Los vecinos novatos se sumaron a nuestra orgía
Todo había empezado como una cena más entre vecinos. Hugo y Sonia vivían en el mismo rellano que Nadia y yo desde hacía años, y lo nuestro había dejado de tener secretos hacía tiempo. Lo que cambió esa noche fue la presencia de los nuevos: Iván y Lucía, una pareja joven que se había mudado al piso de abajo apenas unas semanas antes y que aún no sabía del todo dónde se estaba metiendo.
El vino corrió, las miradas se alargaron más de la cuenta y, en algún momento entre los postres y el sofá, las palabras sobraron. Lucía fue la primera en dar el paso, dejándose llevar al dormitorio principal sin que nadie tuviera que insistirle demasiado.
Lucía estaba tumbada en el centro de la cama con los ojos cerrados y los brazos abiertos, ofreciéndose sin pudor. Hugo se había colocado a un lado y yo al otro, y casi sin hablar empezamos a recorrer su cuerpo con las manos hasta llegar a sus pechos.
Bajamos la cabeza al mismo tiempo. Yo rodeaba su pezón con la lengua y lo atrapaba entre los labios; Hugo, en cambio, prefería los mordiscos suaves, esos que la hacían arquearse. Ella respondía con un jadeo entrecortado y apretaba con ambas manos lo que tenía más cerca, una de cada uno de nosotros.
Hugo fue descendiendo poco a poco, dejando un rastro de besos por su vientre, hasta acomodarse entre sus piernas. Cuando empezó a pasarle la lengua por el sexo, Lucía soltó un gemido largo y su mano me apretó con más fuerza.
Verla así, con los labios entreabiertos y la respiración alterada, me sacó de toda paciencia. Me incorporé, tiré con cuidado de ella hasta dejar su cabeza colgando del borde del colchón y planté las rodillas a cada lado.
No hizo falta pedírselo. Ella misma me agarró, besó la punta y luego me guió hasta su boca. Pasaba la lengua alrededor, rodeándome, antes de tragar hasta el fondo y volver a empezar, mientras con la otra mano jugaba sin prisa.
Hugo seguía arrodillado entre sus muslos, lamiéndola con los brazos estirados para alcanzarle los pechos. Era un cuadro que, visto desde donde yo estaba, costaba creer que fuera real.
—Aquí hay sitio para más —dijo una voz desde la puerta.
Eran las chicas, que aparecieron empujando a Iván delante de ellas. Lo tumbaron en la cama, a nuestro lado, y por un momento pensé que íbamos a necesitar un colchón de dos metros.
***
Nadia se arrodilló entre las piernas de Iván y empezó a lamerlo despacio, mientras Sonia se sentaba a horcajadas sobre su cara para que él le devolviera el favor con la lengua. Iván, el más joven de todos, abría mucho los ojos como si no terminara de creerse dónde estaba.
En esa postura, con Lucía todavía ocupada conmigo, dejé una mano libre y la llevé hasta las caderas de Sonia. Ella se inclinó sobre Iván para acompañar a Nadia, y yo aproveché para humedecerme los dedos y buscarle el otro hueco.
—Despacio —murmuró sin dejar de moverse—. Así, justo así.
Empecé a entrar con un dedo, luego con dos, mientras ella se balanceaba contra la lengua de Iván. Su respiración se volvía cada vez más rápida.
Hugo se incorporó entonces, levantó las piernas de Lucía y se apoyó en su entrada. La recorrió de arriba abajo varias veces, jugando, antes de empujar de golpe. Lucía soltó un gemido que se transmitió directo a mi cuerpo, porque seguía con la boca llena.
—Sí —decía entre embestidas—, así, no pares.
Nadia no perdió el tiempo. Reptó sobre Iván, lo agarró y se sentó encima, guiándolo hasta el fondo, mientras Sonia seguía instalada sobre su cara, sosteniéndose los pechos.
