Sola frente al espejo toda una tarde de verano
Eran las diez de la noche y llevaba más de seis horas en lo mismo. Estaba agotada de verdad, con las piernas temblando y la respiración entrecortada, pero todavía no quería parar. Me senté un momento al borde de la cama para recuperar el aliento y, mientras lo hacía, recordé cómo había empezado todo aquella tarde de verano.
Habían sido las cuatro de la tarde. Sola en mi departamento, me había plantado frente al espejo del baño para arreglarme con calma, como si tuviera una cita que en realidad no existía. Me pinté los labios de un rojo carmesí que me encantaba, me puse esmalte del mismo tono en las uñas de las manos y de los pies, y me colgué los aretes dorados que reservaba para las ocasiones especiales.
Del cuello me colgaba una cadena fina con una medallita que decía «Sissy», un regalo que me había hecho a mí misma. En las muñecas, un puñado de pulseras de colores que tintineaban cada vez que movía las manos. La lencería era blanca, delicada, de esas que se transparentan apenas con la luz. Tenía las mejillas sonrosadas, el cabello negro y largo cayéndome sobre la espalda, el flequillo recto sobre las cejas y los ojos maquillados con una sombra azul que me hacía la mirada más grande.
Estaba linda de verdad. Tan linda que me saqué una foto solo para recordar lo bonita que me había puesto, y sobre todo para recordar cómo empezaba aquella tarde que se prometía hermosa.
Perfumé el departamento con esencia de lavanda y puse un disco viejo, una banda sonora pornográfica de los años sesenta, de esas que tienen saxofones lentos y gemidos enlatados. Me hacía gracia y me inspiraba a partes iguales.
Hoy nadie va a interrumpirme, pensé mientras me miraba de espaldas por encima del hombro.
Mis nalgas siempre habían sido mi orgullo: suaves, redondas, generosas. Lo fueron desde que era muy joven. Mi verguita, en cambio, era diminuta, casi un detalle, y con los años me había ido convenciendo de que cuanto más zorra me volvía, más se encogía, como si supiera cuál era su lugar. A veces la sentía apenas como un botoncito tibio, un capullo inofensivo que no pedía protagonismo, mientras que el culo se me había hinchado hasta convertirse en el verdadero coño de esta casa.
No me pude contener al verme tan producida. Me bajé la tanga blanca despacio, separé las nalgas frente al espejo y me miré ahí, en esa rajita pequeña y ansiosa que esa tarde pedía atención a gritos. Me pasé un dedo con saliva por encima del ojete, sentí cómo se contraía apenas al tacto, y noté que ya empezaba a mojarse por dentro.
***
Llevaba semanas en abstinencia y el cuerpo entero me lo reclamaba. No era solo ganas; era una urgencia física, una tensión que se me acumulaba en la base de la espalda y no me dejaba pensar en otra cosa. Decidí que esa tarde sería distinta. No quería un encuentro rápido ni a medias. Quería tiempo, paciencia y resultados.
Empecé suave, casi con ternura. Aceite tibio entre los dedos, caricias largas alrededor del ojete, dejando que el músculo se fuera abriendo a su ritmo. La música seguía sonando y yo me movía contra mi propia mano frente al espejo, observándome, estudiando cada gesto de mi cara como si fuera otra persona la que me miraba. Un dedo entró apenas, un dedo entero, dos dedos girando hasta que sentí que el anillo cedía. Me chupé el índice y me lo hundí despacio, retorciéndolo dentro, curvándolo hasta rozar ese puntito hinchado que me hace ver luces cuando lo toco justo.
—Tranquila —me dije en voz baja, con la voz ya ronca—. Tenemos toda la tarde. Vas a quedar bien abierta, puta.
Lo que vino después fue un entrenamiento metódico, casi disciplinado. Tenía un objetivo claro y semanas de abstinencia acumuladas para cumplirlo. Fui de menos a más con una paciencia que no me conocía, sin prisa, escuchando cada señal del cuerpo, retrocediendo cuando dolía y volviendo a insistir apenas el dolor se transformaba en otra cosa.
Tenía una colección de juguetes ordenada sobre la cómoda, del más pequeño al más grande, como quien dispone las herramientas de un trabajo. Empecé por el primero, el más modesto, casi ridículo comparado con el que me esperaba al final. Le eché lubricante encima hasta que chorreó por los costados, apoyé la puntita contra el ojete y empujé con la cadera hacia atrás. Entró de un tirón suave, hasta el fondo, y solté un gemido largo que me sorprendió a mí misma. Lo dejé quieto adentro un rato, apretándolo con el culo, sintiendo cómo el músculo se aferraba a la silicona como si tuviera hambre. Después empecé a moverlo, primero despacio, después con vaivenes más largos, dejando que la punta me golpeara ahí dentro donde nace el placer bueno, ese que me hace babear.
