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Relatos Ardientes

El inquilino descubrió a la mujer que escondía en mí

Me llamo Daniela, tengo veintisiete años y soy travesti. Nací en Tabasco, aunque desde hace un tiempo vivo en una zona tranquila de Querétaro. Soy de cuerpo lleno, de esas que dicen «gordibuena», con la piel morena y bastante alta, cerca del metro setenta y cinco. En mi vida de chico tengo una carrera y un trabajo serio; lo otro, lo que de verdad soy, lo guardaba para los momentos a solas.

Tuve que emigrar porque en mi tierra las oportunidades eran pocas y mal pagadas. Mandé papeles a varias empresas y estuve casi dos meses esperando. Una de Querétaro me llamó, me hicieron la entrevista por videollamada y a la semana me confirmaron que les interesaba. Fue un martes la llamada y debía presentarme el lunes siguiente, así que me fui un jueves por la noche para llegar con tiempo y buscar dónde quedarme.

Recorrí varios cuartos, pero eran caros o quedaban demasiado lejos. Casi a las cinco de la tarde encontré una casita de dos habitaciones y una sala, a buen precio y cerca de mi nuevo empleo. La tomé sin pensarlo mucho y firmé un contrato por un año.

La empresa me gustó. Buena gente, todos amables. Pasaron los meses y, poco a poco, me fui armando mi espacio: una cama, un mini refrigerador, una televisión. También me compré mis cositas de chica. Blusas, medias, tangas, cacheteros de encaje, faldas cortas, vestidos ajustados, dos pelucas y un par de tacones que le compré a otra chica trans que conocí por internet.

Para entonces ya llevaba ocho meses ahí. A veces visitaba a mi familia, a veces ellos venían a pasar unos días conmigo. Mi ropa siempre la mantuve oculta en una maleta con candado, para que nadie la encontrara.

***

Era septiembre, mes patrio. El mismo día quince recibí una llamada de la señora que me rentaba la casa, doña Beatriz. Quería hablar conmigo. Le dije que la esperaba a las siete y media, y a esa hora puntual tocó la puerta. La hice pasar y, sin tantos rodeos, me pidió un favor.

—Mira, Daniela, tengo un amigo que viene del estado de México y no tiene dónde quedarse. ¿No me harías el favor de hospedarlo unos meses? Si aceptas, solo me pagas la mitad de la renta.

Lo pensé un momento.

—¿Cuánto tiempo se quedaría?

—Unos cinco meses.

—Está bien, pero pago la mitad solo dos meses. Los otros no se los cubro, y cuando renovemos el contrato eso queda saldado.

Doña Beatriz lo meditó unos minutos y aceptó. Su amigo llegaría el domingo.

Y llegó el domingo. Por la tarde me avisó que ya iba para la casa con él. A los pocos minutos tocaron. Era don Rafael, un señor de cincuenta y ocho años, grueso, con barba y cara de pocos amigos. Al verlo me asusté un poco, porque parecía de mal carácter. Pero ya adentro, platicando, resultó ser todo lo contrario: tranquilo, agradable, conversador.

Le pregunté por qué había venido a Querétaro y me contó que sus hijos lo habían demandado por la casa familiar y no podía habitarla hasta que se resolviera el caso. No tuvo más opción que pedirle ayuda a doña Beatriz, y ella lo mandó conmigo.

Nos fuimos llevando bien. El único problema era que, con él en la casa, ya no podía vestirme de mujer. Ni modo, serán solo unos meses, me dije. Yo me iba a trabajar y él se quedaba en casa. Así pasó el primer mes.

***

Una tarde llegué y lo encontré serio, callado. No le di importancia, pero los días siguieron y seguía igual. Me empezó a preocupar, así que decidí hablar con él.

—Don Rafael, quiero hablar con usted.

—Claro, yo también quería hablar contigo —me respondió.

Nos sentamos a la mesa.

—¿Qué le pasa? Hace días lo noto raro. ¿Se siente bien?

—No te preocupes, estoy bien. Solo que hay algo que me inquieta y quiero saberlo de una vez. ¿Tienes novia?

—No entiendo qué tiene que ver, pero no, no tengo novia ni nada.

—Entonces, ¿por qué tienes tanta ropa de mujer escondida en la maleta?

Sentí que el piso se abría debajo de mí.

—¿Cómo? ¿Revisó mis cosas?

