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Relatos Ardientes

La azafata que compartimos en nuestro viaje de bodas

Ilustración del relato erótico: La azafata que compartimos en nuestro viaje de bodas

Marisol y yo, Adrián, llevábamos juntos los años suficientes como para haber estado a punto de tirarlo todo por la borda. Nuestra vida en la cama se había apagado tanto que un día nos sentamos a hablar en serio, sin reproches, y entendimos que o nos reinventábamos o terminaríamos siendo dos extraños bajo el mismo techo. Nunca dejamos de querernos; ese nunca fue el problema. El problema era la rutina, y a la rutina decidimos declararle la guerra.

Empezamos despacio. Cambios de rol, juguetes nuevos, fantasías que antes ni nos atrevíamos a decir en voz alta. Cada cosa que probábamos la hacíamos por el otro, por ver al otro disfrutar, y eso nos fue acercando de una forma que no esperábamos. Con el tiempo apareció una idea que rondaba a los dos: meter a una tercera persona en el juego. Lo hablábamos, nos calentábamos hablándolo, pero siempre nos frenaba el miedo a que después nada volviera a ser igual.

Por el nacimiento de nuestra hija nunca habíamos tenido un verdadero viaje de bodas. Ahora que la niña ya tenía edad para quedarse unos días con mis suegros, decidimos que era el momento. Reservamos diez días en Cancún, al otro lado del mundo, donde no nos conocía absolutamente nadie.

Antes de seguir, conviene que sepáis cómo somos. Yo tengo cuarenta y cuatro años, mido un metro setenta y cinco, espalda ancha y brazos fuertes por genética. Me afeito la cabeza por gusto y solo dejo una barba corta que recorto cada semana. No soy un adonis, pero según Marisol soy de los que resultan. Ella también tiene cuarenta y cuatro, es alta, castaña, de piernas largas y un cuerpo que se ganó a pulso en el gimnasio después de ser madre. Tiene unos ojos marrones enormes y una piel que da gusto recorrer con la boca. Es, sencillamente, preciosa.

Para el viaje la llevé de compras. Le elegí tres bañadores diminutos, de esos que ella jamás se habría puesto en casa por no llamar la atención: uno amarillo intenso, uno negro de tanga brasileño y uno blanco atado a los lados. En el probador, viéndola girar frente al espejo, terminé empalmado y disimulando. Ella se rió de mí por el espejo, sabiendo perfectamente lo que provocaba.

—Solo me los pondré porque allí no me conoce nadie —dijo, mordiéndose el labio.

***

El día del vuelo la esperé en la puerta de casa con las maletas y los billetes en la mano. Le grité que se diera prisa o perderíamos el avión. Cuando bajó por las escaleras me quedé sin palabras. Llevaba un top negro que era poco más que una banda elástica, un pantalón vaquero cortísimo que dejaba ver el inicio de las nalgas y unas sandalias de cuero atadas hasta media pierna. Notó mi cara y me dedicó su sonrisa más pícara.

En el aeropuerto, mientras esperábamos en la cafetería, Marisol se levantó a por una revista. Desde lejos comprobó que la seguía con la mirada. Entonces se agachó de frente a mí, abrió las piernas más de lo necesario, dejó que la punta de sus dedos subiera por su muslo y se demorara un instante sobre el pubis antes de dibujar un círculo sobre sus pezones por encima de la tela. Me guiñó un ojo. Aquel viaje prometía.

Cuando subimos al avión me di cuenta de que casi todos los pasajeros éramos parejas, algo lógico por el destino. Nos tocaron asientos delanteros, con sitio para estirar las piernas. Despegamos sobre las nueve y media de la noche, cenamos algo ligero y, cuando retiraron las bandejas, Marisol pidió una manta para los dos. La azafata que se la trajo la miró con un brillo distinto en los ojos, una de esas miradas que se quedan medio segundo de más.

Atenuaron las luces de la cabina y casi todo el pasaje reclinó los asientos para dormir. Marisol se giró hacia mí bajo la manta y, al poco rato, su mano derecha bajó hasta mi bragueta. Soltó el botón, bajó la cremallera y liberó mi polla con una habilidad que solo dan los años. La azafata pasaba de vez en cuando por el pasillo y lanzaba alguna mirada, pero no decía nada.

