Cinco amigas, un masajista y un fin de semana sin reglas
Quien lea esto y no me crea, allá él. Yo lo viví, y lo sigo viviendo cada vez que las cinco quedamos en casa de Marcelo. Esa madrugada estábamos en su cama: Noelia, Inés y yo, junto a dos mujeres maduras que habíamos conocido apenas unas horas antes, cuñadas entre ellas, y por supuesto él, en mitad de todo.
Inés se ocupaba de los pechos de las dos maduras, ese trabajo paciente de lengua que solo una mujer joven sabe regalarle a otra que le dobla la edad. Noelia tenía la boca pegada al sexo de la cuñada que ya se sabía bisexual. Yo me quedé con la otra, la tímida, la que nunca había sentido la lengua de otra mujer entre las piernas.
No me interesa desvirgar a nadie a la fuerza. Me gusta saborear despacio un sexo que todavía no conoce esa caricia, hacer que la primera vez sea algo que no se olvide. Así que fui suave, atenta, escuchando cómo se le entrecortaba la respiración con cada movimiento de mi boca.
Marcelo, mientras tanto, dejaba que las dos maduras se turnaran con su polla. Cuando una la tenía en la boca, solo se oía a la otra jadear por lo que nosotras le hacíamos abajo. Pero un hombre tiene su límite, y noté que él ya quería entrar en algún sitio.
—¿Os molesta si lo hacemos sin nada? —les preguntó a las cuñadas, con la voz baja—. Con ellas lo hago al natural, estoy sano.
Las dos asintieron. Y entonces empezó por Noelia, casi a cuatro patas. Le agarró las caderas y de un solo empujón se la metió entera. Creo que gritó, pero como tenía la boca contra el sexo de la cuñada bisexual, apenas se la oyó. La folló fuerte, como si llevara horas conteniéndose, porque eso era exactamente lo que pasaba.
Luego le tocó a Inés. Ella nunca dice que no, pero tampoco le gusta la rudeza.
—Más despacio, que a mí me gusta de otra manera —murmuró cuando lo sintió entrar.
Y él le hizo caso. Lento pero constante, sin detenerse, hasta que Inés también empezó a gritar con cada orgasmo, ayudada por las bocas que le mordisqueaban los pezones. Cuando una mujer está a punto de correrse, los pezones se vuelven cables pelados; cualquier lengua que sepa moverse multiplica lo que sientes. Nosotras lo sabemos porque nos conocemos los cuerpos, las cinco, de tantas noches juntas.
Él sacó la polla brillante de los jugos de Inés y me miró a los ojos. Supe que me tocaba. Cuando apoyó la punta en mi entrada, casi rozándome, sentí un escalofrío. Y cuando empezó a empujar y me susurró al oído «qué bien te lo estás pasando, golfa», ese escalofrío se convirtió en un rayo que me nació entre las piernas y me subió directo a la cabeza.
No soy multiorgásmica, pensé, pero esta noche voy a serlo.
Me corrí solo con la primera embestida. No fue el cuerpo, fue la cabeza: estar rodeada de mujeres desnudas, con el olor de todas en el aire, sabiendo que él iba pasando de un sexo a otro sin prisa. Me separé de los labios de la cuñada tímida y grité contra el colchón. Marcelo no paró. Siguió entrando y saliendo, y conseguí encadenar un segundo orgasmo, y un tercero.
Pero yo sabía lo que tenía que hacer. Cuando estaba a punto del cuarto me aparté de él y dejé libre, abierto y esperando, el sexo de su antigua clienta, la madura con la que nunca había llegado a acostarse cuando le daba masajes. Fue un gesto pensado: que descargara dentro de ella todo lo que llevaba aguantando.
Tardó, pero la folló con una fuerza casi brutal, empotrándola con cada empujón, hasta que se vació dentro. Y cuando se retiró, agotado, todas las que estábamos cerca bajamos a la vez, como desesperadas, a recoger con la lengua lo que se derramaba. No para tragarlo: para compartirlo entre nuestras bocas. Ese beso blanco es de lo mejor que tiene el sexo.
Después llegó el cansancio. Nos quedamos pegadas unas a otras, todos los cuerpos enredados, y dormimos hasta que amaneció.
