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Relatos Ardientes

El juego de parejas que terminó con Lucía y mi amigo

Las cosas pasaron más o menos así.

Hugo nos llamó una tarde para invitarnos a su casa. Quería intentar algunos juegos con varias parejas, todos amigos de confianza, y le gustaría que participáramos si la cosa cuajaba. Lucía y yo ya habíamos hablado de algo parecido: probar con gente que nos atrajera, si alguna vez se presentaba la ocasión. Lo habíamos dicho en la cama, entre risas, como quien planea un viaje que nunca termina de comprar.

—Me gusta acostarme contigo, lo sabes —me dijo ella esa misma noche—. Pero no sé si me gusta porque eres tú o porque me gustaría con cualquiera. Follar por follar, sin más. Aunque tampoco estoy segura de que valga la pena, le faltaría lo otro. ¿Tiene sentido lo que digo?

—Lo tiene —contesté—. Pero estoy seguro de que lo pasarías bien. Cierra los ojos e imagina que te toca quien tú quieras.

Le metí la mano bajo la blusa y le rocé el pezón con el pulgar.

—¿Y esto? ¿Te gusta lo que te hace?

—De momento, sí —murmuró—. ¿Qué más me haría?

—Te tocaría aquí —le bajé la mano por el vientre hasta colarla bajo el pantalón, que llevaba apretado—, y luego entraría despacio. Te buscaría de mil formas. Y tú podrías probar a qué sabe, solo para verlo crecer en tu boca.

—Suena bien —dijo, y por supuesto terminamos haciéndolo.

Yo también quería probar, aunque no sabría explicar por qué. Teníamos dudas mezcladas con curiosidad y ninguna experiencia.

***

La noche de la reunión éramos cuatro parejas. Hugo abrió con un discurso sobre los celos: decía que la mejor manera de vencerlos era enfrentarse a ellos de cara, darles de comer aquello que más temían, para comprobar que el mundo no se hundía porque tu pareja disfrutara con otro. Que además era excitante. No hacía falta tanta charla, porque todos sabíamos a qué habíamos ido; quizás se lo decía a sí mismo más que a nosotros.

—Quiero enseñaros un vídeo —anunció—. Y proponer que lo juguemos tal cual.

Encendió el ordenador que tenía preparado. En la pantalla, cuatro chicas reían y charlaban en un plató japonés mientras una presentadora les mostraba carteles que no entendíamos. La cámara bajó: cuatro hombres tumbados, tapados de cintura para arriba, anónimos, listos para ellas. Una a una, las chicas se acuclillaban junto al que les tocaba, lo tomaban con la mano entre risas y luego se sentaban encima. Uno de esos programas absurdos que solo existen allá.

—Esto es lo que propongo —dijo Hugo—. Los chicos tumbados, sin que se les vea la cara. Las chicas eligen, procurando esquivar a su propia pareja si la reconocen.

No sé por qué no me mordí la lengua.

—Pero el vídeo no ha terminado. ¿Qué pasa después?

—La primera parte cubre la fantasía del anonimato. La segunda es más fuerte —adelantó la imagen a trompicones—. En el plató, nadie se corre en la primera ronda. Después se elige a una sola pareja, y esos dos terminan de verdad mientras los demás miran. Podríamos hacerlo así: que la primera vez nadie acabe, y luego sorteamos quién se queda en el centro.

Bianca, su mujer, soltó una carcajada nerviosa. Noelia se mordió el labio. Valeria, la pareja de mi mejor amigo Adrián, me miró un segundo de más.

—Eso sí —añadió Hugo—, los que folien tienen que hacerlo en serio, como si fueran amantes. Imaginad lo que sentirán las parejas de quienes estén en el centro. Celosos y a la vez muertos de ganas. Solo de pensarlo se me pone dura.

Lo votamos. Salió esa opción. Yo deseaba que me tocara, y deseaba que fuera con Valeria.

***

Entre risas nerviosas lo preparamos todo. Los hombres nos tumbamos cubiertos por sábanas que nos tapaban la cara y el pecho. Las chicas entraron cuando ya estábamos colocados, de modo que ninguno sabía a quién tocaba ni quién lo tocaba a él. Ellas tenían ventaja: si reconocían la de su pareja, podían deducir a quién se la metía esa noche, aunque no quién se la metía a ellas. Hugo nos sugirió que nos acariciáramos para recibirlas ya empalmados.

