El día que dejé de ser Adrián tras la barra
Crecí en un pueblo perdido entre olivares y desde muy chico supe que algo no encajaba conmigo. No era una idea, era un cuerpo entero que se sentía equivocado. Pensaba como mujer, me gustaban las cosas que les gustaban a ellas, y soñaba con que un hombre me mirara como miraban a mis vecinas. Mi nombre era Adrián, pero por dentro nunca lo fui del todo.
Empecé a trabajar muy joven en la hostelería, primero como pinche de cocina y luego sirviendo mesas en temporada de verano. Me iba a Mallorca con mis hermanos mayores, que llevaban años bajando a la costa. Allí, lejos del pueblo, conocí algo parecido a la libertad: me enamoré de un hombre llamado Dante y mantuve con él una relación de pareja hasta que un día hizo las maletas, regresó a su país y me dejó tirado sin una sola explicación.
Aquel invierno volví al pueblo deshecho. Había perdido a Dante y, encima, el restaurante donde había trabajado tres temporadas cerraba sus puertas. La incertidumbre me comía: o encontraba algo pronto o me esperaba el campo y sus jornadas interminables bajo el sol.
Cuando empecé a recomponerme un poco, me enteré de que en un club de carretera, a unos kilómetros del pueblo, buscaban un camarero para atender la barra. No lo pensé. Una mañana de lluvia y cielo plomizo me presenté allí dispuesto a ofrecer mis servicios.
Me recibió Remedios, una mujer de unos setenta y muchos, alta y de presencia rotunda, con la cara muy maquillada y las uñas pintadas de un rojo intenso a juego con los labios. Me explicó que el tema lo tendría que tratar con el dueño, Rubén, que había salido y no tardaría en volver. Mientras esperábamos, me contó que ella era la cocinera, se encargaba de la limpieza y cuidaba a las chicas que trabajaban en el local, incluso de lavarles y plancharles la ropa.
En la explanada frenó un coche nuevo y reluciente. De él bajó un hombre alto, fuerte de gimnasio, de aspecto cuidado, labios carnosos y una mirada profunda que intimidaba. Caminaba con el aplomo de quien manda. Apenas entró, se dirigió a Remedios sin mirarme:
—¿Quién es este y qué quiere?
Intervine con calma, expliqué que venía por el puesto de la barra, que tenía experiencia y que quería trabajar. Él me observó de arriba abajo y soltó una media sonrisa.
—Ah, bueno. Creí que venías a cobrar. A estas horas, todo el que entra aquí viene a cobrar algo.
Hablamos un rato y llegamos a un acuerdo de sueldo. Mis tareas serían claras: servir las copas, llevar el control de las invitaciones que los clientes pagaban a las chicas y anotar los servicios que cada una hacía en las habitaciones. A indicación de Remedios, Rubén añadió que además debía echarle una mano en la cocina y la limpieza. Pese al exceso de obligaciones, y al no tener otra cosa, acepté. Quedé en volver esa misma tarde.
***
Me duché, me puse una camiseta blanca muy ajustada, un vaquero apretado y me peiné con cuidado. Me di un toque levísimo de brillo en los labios. Así me presenté a mi primera tarde. Rubén me presentó a las chicas, me dio la lista donde anotar copas y servicios, y a las seis en punto se abrieron las puertas.
Había mujeres que vivían en el club y dos o tres que traían sus novios poco antes de la apertura. El ambiente me golpeó de lleno: nunca había estado en un sitio así. La mujer era el centro absoluto de aquel mundo. Vestidas con lencería provocativa y muy ceñida, bailaban para atraer las miradas, y los clientes se acercaban a rozarlas, a manosearlas, a empezar un cortejo torpe que solo buscaba dos cosas: una copa invitada o subir a la habitación.
Yo, detrás de la barra, anotaba los servicios y observaba cada lance. Y, sin poder evitarlo, las envidiaba. Desde mi feminidad reprimida me preguntaba una y otra vez por qué no podía ser yo una de aquellas mujeres deseadas. A veces me quedaba mirando cómo un hombre perseguía a una chica por el local y soñaba despierta con estar en su lugar.
Me fui integrando hasta el punto de mudarme al club. Mi forma de ser ya era evidente para todas, y algunas empezaron a llamarme Adriana medio en broma. En los ratos muertos me vestían con lencería, me maquillaban y me hacían desfilar delante de ellas entre risas y piropos, animándome a hacerlo cada vez más femenina. Y yo disfrutaba como nunca.
