La apuesta que me convirtió en la flor más bella
Esa mañana el frío entraba por las ventanas de la cafetería y yo desayunaba solo, como casi siempre desde que me había cambiado de universidad a mitad de carrera. Tenía veintidós años, un cuerpo delgado, la piel pálida y una sola cosa que nunca me dejó pasar desapercibido: las pestañas. Largas, rizadas, demasiado para un hombre, según los que se reían a mi espalda diciendo que usaba rímel. Yo había aprendido a bajar la mirada cuando alguien las miraba de más.
—Hola, Adri, ¿podemos sentarnos contigo? —Valeria apareció con la bandeja en una mano y el teléfono en la otra.
—Claro, acabo de llegar —dije, y aparté mi mochila para hacerles sitio.
Valeria y Romina eran las únicas que me habían tratado bien desde el primer día. Las dos populares, de las que organizan fiestas y eventos, de las que conocen a todo el mundo. Valeria era alta y atlética, con el pelo castaño y luces rubias; Romina, más baja, de curvas pronunciadas y una sonrisa que cambiaba de dulce a perversa en un segundo. Juntas eran imparables.
—Oye —dijo Romina dejándose caer en la silla—, ¿tú sabías que este año nos toca a nosotras organizar lo de la reina del campus?
—Ni idea de qué es eso —admití.
—El concurso de la facultad. Cada grupo disfraza de mujer a uno de sus compañeros y lo presenta en el escenario. Empezó como una broma de Halloween hace diez años, pero ahora es casi un certamen de belleza en serio. Desfile, vestuario, pasarela. El grupo que gana se lleva un fin de semana pagado en la costa.
—Y nuestro candidato nos dejó plantadas ayer —añadió Valeria con cara de tragedia—. El mes que viene es el concurso y no tenemos a nadie.
Yo seguía comiendo, ajeno, sin entender por qué me lo contaban a mí. Levanté la vista justo cuando Romina me miraba, y por puro reflejo parpadeé. Fue como si le hubiera encendido una bombilla en la cabeza.
—Val… —dijo despacio, sin apartar los ojos de mi cara—. Mírale las pestañas.
Valeria se giró. Las dos me observaron en silencio, evaluándome, como quien mide una tela antes de cortarla. Sentí calor en la nuca.
—No —dije—. Ni se les ocurra.
—Adri, por favor —Romina juntó las manos—. Tienes la estructura perfecta. Delgado, fino, esas pestañas… con un poco de trabajo nuestro y algo de actitud tuya, ganamos seguro.
—Es ridículo. No me imagino subido a un escenario vestido de mujer.
—No tienes que imaginarte nada —dijo Valeria—. Para eso estamos nosotras. Solo dinos que sí.
***
Dije que no durante más de una hora. Dije que no de todas las formas posibles, y aun así terminé cediendo, más por no decepcionarlas que por creer en el plan. Acordamos hacer una prueba el sábado, en casa de Valeria. Si el resultado era un desastre, lo dejábamos y las ayudaba a buscar a otro. Me pareció justo. Estaba convencido de que, en cuanto me viera ridículo en el espejo, todo el asunto se acabaría solo.
El sábado llegué a las diez y veinte. Valeria me abrió con ropa de gimnasio, unos leggings rosados y una sudadera enorme, el pelo recogido y la cara recién lavada. Olía a crema y a café.
—Pensé que me dejabas plantada tú a mí —dijo riendo—. Romina viene tarde, hay tráfico. Mis padres salieron y mi hermano está en su partido, así que tenemos la casa para nosotros. Sube, es la primera puerta.
Su habitación era un mundo en tonos pastel, ordenado hasta el último detalle. Nunca había estado en el cuarto de una chica de esa manera, sin más motivo que estar ahí. Me senté en el borde de la cama mientras ella desaparecía un momento, y miré el tocador del fondo, lleno de frascos y pinceles que yo no sabía nombrar.
—Bueno —dijo al volver, frotándose las manos—. La idea es probarte ropa para ver tus medidas y hacerte un maquillaje sencillo, para que veas de lo que somos capaces. Solo te pido una cosa: que confíes en mí y que no te dé vergüenza. Hoy somos dos chicas probándose ropa, ¿vale?
—Vale —dije, aunque la voz me salió más insegura de lo que pretendía.
Me pasó unos leggings negros y una sudadera ancha y se giró hacia la pared para que me cambiara. Me costó meterme en aquella tela elástica que se ceñía a cada centímetro de mi cuerpo, pero cuando me miré, la silueta era distinta, más estilizada de lo que esperaba.
—A ver —dijo Valeria volviéndose—. Mírate. No está nada mal. La talla es la nuestra, lo sabía.
Justo entonces entró Romina, agitada por las prisas, y me observó de arriba abajo con ojo clínico.
—El leggings está bien, pero con ropa interior de hombre se marca todo y no hay pecho —sentenció—. Si vamos a hacer esto, lo hacemos en serio. Adri, quítate eso otra vez.
—Esperen —dije, sintiendo que el corazón me latía más rápido—. Una cosa es ponerme su ropa, y otra es…
—Confía —dijo Romina, y sacó de su bolso un sujetador con relleno y un par de braguitas negras, lisas, suaves—. Esto es lo de menos. Lo importante es la actitud. Ve al baño si te da pena.