—Necesitaba unas monedas para una cajetilla de cigarros. Vi la maleta con candado y me ganó la curiosidad. La abrí y encontré toda esa ropa. Dime qué pasa contigo. ¿Eres marica?

—No, no soy marica.

—¿Entonces? Puedes decirme. Te aseguro que no voy a juzgarte.

Respiré hondo.

—Está bien. Me gusta vestirme de mujer a veces. Eso es todo. No soy gay ni nada de eso.

—¿Y por qué lo haces?

—Por placer. Y no tiene nada de malo.

—¿Te ha visto alguien más?

—No, para nada. Usted es el único que lo sabe.

—¿Ni tus padres?

—Tampoco. Es algo que hago en mis momentos a solas.

—Está bien, no te preocupes. De mí no saldrá una sola palabra.

—¿De verdad? Gracias.

—Aunque sí querría una cosa.

—¿Qué?

—Verte como mujer.

Me quedé muda un segundo.

—¿Ahorita?

—Sí, si se puede.

—Es que me da pena que usted me vea así.

—No te preocupes. Tú te cambias y, mientras tanto, yo voy a la tienda. ¿Va?

—No lo sé.

—Piénsalo en lo que voy.

***

Sin decir más, se levantó y salió. Yo me quedé en la mesa, dándole vueltas al asunto. Una parte de mí estaba aterrada; la otra, algo dentro del pecho, me empujaba a hacerlo. Entre las dudas, terminé caminando despacio hacia el cuarto.

Me puse unas medias negras de encaje, una falda corta roja, una tanga negra, un brasier a juego y un top blanco que se ceñía a mi cintura. Los tacones negros altos, la peluca castaña, el maquillaje. Solo faltaba el perfume. Quedé lista y me senté a esperar.

Don Rafael volvió hora y media después. Cuando me vio se quedó congelado en la puerta. No podía creerlo. Casi babeaba. Se sentó sin decir nada y me observó largo rato.

—Vaya... estás hermosa. De verdad hermosa. Y muy buena —soltó, y enseguida bajó la mirada—. Perdón por eso.

—Estoy apenadísima de que me vea así. Le juro que es solo una etapa.

—No te preocupes. No puedo creer todo lo que escondías.

—Gracias —reí nerviosa—. Ya me voy a cambiar.

—Espera. ¿Sería posible que me dejes tocar un poco?

Temblaba, pero ya estaba excitada como nunca. Sentía mi propia polla apretada contra la tanga, hinchándose sola nomás de sentirle la mirada encima.

—Adelante. Toque.

—¿En serio? Lo haré, porque esto no se ve todos los días.

Empezó por mi cara, despacio. Bajó por los brazos, la cintura, y llegó a mis nalgas, que apretó por encima de la falda. Me las amasaba con las dos manos, hundiendo los dedos en la carne, y yo sentía cómo se me endurecía todo por dentro. Le subió la falda de un tirón y se quedó viendo mi tanga negra, tensa, con mi verga marcada por debajo. Soltó un gruñido bajito y me metió la mano entre las nalgas, por encima de la tela, apretando. Yo no aguanté más y le clavé un beso en la boca. Él respondió de inmediato, metiéndome la lengua hasta el fondo, y fue bajando hacia mi cuello, chupándomelo con hambre. De pronto se detuvo.

—Oye, ¿y cómo te digo?

—Dígame Daniela.

—Mucho gusto, Daniela. Soy Rafael. Espero no incomodarte.

—Para nada. ¿Le gusta?

—Me encanta. Tanto que hasta te haría mi novia.

—Si apenas nos conocemos —me reí.

—¿Y qué tiene? Siento que te conozco de toda la vida.

—¿Entonces?

—Entonces, ¿quieres ser mi novia?

—Sí. Sí quiero.

—Gracias. Pero novios de verdad. Aquí siempre quiero verte de mujer; en la calle, normal, y más adelante vemos. ¿No te molesta la diferencia de edades?

—Me fascina ser mujer cuando estoy aquí. Y si es para usted, me encantaría. La edad no importa.

—Y ya no me hables de usted. Dime Rafael, o amor, o algo así.

—Bueno, amor. Siéntese, que voy a servir la cena.

No podía creer lo que estaba pasando. Un par de horas antes era un chico cualquiera y, de repente, era la novia de un hombre que me doblaba la edad.

