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Relatos Ardientes

La invitación de los vecinos que aceptamos los dos

Como ya he contado en otras ocasiones, empecé muy joven a abrir mi pareja. No fue idea mía, sino de Diego. Después de dos años de casados, una noche me confesó que le excitaba imaginarme con otros hombres, que soñaba con verme disfrutar sin culpa y sin límites. Al principio me pareció una locura. Tardé meses en dejar de escandalizarme cada vez que sacaba el tema en la cama, mientras me acariciaba despacio y me lo susurraba al oído.

Lo que más repetía era una fantasía concreta: quería correrse en mi boca. A mí me daba un poco de reparo, no sabría explicar por qué. Me imaginaba la escena y algo se me cerraba por dentro, una mezcla de pudor y curiosidad que no terminaba de decidirse.

Una tarde, después de hacer el amor, me quedé tumbada con la sensación cálida de su semen dentro de mí. Me levanté para ir al baño y, casi sin pensarlo, recogí con dos dedos lo que se me escurría entre los muslos y me los llevé a la boca. No me desagradó. Lo hice una segunda vez, y una tercera, sin decirle nada, como un secreto que guardaba solo para mí.

La próxima vez lo voy a sentir todo, directo.

Y así fue. La siguiente noche, cuando él estaba a punto de terminar, me incliné y lo recibí entero en la boca. Diego abrió los ojos de golpe.

—Carla, me has hecho el hombre más feliz —dijo con la voz quebrada.

Mientras yo terminaba de limpiarlo con la lengua, pensé que iba a perder la erección. No la perdió. Me agarró por las caderas, me subió sobre su cuerpo, busqué su sexo con la mano y me lo metí entero. Me besó hondo, recorriendo mi lengua con la suya, recuperando con su boca el resto de lo que quedaba en la mía. Fue una explosión de sensaciones que no había sentido nunca con nadie.

—Eres la mujer perfecta para todo lo que quiero vivir contigo —me dijo después, abrazado a mi espalda—. Y para todo lo que tú quieras vivir con otros.

No sé si fue su insistencia o algo que llevaba dormido dentro de mí, pero a partir de los veinticinco años me convertí en una mujer hambrienta, decidida a experimentar y a gozar de mi sexualidad hasta el final.

***

Por aquel entonces se había mudado un vecino nuevo al bloque. Vivía dos pisos por encima del nuestro y debía rondar la treintena, con un porte elegante que llamaba la atención. Coincidíamos a menudo en el ascensor y siempre cruzábamos un par de frases sobre el tiempo, lo de siempre.

Pero algo cambió en mi cara después de aquella conversación con Diego. No sé qué expresión empecé a llevar, pero el vecino lo notó. De hablar del clima pasó a hablarme de otra cosa, con una sonrisa que no escondía nada.

—Conozco un sitio donde se juntan parejas —me dijo un día, apoyado en la pared del ascensor—. Gente discreta, hasta los cuarenta más o menos. Se intercambian, se conocen. Si te apetece ir con tu marido, llámame.

Me dejó una tarjeta con un número escrito a mano. La guardé en el bolsillo del abrigo sin saber muy bien qué iba a hacer con ella. Esa noche se la enseñé a Diego. Le brillaron los ojos como a un niño.

Pasamos casi una semana hablando del tema en voz baja, antes de dormir, como si fuera un plan secreto que nos pertenecía solo a nosotros dos. Él me preguntaba qué me daba miedo y yo no sabía contestarle, porque en realidad no era miedo lo que sentía, sino una impaciencia que me mojaba con solo pensarlo. Al final hice la llamada un martes, con la voz más firme de lo que esperaba, y nos dieron una dirección y una hora.

***

Fuimos un sábado. Había cinco parejas y un ambiente más tranquilo del que yo había imaginado, casi como una reunión de amigos. Nos pidieron que nos desnudáramos y lo hicimos sin dramatismo, como si fuera lo más natural del mundo. Una vez estuvimos todos, la gente empezó a emparejarse despacio, sin prisa.

A mí me tocó el hombre de más edad del grupo, aunque estaba muy bien dotado y tenía unas manos que sabían lo que hacían. Me cogió de la mano y me llevó a una habitación donde ya había tres personas: una mujer y dos hombres.

—¿Te importa que nos quedemos aquí? —me preguntó al oído.

—No —respondí, y era verdad.

Qué sensación más extraña. Mi acompañante empezó a acariciarme el cuerpo entero mientras yo, sin poder evitarlo, miraba el espectáculo de la cama. La mujer tenía a uno en la boca y al otro detrás, penetrándola despacio. De repente ella se incorporó, se montó sobre uno y el segundo se acomodó tras su espalda, entrando también. Yo no perdía detalle.

