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Relatos Ardientes

Mi cuerpo era un altar y la aldea me adoraba

Los tres meses que me prometieron se estiraron hasta nueve. La radio crujía cada tanto desde la cabaña, y al otro lado siempre estaba Mateo, el jefe de Brújula Verde, encantado con los mapas que yo dibujaba. Riscos, ciénagas, ríos que se torcían como serpientes, senderos que nadie más sabía leer. «Seis meses más, Aurora —me dijo una vez—. Tu trabajo es de otro mundo.» Y yo me quedé, porque por primera vez en mi vida un lugar entero me había abierto los brazos sin pedirme que fuera distinta.

Crecí escondiendo lo que soy. Tengo un cuerpo que no encaja en las casillas de nadie: polla y coño a la vez, una mezcla que en la ciudad me valió miradas torcidas y noches a solas con la mano. Pero en la aldea, junto al río, nadie torcía la mirada. Me veían trabajar, reír, sudar, follar, y eso les bastaba.

—Aurora fuerte, amiga —me decían en su lengua, esa que aprendí a fuerza de meses, mezclando palabras con gestos y carcajadas.

La que me enseñó casi todo fue Liana. Tenía las manos más rápidas de la aldea para trenzar fibras de palma, y una forma de mirarme que me dejaba la polla dura debajo de la ropa antes de que dijera una sola palabra. Nos volvimos inseparables, como dos lianas enredadas en el mismo tronco.

***

La primera vez que nos buscamos fue bajo una cascada. El agua fría caía sobre nuestros hombros y nos hacía temblar, y ese frío volvía todo más intenso, cada roce un latigazo de calor. Liana me arrancó el taparrabos húmedo de un tirón y se quedó mirando entre mis piernas, sin miedo, con esa curiosidad hambrienta de quien encuentra algo nuevo en la selva. Me pasó los dedos por la polla primero, con la lengua asomada entre los labios, y después bajó a mi coño y me abrió con dos dedos, chupándose los otros mojados para probarme.

—Dos regalos —susurró en su lengua, y se rió sola.

Se arrodilló sobre la roca lisa, me tomó la polla con la boca y empezó a mamármela despacio, como si estuviera aprendiendo un mapa nuevo con la lengua. La bajaba entera hasta la garganta y volvía a subir chupando, sacando hilos de saliva que le colgaban del mentón. Con la otra mano me hundía dos dedos en el coño, dentro y fuera, al mismo compás en que me mamaba, y yo tuve que sujetarme del musgo de la piedra para no caerme.

—Más, Aurora —me pidió entre jadeos, levantando la vista, con los labios brillantes—. No pares.

La levanté, la giré contra la piedra húmeda y le abrí las piernas de una patada suave. Le pasé la punta de la polla por el coño, arriba y abajo, hasta que ella misma se arqueó buscándome. Entré de un empujón y ella gimió tan fuerte que hasta el rugido del agua se hizo chico. La follé duro contra la roca, con una mano en su cintura y la otra apretándole una teta, mordiéndole la nuca mientras el agua helada nos golpeaba la espalda. El culo se le sacudía contra mis caderas con cada embestida, y el ruido de la piel mojada chocando se mezclaba con la cascada.

—Ahí, ahí, no salgas —jadeó, agarrándome la mano y llevándosela al clítoris.

Le froté el clítoris en círculos mientras seguía metiéndosela hasta el fondo, y sentí cómo el coño se le cerraba en espasmos alrededor de mi polla. Me corrí dentro de ella con un temblor que me dobló las rodillas, chorro tras chorro, y ella me siguió enseguida, mordiéndome el hombro hasta sacarme sangre para no gritar. Salí despacio y vi mi corrida escurrirle por los muslos, mezclándose con el agua de la cascada, y se me volvió a poner dura solo de mirarla.

—Soy tuya —le dije, todavía sin aliento.

—Y yo de la selva —contestó, riendo, pasándose un dedo por la entrepierna y llevándoselo a la boca—. Pero contigo, quién sabe.

Esa frase suya, «quién sabe», se me quedó clavada por meses.

***

La vida en la aldea no era solo deseo. Era trabajo de sol a sol, y el deseo se enredaba en lo cotidiano como una enredadera en un poste. Liana tejía cestas y cantaba historias de cacerías mientras sus dedos volaban. Los hombres volvían del monte con presas y aves de colores que asaban sobre braseros de barro. Las mujeres molían yuca sobre piedras lisas, y el golpeteo rítmico marcaba las horas como un tambor.