***

Cenamos y, como él dijo, nos fuimos a la cama a ver la televisión. Pusimos una película de dinosaurios que a mí me encantaba y la vimos como dos novios cualesquiera, él recostado y yo a su lado, abrazándolo. Cuando terminó, me quité el top y la falda. Quedé solo en brasier, tanga y medias; él se bajó hasta el bóxer, y el bulto que se le marcaba abajo me hizo tragar saliva.

Era la primera vez que dormíamos juntos desde que había llegado. Empecé a besarlo, lento, mordiéndole el labio, y él me devolvió los besos en el cuello mientras me apretaba las nalgas con las dos manos y me pegaba contra su cuerpo. Sentí su erección dura como una piedra clavándose en mi muslo, gruesa, caliente a través de la tela del bóxer. Le pasé la mano por encima y se la apreté; era enorme, y él soltó un gemido ronco que me erizó la piel.

—Sácamela, mamacita —me susurró al oído—. Que veas con lo que te vas a acostar.

Le bajé el bóxer despacio y saltó la polla, tiesa, gorda, con la cabeza morada y una gota brillándole en la punta. Me quedé mirándola un segundo, con la boca seca, y bajé la cabeza sin pensarlo más. Le pasé la lengua por toda la base, subí lamiendo el tronco entero, y cuando llegué arriba le chupé la punta primero, dando vueltas con la lengua, saboreándole el líquido salado que le brotaba. Después me la metí entera, hasta el fondo de la garganta, apretando los labios contra la piel.

—Ay, cabrona... así, mámamela así —jadeó, y me agarró de la peluca, hundiéndomela más.

Empecé a subir y bajar, chupando fuerte, escurriéndole saliva por los huevos. Se la sacaba entera y le lamía los cojones, se los metía a la boca uno a uno, y volvía a tragarme la verga entera. Él temblaba, con las piernas abiertas, gruñéndome cosas sucias.

—Qué bien la mamas, puta hermosa. Mira cómo la tienes de dura. Es toda tuya, mi amor, toda tuya.

Yo se la seguía chupando con las dos manos ayudando, masturbándosela mientras se la comía. Le acaricié las bolas, se las apreté, y él pegó un espasmo que casi me la mete hasta el estómago. Se veía que le iba a estallar en la boca si seguía, así que me sacó de un tirón, me pescó del pelo y me miró con los ojos vidriosos.

—Ven acá. Te toca a ti.

Luego me levantó. Me puso boca abajo, me arrancó la tanga hasta las rodillas y me abrió las nalgas con las dos manos. Se le escapó un «puta madre, qué culito» y bajó la cara. Sentí su lengua caliente estampándose contra mi agujero, dando lengüetazos largos, empapándome. Me chupaba de arriba abajo, me metía la punta de la lengua adentro, me abría con los pulgares y volvía a lamer, hambriento, como si nunca hubiera comido cosa igual. Yo me agarraba de las sábanas, temblando, empujando el culo contra su cara.

—Ay, Rafael, sí, así, coma ahí, coma ahí...

Se llenaba la boca de saliva y me la escurría por la raja, después le subió un dedo, luego dos, y me los metió despacio, empujando y sacando, abriéndome a fondo. Me estiraba con los dedos mientras me seguía lamiendo alrededor, y yo gemía como una perra en celo, con mi polla goteando debajo, mojando la sábana.

—Estás bien apretadita, mi amor —murmuró—. Te voy a dejar bien abierta.

Me acomodó en cuatro, con la cara contra la almohada y el culo bien parado. Se escupió en la mano, se embarró la polla toda con saliva y apoyó la punta contra mi entrada. Empujó poco a poco. Yo gemía y se me escapaban algunos quejidos de dolor cuando la cabezota se abrió paso adentro, y él, todo caballeroso, esperaba a que se me pasara antes de seguir. Sentí cómo me iba llenando, centímetro a centímetro, cómo me abría de par en par con esa verga tan gruesa. Así, despacio, terminó por meterla entera. Se quedó quieto unos minutos, con las manos en mi cintura, dándome tiempo.

—Aguanta, mi amor, aguanta, ya la tienes toda dentro.

—Muévase... muévase despacito —le supliqué.

Después empezó a moverse, lento al principio, sacándomela casi entera y volviéndomela a clavar hasta el fondo. El dolor fue cediendo y el placer lo reemplazó, un placer que me subía por la columna y me hacía apretar las nalgas alrededor de la polla. Empezó a agarrar ritmo, con las manos en mis caderas, empujando cada vez más fuerte. El sonido de sus muslos golpeándome el culo llenaba el cuarto, junto con mis gemidos y sus jadeos.

