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Relatos Ardientes

El jugador me descubrió mirándolo desde las gradas

Antes de contar lo que vivo ahora, tengo que confesar de dónde vengo. Mi primer hombre fue mi primo Mateo, muchos años atrás. Él me hizo mujer una tarde de despedida y, sin que nadie lo supiera, lo nuestro duró un buen tiempo hasta que se marchó al extranjero. Yo era apenas una jovencita y me quedé sola, guardando ese secreto como se guarda una brasa: con miedo de que se apague y, al mismo tiempo, de que queme.

Después de él hubo otros. Demasiados, quizá. Ninguno me marcó de verdad. Fueron encuentros fugaces, manos apuradas en cuartos de hotel, hombres que nunca preguntaron mi nombre real ni les importó. Yo me acostumbré a esa vida doble. De día, un varón común y corriente que iba al trabajo y saludaba a los vecinos. De noche, otra cosa. Algo que solo yo conocía.

Hasta que apareció él.

***

Lo conocí en un campeonato de fútbol de barrio. Yo no jugaba, claro. Iba los domingos por la tarde con la excusa de tomar aire, pero la verdad era otra: me gustaba mirar las piernas de los muchachos, sus muslos marcados bajo el short, el sudor en la espalda cuando se sacaban la camiseta al terminar. Me sentaba en las gradas de cemento, con lentes oscuros, fingiendo interés en el marcador.

Entre todos había uno que me robaba la atención. Alto, de cuerpo firme, con una manera tranquila de moverse dentro y fuera de la cancha. Cuando terminaba el partido, él y sus amigos se sentaban a tomar unas cervezas para bajar el calor. Yo lo observaba cada vez que podía, robándole miradas que creía invisibles.

No lo eran. Esa tarde levantó la vista de golpe y me clavó los ojos. No los apartó. Yo me sonrojé y miré hacia otro lado, disimulando, pero él ya se había puesto de pie. Caminó hasta las gradas con una botella en la mano y se sentó a mi lado como si nos conociéramos de siempre.

—¿Te gusto? —me preguntó, sin rodeos.

Sentí que el calor me subía hasta las orejas.

—¿Por qué… por qué me dices eso? —tartamudeé.

—Tranquila —dijo, y esa palabra, tranquila, me desarmó por completo—. Me di cuenta de cómo me mirabas. No me molesta. Si quieres, nos vamos a tomar algo a otro lado. ¿Te parece?

Acepté con un hilo de voz. Él se despidió de sus amigos con naturalidad, recogió su bolso y me esperó unos pasos más allá para que no nos vieran salir juntos. Caminamos hasta un pequeño restaurante de la avenida, de esos con luz baja y manteles a cuadros, donde nadie nos conocía.

***

Pidió dos tragos y brindó por nuestra amistad. Yo tenía las manos frías de los nervios. Estando solos me animé a hablar. Le confesé que sí, que me había gustado desde el primer instante en que lo vi, y que mi forma de vivir nadie la sabía, que todo en mi vida era secreto.

Él no se asustó. Me hizo preguntas con calma, una tras otra, mientras me miraba a los ojos. Le conté que había estado con varios hombres, que mi primer amor había sido un primo que ya no vivía en el país, que después de él vinieron otros que pasaron sin dejar huella.

—Me llamo Andrés —dijo por fin—. Tengo treinta y ocho. Estuve a punto de casarme, pero mi novia me engañó a pocos días de la boda. Desde entonces ando solo.

—Yo tengo cuarenta y cuatro —respondí, y me sorprendió lo fácil que era hablar con él.

Pidió otra ronda. La conversación se hizo más lenta, más íntima. En algún momento su rodilla rozó la mía bajo la mesa y ninguno de los dos se movió.

—¿Te animas a venir a mi departamento? —preguntó—. Queda cerca, en una zona linda. Solo a conversar, si quieres.

Los dos sabíamos que no era solo a conversar.

***

Llegué a la hora que acordamos. Subí hasta el quinto piso y toqué su puerta con el corazón golpeándome el pecho. Me abrió, me tomó de la mano para hacerme pasar y me dio un beso suave en la mejilla. No me lo esperaba. Fue un gesto de caballero, delicado, que me hizo sentir cuidada de una manera a la que no estaba acostumbrada.

Me sirvió un refresco y conversamos un rato en la sala. Después me preguntó si había traído ropa para cambiarme. Le dije que sí, pero que antes quería darme una ducha.

—No hay problema —dijo—. Voy a salir a comprar algo para comer y para tomar. Mientras tanto te alistas.

Me indicó el dormitorio y el baño, y salió. Me bañé despacio, con esa mezcla de vergüenza y deseo que todavía sentía cada vez. Me puse un vestido negro entero que marcaba mi cuerpo, medias de malla, me maquillé con cuidado y me acomodé una peluca que me caía hasta los hombros. Cuando me miré al espejo, por fin me vi como siempre quise verme.

Regresó cuarenta minutos después. Lo escuché entrar y llamarme.

—¿Estás lista?

—Sí —contesté desde el dormitorio—. Estoy aquí.