Yo me sumaba a todo. Recogía frutos dulces que me dejaban los dedos pegajosos, limpiaba pescado fresco junto al agua, ayudaba a cargar cestas al mercado. Una mañana, mientras pelábamos guayabas a la sombra de un árbol enorme, Liana se inclinó hacia mí.

—Hoy en el río —murmuró, pasándome una mano por el bulto de la polla debajo de la tela—. Tú y yo, bajo el agua. Quiero mamártela hasta que me llenes la boca.

Sentí cómo se me endurecía bajo la ropa, ese candado de tela que usaba para trabajar sin que se me notara todo.

—Solo si después me dejas metértela por el culo —respondí bajito, y ella se rió tan fuerte que las hojas parecieron temblar.

Inti, que pelaba una fruta cerca con un cuchillo de hueso, levantó la cabeza.

—Aurora, eres fuerte como un jaguar —dijo, divertida, mirándome sin pudor la entrepierna—. ¿Y a mí cuándo me la clavas?

—Cuando traigas algo bueno del monte —le contesté, y todos soltamos la carcajada.

El aire vibraba de camaradería. No había vergüenza, ni secretos a medias. Solo cuerpos que se deseaban y se reían de su propio deseo.

***

Una tarde de lluvia compartimos un caldo espeso de pescado y yuca en la plaza, todos apretados bajo el techo de palmas mientras el agua golpeaba como un tambor. Yaku, el anciano que curaba con plantas y rezos, me tomó las manos manchadas de tinte rojo.

—Tus mapas son magia, Aurora —dijo con voz pausada—. Guían nuestras cacerías como un espíritu del río.

—Tus historias me guían a mí —le respondí, y lo decía en serio—. Tú me enseñaste a nombrar las cosas en tu lengua.

Amaru, un cazador de mi edad, afilaba una lanza a un costado.

—Hermana, dicen que la tienes grande —bromeó, con esa sonrisa fácil que tenían todos aquí—. ¿Cuándo me toca chuparla?

—Cuando me dejes a mí primero —le devolví, sirviéndole más caldo—, y traigas algo gordo para la cena.

Las risas resonaron bajo el toldo de palmas. Yo me sentía tejida al corazón de la aldea, y esa pertenencia me curaba algo viejo, una herida que arrastraba desde antes de saber leer un mapa.

***

Pero la radio no callaba. Mis mapas viajaban por las ondas hasta Brújula Verde, y de ahí saltaban a otras empresas que empezaron a buscarme como perros tras un rastro. Una noche, bajo la luz temblorosa de una antorcha, repasaba mi libreta de bocetos mientras Liana trenzaba fibras a mi lado.

—Liana, mira esto —le dije, ajustando la radio que chisporroteaba—. GeoNorte me ofrece una fortuna por un proyecto en el sur, quieren mis mapas para un parque entero.

Ella sonrió sin dejar de trabajar.

—Tú buena, mapas fuertes —dijo—. Pero quédate. Eres nuestra.

—No es solo eso —suspiré—. TerraNova me quiere en la cuenca del Manú. Y ayer otra empresa, AndesMap, me ofreció todavía más por trazar una sierra al norte. Todos me quieren.

Liana dejó la cesta a un lado. Se arrodilló entre mis piernas, me desató el pantalón y me sacó la polla, ya hinchándose bajo su aliento. Me pasó la lengua por los huevos primero, lamiéndolos uno por uno, y después subió lamiendo toda la vena hasta la punta, sacándome un hilo de saliva pegado a los labios. Se metió la cabeza en la boca y la chupó con las mejillas hundidas, sin tocar el resto, mirándome fijo.

—Tú mi sangre, Aurora —murmuró soltándome un instante, con la baba escurriéndole por el mentón—. No te vayas. Aquí follamos, reímos, vivimos.

Y volvió a tragarme entera, mamándome despacio, ahogándose un poco cada vez que la bajaba hasta la garganta. Le apreté el pelo con las dos manos y empecé a follarle la boca al ritmo que ella marcaba, sintiendo cómo la lengua me apretaba desde abajo. Cuando ya no aguantaba, la levanté hasta mi regazo, todavía temblando.

—Levantate la falda —le pedí al oído.

