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Relatos Ardientes

Con minifalda en el cine Imperial

Hola otra vez, papitos. Aquí estoy de nuevo con otra de mis confesiones, y esta es de las que todavía me hacen temblar las piernas cuando la recuerdo. Espero que la disfruten tanto como yo disfruté vivirla.

En ocasiones anteriores ya había ido al cine Imperial, ese viejo cine de la avenida que de día proyecta películas que nadie ve y de noche se llena de hombres buscando lo que no encuentran en casa. Siempre iba a lo mismo: a que los señores activos me manosearan, a mamar un rato y a sentirme deseada en la oscuridad. Pero hasta entonces solo me había animado a llevar una tanguita debajo del pantalón, escondida, como un secreto que solo yo conocía.

Desde niño me ha excitado muchísimo vestirme de mujer. Es algo que llevo dentro, que no se apaga por más que pasen los años. Y aquella noche decidí dar un paso más. Metí en la mochila una minifalda cortita, de rayas rosas y negras, de esas que se pegan al cuerpo y se ajustan a las nalgas como una segunda piel. Me encanta cómo me queda: deja las piernas completamente descubiertas, y mis piernas son lo que más elogios me ha valido.

Muchos machos me lo han dicho al oído mientras me sobaban en la penumbra: tienes unas piernas riquísimas, nena. Y eso me vuelve loca. Saber que algo de mi cuerpo enciende a un hombre desconocido es una droga que no quiero dejar.

Entré al cine con el corazón acelerado. Pagué la entrada sin mirar a la cara al taquillero y busqué una zona apartada para cambiarme. Es imposible que los hombres no detecten cuándo una travesti se está cambiando; lo huelen, lo presienten. Mientras me bajaba el pantalón sentí varias miradas clavadas en mí desde los rincones oscuros. Estaba nerviosa, era mi primera vez con minifalda en un cine lleno de machos calientes, pero el deseo de sentirme mujer pudo más que el miedo.

Terminé de subirme la minifalda. Arriba llevaba una sudadera negra y una gorra que me ocultaba media cara. Respiré hondo y empecé a caminar por los pasillos.

No hay palabras para describir esa sensación. La tela rozándome los muslos a cada paso, el aire fresco en las piernas desnudas, y la certeza de que decenas de ojos me seguían en la oscuridad. Caminaba despacio, contoneándome un poco, dejando que la falda hablara por mí. Estaba excitadísima y feliz, más viva que nunca.

***

No tardaron en acercarse. Un hombre alto me cerró el paso en un recodo del pasillo y me puso la mano en la cintura. Yo no me resistí. Bajó la palma hasta mis nalgas y las apretó por encima de la falda mientras yo, con disimulo, buscaba su bulto y lo acariciaba sobre el pantalón. Así funciona esto: sin nombres, sin palabras, solo manos y respiraciones agitadas.

Le puse un condón con cuidado y me arrodillé en la oscuridad para mamársela. Nunca he buscado la penetración, eso no es lo mío. Lo que me enloquece es esto: que me manoseen, sentirme usada con cariño, mamar protegida y saber que le doy placer a un desconocido. Cuando terminó, me limpié los labios con el dorso de la mano y seguí caminando, todavía caliente, buscando más.

El cine olía a humedad y a perfume barato. La pantalla parpadeaba al fondo, iluminando a ráfagas las siluetas de hombres apoyados contra las paredes, esperando, mirando. Cada vez que pasaba frente a uno, sentía cómo se incorporaba un poco, cómo seguía mis piernas con la vista. Esa atención muda me embriagaba más que cualquier caricia. Caminaba lento, dejando que la minifalda se balanceara, jugando a hacerme la difícil aunque por dentro ardía.

Fue entonces cuando lo noté. Un señor ya maduro, delgado, con un sombrero de paja que desentonaba con la penumbra del cine, daba vueltas y vueltas por los pasillos sin decidirse. Me llamó la atención porque no hacía nada: solo caminaba, se detenía cuando veía cómo me sobaban otros hombres, y volvía a alejarse. ¿Será pasivo o activo?, me pregunté. Y deseé con todas mis fuerzas que fuera activo.

Lo observé de reojo durante un buen rato. Tenía algo, una calma que los demás no tenían. Los otros iban directos, ansiosos, con las manos por delante. Él era distinto. Parecía estar eligiendo.

***

En un momento me quedé sola en un rincón, apoyada contra la pared, recuperando el aliento. Y entonces pasó. El señor del sombrero se detuvo a mi lado, despacio, sin prisa. No dijo nada. Solo me tomó de la mano con una firmeza suave y me jaló hacia las butacas del fondo.

Me dejé llevar. El corazón me latía en la garganta. Me senté en una butaca y la minifalda se me subió sola, dejando mis muslos completamente al descubierto bajo el reflejo azulado de la pantalla. Apenas me acomodé, el maduro se me abalanzó encima.

