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Relatos Ardientes

Andrés me vendó los ojos y me llevó al descampado

Ilustración del relato erótico: Andrés me vendó los ojos y me llevó al descampado

El invierno se había marchado sin avisar y la primavera llevaba ya un par de meses instalada entre nosotros. Andrés y yo nos habíamos ido conociendo despacio, y en algún momento, sin darme cuenta, le había confesado mis fantasías más íntimas, esas que nunca le había dicho a nadie. Desde entonces todo había cambiado. Él ya no me avisaba del cuándo, del cómo ni del dónde. Ahora todo era sorpresa, y eso me volvía loca.

Agradecía ese juego más de lo que estaba dispuesta a admitir. La incertidumbre alimentaba mi morbo de una forma que ningún plan detallado habría conseguido. Vivir sin saber cuándo llegaría la próxima llamada me mantenía en un estado de alerta constante, casi febril.

Mi trabajo me permitía quedarme en casa varios días a la semana, conectada al ordenador desde la habitación que había convertido en oficina. Andrés conocía mis horarios mejor que yo misma. Sabía cuándo tenía reuniones y cuándo no, cuándo podía desaparecer un par de horas sin que nadie me echara en falta. Y lo usaba a su favor.

Esa mañana estaba peleándome con una hoja de cálculo cuando el teléfono empezó a vibrar sobre la mesa. Lo miré con esa mezcla de fastidio y esperanza que ya conocía bien.

—Buenos días, dime.

—Marina, esta tarde paso a buscarte sobre las nueve. Ya sabes, sin ropa interior. Te espero en el portal.

Colgó antes de que pudiera contestar. Mi cuerpo reaccionó como siempre, como si tuviera vida propia y no me consultara nada. El sexo se me humedeció de golpe y los pezones se me endurecieron hasta marcarse bajo la tela de la camiseta. Se acabó el trabajo. Se acabó la concentración. A partir de ese instante solo existía una pregunta dando vueltas en mi cabeza: ¿qué me tenía preparado esta vez?

Me metí en la ducha y me rasuré con cuidado, como hacía siempre antes de estas citas. Pasar la cuchilla por mi sexo me excitó tanto que no pude evitar acariciarme allí mismo, bajo el agua caliente, hasta que las piernas dejaron de sostenerme y caí de rodillas sobre el plato de la ducha. Salí jadeando, temblando, con el corazón desbocado.

Apenas me había dado tiempo a vestirme cuando el teléfono volvió a sonar.

—Marina, estoy en el portal.

La adrenalina se me disparó otra vez. Me había puesto una camiseta blanca de manga corta que dibujaba la forma de mis pechos y, ahora, también la de mis pezones erguidos. Una minifalda cortísima que apenas cubría lo justo. Bajé las escaleras casi corriendo, sintiéndome desnuda bajo la ropa.

Andrés me esperaba apoyado en el quicio de la puerta. En cuanto llegué a su altura, me detuvo con una mano y, sin decir palabra, me pasó una cinta negra alrededor de los ojos. El mundo desapareció. Dejé de ver y, de inmediato, todo lo demás se intensificó: el rumor de la calle, su respiración, una gota tibia que empezaba a bajar entre mis muslos.

—¿Qué es esto? ¿Adónde me llevas? —pregunté, y mi voz salió más temblorosa de lo que esperaba.

—Tranquila. No seas ansiosa.

Me guió hasta el coche y me ayudó a sentarme. Lo oí rodear el vehículo, acomodarse en el asiento del conductor y arrancar. No reconocía las calles. A ciegas, cada giro era una pregunta, cada frenazo una sorpresa. Conduje en mi imaginación por toda la ciudad sin acertar una sola esquina.

El asfalto dio paso a un camino de tierra. El coche se balanceaba sobre los baches y el ruido del motor cambió. Reconocí entonces, por el olor a campo que entraba por la ventanilla entreabierta, que me llevaba al mismo descampado de aquella primera noche. Pero esta vez no estábamos solos. Escuché otros motores cerca, puertas que se cerraban, voces apagadas.