***
En el pueblo de Marcelo hay gallos, y vaya gallos. A las siete de la mañana ya estaban cantando como si les fuera la vida en ello, y despertaron de golpe a Cecilia y a Rocío, que la noche anterior se habían quedado fuera de combate por culpa de las copas y se habían perdido la fiesta entera.
Era sábado. Mi primer sábado en muchos meses sin tener que madrugar para ir al trabajo, y casi no me lo creía. Las cuñadas se despertaron también, maldiciendo a los gallos entre risas, y nos dieron las gracias por la noche. Intercambiamos teléfonos —no solo por repetir, que eso seguro, sino por ampliar el círculo— y se ducharon con un par de nosotras antes de vestirse y volver a sus casas.
Marcelo tenía el móvil lleno de mensajes. Da masajes a domicilio, solo a mujeres, y aunque había avisado en su grupo de que ese fin de semana no trabajaba, cinco clientas insistían igual. Dos incluso lo amenazaron con hablar mal de él si no iba.
Él las llamó una a una, sin perder la calma.
—Puedes amenazarme todo lo que quieras —le dijo a una—, pero no tengo contrato contigo. Avisé hace una semana de que descansaba. Si quieres un masaje hoy, busca a otro y paga lo que te pida. Yo me merezco un día libre como cualquiera.
No bloqueó a ninguna, porque al final todas entendieron, aunque siguieron insistiendo el resto del día hasta que las silenció. Nosotras lo escuchábamos mientras desayunábamos, y le dijimos que no hacía falta que renunciara a nada por nosotras, que entendíamos su trabajo.
—Chicas —contestó, sirviéndose un zumo de naranja con trozos de plátano—, todo el que trabaja necesita descansar. La cabeza más que el cuerpo. Os prometí que este fin de semana era para vosotras, y lo va a ser. No pienso ir a meterle mano a unas señoras que solo quieren presumir de que tienen a alguien que les hace caso. Con vosotras gano otra cosa, y esa no se paga.
***
—¿Quién va a ser la próxima en tumbarse para su masaje de pechos? —preguntó, frotándose las manos—. Cecilia ya tuvo el suyo ayer.
Levantamos la mano como en el colegio, todas menos Cecilia, que la bajó rapidísimo entre carcajadas. Quedábamos Rocío, Inés, Noelia y yo.
Rocío se le pegó como una lapa y no lo soltó, así que fue la primera. Marcelo montó la camilla en el jardín, con sus sábanas desechables y su rutina de siempre, y pidió dos voluntarias para ayudarlo con los juguetes de la bolsa. Cecilia e Inés se ofrecieron.
—Yo me quedo en pantalón corto —avisó él—. Podría hacerlo desnudo, pero cuando doy un masaje no se me levanta. Estoy demasiado concentrado.
Nosotras nos miramos. Conocemos a Rocío: es la mejor de las cinco con la boca, y se tomó esa frase como un reto personal. En cuanto él se colocó junto a su cabeza para empezar con los pechos, ella misma le bajó el pantalón, le sacó la polla todavía dormida y se la metió en la boca, mientras abría las piernas para que Cecilia e Inés le trabajaran el sexo con los juguetes.
Y por mucho que Rocío hizo —y vaya si hizo, con la lengua, con las manos, con todo— esa polla no creció. Marcelo le masajeó los pechos durante más de una hora, despacio, amasándolos, apretándolos, dejándole los pezones duros como piedras. Rocío tuvo tres orgasmos seguidos por los juguetes y los dedos, gritando con la boca todavía ocupada.
Y cuando terminó, por primera vez en su vida, Rocío no había conseguido empalmar a un hombre. Pero no se sintió derrotada. Se sintió orgullosa: había aprendido que una mujer puede correrse tres veces sin que un hombre la penetre, solo con otras manos, otras bocas y unos pechos bien atendidos. Eran casi las nueve de la mañana.
***
Después nos metimos en la piscina, pero al rato vimos a Marcelo asomado a la ventana de arriba: estaba cambiando las sábanas de su cama y limpiando el baño. Nos miramos todas a la vez con la misma idea. Salimos del agua, nos pusimos las camisetas que él nos había prestado —ninguna con ropa interior debajo— y subimos a ayudar. Una cosa es estar invitadas y otra dejarle la casa hecha un desastre.
