Mi guía en Roma escondía algo que me volvió loco
Después de la separación, lo único que me apetecía era irme lejos. Quería poner kilómetros entre mi rutina y los recuerdos de los años que había compartido con Marta, mi ex pareja. Buscando ofertas encontré un paquete a Roma con visitas guiadas y todo organizado. Me pareció perfecto: no tenía ganas de planificar nada, y aunque había estado en la ciudad un par de veces por trabajo, nunca la había visto de verdad. Mis viajes anteriores se habían reducido a salas de reuniones y hoteles en las afueras. Salía en dos días, pero no me lo pensé. Avisé en la oficina, pedí esos días libres y a la hora indicada estaba en el aeropuerto.
Allí nos recibió Andrés, de la agencia, que reunió al grupo y nos dio una serie de instrucciones. En Roma nos esperaría nuestra guía. Eché un vistazo a la gente con la que iba a viajar y me temí lo peor. Yo era, de largo, el más joven; rondaba los cuarenta y el resto eran parejas o grupos de señoras que pasaban holgadamente de los sesenta y cinco. Apasionante.
Pensé que me había equivocado de viaje, pero ya no había vuelta atrás. Nos llevaron a la puerta de embarque y subimos al avión. Miraba a un lado y a otro y todo lo que veía eran grupos parecidos al mío. Por suerte, las azafatas no estaban jubiladas. Qué panorama. Empezaba a deprimirme, y no tanto por el divorcio como por el plan de viaje que me esperaba. Me puse los auriculares y conseguí aislarme del asilo que llevábamos a bordo. No me los quité hasta que anunciaron que aterrizábamos en Fiumicino.
El alboroto al llegar fue de campeonato. Creo que gracias a mí logramos averiguar por dónde salir y dónde buscar a la guía, porque era el único que recordaba las instrucciones del aeropuerto. Tuve que ayudar a una pareja mayor con su maleta, que pesaba como si llevara ladrillos. Haciendo de guía improvisado, conduje al grupo hacia la salida, y allí, a lo lejos, vi a una mujer alta, morena, de pelo negro y rizado, con un cartel donde figuraba el nombre de la agencia. Nos acercamos a ella.
—¿Valentina? —pregunté.
—Sí. ¿Sois el grupo de «Roma esencial»? —respondió.
—Sí, y creo que te traigo a todos. Los vengo guiando desde el avión.
Era guapa, de rasgos muy italianos. Tenía un pecho generoso y unas curvas marcadas, aunque la cadera no era demasiado ancha. De estatura llegaría más o menos a la mía, un metro ochenta y dos, y eso que llevaba unos tacones de cuatro o cinco centímetros.
Esperamos a que el grupo se arremolinara a su alrededor. Cuando calculó que estábamos todos, repasó una lista de nombres a los que cada viajero respondía levantando la mano. El último era yo. No faltaba nadie, menos mal.
—Benvenuti a Roma —dijo en italiano, y enseguida cambió al castellano—: voy a ser vuestra guía estos días en esta ciudad maravillosa.
Tras unas explicaciones la seguimos hasta el autobús que nos llevaría al hotel. Por el camino, a través de la megafonía, nos fue detallando el plan: horarios, recogidas, ese tipo de cosas. Llegamos a un pequeño hotel, más bien un hostal grande, cerca de Termini. Antes de bajar nos explicó cómo hacer el registro y, dada la edad de la mayoría, cómo subirían las maletas a las habitaciones. Hay que reconocer que ese detalle estaba bien pensado.
Yo traía poco equipaje y no necesitaba ayuda, así que me acerqué a decírselo.
—Creo que con mi maleta puedo solo —le dije con una sonrisa, señalándola.
—Ah, perfecto —contestó, riendo—. Así guío con calma al resto.
Me reí con su ocurrencia y me despedí hasta una hora más tarde, cuando nos recogerían para un recorrido nocturno. Subí a la habitación y me di una ducha.
Revisé el móvil y, sin darme cuenta, casi se me pasó la hora. Bajé al vestíbulo, que estaba lleno con el resto de viajeros. Algunos me preguntaban dudas sobre la habitación o sobre el viaje. En realidad me habían adoptado como referencia, lo cual, os anticipo, me vino de maravilla: era la excusa perfecta para acercarme a Valentina.