Andrés detuvo el coche. Lo oí bajar, sus pasos rodeándome, y luego su mano abriendo mi puerta.

—Ven. Despacio.

Me condujo unos metros sobre la tierra irregular y me dejó plantada en medio de aquel descampado, todavía con los ojos tapados. La brisa de la noche se enredaba entre mis piernas desnudas y me hacía estremecer. Escuchaba el crujido de las ramas secas bajo unos pasos que se acercaban, y mi cuerpo entero se puso en guardia. Había gente alrededor. No sabía cuántos. No sabía quiénes.

Una mano se apoyó en mi hombro y empujó con suavidad hacia abajo. No necesité que nadie me explicara nada. Me arrodillé.

—Abre la boca —dijo una voz que no conocía—. Te la vamos a llenar.

Obedecí como una autómata. Abrí la boca y, casi sin pensarlo, también separé las rodillas sobre la tierra. Una polla caliente y gruesa entró entre mis labios mientras dos manos guiaban las mías hasta otras dos. Había más hombres. Lo notaba en el aire, en el calor de los cuerpos rodeándome, en el roce de la ropa.

El primero empezó a moverse despacio dentro de mi boca, tanteando, y luego más rápido, más hondo, hasta el fondo de la garganta. No tardó mucho. Lo sentí tensarse y descargar en un gemido ronco. Me aparté para tomar aire, y al instante otra polla ocupó su lugar y otra mano sustituyó a la que se retiraba.

Me deshice de la camiseta sin dejar de mover las manos. La noche me acariciaba la piel desnuda. Uno de ellos no resistió el ritmo de mis dedos y se corrió sobre mi cara, en el pelo, en el cuello. Se apartó, llegó otro a ocupar su sitio. Un tercero pidió paso y se vació sobre mis pechos y mi mentón.

Yo me volvía loca. Siempre había soñado con algo así, con ser el centro del deseo de varios hombres a la vez, con sentir que mi cuerpo era capaz de encender a todos esos desconocidos. Saberlo me empapaba cada vez más, me hacía gemir alrededor de cada polla que entraba en mi boca. Necesitaba una de ellas en mi sexo, lo necesitaba con desesperación, pero esa noche no iba de eso. Esa noche iba de quedar cubierta.

Después de que pasaran por mí cinco de ellos, no quedaba un centímetro de mi rostro, mi boca y mis pechos que no estuviera marcado. Tenía los párpados pegajosos, el pelo apelmazado, la barbilla goteando.

—Vamos a darle un buen lavado —dijo uno entre risas.

Los hombres que aún no habían terminado y los que ya lo habían hecho me rodearon. Comprendí lo que venía cuando escuché el primer chorro caer sobre la tierra, y luego otro, y otro, esta vez sobre mí. Una lluvia tibia me empapó la espalda, los hombros, los pechos. Era la primera vez que vivía algo así, y lejos de asustarme, me descubrí frotándome la piel con aquel líquido caliente, como si me limpiara de mí misma y de todo lo anterior. La tormenta terminó cuando el más alto de todos me metió la polla en la boca, casi para hacerme callar.

—Ahora marcadla bien —dijo otra voz—. Que se lleve nuestro olor a donde vaya.

Yo estaba en una especie de éxtasis que jamás había imaginado. Mi fantasía no solo se había hecho realidad: la superaba con creces. Mientras seguía usando las manos y la boca, uno de los primeros que se había corrido se deslizó bajo mis piernas y, sin previo aviso, empezó a lamerme el clítoris.

Me deshice al primer contacto de su lengua. Lo necesitaba con una urgencia que ni yo entendía. Me corrí enseguida, con un grito ahogado, y luego me dejé caer sobre su cara, sentándome encima, mientras él seguía, incansable, como si tuviera toda la noche para mí. Los que quedaban fueron descargando sobre mi cuerpo, cubriéndome de nuevo, mientras yo me corría una y otra vez con aquella lengua hábil trabajando entre mis muslos.

Uno a uno, los hombres se fueron marchando. Escuché los motores arrancar y alejarse hasta que solo quedó el silencio del campo. Me quedé tumbada en la tierra, jadeante, empapada, con el corazón todavía galopando. Entonces sentí los pasos de Andrés acercarse y el tacto de una toalla que me puso entre las manos.

