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Relatos Ardientes

Acepté el juego de la fiesta privada en la mansión

Ilustración del relato erótico: Acepté el juego de la fiesta privada en la mansión

El taxi me dejó frente a una verja de hierro que daba a un sendero de grava blanca. Al fondo se levantaba un chalet de líneas modernas, con ventanales enormes encajados entre vigas de hormigón pulido. Un guardia de seguridad abrió el portón mientras yo pagaba y bajaba del coche con cuidado de no torcerme un tobillo sobre los tacones.

—Vengo del Eclipse. Creo que me están esperando. Me envía Damián —dije.

Una chispa de comprensión cruzó la mirada del hombre.

—Llega temprano. La fiesta no empieza hasta las once. Pero aviso de su llegada ahora mismo. Deme un segundo y la acompaño.

Subimos por el camino sin que su cara dejara entrever nada. A mí me costaba caminar sobre la gravilla, y agradecí cuando llegamos al porche y me abrió la puerta.

—Hacia la izquierda. La están esperando.

Oí cómo se cerraba la puerta a mi espalda. Un hombre de esmoquin con la chaqueta blanca se acercó a mí.

—Buenas noches —dije—. Soy Daniela. Me envía Damián, del Eclipse.

Su rostro era inexpresivo.

—Pase. Avisaré a los señores de que está usted aquí.

Me quedé esperando en el recibidor. El hombre desapareció y volvió al cabo de un minuto seguido de otro más joven, vestido con ropa cara pero informal. Se acercó tendiéndome la mano.

—Soy Sergio —dijo, sonriendo.

—Hola, Sergio. Vengo de parte de Damián —respondí, estrechándosela.

Él dio un paso atrás y me miró de arriba abajo, como si me estuviera escaneando.

—Dios mío —soltó, con un silbido bajo—. Damián no exageró ni un poco. Eres una belleza.

Sonreí, halagada.

—Gracias.

—Entra, déjame prepararte algo de beber antes de que lleguen los demás.

Me tomó del brazo y me condujo hasta el salón más grande que había visto en mi vida. Se detuvo frente a una barra tan larga como la de cualquier bar.

—¿Qué tomas? ¿Un martini? ¿Champán?

—Una copa de champán estaría bien —dije con timidez.

Él alzó las cejas y luego sonrió. Pidió la copa a un camarero que apareció de la nada y se sirvió un whisky con hielo en un vaso de cristal tallado. Lo levantó frente a mí.

—Nadie como tú llega nunca demasiado pronto, Daniela.

Sonó el timbre de la casa.

—Perdona —se excusó—. Están llegando otros invitados y debo recibirlos. Hazme un favor: pasa a la sala pequeña, el camarero te acompaña. No quiero que te vean todavía. Quiero que seas la sorpresa de la noche.

El camarero me llevó hasta una sala más íntima. Recorrí la habitación con la mirada y me senté, nerviosa, dando pequeños sorbos a la copa. Cuando volvió a buscarme, regresamos al salón principal. Tendría unos ciento veinte metros de largo, y al fondo unas puertas de cristal daban a una terraza con una piscina enorme.

Sergio entró con un grupo de recién llegados. Abrí mucho los ojos. Una de las invitadas era una actriz de cine famosa, de esas que trabajan ahora en Hollywood. La había visto decenas de veces en la pantalla. También reconocí a un presentador de televisión, un periodista de tertulias políticas cuyo nombre no recordaba.

Antes de que Sergio empezara con las presentaciones, el timbre volvió a sonar y él salió de nuevo a recibir. Yo permanecí en silencio, intimidada. No sabía qué decirle a esa clase de gente. De la conversación deduje que Sergio era un hombre al que le encantaba organizar fiestas en su casa. Varias veces se acercó para asegurarse de que estaba a gusto. Era atento con todo el mundo. Me fijé en que era alto y fibroso, sin la musculatura forzada del gimnasio.