—Nunca había visto tanta postura firme —oí decir, creo que a Bianca. Más risas.

Sentí cuatro manos pasar una a una por mí, reconociendo el terreno. Una de ellas se demoró con cierto cariño; supuse que era Lucía, que me conocía de memoria. Yo estaba en segundo lugar. Cuando se colocaron, creí distinguir la risa de mi mujer apoderándose del primero de la fila, que sabía que era Adrián. Ella, en cambio, no tenía por qué reconocerlo; aunque tal vez sí intuyó que yo quedaba justo al lado.

Empezaron por las manos, sincronizadas, como si lo hubieran hablado. Luego se inclinaron a la vez y nos tomaron en la boca. No tenía ni idea de quién me atendía, y me gustó imaginar que era Valeria. Tenía la mente partida en dos: el placer de aquella boca y la certeza de que la de Lucía estaba ocupada con Adrián. Que fuera precisamente él me removía por dentro más que cualquier otra cosa.

Después se sentaron encima, mirando hacia nuestros pies, como en el vídeo. Volví a desear que fuera Valeria, ahora con más razón. Pero por la firmeza y la amplitud, por la forma en que se acomodó, supe que era Bianca. Entró fácil, bien dispuesta, y se movió primero adelante y atrás y luego arriba y abajo, apoyando las manos en mis muslos para sostenerse. Hugo había puesto una alarma a los tres minutos. No me dio tiempo a acabar, ni a mí ni a nadie; esa era la idea.

Durante esos minutos escuché los sonidos de Lucía, guturales, distintos a los que yo le conocía. No estaba seguro de que me gustaran. Pero me excitaron.

Cuando nos quitamos las sábanas, las chicas ya se habían agrupado a un lado, de modo que no podíamos saber con certeza quién había estado encima de cada uno. Ellas sí lo sabían: nos habían visto destaparnos.

***

—¡Ahora viene lo mejor, al menos para a quien le toque! —anunció Hugo, frotándose las manos.

Sacó un papel doblado con un número del uno al cuatro. Cada uno conocía su posición. Primero levantaría la mano la chica, después el chico. El de más a la izquierda era el uno; el de la derecha, el cuatro. Yo era el dos, compartido con Bianca. Lucía y Adrián eran el uno.

Salió el uno. Cómo no.

Me quedé un poco aturdido. Ya se la había metido un rato, y ahora iban a hacer el amor de verdad, como amantes, mientras a nosotros nos tocaba mirar. Y encima era mi mejor amigo. Nunca los había visto ni coquetear; aunque por dentro, quién sabe, igual les pasaba lo mismo que a mí con Valeria. Lucía me miró y levantó la mano. Adrián la levantó después, y nos miró a Valeria y a mí. Nos apartamos para dejarles el centro. Antes de empezar, los dos tuvieron el detalle de acercarse y darnos un beso.

Se separaron un poco y hablaron entre ellos, no muy alto, pero se les oía.

—Parece que nos vamos a dar placer —dijo Lucía—. ¿Te apetece conmigo?

—Mucho. Me alegro de que me toque contigo. Ya lo probamos antes, pero no sabía que eras tú.

—¿Y Diego y Valeria?

—Es un juego. Lo entenderán. Pero tú quieres, ¿no?

—Sí. Me apetece de verdad.

Ella vino hacia mí y me rozó con la mano.

—Te quiero. No te preocupes, es solo un juego —me dijo bajito—. Me gusta que sea con Adrián. Ya te contaré. Bueno, lo verás en primera fila.

***

Cogimos sillas y nos sentamos cerca. Yo los veía de costado. Lucía se plantó frente a él, lo miró a los ojos y, tras un instante de duda, le quitó la camiseta. Adrián quedó desnudo del todo. Ella nos miró, rió nerviosa y se quitó la suya. Tenía los pechos pequeños, casi planos, con unos pezones que se le ponían tiesos solo de quedar al aire. Nunca habían sido los pechos más bonitos del mundo, pero eran los suyos, y a mí me había costado convencerla de que me gustaban más que ningunos. Era verdad. La piel, eso sí, la tenía finísima.

Le tomó el sexo con las dos manos. Aún no lo tenía del todo crecido, pero al calor de sus dedos se fue endureciendo. Volvió a mirarnos, rió otra vez y se arrodilló. Pensé que iba a usar la boca, pero se lo apretó entre los pechos, empujándolos hacia el centro, y subió y bajó el cuerpo una docena de veces sin dejar de mirarlo. Luego dirigió la punta a un pezón y a otro, y un hilo brillante quedó uniéndolos al separarse. Lo rompió con dos dedos.

