Esa noche en el chalet cambiamos de pareja por primera vez
El verano en la costa nos había vuelto adictos a la playa. Veníamos de otro país, de uno mucho más cerrado, y para nosotros era casi un descubrimiento ver a las mujeres tomar el sol sin la parte de arriba del bikini, como si nada. Lo comentábamos cada tarde, tumbados en la arena, hablando bajito para que nadie nos oyera. De ese tema saltábamos siempre al otro, al que nos rondaba desde hacía meses: buscar a otra pareja para intentar un intercambio.
Los dos somos tímidos. Mi mujer, Daniela, tiene un cuerpo que detiene el tráfico y aun así le cuesta horrores ponerse un bikini delante de extraños. Que le diera vergüenza no significaba que el mundo liberal no nos atrajera. Al contrario. Cuanto más prohibido sonaba, más vueltas le dábamos en la cama, susurrándonos fantasías que después nos daba pudor reconocer a la luz del día.
Empecé a meterme en esas páginas de contactos donde la gente se anuncia sin caretas. No era la primera vez: por una de ellas habíamos conocido meses atrás al chico con el que hicimos nuestro primer trío. Esta vez encontré el anuncio de una pareja que vivía en nuestro mismo pueblo. Dudé por el tema de la discreción, porque una cosa es alguien de paso y otra que te cruces al panadero, pero pudo más la curiosidad. Les escribí.
Contestaron rápido. En dos o tres correos ya teníamos su número, y esa misma noche estábamos los cuatro presentándonos por mensajes. Al parecer les habíamos gustado. Eran mayores que nosotros: él tenía cuarenta y uno, ella cuarenta y cinco. Daniela, en cambio, acababa de cumplir veintiséis y yo le sacaba un par de años. Esa diferencia, lejos de frenarnos, nos ponía.
Los días previos fueron una tortura deliciosa. Cada mensaje suyo nos disparaba la imaginación. Ellos eran directos sin ser groseros, explicaban cómo les gustaba, qué buscaban, qué no harían nunca. Esa franqueza nos tranquilizó. Daniela releía la conversación en la cama, conmigo pegado a su espalda, y yo notaba cómo se le aceleraba la respiración cuando llegaba a ciertas partes.
—¿Y si me bloqueo? —me preguntó una noche—. ¿Y si llego allí y no puedo?
—Entonces no haces nada —le dije—. Nadie te va a obligar. Vamos, vemos, y si no te apetece, nos tomamos un vino y a casa.
Le bastó con eso. Pero los dos sabíamos que iríamos hasta el final.
Intercambiamos una foto de presentación y la propuesta de vernos. Tenían una casa a las afueras, junto al mar, y nos invitaron para el viernes a las diez de la noche.
Antes de aceptar lo hablamos despacio. Daniela se mordía las uñas, yo daba vueltas por el salón.
—¿Y si no nos gustan en persona? —preguntó ella.
—Entonces tomamos algo, charlamos y nos vamos —dije, aunque por dentro deseaba que no fuera así.
Dijimos que sí.
***
El viernes llegamos puntuales. La casa era un chalet precioso, con la fachada blanca y el rumor del mar detrás. Nos abrió él. Lo llamaré Ernesto. Era un hombre bajito, no llegaría al metro sesenta, con una camisa planchada y un pantalón de tela impecable, de esos que parecen de oficina aunque sea verano. Nos dio la mano con una cortesía casi exagerada y nos hizo pasar al salón.
—Pilar está al caer —dijo cuando preguntamos por su mujer—. Tuvo que salir un momento. ¿Os pongo algo de beber mientras?
Aceptamos un vino y nos sentamos los tres a hacer conversación de cumplido. De dónde éramos, cuánto llevábamos en España, qué nos había traído hasta aquí. Daniela contestaba con monosílabos, apretándome la rodilla por debajo de la mesa. Media hora más tarde se abrió la puerta y entró Pilar.
Era una mujer rubia, grande, de pechos enormes y una manera de moverse que llenaba la habitación. Vestía con una formalidad que no encajaba con la situación. Parece una directora de instituto, pensé, y tuve que disimular la sonrisa. Nos saludó con dos besos, se disculpó por el retraso y, sin más rodeos, propuso lo que todos esperábamos.
—Hace una noche perfecta. ¿Os apetece la piscina?
Salimos al jardín. La piscina estaba iluminada por dentro, un rectángulo de agua azul que temblaba contra la oscuridad del mar al fondo. Nosotros, todavía cohibidos, empezamos a quitarnos la ropa: yo me quedé en bóxer, Daniela en tanga y sujetador, los dos en negro, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo.
—Aquí se entra sin nada —dijo Ernesto, y se desnudó sin ceremonia.
Me quedé helado un segundo. Pero al verlos a los dos desnudos, tan tranquilos, hice lo mismo. A Daniela le costó más. Se quedó de espaldas, se soltó el sujetador despacio, se bajó la tanga mirándome a los ojos como pidiéndome permiso. Le sostuve la mirada y asentí. Entró al agua casi corriendo, para esconderse bajo la superficie.