***
Una tarde, recién levantado de la siesta, Rubén me mandó llamar a su dormitorio. Remedios le había comentado que andaba vestida de mujer y quería verlo con sus propios ojos. Quise quitarme el maquillaje y la ropa de inmediato, pero las chicas no me dejaron: entre risas me empujaron por el pasillo hasta el cuarto y me lanzaron al centro de la habitación, frente a él.
—Vaya… tengo aquí una putita nueva y sin enterarme. —Se rió.
—Jefe, no diga eso, por Dios. Soy Adrián, ¿no me ve? Esto es una jugarreta de esas lagartas que me han vestido y me han traído así —contesté avergonzado.
Rubén se levantó de la cama, se acercó y me rodeó con sus brazos enormes. Me besó en el cuello y me dijo al oído:
—Desde hoy serás Adriana y bajarás a servir copas maquillada y vestida de mujer. Serás un reclamo. Vendrán de toda la comarca a ver a la chica del pueblo de al lado. —Se separó un poco, sacó un billete de la cartera y me lo puso en la mano—. Toma, te lo has ganado por guapa. Diles que te maquillen menos, que te pongan un top pequeñito que deje ver tu cuello y tu vientre, un tanga que asome por arriba, un short corto y unos tacones. En un rato te quiero ver abajo trabajando así. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, Rubén —contesté, y no fue resignación: fue ilusión.
***
Los nervios me devoraban antes de que abrieran las puertas. Temía que aparecieran hombres de mi pueblo y me reconocieran convertida en una más de las chicas. Hasta las compañeras que no vivían en el club se quedaron de piedra al verme tan femenina detrás de la barra.
Los clientes eran gente ruda, curtida en el campo, sin un solo escrúpulo en lo sexual. Cuando me pedían una copa empezaron a usar palabras que antes no usaban conmigo: guarra, zorra, putita. Otros, en cambio, me trataban con dulzura, me llamaban cariño, guapa, cielo. Y Rubén tenía razón: la noticia corrió como la pólvora. En pocos días, grupos enteros bajaban al club para comprobar con sus propios ojos que era cierto, para piropear o insultar a la camarera vestida de mujer.
Una noche entró un grupo de cinco muchachos de mi pueblo y se me cayó el alma a los pies. Yolanda, que estaba al otro lado de la barra, me dijo que tarde o temprano iba a pasar, que había tomado una decisión y debía sostenerla. Así que seguí sirviendo copas como si nada.
—Anda, si tenemos aquí a la primera puta oficial del pueblo, y encima maricón —soltó Anselmo, con el que había ido al colegio—. Si ya apuntaba maneras, si siempre me miraba la bragueta el muy listo. ¿Qué, te has decidido a salir del armario?
Saqué fuerzas de donde no las tenía y, como si el comentario no fuera conmigo, le pregunté:
—¿Qué van a tomar los señores?
—Mira tú qué fina y qué bien enseñada para ser una puta. Pon unos cubatas de ron y sal para fuera, que te quiero invitar y tocarte ese culo.
Mientras servía, intervino Rubén:
—Deja a la chica en paz. Ella solo sirve copas. Si quieres compañía, ahí tienes a varias chicas. Esas sí están para eso.
—Pero si toda la vida fue Adrián, el hijo de la Ramona… —se rió—. ¿Y si pago lo que me pidas por estar con él? Me interesa este marica.
—No insista, por favor —cortó Rubén, sereno pero firme—. Esta chica no presta servicios. Si la sigue molestando tendré que invitarle a salir, y no me gustaría hacerlo.
Ahí quedó el primer incidente. Siguieron diciéndome de todo cada vez que pasaba cerca, pero ya no me importaba tanto. En los días siguientes vino más gente de la comarca a ver al hijo de la Ramona convertido en mujer, y aquel morbo hizo tan rentable mi transformación que Rubén me obligó a vestir de chica siempre que el local estuviera abierto.
***
Desde aquella primera tarde, Rubén no dejaba de mirarme embelesado mientras yo trabajaba. Una noche, al cerrar, me invitó a una copa con otras compañeras. El tiempo fue pasando y, sin darnos cuenta, las demás se marcharon y nos quedamos solos. Con su labia experta, curtida en mil noches, me fue desarmando poco a poco. Tras servir la última copa, me agarró de la cintura.
—¿Sabes? Jamás pensé que estaría tan a gusto con una chica como tú. Nunca probé el sexo con un hombre, mi orgullo no me lo permite. Pero contigo es distinto. Te miro y veo a una mujer como cualquier otra. Eres lista, hablas bonito y eres guapa por dentro y por fuera. Me encantaría pasar la noche contigo.