Parecía un pulpo. Tenía manos por todas partes. Me acariciaba las piernas de arriba abajo, me apretaba el pecho por encima de la sudadera, me buscaba el cuello con los labios. Yo me derretía, encantada, dejándolo hacer lo que quisiera conmigo. Me besaba la garganta, me mordía suave la oreja, y yo no podía parar de gemir bajito.

—Así, papito —le susurraba con mi voz más femenina—. Así me encanta, hmm…

Intenté buscarle la verga para devolverle el favor, pero me apartó la mano con delicadeza. Lo entendí enseguida. Perfecto, si solo quieres fajarme, por mí está bien. Y volví a abandonarme a sus caricias.

Entonces hizo algo que ningún hombre había hecho conmigo. Empezó a besarme el cubrebocas que llevaba puesto, y con el mentón lo fue bajando poco a poco, hasta que su boca encontró la mía. Yo nunca había sido besada por un hombre. Me quedé rígida un instante, con los labios apretados, sin saber qué hacer.

Pero estaba demasiado excitada para resistirme. De a poco fui cediendo, y cuando menos lo esperaba ya tenía la boca abierta recibiendo su lengua, devolviéndole el beso con un hambre que no sabía que tenía. Fue distinto a todo lo demás. Más íntimo. Más peligroso.

Estuvimos así un largo rato, perdidos el uno en el otro, mientras en la pantalla pasaba una película que nadie miraba. Sus manos no descansaban. Mi respiración era un desastre.

Me gustaba que fuera maduro. Tenía paciencia, sabía esperar, no me trataba como un objeto al que vaciar y desechar. Me acariciaba como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si de verdad le importara hacerme sentir. Yo me derretía contra su cuerpo delgado, dejando que el sombrero de paja me rozara la frente cada vez que se inclinaba a besarme el cuello. En medio de toda la suciedad de aquel cine, lo que él me daba se parecía peligrosamente a la ternura.

***

—Párate y voltéate —me dijo al oído, con una voz ronca que apenas se entendía.

Obedecí sin pensarlo. Me levanté, me apoyé en el respaldo de la butaca de enfrente y le ofrecí las nalgas. Él me las sobó con las dos manos, separándolas, susurrando cosas que no alcanzaba a descifrar. Luego sentí sus dedos buscando entre mis piernas, deslizándose, encontrándome ya mojada de tanta calentura.

Cuando me metió el primer dedo, se me escapó un gemido que tuve que tragarme. Empujó otro. Yo me mordía el labio, temblando, con la minifalda arremangada en la cintura y el frío del cine erizándome la piel. No aguanté más. Llevé mi propia mano entre mis piernas y empecé a masturbarme ahí, de pie, mientras aquel desconocido maduro me penetraba con los dedos en la penumbra.

Fue rápido. Demasiado rápido. La acumulación de toda la noche —las miradas, las manos, el beso prohibido— se me juntó de golpe. Sentí cómo me subía desde el vientre, imparable, y me dejé venir sin contenerme.

Aquella venida me sorprendió incluso a mí. Fue larga, intensa, de las que te dejan las piernas flojas y la mente en blanco. Tanto, que al terminar me dio una vergüenza absurda. Me bajé la falda como pude y, sin mirarlo, me escabullí a otra fila de butacas, roja hasta las orejas.

***

El maduro no se rindió tan fácil. Me siguió hasta el otro extremo del cine y se sentó a mi lado, dispuesto a continuar el faje. Me puso de nuevo la mano en el muslo. Pero al darse cuenta de que yo ya había terminado, de que el temblor se me había pasado, suspiró y se acomodó el sombrero.

—Bueno —dijo, dándome una palmadita en la pierna—. Entonces ya vete a tu casa, nena.

Y así, tan sencillo, se levantó y se perdió entre los pasillos.

Yo, toda tonta y todavía aturdida por el orgasmo, me cambié el pantalón en un rincón, guardé la minifalda en la mochila y salí a la calle. El aire de la noche me golpeó la cara y recién entonces caí en cuenta de la estupidez que había cometido: no le pedí su número, ni un apodo, ni nada que me permitiera volver a encontrarlo. Lo había dejado escapar como una novata.

Han pasado semanas y todavía pienso en él. En sus manos de pulpo, en su voz ronca, en ese beso que me robó la boca por primera vez. Ojalá algún día, en alguna de mis vueltas por los pasillos del cine Imperial, vuelva a aparecer aquel sombrero de paja dando vueltas en la oscuridad.

Y si pasa, papitos, les prometo que esa vez no lo dejaré ir tan fácil.

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Comentarios (5)

TainiF

Que relato tan lindo, se siente cada emocion!! gracias por compartirlo

ClaraDelRio

Me encanto como narraste ese momento, se nota que viene de adentro. Sigue escribiendo!

mati_noc

quede con ganas de leer mas, esperando la continuacion!

SoledadB_lectora

Que valiente lo que describis, ese momento caminando entre los pasillos se siente tan intenso. Ojala sigas contando mas de esa noche.

PabloZB

buenisimo, increible relato!!

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