Cuando me la puso bien dura, Marisol sonrió y desapareció bajo la manta. La tela era fina; cualquiera que mirara con atención habría sabido lo que ocurría debajo. Ella succionaba con fuerza, daba vueltas con la lengua alrededor del glande, buscaba con la punta el punto exacto que me volvía loco. Yo apreté los dientes para no hacer ruido. Sabía que estaba cerca, y justo cuando empezaba a correrme abrí los ojos y vi a la azafata, tras una cortinilla del pasillo central, con la falda subida y la mano metida entre las piernas, mirándonos. No me quedó más remedio que terminar en la boca de Marisol mientras aquella mujer se acariciaba sin disimulo.

Marisol salió de la manta despeinada y con la cara roja. Abrió la boca para enseñarme que no quedaba nada: se lo había tragado todo, algo que en casa nunca hacía. Menudo regalo para empezar.

***

—Espera un poco —me dijo, y se fue hacia el baño, justo enfrente de donde estaba la azafata.

Cerré los ojos un momento y, cuando volvió, me despertó el movimiento de la manta. Seguía colorada, seguía despeinada. Me abrazó y me contó en susurros lo que acababa de pasar.

Me dijo que había pasado contoneándose junto a la azafata y que dentro del baño dejó la puerta entornada a propósito. Se bajó el pantalón cortísimo para que la mujer viera el tanga blanco de encaje nuevo abrazándole las nalgas. La azafata no esperó: entró, cerró, la giró de un tirón y la besó con una intensidad que la dejó mojada al instante. Se arrodilló, le bajó el tanga y hundió la cara entre sus piernas hasta hacerla correrse contra el lavabo.

—Y después me tocó a mí —me susurró—. No tenía ni idea de qué hacer, era mi primera vez con una mujer, pero ella estaba tan caliente que apenas tuve que pensar. Me arrodillé y la lamí con furia. Me corrí casi sin tocarme solo de hacerlo.

Yo no salía de mi asombro. Verla a ella con otra mujer siempre había sido una de mis fantasías más profundas, y escucharla contarlo me puso otra vez durísimo. Marisol lo notó y sonrió.

—No sé por qué lo he hecho —dijo—. Nunca me habían llamado la atención las mujeres. Solo sé que estaba excitadísima y que me ha encantado.

—Deja de preocuparte —le contesté, besándola—. Me has puesto a mil.

Nos abrazamos como pudimos bajo la manta y nos quedamos dormidos pensando que aquellas vacaciones empezaban de la mejor manera posible.

***

Cerca de las tres de la mañana me entraron ganas de ir al baño. Me levanté con cuidado para no despertar a Marisol y la tapé bien. Frente al baño, en un asiento individual, descansaba la azafata. Tenía algunos botones de la blusa sueltos y la falda algo subida; no se veía nada, pero se adivinaban unas piernas perfectas.

Entré y, como el cierre de la puerta hacía ruido y temía despertarla, oriné con la puerta entornada, orientando el chorro para no hacer ningún sonido. Al terminar, mojé un poco de papel para limpiarme, porque después de la mamada de Marisol no había podido asearme. El agua fría y el roce despertaron de nuevo mi polla. Entonces oí un movimiento a mi espalda.

La azafata estaba apoyada en el marco de la puerta, despeinada y sonriente.

—Vaya, sois una pareja con la misma costumbre —dijo—. Ninguno de los dos cierra la puerta del baño.

Dio un paso al frente y cerró ella. Yo seguía con el pantalón bajado y el papel mojado en la mano.

—Perdona, pero eso no se limpia así —dijo en voz baja.

Se agachó, me bajó del todo el bóxer y se metió mi polla en la boca cuando todavía estaba a medias. Bastaron dos movimientos para que se pusiera dura como una piedra. Me la tragó hasta el fondo de la garganta, algo que jamás había sentido, y empezó a moverse con una profundidad que me dejó sin aire. Los ojos le lagrimeaban y la saliva le goteaba por la barbilla; la recogía con la mano para volver a usarla sobre el tronco, combinando el sube y baja con un giro y una presión justa. Aquella mujer era un prodigio.