—Esta noche no quiero que te vayas —le dije, todavía con la venda a medio caer—. Quiero que me folles. Como a la zorra que soy. Con fuerza, sin compasión.

Él se rió bajito, esa risa de cabrón que me encendía. Me ayudó a levantarme y me acompañó hasta el coche.

***

En cuanto llegamos a mi casa corrí a la ducha y abrí el grifo, dejando que el agua caliente arrastrara todo lo que llevaba encima. Me quedé allí casi un cuarto de hora, frotándome cada centímetro de piel, purificándome sin prisa. Salí, alcancé una toalla y empecé a secarme. No lo oí entrar.

Andrés apareció en el baño ya desnudo, me sujetó por la nuca, me giró de cara a la pared y, sin avisar, me clavó la polla de una sola embestida. Grité. Pero fue un grito de placer y de pura necesidad.

—Para, para, animal —jadeé entre risas y gemidos—. Para. Dame unos mimos primero. Quiero algo suave.

Me dio cuatro embestidas más, fuertes, antes de detenerse.

—Está bien —dijo contra mi oído—. Te voy a reventar despacio.

Salimos del baño. Se tumbó en la cama, colocó dos almohadas bajo su cabeza y me miró fijamente mientras yo seguía de pie al borde del colchón.

—Ven. Siéntate en mi boca.

Ya sabía lo que venía. Me coloqué sobre su cara, mirando hacia su polla, y fui bajando muy despacio, relamiéndome. En cuanto su lengua me rozó, me estremecí entera. Me apreté contra su boca y me lancé sobre él, tragándomelo entero. Andrés me abrió los labios del sexo con los pulgares y fue directo a mi clítoris, sin rodeos.

Cuanto más me lamía, más me empapaba, y él lo saboreaba con una avidez que me volvía loca, recorriendo cada pliegue como si no quisiera perderse nada. Yo chupaba, tragaba y sentía su polla atravesarme la garganta una y otra vez, gimiendo sobre ella mientras mi cuerpo se hundía en una sucesión de pequeños orgasmos que me hacían temblar. Me retorcía sobre su boca, intentando escapar de esa lengua que ya era demasiado, hasta que por fin logré separarme.

Me dejó descansar apenas unos segundos. Se levantó, puso una almohada en el centro de la cama y tiró de mis piernas hasta colocarme encima, con las caderas en alto. Se acomodó entre mis muslos con esa misma sonrisa de siempre y pasó la polla muy despacio por todo el largo de mi sexo, apretándome el vientre con la otra mano hasta arrancarme un gemido largo.

Entonces me miró y, despacio, como yo le había pedido, me la clavó hasta el fondo.

—Así, cabrón —murmuré—. Así, despacito. Déjame sentir cómo me llenas.

Entraba y salía con toda la lentitud de la que era capaz, observándome relamerme de gusto, disfrutando de cada gesto. Me follaba con cariño, con una calma deliberada que me deshacía más que cualquier embestida. En un momento me tensé entera, me agarré con fuerza a sus caderas, lo rodeé con las piernas y me clavé en él dejando que mi cuerpo se convirtiera en un torrente. Andrés también se tensó, empujó hasta lo más hondo y se dejó ir dentro de mí con un gemido sordo.

—Así querías, ¿verdad? —dijo entre jadeos.

—Sí —contesté, agotada y feliz—. Ya lo sabías. Ya lo sabías.

Esa noche, por primera vez, Andrés se quedó a dormir conmigo.

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Comentarios (4)

Mauri_Rdz

excelente!!! me dejaste con ganas de mas desde la primera linea

NachoBaires

La venda en los ojos le da un toque diferente a lo que uno suele leer por aca. Muy bien logrado

Viajera_Sola

La tension del principio es increible. Se nota que sabes contar las cosas sin apurarte. Seguí publicando!

Fede_Cba

Me recordó algo que viví hace un tiempo... esa mezcla de miedo y excitacion es dificil de poner en palabras y vos lo capturaste perfecto

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