Se la levantó sin dejar de mirarme, se sentó a horcajadas y bajó despacio, metiéndose mi polla en el coño hasta el fondo con un gemido largo. Empezó a cabalgarme, agarrada de mis hombros, subiendo y bajando, y sus tetas me golpeaban la cara en cada envión. Le chupé una y después la otra, mordiéndole los pezones oscuros, mientras ella se me apretaba adentro como un puño mojado.

—¿Y si te llevo conmigo? —le dije entre embestidas—. Podríamos mapear el mundo juntas. Tú y yo, en cada selva que nos paguen por dibujar.

Ella se movió más rápido, agarrándose el clítoris con una mano y frotándoselo mientras me montaba.

—Yo selva, no ciudad —contestó jadeando—. Pero contigo… quién sabe.

Se corrió sobre mí con un temblor largo, apretándome tan fuerte con el coño que me arrancó la corrida enseguida. Le llené el vientre por dentro y se quedó quieta encima, sintiendo cómo el semen le goteaba entre las piernas hasta mis muslos. Otra vez esas dos palabras. Quién sabe. Como un mapa al que le faltaba el último trazo.

***

Al día siguiente, en el mercado, cargaba cestas junto a Killa, la tejedora más vieja de la aldea. El cielo estaba pesado de nubes.

—Tus mapas nos guían al monte —me dijo—. Ya eres de la selva.

—Killa, me llaman de fuera —confesé, con un nudo en el pecho—. Tres empresas, tres países. Todos quieren que me vaya.

Ella me apretó la mano con sus dedos arrugados.

—Quédate, hija. Aquí te queremos —dijo, y después bajó la voz—. Pero si vas, llévate nuestro espíritu. Y si llevas a Liana, déjala volar como un guacamayo.

Esa misma tarde salí a rastrear con Amaru, siguiendo huellas frescas entre el barro.

—Tus flechas son buenas —le dije—, pero son mis mapas los que te traen la presa. Si me voy, ¿quién te guía?

—Si te vas —contestó él, limpiándose el sudor de la frente—, llévate a Liana y quiérela por todos nosotros.

—Vente tú también —reí—. Mapeamos el mundo entero.

—Solo si me dejas a mí primero —guiñó, agarrándose el bulto por encima del taparrabos, y la selva entera pareció reírse con nosotros.

Pero por debajo de las bromas, la duda me crecía como una marea. Liana, mi sangre, mi amor, ¿vendrás conmigo, o me perderé sin ti?

***

Una tarde calurosa, mientras trazaba un sendero nuevo junto a un río que brillaba como un espejo, la radio escupió tres mensajes seguidos. GeoNorte, otra vez, con una cifra todavía más alta y una fecha. TerraNova, exigiendo respuesta inmediata. AndesMap, llamándome leyenda. Tres caminos abriéndose a la vez, y todos lejos de aquí.

Me senté en una roca con la libreta sobre las rodillas. Liana molía yuca cerca, y el golpe rítmico de la piedra era casi un latido.

—No paran, Liana —le dije—. Todos quieren mis mapas. Pero yo solo quiero quedarme contigo.

Ella levantó la vista, el tinte rojo brillándole en la piel.

—Tú haces hablar a la selva con tus mapas —dijo—. Pero si vas, llévame. Quiero quererte en otras selvas también.

Me acerqué, la tumbé sobre la tierra tibia y le abrí las piernas. Le lamí el coño de abajo hacia arriba, largo y lento, hasta que se aferró a mi pelo y dejó de moler. Le chupé el clítoris entre los labios, tirándolo suave, mientras dos dedos entraban y salían de ella con cuidado. Cuando ya se retorcía y me empujaba la cabeza pidiendo más, subí, le puse la polla en la boca un momento para que la ensalivara bien, y después la penetré despacio, hundiéndome hasta el fondo de una sola vez.

Nos movimos sin prisa, como si quisiéramos estirar el tiempo para no tener que decidir. La miraba a los ojos con cada embestida, entrando hasta que nuestros pubis se golpeaban, saliendo hasta la punta, volviendo a hundirme. Ella me acariciaba el coño con la mano libre, metiéndome un dedo mientras me montaba desde abajo, y esa doble caricia me arrancó un gemido animal. Le levanté una pierna al hombro y le di más fuerte, sintiendo cómo se le sacudía el cuerpo entero en cada golpe.