Se quedó parado en el umbral. Me recorrió de pies a cabeza, sin decir nada, y yo me puse colorada bajo su mirada. Pero en lugar de incomodarme, él sonrió. Me tomó de la mano y me llevó a la sala.

***

Puso música romántica y bajó las luces.

—Bailemos —dijo.

Le rodeé el cuello con los brazos y él me tomó de la cintura. Empezamos a movernos despacio, pegados. Nunca me había sentido tan mujer como en ese momento, descansando la cabeza en su hombro, sintiendo su respiración en mi oído.

—¿Quieres ser mi novia? —murmuró.

—¿Solo por hoy? —pregunté, con miedo de la respuesta.

—Por mucho tiempo —dijo—. Hoy te voy a hacer mi mujer. Eres hermosa.

Me besó en la boca. Su lengua buscó la mía y jugaron juntas mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta mis nalgas y las apretaban. Yo sentía cómo crecía su bulto contra mi cuerpo, cada vez más duro, cada vez más insistente.

Cuando terminó la canción, ahí mismo, de pie, empezó a desnudarme. Me bajó el vestido despacio, me soltó el sostén. Me quedé en tanga, con las medias y los zapatos de tacón. Bajó la boca a mis pechos, los chupó con fuerza, mordió mis pezones hasta dejarme marcas, y siguió bajando por mi vientre con la lengua. La piel se me erizaba entera.

Me dio la vuelta. Recorrió mi espalda y mis nalgas con besos y mordidas suaves. Después me hizo apoyarme en el sofá, de rodillas, y corrió la tanga a un lado. Sentí su lengua entre mis nalgas, abriéndome con las manos, y un escalofrío me sacudió de arriba abajo. Estuve a punto de terminar sin que nadie me tocara.

***

Subió al sofá y acercó su sexo a mi boca. Recién entonces lo vi bien: grande, grueso. Solo una vez había tenido algo así. Me puse nerviosa y empecé despacio, pasando la lengua por la punta. Él se dio cuenta del esfuerzo que hacía.

—Despacio, mi amor, con calma —dijo, acariciándome el pelo—. No te apures.

Poco a poco lo fui recibiendo. Cuando estuvo listo, juntó la saliva en sus dedos y la llevó a mi entrada. Me preparó con paciencia, primero uno, después dos, después tres dedos, dilatándome con cuidado.

—Ya estás lista —susurró.

—Despacio, por favor —le pedí.

Empujó. Al tercer intento entró del todo y se me escapó un gemido entre el dolor y el placer. Yo apretaba para sentirlo entero, llenándome. Él me sujetaba de los hombros y empujaba con fuerza, y a mí se me iba el cuerpo en un orgasmo largo, el más intenso que había tenido nunca. Gemía sin vergüenza, como la mujer que era.

—Qué rica eres —jadeaba él contra mi nuca—. No sabes lo bien que me siento contigo.

Aceleró sus embestidas hasta que se tensó entero.

—Ahora eres mi mujer —dijo, y terminó muy adentro de mí.

Nos dejamos caer en el sofá, yo boca abajo y él sobre mi espalda, los dos sin aire. Después fuimos a la ducha y nos lavamos bajo el agua, riéndonos, besándonos, sus manos recorriéndome de nuevo. Entre el vapor nos perdimos en un beso largo, de esos que no se olvidan.

—¿Te gusta el nombre Lara? —me preguntó, mirándome a los ojos.

—Sí —le dije, con un nudo en la garganta—. Gracias.

Por primera vez alguien me llamaba como yo quería que me llamaran.

***

Ese fue el primero de muchos encuentros. Al tercero ya me pidió que viviéramos juntos, y así lo hicimos. Hoy compartimos un departamento. Los dos trabajamos; yo suelo llegar antes, me preparo, me arreglo. En casa visto como soy de verdad; en la calle sigo siendo un varón normal, porque todavía no me atrevo a salir del clóset frente al resto del mundo.

Pero con él vivo un amor que nunca antes había conocido. Los fines de semana me lleva en el auto a lugares públicos a tomar unos tragos, y la gente apenas se fija cuando me besa. Después entramos a un hotel y hacemos el amor hasta el amanecer. Los domingos nos quedamos en casa, perezosos, viendo televisión y amándonos sin prisa.

Tengo más historias guardadas, recuerdos de tantos hombres que pasaron por mi vida antes de Andrés. Algún día las contaré. Por ahora me quedo con esta, la única que de verdad me hizo feliz. Él no sabe que escribo estos relatos, y prefiero que siga así.

Todo lo que conté es real. Sus comentarios serán bienvenidos, buenos o malos.

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Comentarios (4)

NocheQuieta

Que historia tan bien narrada, me atrapo de entrada!!

SoledadR22

Hay algo muy especial en ese momento de ser descubierta sin decir una palabra... lo capturaste perfecto. Espero que haya mas.

Tomi_RA

Buenisimo!! sigue subiendo relatos asi

Xavi_lector

Me quede con ganas de saber que paso despues. Por favor la segunda parte!

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