En un momento dado, el periodista se acercó a hablar conmigo en un rincón y me preguntó en qué trabajaba. No supe qué decir al principio. Luego repetí lo que decía últimamente a todo el mundo.

—Soy relaciones públicas —respondí. Era casi verdad.

Sergio apareció junto a nosotros y sonrió, aprobando mi respuesta.

—¿Y dónde trabajas? —insistió el periodista.

—En el Eclipse —dije.

El hombre había bebido ya varias copas. Conocía bien a la clase de chicas que rodeaban a Sergio en esas fiestas.

—Pues para ser relaciones públicas —dijo con malicia—, tu vestido es de lo más provocador. Pensé que tu oficio era otro.

Se hizo el silencio. Varios me miraron, esperando mi reacción.

—¿Y cómo se supone que viste una relaciones públicas? —respondí, tratando de no parecer nerviosa—. Llevo poco tiempo en el puesto y desconozco si hay uniforme. En cualquier caso, aquí veo a varias compañeras con ropa parecida a la mía.

Una oleada de risas recorrió la sala y rompió la tensión. Sergio se acercó sonriente, me tomó de las manos y murmuró:

—Buena respuesta. Acompáñame a la piscina.

***

Los invitados bailaban y charlaban dentro mientras nosotros salíamos al jardín. Él se dejó caer en un sillón y me miró.

—Menudo cretino —dijo—. Cada año me prometo que es la última vez que lo invito, pero es demasiado importante. Lamento que te haya puesto en un aprieto.

—Si no le gusta esa gente, ¿por qué los trata como amigos?

Él sonrió con displicencia.

—Tengo que hacerlo, querida. Soy productor de televisión y me muevo entre gente con poder para complicarme la vida. Además, muchos invitados se decepcionarían si dejara de organizar esto. Se ha vuelto una costumbre semanal.

—¿Hace fiestas como esta todas las semanas?

Él asintió con una nota de orgullo. Sacudí la cabeza, sin entender.

—¿Y qué hago yo aquí? No acabo de comprender mi presencia. He tenido que firmar papeles de confidencialidad, me han quitado el móvil…

—Pensé que Damián te lo habría explicado mejor —dijo, midiendo cada palabra—. Verás… algunos de mis invitados son muy celosos de su intimidad. Son personas conocidas que no pueden ir a una discoteca, irse con alguien, sin que al día siguiente aparezcan fotos que los comprometan. Por eso me encargo de que aquí tengan todo el entretenimiento que buscan. Damián me ayuda con algunas de esas cosas.

—Suena fatal —dije, colocándome el pelo.

—Sé a lo que suena. La pregunta es sencilla: hay un par de invitados que querrían subir a un dormitorio contigo. Lo que espero es que aceptes y los complazcas. Si no estás dispuesta, te llamo un taxi y te dejamos en casa. Sin consecuencias.

Yo era consciente de lo que me pedían. Durante un segundo sopesé mis opciones. Damián me había dicho que no lo decepcionara, y algo en aquella casa, en aquella gente, había encendido una curiosidad que no quería apagar. Acepté.

Sergio sonrió, encantador, y me llevó de vuelta al salón. En los pocos minutos que estuvimos fuera, el ambiente había cambiado. Había menos invitados y más chicas como yo. El periodista ya no estaba. Se habían formado pequeños grupos por todo el salón. Me fijé en dos chicas que se besaban con avidez en uno de los sofás, metiéndose mano sin importarles quién mirara.

De pronto me encontré cara a cara con la actriz y di un pequeño salto.

—Disculpa, no quería asustarte —dijo, sonriendo—. Y, por favor, ni se te ocurra tratarme de usted.

—Ha sido la impresión —respondí, todavía sorprendida.

—Busco un perfume femenino —dijo, seductora—. Para una amiga. Una chica joven, elegante, atractiva. ¿Me ayudas a elegir?

Quizá era mi imaginación, pero me pareció que me proponía un juego. Apenas sabía nada de ella, pero no iba a quedarme con las ganas de averiguarlo.