Al rato llegó el autobús y ella bajó a buscarnos. Subieron todos y yo me reservé un asiento cerca de ella para trasladarle las preguntas que me habían hecho. Durante el recorrido, que duró cosa de una hora, fue narrando lo que aparecía al paso del autobús. Me encantaba su acento y la forma que tenía de expresarse. Llegamos frente a un restaurante donde íbamos a cenar y, como charlábamos, me senté a su lado. Para mí era agradable hablar con alguien más joven, calculaba que rondaría los treinta y cinco, y supongo que para ella, acostumbrada a grupos de jubilados, también lo era. Conectamos bien. La cena fue lo que se supone que es comida típica: pasta.
De vuelta en el autobús, antes de llegar al hotel, le pregunté dónde podía tomar una copa cerca antes de dormir. Me dijo que por Termini no conocía gran cosa, pero me indicó algún sitio en el centro.
—¿Es solo una copa o buscas otro tipo de ambiente? —preguntó, guiñándome un ojo.
—Solo una copa —respondí entre risas—, que vengo cansado del viaje.
Llegamos al hotel y los mayores fueron bajando. Yo me quedé el último y, al despedirme, le pregunté si le apetecía acompañarme. Se excusó: tenía que marcharse con el autobús. Así que pregunté en recepción cómo llegar a uno de los sitios que me había recomendado, en la Via Veneto, y me fui a tomar una copa solo en una terraza antes de volver a dormir.
***
A la mañana siguiente tocaban los foros imperiales y el Coliseo. A las ocho ya estábamos desayunados en la puerta. Valentina esperaba allí, y estaba preciosa. Llevaba una falda suelta hasta la rodilla, una chaqueta azul sobre una blusa blanca, el pelo suelto y bastante más maquillada que el día anterior. Mientras mis compañeros subían al autobús, le pasé algunas de las dudas que me habían planteado, y ella las fue respondiendo por la megafonía. Como los foros estaban cerca, tardamos poco pese al tráfico caótico de Roma. Recorrimos la zona desde el Campidoglio hacia el arco de Tito y salimos hacia el Coliseo, donde hubo que hacer la cola de costumbre. Durante todas las explicaciones no me despegué de ella, y no precisamente por la historia romana.
Terminado el recorrido fuimos a un restaurante reservado junto al Coliseo. Esta vez había menú para elegir, aunque todo seguía siendo «típico italiano». Me puse en sus manos.
—Esto es comida para turistas —me dijo en voz baja—, así que pide lo que más te apetezca.
—Entonces esta noche te invito yo a un sitio que elijas tú, uno que no sea de turistas —me atreví a soltar.
Me dedicó una sonrisa, pero no me dijo que no. Algo era algo. Después de comer, el autobús nos dejó en la Piazza Venezia con la tarde libre hasta las siete. Yo lo que quería era quedarme a su lado, pero di un paseo, me perdí por las callejuelas que salen de la Via del Corso y llegué a la Fontana de Trevi, preciosa y abarrotada. Volví pronto y la encontré sentada en la terraza de una heladería. Charlamos un buen rato a solas hasta que fueron apareciendo los demás cargados de bolsas y helados.
De regreso al hotel, esperé a que se alejaran los últimos para insistir.
—¿Qué hay de lo de cenar fuera?
—Dame media hora y espérame aquí en la puerta —contestó.
Subí a ducharme y cambiarme. Cuando bajé, ella ya había acomodado al grupo en el restaurante del hotel y me esperaba. Cogimos un taxi hasta una zona más nueva de la ciudad, a un pequeño restaurante. Pagó el trayecto y me advirtió:
—Pero la cena la pagas tú, ¿eh?
—Por supuesto —respondí sonriendo—, será un placer.
Nos dieron una mesa pequeña, en la que quedamos muy cerca el uno del otro. Pidió ella por los dos y fuimos probando los platos entre una conversación cada vez más cómoda. Y, sin embargo, algo me decía que Valentina no era una mujer biológica. No es que me importara: en mis años jóvenes había estado con alguna chica trans y había disfrutado mucho. Quizá por eso lo intuía. Tampoco cambiaba nada; me atraía igual o más.