—Si sigues así, me corro antes de tiempo —soltó Hugo en voz alta, mirándome a mí—. Me está encantando Lucía. Lástima que no me haya tocado.

Ninguno de los dos le hizo caso.

—¿Te gusta? —le preguntó ella, embelesada.

—Mucho.

Él le pasó el índice por el pezón y, al notar lo fina que tenía la piel, le recorrió despacio el vientre y los pechos, solo para sentirla. Yo estaba horrorizado y, sin embargo, tan duro como él. Tenía a Valeria sentada a mi lado, y le pasé el dedo por su pezón, por debajo de la camiseta, exactamente como acababa de hacer Adrián. Quizás debí pedir permiso, pero ella me lo dio a tiro hecho: me miró, sonrió y se quitó la camiseta. Tenía los pechos más llenos que los de Lucía, y me cogió la mano para plantármela encima. Pasó su dedo por mí, de abajo arriba, y eso me alivió un poco. Un alivio más del alma que del cuerpo. Lo mejor de Valeria eran los labios, gruesos y rojos sin necesidad de nada, y unos ojos grandes y almendrados. Le besé el pezón. Me gustó demasiado hacerlo.

Lucía lo tomó en la boca, una docena de veces, lo sacó, nos miró —vio mi mano en el pecho de Valeria— y volvió a hundirse, ahora más despacio, recorriéndolo con la lengua de arriba abajo, deteniéndose justo donde sabía que él era más sensible. Yo le había enseñado ese truco. El festín se lo estaba dando ella más que él.

—Me da un poco de vergüenza que me miréis —dijo, lamiéndolo otra vez—, y también morbo. ¿Os gusta lo que vamos haciendo?

Nadie contestó. Seguimos mirando.

***

Lucía empujó a Adrián para que se tumbara, se montó encima y se lo introdujo despacio, con la cara contraída de placer. Él cerró los ojos.

—Ahhh, me gusta —gimió ella, mirando más a Valeria que a mí. Estoy seguro de que en mi cara había algo parecido al miedo.

—Pellízcale los pezones —se me escapó decirle a él, porque sabía cuánto le ponía eso a ella.

Adrián obedeció, sin hacerle daño, justo como a Lucía le gustaba. Ella se enderezó, las manos en su pecho, y empezó a subir y bajar, gimiendo casi en cada movimiento. Después se puso a cuatro patas y miró hacia atrás para ver cómo entraba él. Adrián se arrodilló, la recorrió primero con la lengua y luego la tomó desde atrás, sujetándola por la cintura. Ella giró la cabeza y volvió a buscarnos a Valeria y a mí, que en ese momento estábamos cogidos de la mano sin saber muy bien desde cuándo.

Entonces me fijé en él. Tenía el sexo brillante, completamente listo, en un punto que pocas veces he visto en otro que no sea el mío. No era solo dureza: era urgencia, deseo concentrado, ese estado en que un cuerpo solo se resuelve dentro del otro que lo provocó. Y ese deseo lo había despertado Lucía. Saber lo que se siente al entrar así, en la persona que te ha puesto de ese modo, me dio una punzada de celos que no había sentido en toda la noche.

Él le pidió que se tumbara. Lucía se recostó, dobló y separó las rodillas, y él se colocó entre sus piernas. Cuando entró, ella soltó un grito, como una descarga. Si antes me había mirado pidiendo permiso o dedicándome la escena, en ese instante me ignoró por completo. Estoy seguro de que perdió por entero la conciencia de que yo estaba cerca, mirando.

Aquel grito fue el pistoletazo de salida de otros, lamentos de placer que pocas veces le había oído conmigo, y solo en nuestras mejores noches. Adrián se abalanzó sobre uno de sus pechos y enseguida se tumbó del todo encima, juntando los cuerpos, y la besó. Ella le respondió, le rodeó la cabeza con los brazos, y vi cómo sus lenguas se buscaban con un deseo que me costaba mirar. En aquel momento llegué a pensar que me dejaría por él.