Entre seis personas, lo que habría sido toda una mañana de limpieza se hizo en menos de una hora. Luego nos arreglamos lo justo, sin maquillaje, y nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo hasta la hora de comer.
Parecíamos sus sobrinas. Cinco mujeres jóvenes, ninguna llegaba a los veintisiete, caminando alrededor de un hombre maduro que nos doblaba la edad, con esas canas que, no lo voy a negar, también calientan. Compramos pan, agua, fruta que íbamos comiendo por el camino y unos dulces de una pastelería que olía tan bien que avanzábamos como zombis detrás del aroma, mientras él se descojonaba. También algo de beber para las chicas; Marcelo y yo no tomamos alcohol. Por el camino nos hizo de guía, nos enseñó la iglesia y unas casas de más de ciento cincuenta años. Fue una mañana instructiva y de muchas risas, con Rocío y sus pezones todavía erguidos como protagonistas del chiste.
***
A la hora de comer secuestramos al hombre. Lo echamos de la cocina y le prohibimos entrar salvo para indicarnos dónde estaba cada cosa. Cocinamos las cinco, desnudas bajo las camisetas, y él solo nos miraba: esa era una fantasía que nunca había podido cumplir, ver a varias mujeres preparando la comida medio desnudas en su casa. De vez en cuando alguna se le acercaba, se subía la camiseta y le ofrecía un pecho para que lo lamiera. Somos así de juguetonas cuando estamos felices.
El postre era helado de varios sabores, y ahí empezó lo bueno. La primera en agacharse bajo la mesa fue Rocío, la experta. Se metió helado en la boca, le separó las piernas a Marcelo y se la metió flácida, fría y todo. No sé qué siente un hombre con algo tan frío rodeándole la polla, pero la cara de él era un cuadro. Y esta vez sí: la experta consiguió lo que el masaje no había logrado. Se la dejó dura, gorda y erguida.
Cuando salió de debajo de la mesa con una sonrisa de victoria, fuimos haciendo lo mismo una a una. Ya teníamos a aquel hombre listo para ser cabalgado, y no le dejamos otra opción. Se apartó de la mesa y, por turnos, lo montamos a lo amazona. Unas de frente, otras de espaldas, pero todas, absolutamente todas.
La primera fue Cecilia, claro: llevaba casi un día entero deseándolo. Cuando tuvo sus dos orgasmos y quedó satisfecha, le dejó el sitio a Rocío, que se corrió casi al instante y luego cedió el turno a Noelia. Esa lo cabalgó con tanta rabia que se dejaba caer con todo su peso buscando el placer más bestia. Mientras tanto, las demás nos comíamos los sexos y los pechos unas a otras, tumbadas en el sofá.
Luego subí yo, y lo hice despacio. No porque no me guste fuerte, sino porque sabía que él quería correrse dentro de una de las que cumplían años esa semana. Era como preparar el regalo para que lo disfrutara otra. Lo cabalgué lento hasta mis dos orgasmos y me bajé.
El turno final fue para Inés. Empezó suave, como a ella le gusta, y al llegar a su segundo orgasmo se soltó en una cabalgada feroz, tan fuerte que Marcelo gritó y se vació dentro de ella con un chorro larguísimo. Ella temblaba como pocas veces la había visto. Él incluso perdió un segundo la noción del tiempo, como si se hubiera desmayado. Entre unas le limpiábamos la polla y otras bajaban a beber de Inés esa mezcla de los dos, pasándonosla de boca en boca con besos lentos.
Marcelo se desplomó en el sofá, destrozado, agotado por lo que cinco mujeres jóvenes acabábamos de hacerle. Nosotras seguimos un rato más, besándonos y metiéndonos dedos hasta que cada una tuvo un último orgasmo, y después nos tumbamos a su lado, satisfechas, para una siesta que empezó en el sofá y terminó en las hamacas de la piscina.
Lo dejamos descansar. Podríamos haber seguido, pero era sábado y nos quedaba toda la tarde y toda la noche por delante. Y eso, lo que pasó después, ya es otra historia.