Fui al baño. Me quedé un buen rato mirando aquellas prendas en mis manos antes de atreverme. Cuando por fin me las puse, la tela fría contra la piel me provocó un escalofrío que no supe interpretar. No era vergüenza, exactamente. Era otra cosa, un cosquilleo que me subía por la espalda y que decidí ignorar.
—No puedo con el sujetador —admití al salir, derrotado—. Ayúdenme.
Romina se rió, pero no con burla.
—Ven aquí, novata. Primero lo abrochas delante, luego lo giras y ajustas los tirantes. —Sus dedos rozaron mi espalda mientras lo cerraba, y noté su aliento cerca de mi nuca—. Listo. Madre mía, mírate. Qué cambio.
Me puse de nuevo el leggings y la sudadera sobre el relleno, y esta vez, cuando me miré en el espejo de cuerpo entero, algo se movió por dentro. Las formas estaban ahí. La curva de la cadera, el volumen del pecho, la cintura marcada. Por un segundo no me reconocí, y ese segundo se alargó más de lo que quise admitir.
—Esa es la actitud, princesa —dijo Valeria—. Ven, vamos al tocador. Ahí empieza la magia.
***
El maquillaje fue un proceso largo y extrañamente íntimo. Me hicieron cerrar los ojos, echar la cabeza hacia atrás, separar los labios. Sentía los pinceles deslizarse por mi piel, los dedos de Valeria sujetándome el mentón, el cosquilleo del rímel —aunque, según ellas, mis pestañas casi no lo necesitaban—. Romina trabajaba de cerca, tan cerca que cada vez que se inclinaba sobre mí me llegaba el olor de su perfume terroso y cálido. No me dejaban mirar.
—Quieto, Adri —murmuraba ella—. No abras todavía. Eres muy buen lienzo, ¿lo sabías?
Había algo en su voz, en la manera en que decía mi nombre como si ya no fuera del todo mío, que me erizaba la piel. Cuando me daban la vuelta para ajustar un detalle, sentía las miradas de las dos recorriéndome, y no me molestaban. Al contrario. Empezaba a gustarme que me miraran así.
—Listo —dijo Valeria por fin, soltando el espray fijador—. Abre los ojos. Conoce a la flor más bella.
La chica que me devolvió el reflejo no era yo. O sí lo era, pero limpiado de todo lo que me sobraba. Los pómulos resaltados, los labios en un rosa pálido, los ojos enormes enmarcados por esas pestañas que toda la vida había maldecido y que de pronto eran la pieza central de un rostro femenino, suave, atractivo. Tardé casi cinco minutos en poder hablar.
—¿Soy yo? —fue lo único que conseguí decir.
—Eres tú, beba —dijo Romina, apoyando la barbilla en mi hombro desde atrás para que apareciéramos las dos en el espejo—. Y eso que esto es solo la prueba. Tu cara lo confirma: ya ganamos.
Sentía su pecho contra mi espalda, sus manos posadas en mis caderas. Valeria se arrodilló frente a mí y, sin pedir permiso, me deslizó un vestido negro por encima de la cabeza, ajustándolo hasta que abrazó cada nueva curva.
—Ahora el casual romántico —dijo, alisándome la tela sobre los muslos con las palmas abiertas, despacio, más despacio de lo necesario—. ¿Ves cómo cae? Pareces hecha para esto.
El roce de sus manos me cortó la respiración. Y entonces ocurrió lo que llevaba media hora temiendo: el leggings ya no estaba para disimular nada, y bajo el vestido se notó, evidente, lo mucho que mi cuerpo estaba disfrutando de todo aquello. Me puse rojo bajo el maquillaje.
—Lo siento —balbuceé—. No quería…
Pero ninguna de las dos se rió. Valeria, todavía de rodillas, levantó la vista hacia mí con una sonrisa que no tenía nada de inocente. Romina apretó un poco más los dedos en mis caderas.
—No te disculpes —susurró Romina contra mi oído—. Es lo más sincero que has hecho en toda la mañana.
Valeria se incorporó sin prisa, recorriéndome con los ojos de los pies a la cabeza, y se acercó hasta que su nariz casi tocó la mía.
—El concurso es dentro de un mes —dijo en voz baja—. Tenemos mucho que enseñarte. Cómo caminar, cómo sentarte, cómo dejar que te miren. —Su mano subió por mi costado, sobre la tela del vestido, hasta rozar el borde del sujetador relleno—. Y cómo disfrutarlo.
—Yo… no sé si sabré —dije, y mi voz salió más aguda, más temblorosa, casi sin querer.
—Por eso estamos nosotras —dijo Romina, girándome despacio para quedar las tres frente al espejo, ella detrás, Valeria al lado—. Mírate bien. Esta de aquí ya no quiere irse. Lo veo en tus ojos.
Y tenía razón. Miré a la chica del reflejo —porque ya pensaba en ella en femenino, sin esfuerzo— y supe que no había vuelta atrás. El sábado había venido a demostrarles que su plan era absurdo. Me iba de allí contando los días para la siguiente clase, para el siguiente vestido, para la siguiente vez que sus manos me recordaran quién era yo en realidad cuando dejaba de fingir.
—Mañana otra vez —dijo Valeria besándome la mejilla, con cuidado de no correrme el labial—. Y la próxima, princesa, te enseñamos lo que de verdad importa.
No respondí. Me limité a sostener la mirada de aquella desconocida en el espejo, que sonreía como si me hubiera estado esperando toda la vida.