónde estaba yo aquella tarde, la que me había dado la dirección, la que me había convencido de subir. Si ella no volvía, nadie iba a tocar esa puerta, nadie iba a preguntar por mí. Repasé en la cabeza, despacio, las pocas horas que recordaba con claridad: el ascensor angosto, el departamento en penumbra, la primera cerveza que acepté por cortesía. Después, casi nada. Solo retazos sueltos y la sensación de que cada uno de esos retazos había sido planeado mucho antes de que yo llegara.
—Hace frío, bebé. Ponete esto. —Me alcanzó un short de dormir azul, de raso con puntillas, y una remerita sin mangas de la misma tela.
Ella se puso un culote negro de encaje y un top haciendo juego, ligas del mismo conjunto, y se terminó de cubrir con un camisolín blanco que dejaba ver todo lo que había debajo. Se movía sabiendo que yo la miraba, que no podía dejar de mirarla.
—Vení, amor —dijo, señalando el lugar a su lado en la cama.
Me senté con timidez, juntando las rodillas. Acercó una línea a mi nariz con el borde de una tarjeta y, con la otra mano, la lata de cerveza. Tomé las dos cosas sin pensar. Cualquier cosa con tal de no contrariarla.
—Son las tres de la tarde, gordo. ¿No querés que hagamos el amor todo el día? —Lo dijo como una invitación, pero no era una pregunta.
Asentí con la cabeza, más por temor que por deseo, aunque ya no sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro. Algo en su voz, en la calma absoluta con la que se movía por la habitación, me convencía de que cualquier negativa solo iba a complicar las cosas. Si le sigo el juego, esto termina antes, me repetía, sin creérmelo del todo.
Se levantó, fue hasta la mesa por otra lata y me dijo que la esperara. Volvió enseguida, se sentó y me puso la cerveza en las manos, que todavía tenía atadas.
—Tomá, amor —dijo, acercándome el plato.
Estuvimos varios minutos así, en silencio, hasta terminar la cerveza. La habitación empezaba a moverse despacio, los bordes de las cosas se ablandaban. Soledad buscó dos latas más, acomodó la cámara del teléfono apuntando a la cama y volvió a sentarse a mi lado.
—Voy a soltarte las manos —anunció, jugando con la tarjeta entre los dedos—. Tengo tus documentos, tus datos, tus redes y varios videos. Así que portate bien.
Desató mis muñecas y me dijo que me parara. Lo intenté. La habitación giró, mi cuerpo no me obedecía, y volví a sentarme aturdido. Ella sonrió y me mostró unas pastillas pequeñas en la palma, señalando después la cerveza, como si me dejara entender exactamente qué me había dado y cuándo.
—Vení —repitió, recostada contra el respaldo.
Obedecí.
***
Me abrazó, me acarició, seguimos tomando y aspirando durante un largo rato. Nos besábamos con una intensidad que me dejaba sin aire; me llenaba la boca de su saliva, me decía cosas dulces y sucias en la misma frase, y sus manos recorrían mis nalgas, mi entrada, mis testículos, como si memorizara cada parte de mí.
—Acostate bien, amor —ordenó.
Me acomodó boca arriba y se subió sobre mi pecho. Su miembro buscó mi boca con una urgencia que no me dejó tiempo a nada.
—Qué lindo que sos. Me encanta hacerte el amor. Sos mío. Mi novio. Mi esclavo.
Cada palabra acompañaba un movimiento más profundo. Su punta golpeaba el fondo de mi garganta y me provocaba arcadas que ella celebraba.
—Qué hermosa cogida te estoy dando, bebé. Cómo te gusta. Nadie te va a hacer todo esto que te hago yo, putito mío.
Después llegó un gemido hondo, casi animal, y sentí su descarga directa en la garganta. Me ahogué, tosí, y aun así no me dejó moverme.
—Tragá todo. Hasta la última gota —ordenó.
Obedecí porque no había otra opción. Salió de mi boca, alcanzó una cerveza fresca y se acomodó otra vez a mi lado, acariciándome el pelo como a un perro al que acaban de premiar.
Seguimos así un rato más, entre tragos y caricias, hasta que su dedo volvió a abrirse camino dentro de mí y su miembro, ya recuperado, se apoyó contra mi pierna. Su lengua jugaba con el lóbulo de mi oreja mientras hablaba.
—Todavía falta lo mejor, mi amor.
***
Se incorporó contra el respaldo y me ordenó que la besara. Cuando me acerqué, me acomodó sentado sobre ella, a horcajadas, y su lengua me volvió a desarmar. Sus manos corrieron el short de raso y otra vez sentí esa carne caliente y desnuda abriéndose paso entre mis nalgas, sin nada que se interpusiera.
—¿Te gusta cómo te la meto sin forro, putito mío? —preguntó, riéndose contra mi boca—. ¿Te gusta mi leche? ¿Te da miedo algo, amor?
Sus palabras acompañaban cada embestida hacia arriba. Me cogió así un largo rato, mirándome a los ojos, hasta que, sin salir de mí, me hizo girar y me dejó de costado, en cucharita. Me juntó las piernas, me dobló en posición fetal y volvió a empujar, esta vez con todo apretado, su miembro enorme atrapado dentro.
El dolor era insoportable. Me la sacaba casi entera y la volvía a clavar con más fuerza, una y otra vez, mientras yo apretaba las sábanas con los puños.
—Mirá cómo te desvirgué —dijo, y me mostró su miembro manchado de sangre, orgullosa, como si fuera un trofeo.
Me puso boca abajo y siguió con más fuerza todavía. Me giró la cara hacia ella y me besó, apretada contra mi espalda, su peso entero sobre mí.
—Besame, que vamos a compartir algo toda la vida, mi pobre putito —murmuró—. Tomá mi leche, que te encanta.
Metió la lengua hasta el fondo de mi boca y se estremeció mientras acababa dentro de mí por segunda vez. Sentí el calor extenderse, su miembro latiendo, y por un instante perverso dejé de saber si lo que sentía era terror o algo que no me animaba a nombrar.
***
Eran las ocho de la tarde. Hasta las dos de la madrugada, Soledad me cogió tres veces más. Entre una y otra me daba de beber, me limpiaba, me acariciaba el pelo y me susurraba que era suyo, que siempre lo había sido, que esa tarde no había sido un secuestro sino el día en que por fin entendí lo que era.
Cuando por fin se vistió y juntó sus cosas, se detuvo en la puerta. Tenía el teléfono en la mano, esa cámara que lo había grabado todo, y una sonrisa que me heló la sangre más que cualquier amenaza.
—No te olvides de mí —dijo.
Y se fue, dejándome solo en una cama que ya no reconocía como un lugar seguro, con la certeza de que aquella tarde no había terminado. Apenas era el principio de algo que iba a seguirme el resto de mi vida.