Yo sabía que no iba a correrme: me cuesta bastante y acababa de hacerlo unas horas antes. Así que tomé el control. La giré de espaldas a mí, frente al espejo. Llevaba la falda arremangada y un tanga finísimo sobre un culo precioso. Le aparté la tela, me agaché en aquel espacio imposible y probé el sexo del que Marisol me había hablado. Estaba empapado y sabía a gloria. Pasé la lengua plana desde el clítoris hasta el ano, dibujando un círculo sobre el esfínter, y noté cómo se contraía. Por el espejo vi su cara de placer.

Seguí lamiendo con ansia mientras le acariciaba el culo. Le metí un dedo en el ano, apenas la primera falange, y entró con una facilidad que delataba mucho oficio. Probé con un segundo dedo y lo admitió sin esfuerzo. Cuando estuvo a punto de correrse, apretó el sexo contra mi cara y se restregó con violencia hasta empaparme entero. No sé cuánto tiempo estuvo así, temblando, pero me pareció una eternidad.

Luego me miró de espaldas, sacó el culo todo lo que pudo y se llevó ella misma un dedo al ano, como pidiéndome que no la dejara sin el premio. No me hice de rogar. Apoyé la punta de mi polla contra su entrada y, en cuanto empecé a empujar, dio un golpe seco hacia atrás y se la clavó entera de una vez. Gimió, cerró los ojos y empezó a moverse. Me agarré a sus caderas y embestí con un ritmo frenético mientras ella se frotaba el clítoris con la mano. Su ano se contraía y se dilataba sin control hasta que empezó a convulsionar. Tuve que sujetarla para que no se cayera mientras explotaba en un orgasmo que la dejó muda.

Cuando se quedó quieta, saqué mi polla despacio. Ella se compuso la falda, se abotonó la blusa, mojó un poco de papel y, después de limpiarme, me la chupó una última vez para dejarla impecable. Me besó y salió del baño como si nada. Me quedé allí dentro, todavía atónito, intentando entender lo que acababa de pasar.

***

Volví a mi asiento. Marisol seguía dormida y no quise despertarla. Me recosté a su lado y me tapé con la manta. Sin abrir los ojos, ella me abrazó.

—¿Qué tal la azafata? —murmuró.

Me quedé helado. Solo pude balbucear:

—Maravillosa.

Sonrió sin abrir los ojos, me apretó contra ella y susurró:

—Luego me cuentas.

Nos dormimos sin más. A las seis y media, hora de Valencia, la azafata nos despertó a nosotros los primeros. Retiró la manta, nos acarició a los dos por encima de la ropa y nos susurró que habíamos llegado. Nos dio un beso a cada uno y se marchó a coger el comunicador, donde con una voz dulcísima dio los buenos días al pasaje y deseó una feliz estancia.

En la terminal nos esperaba una furgoneta para llevarnos al hotel. El grupo de parejas era de lo más variado: dos chicas guapísimas de treinta y pocos, dos chicos de nuestra edad vestidos con ropa cara, un matrimonio mayor y un par de parejas mixtas. Llegamos a nuestra cabaña sobre el agua cerca de las tres de la madrugada, rendidos por el viaje y por todo lo demás. Nos desnudamos, nos abrazamos sobre la cama y caímos dormidos sin deshacer las maletas.

Lo que pasó después, ya en Cancún, lo dejo para la próxima vez que nos veamos.

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Comentarios (4)

Lucho74

que relato!!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei en este sitio

jorge_69

necesito saber como siguio en el hotel, por favor una segunda parte jajaja

Rodo_viajero

yo viaje bastante por trabajo y nunca me paso nada ni remotamente parecido jaja, que envidia. Muy bien contado, se siente autentico

NocheEnVuelo

la parte de que volvio despeinada con esa confesion... tremendo. Que morbo mas rico, gracias por compartirlo

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