Mi compañero se arrodilló entre mis piernas y empezó a lamerme sin apartar los labios. Le agarré la cabeza con las dos manos y lo apreté contra mí. Estaba a punto de correrme, con toda su lengua dentro, sin dejar de mirar a los tres de enfrente, hasta que el placer me reventó por dentro y me quedé temblando.

Él se incorporó, satisfecho de haberme hecho gozar así, y no dijo nada. La verdad es que parte de aquel orgasmo fue de mirar el trío al mismo tiempo que su boca trabajaba sobre mí. Algo en ver a otros me encendía de una forma nueva.

Se colocó encima y entró en mí con un empuje firme y profundo. Yo seguía con la mirada clavada en la cama: habían vuelto a cambiar de postura. La mujer estaba ahora boca arriba, con uno debajo y el otro encima, los dos dentro de ella a la vez.

—¿Te has fijado en aquellos tres? —le dije, ardiendo.

—No puedo fijarme en nada cuando estoy con una mujer tan hermosa como tú —me contestó.

Dejé de mirar y me lo comí a besos. Lo agarraba cada vez más fuerte, tirando de él hacia mí para sentirlo todo lo dentro que cabía. Entre besos y caricias nos corrimos casi al mismo tiempo. Después se levantó y fue al baño.

—¿No te importa, verdad? —preguntó desde la puerta.

—No —dije. Cogí una toalla, me la apreté entre los muslos y me senté al borde de la cama, todavía recuperando el aliento.

***

Estaba así, sentada y pensativa, cuando apareció Diego. Se sentó a mi lado y me preguntó cómo había ido, cogiéndome la mano para llevarla hasta su sexo, duro otra vez. Y entonces, sin avisar, entró nuestro vecino en la habitación.

Se llamaba Rubén y estaba completamente desnudo, excitado, sin ningún pudor. Nunca había visto a un hombre tan velludo; parecía un peluche enorme y tibio. Me levanté para abrazarlo y la sensación fue de lo más agradable: tanto pelo y, sin embargo, lo suave que era su piel pegada a la mía.

—Voy un momento al baño a refrescarme —les dije a los dos.

Cuando volví, no me podía sacar de la cabeza la imagen del trío. Pensé en lo que Diego me había confesado tantas veces, en cómo le gustaba imaginarme poseída de todas las formas posibles. Y me pregunté por qué no iba a poder gustarme a mí lo mismo, verlo a él en el centro de la escena por una vez.

Entré en la habitación y me encontré con los dos en la cama: Diego con la boca en el sexo de Rubén, entregado, sin un gramo de vergüenza. Pensé que me lo estaban poniendo mejor que nunca, que aquella noche había venido a romper todas mis ideas de golpe.

Me hicieron sitio y me colocaron en medio de los dos. No dudé ni un segundo. Me llevé a Rubén a la boca y descubrí que era distinto a todo lo que conocía: la punta más bien pequeña y afilada, que se ensanchaba hacia la base hasta un grosor nada despreciable. Lo recorrí entero, despacio, sintiendo cómo respondía.

Me monté sobre él y me lo metí entero, despacio, y me quedé quieta un instante para sentirlo llenarme por completo. Rubén me sujetaba la cintura con esas manos grandes y me miraba como si llevara semanas esperando aquel momento en el ascensor. Empecé a moverme marcando yo el ritmo, inclinándome hacia delante para que mis pechos le rozaran el pecho velludo a cada embestida.

Entonces noté a Diego acomodarse detrás de mí, su aliento en mi nuca, sus manos sumándose a las de Rubén en mis caderas. Giré la cabeza hacia el vecino.

—¿No te gustaría estar tú con mi marido? —le susurré.

—Si tú lo deseas, sí —contestó, y me apretó contra él—. Pero ahora mismo me gustas demasiado tú.

Me reí contra su pecho velludo y me dejé llevar por las dos presiones a la vez, la de delante y la de detrás, sintiéndome el centro de algo que ya no me daba ni pudor ni miedo. Diego me besaba la espalda; Rubén me sostenía la mirada. Y yo, que años atrás me escandalizaba con una sola palabra dicha en la cama, pensé que aquello no había hecho más que empezar.

No me voy a extender más por hoy. Lo que pasó en las semanas siguientes da para otra noche entera, y prometo contarlo.

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Comentarios (4)

Silvana_GBA

Que buenoooo!!! me lo lei de un tiron sin poder parar jaja

ClaraB_01

Es historia real o ficcion? porque se lee muy autentica, los detalles son increibles

NocheFiel2

Me encanto como lo narraste, se siente cercano y natural. Una pareja muy valiente!

TomTom_AR

Increible. Gracias por compartirlo, de verdad

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