Valeria, apiadándose de mi estado o por necesidad propia, me tomó con la mano y empezó a apretar. Entendí que estaba tan urgida como yo, y llevé mi mano a su sexo. Reconozco que me encantó tocarla. La froté hasta que los dos rozamos el borde, y entonces ella se encaramó encima, de frente, y me introdujo dentro de sí. Sentí sus pechos contra el mío, juntamos las bocas abiertas y, al poco, oímos a Lucía y a Adrián romperse en un orgasmo enorme. Mi cabeza no aguantó más y me corrí con una especie de bramido. Valeria tampoco pudo sostenerse: se contrajo, saltó sobre mis muslos perdiendo el control y soltó un grito desgarrado.

Cuando volví en mí, todavía dentro de ella, comprobé que le tenía las nalgas cogidas con las dos manos. Las otras parejas se habían recolocado también. Lucía y Adrián seguían besándose, unidos aún, pero ya sin moverse.

***

Al salir de la fiesta nos fuimos los cuatro en mi coche: Adrián, Valeria, Lucía y yo. Por suerte, Lucía se sentó de copiloto, como lo más natural del mundo. Íbamos en silencio hasta que lo rompió ella.

—Conque «pellízcale los pezones», ¿eh? —Y se lanzó a mi cuello con un mordisco y un lametón que me recorrió entero como una corriente.

—¿Te los pellizcó bien?

—Muy bien. Diego, esto que hemos hecho es un poco peligroso. Me ha gustado mucho con Adrián; supongo que si aprecias a la persona con la que estás, todo resulta más intenso, y él ha sido muy cariñoso. También quería dar un poco de espectáculo. Perdona, Valeria, pero esto hay que hablarlo: sé que estuviste con Diego, y me alegro, aunque imagino que no fue lo mismo. Nosotros tuvimos más tiempo.

—Es verdad —respondió Valeria desde atrás—, pero en menos tiempo me gustó mucho con Diego, que lo sepas. Quizás lo nuestro no fue tanto espectáculo como lo vuestro, pero acabó igualmente dentro de mí. Supongo que te lo imaginas.

—Me alegro. Lo que quiero decir —Lucía se giró hacia mí— es que te quiero a ti. ¿Y tú a mí?

Tardé en contestar.

—Incluso mientras este cabrón te la estaba metiendo.

—Oye, deja mi pobre virtud en paz —rió Adrián—. Era un juego acordado por todos. Hice lo que tenía que hacer, y tú habrías hecho lo mismo. De hecho lo hiciste. De los que estábamos hoy, soy el que más quiere a Lucía después de ti. Alégrate de que fuera yo; nunca la habría tratado mal.

—Tranquilo, no estoy enfadado. Y si lo estuviera no sería por cómo la trataste, sino por lo bien que lo hiciste. Además, yo estuve con Valeria. No puedo quejarme. —Busqué sus ojos por el retrovisor.

—Lo que quiero decir —siguió Lucía— es que he descubierto que me gusta esto, además de contigo. Algo que sospechaba pero no sabía. Y, Diego, me ha gustado especialmente que me mirara mientras lo hacía. Ya lo sé, y precisamente porque lo sé, quizás viva más tranquila haciéndolo solo contigo. Salvo que alguna vez nos aburramos mucho. Así que me despido de estas historias. Pero antes…

Cogió a Adrián de las solapas que no tenía y le plantó un beso que terminó con lengua.

—Para el coche —ordenó Valeria.

Paré. Ella me agarró igual y me besó del mismo modo. Probé por segunda vez aquellos labios preciosos.

—Ahora estamos en paz —dijo Lucía, y empezó a reír. La seguimos todos.

Mis celos se manifestaron entonces de una forma extraña. Sabiendo que iba a volverme un poco loco, o precisamente por eso, para comprobar que aguantaríamos la prueba, dije:

—Hay otra despedida posible. Una como Dios manda, esta misma noche. Lucía duerme con Adrián, yo con Valeria, en habitaciones separadas. Que nadie diga que sí; solo, si alguien no quiere, que diga que no, y la idea se cancela.

Hubo un largo silencio.

—Vale —dijo finalmente Lucía—. Parece que todos quieren. Hagamos una despedida como Dios manda.

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Comentarios (4)

SantiCba88

Que bueno este!! de los mejores que lei en mucho tiempo

NocheArgentina

Increible, no pude parar de leer hasta el final. Muy bien escrito

Curiosa_1987

Por favor la segunda parte!! quedé con ganas de saber cómo siguió todo esto

Lautaro_89

Me recordó a una situación parecida que viví con unos amigos. La nuestra terminó diferente jajaj pero igual de intensa. Buen relato

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