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Relatos Ardientes

Me contrataron de DJ y la fiesta acabó en orgía

Ilustración del relato erótico: Me contrataron de DJ y la fiesta acabó en orgía

La casa estaba colgada sobre los acantilados de la Costa Brava, en una urbanización donde cada parcela costaba lo que yo no iba a ganar en diez años pinchando música. Toda la planta baja se abría a un jardín que miraba directo al Mediterráneo, y el sol bajaba despacio sobre el agua mientras los camareros terminaban de colocarlo todo. Había ambientes distintos repartidos por el césped: mesas altas junto a la barra, sofás bajos orientados al atardecer, tumbonas alrededor de la piscina y pufs desperdigados aquí y allá. Mi rincón quedaba cerca de la barra, con una zona despejada delante para que la gente pudiera bailar.

Llevaba años pinchando en bodas y eventos de empresa, pero era la primera vez que me llamaban para una fiesta privada en un chalé así. No era mi ambiente y se notaba. Lo que más me chocó fue el requisito de dejar el móvil en la entrada, en una cestita con el nombre de cada invitado. Tenía su lógica, pensé: seguramente vendría algún cara conocida, y donde hay tanto dinero suele haber sustancias de por medio. Esta gente quiere divertirse como cualquiera, pero con la tranquilidad de no acabar viral al día siguiente.

Me recibió un chico que se presentó como Rubén, el coordinador del evento. Me pidió el teléfono con una sonrisa amable y me acompañó hasta mi pequeño escenario.

—El equipo ya está montado. Tú solo disfruta —dijo, y se fue.

El equipo de sonido era una barbaridad, lo mejor con lo que había trabajado nunca. Conecté mis controladoras, probé un par de transiciones y empecé a pinchar.

La fiesta arrancó como todas, con la llegada poco a poco de los invitados. Se notaba que muchos eran viejos amigos por cómo se saludaban y se metían en conversación sin esfuerzo. A los nuevos los recibían con calidez y enseguida se integraban en los grupitos que se formaban. La gente se movía con libertad entre los distintos rincones del jardín mientras una legión de camareros repartía pinchos sofisticados y copas de todo tipo. El sol tocaba ya el horizonte y el ritmo no paraba de subir. Yo iba calentando la sesión: de un ambiente de terraceo tranquilo pasé a algo más bailable, y de ahí a los temazos con los que la pista se llena.

Cuando se hizo de noche, la gente estaba dándolo todo. Muchos bailaban, algunos encima de las mesas, y unas cuantas parejas se besaban sin ningún pudor. Empecé a notar que cada vez había más gente ligera de ropa, metiéndose mano. A lo lejos me pareció ver a una mujer haciéndole una felación a alguien, y nadie a su alrededor parecía escandalizarse. Me fijé mejor y entendí: había gente follando abiertamente, sin esconderse. Entonces caí en lo de los móviles. Era una orgía.

Intenté mantenerme profesional, no levantar demasiado la vista, pero era imposible no querer mirar. Lo que más me ponía no era el sexo en sí, sino que no eran actores ni gente contratada. Eran personas normales, la mayoría de cincuenta para arriba, parejas que habían llegado juntas y que ahora se intercambiaban con total naturalidad. Cuerpos normales, nada de portada de revista, pero había alguna madurita que estaba muy bien. Verlos a todos así me puso más cachondo que cualquier vídeo que hubiera visto en mi vida.

***

En uno de los sofás, dos matrimonios se magreaban los cuatro a la vez. Primero se besó cada pareja, luego las dos mujeres entre ellas mientras los hombres miraban, y después los hombres mientras ellas observaban. Uno bajó la mano al pantalón del otro y lo acarició por encima, hasta que le desabrochó y se la sacó. Las dos mujeres se arrodillaron delante y empezaron a comérselas; desde mi posición veía sus cabezas subir y bajar casi al mismo tiempo, parando de vez en cuando para besarse. Se quitaron los vestidos, dejaron los pechos al aire y se los acariciaban la una a la otra mientras sus maridos se recostaban a ver el espectáculo.