—Correte adentro —jadeó—. Quiero llevarte adentro todo el día.

Le solté toda la leche en el fondo mientras ella se corría a la vez, mordiéndome el cuello, su risa entrecortada apagándose contra mi cuello. Nos quedamos abrazados, todavía unidos, sintiendo cómo la corrida se escurría entre nosotros.

—Contigo voy donde sea —susurró—. Pero la selva es mi sangre.

—Y tú la mía —le respondí.

***

El último atardecer que recuerdo de aquella temporada lo pasamos en un claro lleno de orquídeas salvajes. El aroma de las flores se mezclaba con el de nuestros cuerpos, los monos cantaban arriba como un coro que aprobaba todo, y la luz se volvía naranja entre las copas de los árboles.

Estábamos desnudas sobre una manta, y Liana me tenía a cuatro patas, con la cara contra las orquídeas aplastadas. Se había puesto detrás y me metía dos dedos en el coño mientras me lamía el culo, la lengua caliente entrando y saliendo, preparándome. Después me lo cambió: sus dedos en el culo, su boca en el coño, chupándome mientras yo temblaba como una hoja.

—Ahora yo dentro tuyo —me dijo, y me hizo darme vuelta.

Me acosté de espaldas, le abrí las piernas y ella se me sentó encima al revés, con el coño en mi cara y mi polla en su boca. La lamí desde adentro, hundiéndole la lengua, mientras ella me la mamaba entera, tragándola hasta la base. Le metí un dedo en el culo mientras seguía comiéndosela, y ella pegó un chillido ahogado contra mi polla que me hizo arquear.

—No quiero irme —gemí, agarrándola de las caderas y sentándomela encima de la polla otra vez, mirándola a los ojos mientras se dejaba caer hasta el fondo.

—Quédate. Eres mi sangre —contestó Liana, cabalgándome despacio primero, cada vez más rápido, con las tetas rebotando y una mano en el clítoris frotándose para llegar conmigo.

La agarré de la cintura y empujé desde abajo, follándomela con fuerza, sintiendo cómo su coño chorreaba y me empapaba los huevos con cada embestida. Me la saqué un momento y la puse de costado, entrándole por detrás con una pierna en alto, mordiéndole el hombro mientras le apretaba una teta y le frotaba el clítoris al mismo tiempo. Se corrió así, gritando contra el musgo, y me apretó tan fuerte por dentro que me vacié en tres chorros largos, corriéndome mientras le mordía la nuca.

Todavía dura, la giré una vez más y ella me tomó con la boca hasta el fondo, chupándome limpia toda la corrida mezclada con sus jugos, sin soltarme, despacio, hasta dejarme vacía y temblando.

—Vente conmigo —le supliqué, con el aliento roto—. Mapeamos juntas. Conquistamos el mundo entero.

Ella se rió contra mi piel, esa risa que yo habría seguido hasta el fin del planeta, con los labios brillantes de mí.

—Yo soy selva —dijo—. Pero contigo… tal vez vuele.

Y ahí, entre las orquídeas, con el eco de la radio cortándome el pecho como un machete, supe que no tenía respuesta. Podía quedarme en este templo de carne y barro donde por fin me sentía entera, o dejar que las ofertas del mundo me arrastraran lejos. Lo único que tenía claro era que, fuera cual fuera el mapa que eligiera, no quería trazarlo sin ella.

La abracé hasta que la última luz se apagó. Mañana volvería a crujir la radio. Mañana tendría que decidir. Esa noche, todavía no.

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Comentarios(7)

Yessenia

increible!!! de esas que no pods dejar de leer

ViajeraDeNoche

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas. El final fue demasiado bueno

NikoBaires

Me recordo mucho a algo que vivi en un viaje, ese sentimiento de ser aceptado tal como sos es inexplicable. Muy bien escrito

Tomás_BA

Buenisimo el desarrollo, se lo nota escrito con cariño

AndreaBsAs

Que hermoso relato, me emociono de verdad. Hay algo muy especial en como describe ese proceso de aceptacion, sin apuros y con mucha delicadeza. Ojalá haya continuacion, quiero leer mucho mas con esta pluma.

LauMdq

Tengo curiosidad, ¿esta basado en algo real? Se siente muy autentico

Kike_cba

jajaja la parte de las orquídeas me mató, tremendo detalle ese

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