Me coloqué detrás de Sonia. Mientras Iván seguía lamiéndola, yo me apoyé en su otra entrada y empujé despacio, sujetándola por las caderas mientras ella se removía sin saber a quién atender primero.
Poco a poco fui cogiendo ritmo. Noté que Lucía estiraba el brazo para acariciarme la espalda, así que me giré un poco, apartando a Sonia, para quedar a su alcance. Mientras Hugo resoplaba encima de Lucía, ella empezó a juguetear conmigo con un dedo, devolviéndome la misma moneda que yo le daba a Sonia.
***
Nadia cabalgaba a Iván con el cuerpo arqueado hacia atrás. Él le sujetaba los pechos, hundía la cara entre ellos y la sacaba solo para atrapar los pezones con los labios.
—No se te ocurra terminar todavía —le advirtió Lucía entre jadeos, mirándolo de reojo—. Eso lo guardas para mí.
Iván giró la cabeza hacia ella con los ojos como platos. Por la cara que puso, era la primera vez que su chica le proponía algo así.
—Tú practicas conmigo —intervino Nadia, incorporándose y dándose la vuelta sobre él—. Para cuando le toque a ella, ya sabrás.
Se fue sentando muy despacio, guiándolo hasta hacerlo desaparecer por completo dentro de ella.
—Joder —resopló Nadia, cerrando los ojos—. Qué bien.
Iván le separó las nalgas con ambas manos para no perderse el momento, mientras ella se movía encima de él, lenta y firme, arqueada hacia atrás.
—Así, justo así —gimió—. No te muevas tú, déjame a mí.
Hugo, mientras tanto, salió de Lucía y la puso a cuatro patas. Antes de que buscara su nuevo objetivo, alargué la mano, lo agarré y me lo llevé un momento a la boca. Le di unos cuantos lametones sin prisa antes de volver a guiarlo hasta Lucía y dejarlo apoyado en su entrada.
—Prepárala bien —dije—. Luego le toca a Iván.
—Eso, prepáramelo —pidió ella entre dientes, empujando hacia atrás—. Que después lo quiero a él.
Hugo fue entrando poco a poco, centímetro a centímetro, hasta quedarse del todo dentro mientras Lucía clavaba los dedos en las sábanas.
***
Iván no perdía detalle de nada. Veía cómo otro hombre poseía a su chica por detrás y tampoco había apartado la vista cuando me llevé a Hugo a la boca un rato antes. Algo en su cara había cambiado: ya no era solo sorpresa.
Yo seguía entrando y saliendo de Sonia mientras ella se acariciaba sola, sin dejar de gemir, hasta que se corrió entre espasmos, temblando de arriba abajo. La solté con cuidado y me acerqué a Hugo y a Lucía.
Me coloqué delante de ella, que enseguida me buscó con la boca y me atrapó al ritmo de cada empujón que le daba Hugo. Cada vez que él entraba, ella tragaba; cada vez que salía, tomaba aire.
No tardé en oír a Nadia gemir cada vez más alto. Al mirar, seguía cabalgando a Iván, que ahora la sujetaba desde atrás pellizcándole los pezones, mientras Sonia se había acercado a gatas y había metido la cabeza entre sus muslos para lamerla.
—Joder, cómo me llena —jadeaba Nadia—. Me voy a correr, y tú no pares.
Lo dijo y se vino con un gemido largo, todo el cuerpo sacudido por el placer. Se quedó quieta un instante, todavía sobre Iván, hasta que se levantó y lo hizo ponerse de pie a mi lado.
Lo agarró y, mirándolo a los ojos, le dijo:
—Ahora vas a dejar que Bruno te la recorra entera, como antes. Y después te ocupas del culito de tu chica.
Iván no dijo nada, pero se quedó mirándome mientras Nadia me sujetaba la cabeza con la otra mano y me acercaba a él. Abrí los labios, saqué la lengua y rodeé la punta antes de deslizarla a lo largo y volver a subir.