La charla derivó hacia temas más íntimos y, tras pagar yo la cena, dijo que la copa corría de su cuenta. Caminamos hasta un local cercano con música. Empezamos a bailar y yo me pegaba a ella todo lo que podía. No me rehuía; al contrario, de vez en cuando deslizaba la mano por mi trasero. Me fui calentando hasta que, en un rincón más apartado, la sujeté por la cintura y la besé. Ella se lo tomó como un permiso para apretarme contra su cuerpo y comprobar que la tenía dura. Yo no me corté y llevé la mano a su entrepierna. Ahí estaba: su polla también empezaba a endurecerse. En lugar de retirarme, se la masajeé un rato por encima de la ropa.
—Vaya sorpresa más agradable —le dije al oído.
—¿Vamos a mi casa? —susurró.
—Estamos tardando.
***
Salimos casi corriendo y cogimos un taxi hasta un barrio nuevo, a las afueras. Nada más entrar en su piso se quitó la chaqueta y la blusa. Yo le sobaba el pecho mientras ella me desabrochaba el pantalón. Sin apenas darme cuenta, mi polla estaba en su boca. Me empujó contra la pared y empezó a chuparla con ganas, sin pausa.
—Joder, qué bien lo haces —dije, sujetándole la cabeza y marcando el ritmo.
Al rato me llevó de la mano al dormitorio. Se desnudó del todo y yo la imité. Estaba espectacular, y tenía una polla tan grande como la mía, y eso que nunca he tenido quejas. Me tumbó en la cama y siguió con la felación, alternando el ritmo que yo le marcaba con momentos en los que se la tragaba entera hasta hacerla desaparecer.
Llegó el punto en el que tenía que parar o me corría. Se lo avisé y decidió por mí: succionó con más fuerza y, en un par de minutos, me vacié en su boca mientras ella seguía tragando todo. Después subió a besarme y noté el sabor de mi propio semen en sus labios. Llevé la mano a su polla, durísima, y empecé a masturbarla. Ella me guio la cabeza hacia abajo y me dispuse a devolverle el favor. Su sabor era agradable; cada vez que me empujaba para que me la tragara más me venían arcadas, pero ella murmuraba «así, así» y eso me animaba a seguir. Tras varios intentos conseguí pasarla del todo, y entonces me sujetó la cabeza y me folló la boca un rato, hasta que pude respirar.
—Quiero follarte —me dijo.
Saqué su polla de mi boca y me tumbé levantando las piernas.
—Solo ve con cuidado —fue lo único que pedí.
De un cajón sacó lubricante. Me untó y fue dilatándome con los dedos. Cuando entraron sin problema, se puso un condón, se lubricó y apuntó. Al principio molestaba, pero con una pausa y empujando poco a poco logró metérmela entera. Nos quedamos quietos hasta que empezó a moverse, y entonces la molestia se transformó en aquel placer enorme que recordaba.
Valentina bombeaba cada vez más rápido. A mí me llegaban oleadas de gusto; a ella se le iban los ojos en blanco y el pecho le saltaba con cada embestida. Me puso a cuatro patas y se colocó detrás. De un empujón entró otra vez, y mentiría si dijera que no noté una punzada, pero enseguida volvió el placer. Me sujetaba de la cintura mientras embestía. Yo gemía sin contenerme y ella gruñía frases en italiano que no llegaba a entender. Después salió, se tumbó y, en su idioma, me pidió que la cabalgara. Me senté encima y me dejé caer sintiendo toda su polla de golpe. Mientras me movía, ella me agarró la mía, tiesa de nuevo, y me masturbó.
Llegó un momento en que no pude aguantar y me corrí como hacía tiempo que no lo hacía. Mis espasmos la arrastraron a ella, que se vació con fuerza, algo que noté pese al condón. Nos quedamos los dos tendidos, uno al lado del otro.
—Ha sido increíble —dije.
—Sí. Qué culo más rico tienes —respondió.
Charlamos un rato. Me contó que había vivido una temporada en Madrid y que por eso hablaba tan buen español, y añadió entre risas que le gustaban los culos de los españoles. Miramos el reloj: era casi medianoche y a las ocho teníamos otro recorrido. Me vestí, ella llamó a un taxi y me dio indicaciones para el conductor. Llegué al hotel todavía caliente y no me calmé hasta que, bajo la ducha, me masturbé recordando lo que acababa de pasar.