Las escenas se repartían por toda la fiesta. El jardín entero se había convertido en un club de intercambio sin reglas, aunque todavía quedaba gente vestida, bebiendo y charlando como si nada de aquello fuera con ellos. En una mesa alta había una mujer completamente desnuda, de unos cincuenta y tantos, sentada con las piernas abiertas mientras una pareja le comía el sexo. El hombre y la mujer se turnaban, y de vez en cuando uno subía a besarla en la boca.

En una tumbona de la piscina, una pareja follaba con ella encima, cabalgándolo despacio. A su lado, otra mujer estaba sentada sobre la cara de un tipo y se besaba con la que montaba al primero. Alrededor, un par de hombres se masturbaban mirando, y una de ellas le echó una mano sin dejar de gemir. El que recibía la ayuda se corrió a los pocos minutos y se fue tan tranquilo a la barra a pedir un gin-tonic, todavía medio empalmado. Allí saludó a un amigo desnudo sentado en un taburete: le dio la mano, una palmada en el hombro y, con la misma naturalidad, una caricia rápida. Siguieron hablando como si estuvieran vestidos en cualquier bar.

En otra zona, un hombre se follaba a otro mientras este, de pie y doblado, le hacía una felación a un tercero. Más allá, dos mujeres en bragas se besaban los pechos, embelesadas con las curvas de la otra, y a su lado otras dos hacían la tijera entre risas. Costaba seguir el ritmo de todo lo que pasaba.

En la barra quedaba un grupo de señores todavía vestidos, hablando entretenidos. Miraban a su alrededor sin prisa por participar. Se acercó una mujer que venía de dentro de la casa, le dio un beso a uno de ellos —su marido, supuse—, se agachó y empezó a hacerle una felación en mitad del grupo. Los demás seguían charlando como si fuera lo más normal del mundo, hasta que ella, uno a uno, los fue desabrochando a todos. Se pusieron en corro, cinco hombres, y ella los probó todos: a ratos se concentraba en uno, a ratos manejaba tres a la vez, dos con las manos y otro con la boca.

El marido le dio un trago a su copa y se agachó con ella. Le bajó el vestido hasta la cintura, le besó y, juntos, empezaron a comerse la misma erección, cada uno por un lado, muy sincronizados. Al llegar arriba se besaban y se la pasaban el uno al otro. Así estuvieron un buen rato, atendiendo a los cuatro restantes a dos bocas. Se les veía felices compartiendo, y entre turno y turno se besaban con ganas. Cuando uno avisó de que estaba a punto, la pareja se volcó sobre él con manos y bocas hasta que terminó. El marido se tragó casi todo y lo que se le escapó lo compartió con su mujer en un beso largo. Repitieron la jugada con los otros tres, turnándose quién provocaba el orgasmo y quién recibía, hasta acabar los dos con la cara perdida y muertos de risa.

***

Yo tenía la entrepierna a punto de reventar dentro del pantalón, aunque, justo es decirlo, me mantuve entero, pinchando mi música sin que se notara que media cabeza la tenía puesta en lo que acababa de presenciar. Mirara a donde mirara, todo el mundo estaba medio desnudo, follando, corriéndose o recién terminado. Cerca de mí, una pareja lo hacía de pie: ella con una pierna apoyada en un puf y él embistiéndola mientras le amasaba los pechos.

A pesar de la música, llegué a oír cómo ella le pedía que la penetrara por detrás. El tipo se la sacó, ella se giró buscando dónde apoyarse y, al no ver nada, se acercó a mi mesa y se agarró al borde, ofreciéndole el culo a su pareja a un palmo de mí. Era una mujer madura, de más de cincuenta, pero tenía un brillo en la mirada que me puso a mil. Vi cómo él se lubricaba y la penetraba despacio mientras ella me clavaba los ojos. Tras las primeras embestidas, me habló sin apartar la vista.

—Sácatela. Quiero comerme una mientras me dan por detrás.

—Estoy trabajando… no puedo —dije, tímido.

—Soy la dueña de esta casa. Y te estoy diciendo que te la saques.

No supe hacer otra cosa que obedecer. Me senté en el borde de la mesa, justo delante de ella, me desabroché el pantalón y por fin liberé una erección que ya me dolía después de tanto rato mirando. Se abalanzó sobre mí y me la comió como si llevara días sin probar bocado. Entre gemido y gemido la lamía, la besaba y se la metía entera, y cada vez que su pareja empujaba por detrás, ella me apretaba más fuerte con la mano.