***
El agua estaba tibia. La abracé por detrás, sintiendo cómo se relajaba poco a poco contra mi pecho. Ernesto y Pilar hacían lo mismo en su lado de la piscina. Hablamos un rato sentados en los escalones, con el agua por la cintura, hasta que Pilar lo dijo sin dramatismo, como quien sugiere cambiar de tema.
—¿Cambiamos?
Veníamos decididos. No hubo discurso ni dudas de última hora. Pilar se acercó a mí: una mujer blanca, voluptuosa, con unos pechos que me costaba abarcar. De reojo vi a Daniela junto a Ernesto, que ya le acariciaba los pechos con las dos manos. Mi mujer los tiene preciosos, firmes, perfectos a sus veintiséis años, y verlos en otras manos me apretó algo en el estómago que no era celos. Era exactamente lo contrario.
Porque lo que de verdad me ponía no era Pilar. Era mirar a Daniela. La espiaba por encima del hombro de la otra mientras le besaba el cuello, y descubrí que cada vez que ella suspiraba, yo respondía sin querer.
Empecé a chuparle los pechos a Pilar mientras le rozaba el sexo con los dedos. Lo tenía cuidado, sorprendentemente firme para su edad. Nos besamos largo rato, con hambre, ella enredando los dedos en mi pelo. Al otro lado, Daniela había bajado las manos por el cuerpo de Ernesto. Lo masturbaba con las dos, sentado él en el borde de la piscina, ella de pie en el agua, subiendo y bajando despacio. Confieso que no podía dejar de mirar.
Pilar tenía las manos seguras de quien sabe lo que quiere. Me empujó contra el bordillo, se sentó a horcajadas sobre mi muslo y me besó mordiéndome el labio. Yo no le quitaba el ojo a Daniela, que para entonces ya había perdido del todo la vergüenza. La timidez con la que había entrado al agua se había evaporado. Tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, entregada a lo que le hacían las manos de Ernesto.
Verla así, soltándose delante de un desconocido, me provocaba más que cualquier cosa que Pilar pudiera hacerme. Era como descubrir a otra mujer dentro de la mía, una que solo aparecía en estas circunstancias y que me volvía loco.
Pilar me tomó de la mano.
—Subamos —dijo en voz baja, contra mi oído.
Daniela se quedó abajo, de rodillas frente a Ernesto, y yo subí tras Pilar a una habitación que olía a sábanas limpias. La tendí en la cama y le separé las piernas. La saboreé sin prisa, escuchándola gemir cada vez más fuerte, mientras de fondo me llegaban los sonidos de mi mujer en la planta de abajo. Esa mezcla, lo que tenía delante y lo que imaginaba, me tenía al límite.
***
Un rato después subieron ellos. Lo que vino fue un desorden de cuerpos en una misma cama. Daniela se puso a cuatro patas justo a nuestro lado, y Ernesto la penetró por detrás. Yo tenía a Pilar con las piernas sobre mis hombros, abriéndola, hundiéndome en ella mientras gemía sin contención. Estiré la mano y toqué a mi mujer al mismo tiempo: estaba tan excitada que apenas podía con ella misma.
Daniela se giró, se subió encima de Ernesto y lo cabalgó con una soltura que nunca le había visto, hasta que él terminó. Yo acabé con Pilar abierta debajo de mí, dándole con todo lo que me quedaba, los dos empapados, sin aire.
Nos quedamos un momento en silencio, los cuatro, mirando el techo. Después nos limpiamos y bajamos al salón como si nada hubiera ocurrido, como cuatro amigos que se conocen de toda la vida.
***
Pilar sacó hielo y una botella. Ernesto contaba anécdotas de la zona, de los vecinos, del verano interminable. Las copas iban cayendo y, poco a poco, la conversación volvió a cargarse de electricidad. Pilar me rozaba la pierna por debajo de la mesa. Daniela tenía las mejillas encendidas y reía con todo.
La cosa se estaba calentando otra vez, lo notábamos los cuatro. Pero yo tenía que conducir de vuelta y ya había bebido más de la cuenta. Nos miramos con Daniela y entendimos lo mismo sin hablar: era hora de irse, aunque ninguno quisiera.
Nos despedimos con la promesa floja de repetir.
De camino a casa, con las ventanillas bajadas y el mar a un lado, no podíamos creer lo que acabábamos de hacer. Era una sensación rara, como si por unas horas hubiéramos sido otras personas.
—¿Te ha gustado? —le pregunté en un semáforo.
Daniela tardó en contestar. Miraba por la ventanilla con una media sonrisa.
—Más de lo que pensaba —dijo al fin—. Y eso me da un poco de miedo.
La entendí perfectamente. Seguimos hablando de ellos durante días, repasando cada detalle, pero al final no volvimos a quedar. No por arrepentimiento, sino porque algunas cosas pasan en el momento justo y forzarlas las estropea. Aquella noche fue nuestro primer intercambio, y con eso nos basta para recordarlo siempre con una sonrisa cómplice cuando volvemos a esa misma playa.