Cada cambio de tamaño era un pequeño desafío. Respiraba hondo, me relajaba a propósito, y volvía a empezar. Había aprendido a leerme: sabía cuándo el ardor era una advertencia y cuándo era solo el preludio de algo mejor. Esa tarde no me equivoqué ni una vez. El segundo consolador me abrió los labios del culo con más ganas, y tuve que morderme el flequillo para no gritar cuando la base me chocó contra las nalgas. El tercero era ya venoso, curvo, con relieves que se me clavaban en las paredes internas de una forma que me hacía llorar de gusto. Me lo metí en cuatro patas contra el borde de la cama, empujándome contra él, follándome sola con una violencia calculada, sintiendo cómo la corridita se me armaba y se me deshacía sin llegar a estallar porque yo misma se lo prohibía.
—Todavía no —jadeaba entre dientes—. Todavía no te vas a correr, putita, todavía te queda mucho por tragar.
Entre uno y otro me detenía a mirarme en el espejo, a recolocarme el pelo sudado detrás de la oreja, a comprobar cómo el maquillaje impecable de las cuatro empezaba a rendirse. Había algo hipnótico en ver cómo la nena perfecta de la foto se iba deshaciendo de a poco, y cuanto más se deshacía, más me gustaba lo que veía. Me separaba las nalgas con las manos y observaba mi ojete quedando cada vez más abierto, más rojo, más obsceno, como una boquita hinchada que pedía más.
—Un poco más —me susurraba cada vez que pensaba en parar—. Solo un poco más, puta, un poquito más gruesa.
Las horas se me fueron sin sentirlas. La luz de la tarde fue cambiando de color en las paredes, primero dorada, después naranja, y yo seguía concentrada en mi tarea, sudando, jadeando, perdiendo de a poco la compostura de aquella nena perfecta que se había fotografiado a las cuatro. La lencería blanca había quedado tirada en un rincón, empapada de lubricante, y yo me follaba desnuda contra los espejos, contra las almohadas, en todas las posiciones que se me ocurrían, ensayando entradas y salidas como quien practica una coreografía.
A eso de las nueve de la noche llegué al éxtasis. Estaba cabalgando un consolador enorme, el más grande que había comprado nunca, un mostro grueso, largo, negro, con venas gordas tallada a mano y una cabeza que abría paso a la fuerza. Lo tenía succionado por ventosa al asiento de la silla, y yo estaba encima, en cuclillas, con las manos aferradas al respaldo, en un sube y baja frenético que me sacudía entera. Cada bajada me arrancaba un quejido gutural; cada subida me dejaba el ojete brillando de lubricante, dilatado hasta un tamaño que no reconocía como mío. Me obligaba a bajar hasta el fondo, hasta sentir la base golpearme el perineo, y me quedaba ahí unos segundos, empalada, contorsionándome para que la punta me tocara todo lo hondo que se pudiera.
En mi cabeza no estaba sola: imaginaba a un hombre grande detrás de mí, sosteniéndome de las caderas, embistiéndome sin tregua, gruñéndome en la oreja «tomá, puta, tragátela toda, hasta el fondo», hasta dejarme sin aire. Imaginaba su polla real, caliente, palpitando dentro de mí, escupiendo dentro sin condón, llenándome las tripas de leche espesa. Me pasé una mano por el pecho, me apreté un pezón hasta hacerme daño, y con la otra me agarré la verguita chiquita y la sacudí apenas, porque sabía que si la tocaba mucho iba a acabar antes de tiempo.
Abrí los ojos y me miré en el espejo, devorando esa imagen venosa y oscura que se hundía en mí una y otra vez. Verme así, montada, entregada, con la boca abierta, la lengua afuera y la mirada ida, fue lo que terminó de hacerme estallar. Un chorro tibio me salió disparado de la verguita sin siquiera tocarla, un orgasmo anal en toda regla que me subió por la columna como una descarga eléctrica.
El placer me recorrió de abajo hacia arriba, una ola larga que me dobló sobre mí misma y me dejó sin fuerzas en las rodillas. Seguí bajando y subiendo unos segundos más por pura inercia, exprimiéndome hasta la última gota, dejando que el consolador me raspara las paredes ya hipersensibles. Me quedé un rato así, abrazada al respaldo de la silla, con la cabeza colgando, sintiendo cómo el corazón me golpeaba en las sienes y el sudor me corría por la espalda hasta juntarse con la corridita y el lubricante entre las nalgas. La música seguía sonando, ajena a todo, marcando un compás lento que ya no tenía nada que ver con el ritmo frenético de mi cuerpo.
Tardé en recuperarme. Cuando por fin pude tenerme en pie, me temblaban las piernas como si hubiera corrido kilómetros, y al levantarme del juguete sentí el vacío obsceno de algo tan grueso saliéndome de adentro. Un hilo de lubricante y semen mío me chorreó por la parte de atrás del muslo. Y sin embargo, por debajo del agotamiento, sentía esa satisfacción tibia y profunda de haber llegado exactamente adonde quería llegar.
***
Ahora era de noche. La luz ya no entraba por la ventana; solo quedaba la lámpara baja del rincón y el resplandor azulado del extractor del baño. La música seguía sonando, indiferente. El aroma a lavanda había desaparecido hacía rato, reemplazado por una mezcla densa de sudor, sexo, lubricante y piel caliente que lo impregnaba todo.