—Claro. Soy bastante entendida en perfumes —respondí, devolviéndole la sonrisa.

Caminaba sobre sus finos tacones con una gracia hipnótica, casi como si flotara. La seguí por un pasillo sin perder de vista el vaivén de sus caderas, hasta que abrió la puerta de un dormitorio y se hizo a un lado para dejarme pasar. El vestido marrón ajustado dibujaba cada una de sus curvas.

—Me pareces preciosa —soltó, casi rozando mi nariz con la suya mientras cerraba la puerta.

—Nunca he estado con… —intenté decir.

Me besó despacio, con pequeños besos que apenas rozaban mis labios y me electrificaban entera. El corazón se me desbocó. Nunca había besado a una mujer. Aquella suavidad me excitó, entreabrí la boca y dejé entrar su lengua. Era el beso más sensual que me habían dado jamás. Cuando se apartó, me quedé con ganas de más. Había abierto una puerta y no pensaba quedarme en el umbral.

Nos sentamos en el sofá. Su mano recorrió mi muslo mientras nos mirábamos a los ojos, y siguió subiendo por el interior de la pierna hasta colarse bajo el vestido. Suspiré. Sus caricias por encima de la ropa interior descubrieron que ya estaba húmeda.

En ese momento entró Sergio con un vaso en la mano, lo dejó sobre la mesa y se sentó en una butaca frente a nosotras. Dio un sorbo sin quitarnos los ojos de encima. No dijo nada. Solo estaba allí para mirar.

La actriz siguió acariciándome bajo la tela y yo la besé con más pasión. Llevé la mano hasta su pecho y lo acaricié por encima del vestido. Era la primera vez que tocaba así a una mujer. Le bajé la cremallera lateral y fueron quedando al descubierto sus tetas, sin sujetador, más grandes que las mías, con los pezones sonrosados, duros y retadores. Acerqué la boca a uno y lamí en círculos la areola entre sus suspiros, luego hice lo mismo con el otro.

Seguí bajando, recorriendo su torso con la lengua hasta el ombligo, y más abajo, por encima de las braguitas de encaje negro. Se las quité deslizándolas por sus piernas y se las lancé a Sergio, que las atrapó al vuelo y las olió. La actriz abrió las piernas y yo bajé la boca. Nunca lo había hecho, pero el deseo me enseñó cómo jugar con la lengua para volverla loca. En pocos minutos gemía, agarrada al sofá.

—Sigue, por favor —pidió con la mirada suplicante.

***

Se incorporó, me hizo tumbarme completamente abierta de piernas. No sentía vergüenza, solo excitación. Hundió un dedo en mí, luego dos, moviéndolos rápido. Mis suspiros le avisaban de que no me faltaba mucho.

—Sergio, tu nueva amiga está muy mojada —dijo—. Me parece que a esta le gustan los coños más de lo que ella creía.

—Córrete para mí —me pidió, acelerando el ritmo.

Arqueé la espalda y me dejé llevar por la explosión que me recorría. Exhausta, me dejé caer sobre la cama. La actriz se acercó a Sergio y le metió en la boca los dedos empapados.

—¿Quieres? —preguntó.

Él los saboreó, obediente, y empezó a masturbarse despacio delante de nosotras.

Al cabo de un momento se abrió la puerta y entró un joven de la mano de la actriz, que había salido un instante a buscarlo.

—Iván, ¿te gusta la nueva chica de Sergio? —susurró ella al oído del recién llegado.

—Es muy guapa —dijo él, como si yo no estuviera presente—. Y parece muy joven.

—Quiero que os la trabajéis los dos, pero despacio. Ahora me toca mirar a mí —dijo ella, sentándose desnuda en el sofá.