El hombre aceleró hasta terminar dentro de ella. Yo estaba al límite, pero la dueña lo notó y se sacó mi miembro de la boca.

—Ni se te ocurra correrte. Este ya ha acabado, así que ahora me toca contigo.

Se sentó en la mesa, a mi lado, y mientras yo me recolocaba se llevó dos dedos a su sexo y se los metió en la boca, saboreando lo que el otro le había dejado. Abrió las piernas y me miró.

—¿A qué esperas? Fóllame.

No lo pensé dos veces. La penetré de una embestida y empecé a moverme. Sin darme cuenta llevaba el ritmo de la música que sonaba, y eso pareció gustarle mucho, porque gemía acoplándose a cada golpe de cadera. El hombre de antes volvió con un whisky en la mano, la camisa abierta y nada de pantalones, y le dio un beso a ella.

—¿Te gusta, cariño? ¿Qué tal te folla el chaval?

—De maravilla. Tiene la energía de un potro joven.

Se giró hacia mí.

—Venga, potro, dame más fuerte. Que se note esa juventud.

***

El marido se acercó a mis equipos, cogió el micro inalámbrico, lo encendió y lo dejó apoyado junto a nosotros. De pronto nuestros gemidos sonaban por los altavoces repartidos por todo el jardín. La dueña se encendió todavía más con la idea de estar exhibiéndose ante sus invitados, y empezó a gemir con más descaro. La gente se fue acercando, atraída por el sonido amplificado. Algunos, ya satisfechos, miraban con la erección floja; otros se acariciaban sin intención de terminar todavía. También había mujeres observando. Una de ellas, completamente desnuda, se colocó a nuestro lado y empezó a tocarse mientras le susurraba a la anfitriona.

—¿Qué tal el joven? Tiene pinta de aguantar…

—Folla muy a gusto. Luego es tuyo si quieres.

La recién llegada me dio a probar sus dedos y aquello me terminó de poner a cien. Las dos empezaron a besarse, y entonces apareció otro hombre, también desnudo, masturbándose a buen ritmo. En cuanto lo vieron, la mujer que se tocaba se agachó a la altura de los pechos de la dueña y empezó a lamerlos, mirándolo con complicidad. Él entendió el mensaje y se acercó, apuntando justo entre las dos.

—Vamos, córrete. Danos toda tu leche.

El tipo aceleró. Yo no podía dejar de mirar, y haciendo un esfuerzo enorme aceleré también mis embestidas. Empezó a gemir y a convulsionarse, y terminó sobre la cara y el pecho de la otra mujer. Yo ya no aguantaba más: me salí de la dueña justo a tiempo y me corrí casi a la vez que él, repartiendo el resultado entre las dos. Me sorprendió la cantidad y la fuerza con la que salió, para deleite de ambas. La que tenía la cara perdida se metió mi miembro en la boca para apurar hasta la última gota mientras yo recuperaba el aliento, agotado y empapado en sudor.

Cuando me soltó, las dos se fundieron en un beso, y dos hombres más que no había visto llegar se acercaron a rebañar lo que quedaba sobre el pecho de la anfitriona, masturbándose hasta terminar también sobre ella. Yo seguía de pie, recuperándome, viendo su cuerpo bañado y su sexo palpitando, abierto frente a mí. Así que me agaché y se lo comí hasta que explotó en un orgasmo que, gracias al micro, escuchó el jardín entero.

Al día siguiente recogí mi móvil de la cestita de la entrada como si nada hubiera pasado. Nunca había cobrado un caché con tantas ganas de repetir.

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Comentarios (4)

NocturnoFan

tremendo relato, me enganche desde el principio hasta el final!!

MarianoBA

Espero que haya segunda parte, quedé con ganas de saber como terminó la noche entera jaja

RosaFiesta

Me recordó una fiesta que caí de casualidad hace años... no llegamos a tanto pero habia ambiente. Muy bueno!

lector_bsas

Y al final le devolvieron el celular? jaja, excelente detalle ese del principio

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