—Mírate cómo te la tragas, Daniela, mírate cómo te abre esta verga.

—Sí, amor, sí, cójame, cójame duro, soy toda suya...

Me pescó de la peluca y me tiró la cabeza hacia atrás, arqueándome, y me la clavaba con más fuerza, haciéndome rebotar el culo contra su barriga. Me metió una mano por debajo y me agarró la polla, que la tenía dura, chorreando, y me la empezó a jalar al mismo ritmo que me la metía. Yo no supe ni cómo aguantarlo. Se me nubló la vista, gemí más fuerte, y sentí que se me venía todo desde adentro. Me corrí sobre su mano y sobre la sábana, apretándole la polla con el culo, retorciéndome como un gusano ensartado.

—Ay, así, apretame la verga así, cabrona rica...

Me cambió de posición, me tumbó boca arriba, me alzó las piernas y me las abrió como si fuera una tijera. Con las medias todavía puestas, me clavó una almohada bajo la espalda para levantarme el culo y volvió a metérmela de un empujón. Ahora me miraba a los ojos mientras me cogía, y yo lo miraba a él, con la boca abierta, dejándome hacer todo lo que quisiera. Se agachó y me chupó los pezones por encima del brasier, después me lo bajó y me los mordió directo, sin dejar de embestirme. Se me acercó a la boca y me metió la lengua igual que me metía la polla, cogiéndome por los dos lados.

Estuvo así como veinte minutos, cambiándome, embistiendo con calma, después más rápido, después parando para que no se corriera todavía. Me puso de lado, me alzó una pierna sobre su hombro y me la siguió metiendo, haciéndome sentir cada vena. Yo ya no era yo, era una hembra rendida gimoteando debajo de él.

—Ya no aguanto, amor, ya no aguanto, córrase adentro, córrase adentro de mí —le rogué.

—¿Sí? ¿Quieres mi leche adentro, putita?

—Sí, toda, adentro, adentro...

Me volteó otra vez en cuatro, me agarró de las caderas y me la empezó a meter como un animal, sin ritmo, salvaje, todo golpe y jadeo. Hasta que sentí algo cálido reventar dentro de mí, un chorro grueso, y otro, y otro más, que me llenaron por completo. Él gruñó bajito, encajado hasta el fondo, con los dedos clavados en mi carne. Salió de golpe y me volteó para que yo lo limpiara. Le lamí la polla todavía chorreando, tragándome la última gota, mientras él me acariciaba la peluca.

Se levantó y fue al baño. Yo me quedé tendida, sintiendo cómo escurría entre mis nalgas la corrida caliente, empapando la sábana. Volvió, me dio un beso en la frente y me alcanzó papel para limpiarme. Luego se acostó y yo me trepé sobre él, sin querer despegarme, todavía con la polla ablandándose entre mis muslos y su semen bajándome por dentro.

Me abrazó y así nos quedamos dormidos.

***

Al otro día lo dejé durmiendo, me bañé y me fui a trabajar. Pasé toda la jornada pensando en lo de la noche anterior, en él, en cómo me había abierto el culo, en la leche que todavía sentía escurrirme cuando iba al baño. Al llegar a casa ahí estaba, esperándome. Lo saludé normal, como el chico que conocía la empresa. Pasé al cuarto y salí convertida en Daniela.

Él se levantó y me dio un beso en los labios, riquísimo. Una nalgada, una sonrisa, y me fui a preparar la cena. Así, sin que nadie lo supiera, fuimos pareja durante varios meses.

Más adelante les cuento las otras cosas ricas que hicimos juntos.

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Comentarios(8)

Carlita_mx

increible!!! necesito la segunda parte ya

BiCuriosaBA

Que relato tan intenso. Me llego al corazon la parte de la maleta guardada, hay mucho detalle real ahi. Sigue escribiendo!

DiegoH_noc

Tremendo. Me quede pensando en el final un buen rato.

Maru_lp

¿Esto es autobiografico? Se siente tan autentico que cuesta creer que sea solo ficcion.

LucianoK

Muy bien narrado, se nota que escribis con experiencia. Ojalá haya mas relatos de esta categoría asi.

NicoR_lec

jaja lo del candado... ese detalle me mato

PalomaFV

Buenisimo, me dejo con ganas de mas. La tension entre los dos personajes esta perfecta, muy bien llevada.

AnaLola_rdr

Esperando la continuacion! Un abrazo desde México

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