Me levanté con las piernas flojas y volví al espejo, el mismo donde seis horas antes me había encontrado tan bonita. La diferencia me cortó la respiración un segundo.
El maquillaje estaba corrido, los ojos manchados de sombra azul derretida, los labios desdibujados. Tenía rastros de mi propia corridita en la cara y en la boca, porque en algún momento del delirio me había chupado los dedos después de tocarme, y la sola visión me provocó un escalofrío que no supe si era de vergüenza o de orgullo. Estaba completamente desnuda, despeinada, irreconocible.
Me di vuelta para mirarme de espaldas, me agaché apenas y me abrí las nalgas con las dos manos. Las tenía enrojecidas, ardiendo, y el ojete me palpitaba con un dolor sordo y placentero a la vez, todavía sin cerrarse del todo, como una florcita obscena que había quedado floja después de tanto uso. Pero ahí estaba la prueba de la tarde: por fin lo había conseguido. Después de semanas insistiendo, había logrado abrirme como quería, dilatarme hasta donde nunca antes. Sentí una mezcla extraña de cansancio y satisfacción, esa clase de orgullo tonto que da haber cumplido una meta privada que nadie más entendería.
Mi cara era un desastre delicioso. Los pezones los tenía hinchados y sensibles, moradosos de tanto pellizcármelos, las piernas no terminaban de dejar de temblar, y mi verguita, irritada y diminuta, seguía goteando apenas un hilito claro que se me pegaba al muslo. En resumen, había sido una tarde maravillosa de entrenamiento, con buenos resultados, y aquel cuerpo deshecho en el espejo me lo confirmaba.
Mírate cómo quedaste, puta, pensé, y la idea, en lugar de avergonzarme, me hizo sonreír.
***
A las diez y media me metí en la ducha. El agua tibia cayéndome por la espalda me relajó tanto que apenas terminé de secarme me dejé caer en la cama, y me quedé profundamente dormida sin darme cuenta.
Me desperté a las dos de la madrugada, desorientada, con la boca seca. Fui a la cocina, me serví un vaso de agua y, casi por inercia, prendí la televisión. Caí en un canal que pasaba una película porno: dos chicas trans en una doble penetración interminable, con dos vergas gordas partiéndoles el culo al mismo tiempo, hilos de saliva colgando de las bocas y semen goteándoles del mentón. Me quedé pegada, hipnotizada por esas caras de gozo absoluto, por la forma en que los ojetes se estiraban obscenos alrededor de las pollas y las devoraban sin queja.
No debí mirarla. Esos gestos de placer me pusieron a mil otra vez. Recordé cómo me había visto unas horas antes, doblada frente al espejo, deshecha y feliz, con el culo abierto como una boca hambrienta, y la sola memoria me encendió de nuevo. Me metí la mano entre las piernas casi sin pensarlo, me toqué el ojete todavía flojo por encima del pijama, y noté que se abría al mínimo roce, pidiendo más. El cuerpo, que se suponía agotado, volvió a despertarse como si la tarde no hubiera bastado.
Pero esta vez no quería el espejo. No quería el consolador ni la soledad de mi departamento. Quería algo de verdad. Quería carne caliente, quería peso encima, quería una polla de verdad palpitándome adentro y una boca sucia diciéndome cosas al oído mientras me rompía.
Me levanté con una decisión que me sorprendió a mí misma. Saqué del armario un vestido rojo ajustado, tan corto que apenas me tapaba las nalgas, y me lo puse a piel, sin bombacha, para no tener que dar explicaciones después. Me calcé unos tacos altos, agarré una cartera pequeña y me arreglé apenas lo justo: un poco de base para tapar el desastre de antes, los labios otra vez rojos, el pelo recogido en un gesto rápido. No necesitaba estar perfecta. Necesitaba estar disponible.
Me miré por última vez antes de salir. La nena de las cuatro de la tarde había vuelto, pero distinta: con la mirada más sucia, más segura, sin la inocencia de la foto. Esta versión sabía lo que quería y no pensaba conformarse con un consolador.
No iba a arriesgarme con cualquiera. Esta vez no buscaba un hombre tímido ni a medias. Quería grosor, quería longitud, quería contundencia de verdad después de tantos días de abstinencia y de tantas horas de entrenamiento. Quería una verga gorda que me pusiera a prueba el trabajo de la tarde, que aprovechara ese ojete recién dilatado y me lo llenara de leche caliente hasta desbordar. Sabía exactamente en qué disco encontrar lo que buscaba.
Cerré la puerta del departamento a mis espaldas y bajé las escaleras con los tacos resonando en el silencio de la madrugada, sintiendo cómo el aire fresco me subía por debajo del vestido y me acariciaba las nalgas desnudas. La calle estaba fresca, casi vacía, y el aire de la noche me erizó la piel apenas salí. Caminé desinhibida, decidida, sintiéndome la mujer más deseable del mundo en aquel vestido rojo, con el culo todavía palpitando bajo la tela y la certeza de que esa noche no iba a dormir sola.
Pero esa, queridos, ya es otra historia. Les mando un beso.