Sentía su calor, lo notaba palpitar mientras mi lengua seguía jugando. A mi lado, su chica no había dejado de atenderme a mí. Fueron solo unos minutos, los que tardó Lucía en reclamarlo.
—Venga, ya está bueno —dijo ella, impaciente—. Hazlo ya.
***
Hugo se retiró y le cedió el sitio a Iván, que se colocó en posición. Nadia lo guió, llevándolo hasta la entrada de Lucía, que enseguida empezó a quejarse.
—Duele —murmuró—, pero no pares. La quiero dentro.
Muy despacio, con una paciencia que no le suponía, Iván fue avanzando hasta quedar del todo dentro de ella.
—Para un momento —le indicó Nadia, con la mano apoyada en su espalda—. Deja que se acostumbre.
Un instante después empezó a moverse, entrando y saliendo con cuidado. Lucía seguía quejándose, pero pedía más. En cuestión de segundos se hizo a él y fue ella misma quien empezó a empujar hacia atrás, marcando el ritmo, gimiendo cada vez más suelta.
Hugo y yo nos quedamos mirando, todavía duros, y las chicas decidieron aprovechar el momento. Nadia se acercó a mí y Sonia fue a por su marido; se arrodillaron las dos frente a nosotros y empezaron a recorrernos de arriba abajo.
Nadia me atendía sin prisa, apretándome con suavidad mientras deslizaba la otra mano entre mis piernas hasta colarme un dedo. Sonia, en cambio, devoraba a Hugo como si fuera la última vez.
Cuando Nadia se puso de pie, me empujó contra el sillón y se montó encima, clavándose hasta el fondo. Sonia se colocó tras ella, a cuatro patas, con la cara entre sus nalgas, mientras Hugo la penetraba desde atrás dando golpes secos de cadera.
Iván seguía moviéndose dentro de Lucía, que gemía cada vez más rápido, agarrándose un pecho con una mano mientras la otra desaparecía entre sus piernas.
—¡Me corro! —gritó de pronto—. Joder, qué gusto.
La miramos hacerlo, entre espasmos, casi al mismo tiempo que Iván se ponía rígido y se vaciaba dentro de ella con un gruñido ronco.
***
Nadia seguía saltando sobre mí. Me agarró la cara, me besó buscando mi lengua con la suya y se corrió sin dejar de moverse, con la respiración acelerada contra mi boca. Notaba cómo se contraía, apretándome, y al final me arrastró con ella. Terminé dentro mientras se dejaba caer sobre mi pecho, abrazándome.
Hugo y Sonia ya habían acabado también. Los encontré tumbados en el suelo, con las piernas entrelazadas y la respiración entrecortada.
—Estoy agotada —resopló Sonia, riéndose.
Nos reímos todos, porque estábamos igual. Todos menos Lucía, que por cómo seguía acariciando a Iván parecía dispuesta a una segunda ronda.
—Yo ya no puedo más —admití—. Toca descansar, que no todos somos tan jóvenes como estos dos.
—Cariño —le dijo Hugo a Sonia—, ¿y si nos vamos a casa a dormir?
—Si me ayudas a levantarme, nos vamos —respondió ella, todavía sin aliento.
Se incorporaron como pudieron y, tras unos besos de despedida, se marcharon a su piso sin molestarse en vestirse. Menos mal que en el rellano solo vivíamos dos vecinos.
Lucía, Iván, Nadia y yo nos quedamos un rato más sentados, hablando de cómo habíamos llegado a aquello, casi sin proponérnoslo. Tampoco tardamos demasiado en arrastrarnos a la cama. Iván y Lucía durmieron en una de las habitaciones libres.
A ellos todavía les quedaba energía. Desde nuestro cuarto los oímos un buen rato, hasta que el cansancio pudo con nosotros y nos quedamos dormidos, acurrucados, con la certeza de que los novatos ya formaban parte del grupo.