Aquellas palabras me llegaron hondo. Ni siquiera Dante me había hablado así. No entendía cómo un hombre tan duro podía decir cosas tan tiernas, pero me tenía embelesada.
—Pues si no la pasas conmigo es porque no quieres —le dije—. Tú eres el jefe y yo tu empleada. Basta con que digas «vamos» y lo dejo todo.
—Vamos —respondió en el acto.
Caminamos abrazados hasta su cuarto. Nada más cerrar la puerta me besó en la boca, una lengua que invadía hasta lo más hondo, como nadie me había besado nunca. Fue tan intenso y tan largo que perdí la cabeza, y cuando quise darme cuenta mi mano ya palpaba con fuerza el bulto que me había hipnotizado desde el primer día.
Le desabroché el pantalón y me arrodillé. Lo liberé del calzoncillo y me encontré con algo enorme, grueso, que crecía a medida que lo acariciaba. Me lancé sobre él con la boca abierta, hambrienta, saboreando esa carne firme con un punto salado que anticipaba lo que vendría. Rubén, sorprendido por mis ganas, se relajó y empezó a disfrutar.
Con confianza, me agarró del pelo por la nuca y marcó el ritmo a su gusto, a veces empujando tan hondo que su glande me cortaba el aire en el fondo de la garganta. Lo noté tensarse, las venas hinchadas, la respiración entrecortada, y se vació entero en mi boca. Lamí cada resto con la punta de la lengua y volví a metérmela, esta vez más despacio, para mantenerlo duro. Funcionó. Me llevó a la cama.
—Me gustaría follarte, pero nunca lo he hecho con alguien como tú. No sé si sabré.
—¿Tú quieres? Yo te enseño —le contesté.
—Me da miedo defraudarte.
—Anda ya. Es como con una mujer, pero por detrás. Y no te preocupes, estoy tan limpia por dentro como por fuera. ¿Probamos?
—Bueno.
Lo tumbé a lo largo de la cama y me coloqué en cuclillas sobre él. Despacio, muy poco a poco, fui sentándome sobre su miembro, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, duro como una piedra. El placer me recorrió entero, una mezcla de ardor y entrega que me hizo sentir más mujer que nunca. Él gemía debajo de mí, disfrutando como un crío con un juguete nuevo.
Cuando lo tuve todo dentro, empecé a moverme con la cadera, lento, acompasado, y a Rubén se le iba la vida en cada vaivén. Pronto tomó el control, me agarró de las caderas y empujó con fuerza, una y otra vez, golpeándome en lo más profundo. Cada embestida me confirmaba dónde quería estar, lo que quería ser. Estar a disposición de un hombre así, sentirme deseada, sentirme suya.
Se corrió dentro de mí con un gruñido, llenándome por completo. Y aun así, todavía duro, volvió a pedírmelo. Lo lamí de nuevo, lo monté otra vez, y así hasta que los dos quedamos rendidos.
***
Desde aquella noche me convertí en una de sus favoritas. Una o dos veces por semana me reclamaba, igual que al resto de las chicas. Y, además de servir copas, cuando algún cliente insistía mucho, salía a alternar e incluso subí más de una vez a la habitación.
Nunca volví al pueblo. La noticia ya la conocían hasta los niños. Rubén tenía tres preferidas: Noelia, Bianca y yo. Con el tiempo el negocio empezó a fallarle y tuvo que traspasar el club, pero a mí jamás me soltó. Me mantuvo siempre cerca, para ayudarle y darle cariño en los momentos difíciles, y yo nunca le fallé: a su lado era femenina y obediente, como si fuera su mujer.
A sus tres putitas preferidas nunca nos abandonó. Vivíamos en tres pisos distintos, en barrios separados de la capital, y él nos visitaba por turnos cuando le apetecía, demostrándonos su afecto pese a estar casado y con hijos. Yo hacía una vida normal en el barrio, me movía por la ciudad como un hombre más, pero en la intimidad siempre era ella. Y cada vez que él avisaba que vendría, me arreglaba, me ponía guapa y me convertía en Adriana, porque así le gustaba.
Son muchísimos los momentos que he vivido junto a Rubén desde que me hice su querida. Casi quince años después sigo siéndolo, y sigo satisfaciéndolo en todo lo que me pide. Hay mil anécdotas más que no me importaría contar, si alguien quiere preguntar.
Adriana.