Iván me tumbó con cuidado y hundió la cara entre mis piernas. Succionaba mi clítoris mientras me acariciaba los pezones, y el placer se intensificaba con cada lengüetazo. Sentí cómo mi cuerpo se abría a él. Después me incorporé, lo hice ponerse de pie y me encontré frente a un miembro que no sabía cómo iba a abarcar. Lo tomé con ambas manos, lo masturbé y metí la punta entre mis labios mientras miraba a Sergio. Iba dejando que entrara más y más, pero apenas alcanzaba la mitad antes de tener arcadas. Era una sensación extraña, entre el placer y el ahogo.

Iván me llevó junto a Sergio, al otro extremo del sofá. Me senté, subí las piernas y metí dos dedos en la boca de Sergio para que los humedeciera. Luego me los pasé por el coño, preparando el camino. Iván guio su miembro hacia mí y entró poco a poco.

—Muévete despacio. Es muy grande —le pedí.

Obediente, balanceó las caderas en un recorrido corto, dándome tiempo a adaptarme. El placer era intensísimo.

—Di algo —exigió la actriz desde el sillón, tocándose—. Seguro que nunca te ha follado algo así.

—Me encanta cómo me llena —respondí con la voz entrecortada—. Me va a partir en dos.

Animado, Iván aumentó el ritmo y la profundidad. Un punto entre el dolor y el placer me recorrió entera.

—Más fuerte —le grité.

No podía contener el deseo. El orgasmo empezó a crecer y mi instinto se despertó más que nunca.

—No pares —dije, desbocada, y me giré hacia Sergio—. Y tú ni se te ocurra correrte. Os la vais a meter los dos a la vez.

Levanté las piernas y sujeté las rodillas contra el pecho para que las embestidas fueran más profundas. No había vuelta atrás. El orgasmo me inundó como una ola de fuego y grité convulsionando sobre ellos.

Sin darme tiempo a recuperarme, Sergio se acercó. Iván se recostó conmigo encima, dándole la espalda, y guio su miembro hacia mi ano. Se detuvo a lubricarlo con saliva.

—Despacio, por favor —supliqué—. Nunca lo he hecho por detrás, y es muy grande.

Empujó sin violencia, agarrándome del pelo. Le pedí a Sergio que se acercara. Iván me echó hacia atrás, exponiendo el coño abierto para que el otro me penetrara. En pocos segundos tenía a los dos dentro de mí. Las embestidas me llenaban por completo, arrancándome gemidos de dolor y placer extremo. La sensación era brutal. Iván me besaba el cuello y Sergio la boca, mientras la actriz lo observaba todo, acariciándose despacio.

Iván me elevó un poco y mi clítoris empezó a rozar contra el abdomen de Sergio cada vez que él empujaba. Cerré los ojos. El orgasmo nació de nuevo, contrayendo las paredes de mi vagina mientras clavaba las uñas en la espalda del que me follaba por delante. Todo mi cuerpo se tensó y grité, tambaleándome sobre ambos.

Sin pausa, la actriz me apartó y ocupó mi lugar, exactamente en la misma postura. Ahora era ella quien recibía a los dos hombres, y sus gemidos eran música para mis oídos. Yo era consciente de estar viviendo la experiencia más fuerte de mi vida.

Me quedé mirando. Los tres cuerpos entrelazados, sudorosos. Iván y Sergio coordinados en cada empuje. La cara de la actriz era un poema: se mordía el labio, echaba la cabeza atrás con los ojos cerrados, concentrada en aquella danza hipnótica. Para mi sorpresa, sus orgasmos llegaron casi en silencio. Durante unos segundos no se oyó más que respiraciones agitadas. Nadie se movía. Y los tres seguimos un rato más en aquella postura, besándonos despacio, como si afuera no existiera ninguna fiesta.

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Comentarios (4)

Valentina_Rz

Excelente!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

LectoraNocturna33

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como siguio todo

MauroNB

La tension desde el principio me atrapo de inmediato. Muy bien escrito, se siente autentico

GabrielNoche

De los mejores que lei en mucho tiempo.

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