***
Por la mañana bajé pronto a desayunar para recuperar fuerzas. Valentina nos esperaba radiante, y en un descuido en el que nadie miraba me dijo que esa noche la cena la pagaba ella. El día prometía.
Tocaban los museos vaticanos y San Pedro, y por la tarde un recorrido por otras basílicas. San Pablo Extramuros me impresionó de verdad. Como terminamos temprano, aproveché para ducharme y cambiarme, y bajé a buscarla. Fuimos a un aparcamiento, montamos en su Fiat 500 y, por lo poco que conocía la ciudad, supe que íbamos a su casa. Nada más entrar me lancé a besarla, pero me apartó.
—Espera, primero cenamos. Te he preparado algo.
—Pensé que el plato ibas a ser tú —dije, señalando entre sus piernas.
—Todo a su tiempo —contestó, indicándome el paso a un saloncito con la mesa ya puesta.
Se cambió en el dormitorio y reapareció con un vestido largo, azul y muy escotado, que le dejaba una pierna al aire, el pelo recogido y unos stiletto altísimos. Sacó una lasaña vegetal, receta de su madre, y de postre un tiramisú de familia. La chica cocinaba de maravilla.
Puso una música suave y me tendió la mano para bailar. La cogí por la cintura y estuvimos un rato muy pegados, besándonos, hasta que la temperatura subió y mis manos recorrieron todo su cuerpo. Ella hacía lo mismo, deteniéndose en mi trasero. Le bajé los tirantes y el vestido cayó al suelo. Le besé el cuello y descendí hasta el pecho, que saboreé largo rato. Su aroma invitaba a seguir bajando, así que aparté la tela que le quedaba y su polla saltó, ya despierta. Sin esperar me la metí en la boca. Esta vez, con la práctica de la noche anterior, conseguí tragarla entera tras un par de arcadas. Llevé las manos a su espalda y empecé a chuparla notando cómo crecía. Sus gemidos subían de tono hasta que estalló en mi garganta. Apenas saboreé su semen porque casi todo lo tragué, pero lo poco que probé fue delicioso. Alcé la vista y la vi con los ojos cerrados, completamente entregada.
Cuando se recuperó me desvistió para ocuparse de mí. Tras una felación intensa, antes de que me corriera se detuvo, me puso un condón y me ofreció su culo sobre el sofá. Me coloqué detrás y entré despacio, siguiendo sus indicaciones hasta penetrarla del todo. La sujeté de la cintura y empecé a moverme muy suave, y luego cada vez más firme, inclinándome a acariciarle el pecho. Después se sentó al borde del sofá, ofreciéndose. Me arrodillé, volví a clavarla y ella apoyó las piernas sobre mis hombros. En esa postura le di duro mientras le masajeaba los senos. Me pedía más, cada vez más fuerte, con los ojos llenos de deseo, y eso me ponía aún más.
Le avisé de que estaba a punto y me hizo esperar un poco. Para empujar su orgasmo, le sobé la polla y el pecho sin dejar de embestir, hasta que fue inevitable. Al sentir mi corrida ella se vació sobre su propio vientre. Me dejé caer encima y nos besamos hasta levantarnos. Lo habíamos puesto todo perdido. La ayudé a recoger, nos sentamos de nuevo, me sirvió un vino y planeamos el último día: un recorrido a pie por el centro que cansaría a los mayores y la dejaría libre hacia las seis. Era mi última noche en Roma y había que aprovecharla.
***
Al día siguiente todo salió según lo previsto, salvo por un asunto familiar que le surgió y nos impidió vernos al terminar el recorrido. Me quedé sin disfrutar de Valentina mi última noche. A modo de compensación, mientras los demás facturaban en la puerta del hotel, subió un momento a mi habitación y me regaló una despedida que no olvidaré.
Antes de llegar al aeropuerto intercambiamos teléfonos y datos de contacto. De aquello han pasado ya unos meses. En este tiempo he vuelto a Roma alguna vez y ella ha venido a verme a casa. No hay nada sentimental entre nosotros, pero sí mucha química y, sobre todo, muy buen sexo.