Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primer trío fue idea mía, no de mi marido

Todo empezó la noche en que conocimos a Damián. Veníamos de una experiencia con otra pareja, la primera que mi marido y yo nos habíamos animado a probar después de meses dándole vueltas, de conversaciones a media voz en la oscuridad del dormitorio en las que confesábamos cosas que nunca nos habíamos atrevido a decir en voz alta. Cuando volvimos a casa todavía teníamos el cuerpo encendido, así que nos sentamos los tres al borde de la cama a repasar lo que había pasado, todavía con la respiración entrecortada.

Damián era el más callado de los tres aquella noche. Tenía una forma de mirar que parecía pedir permiso para todo, y yo había aprendido, con los años, que esa clase de hombres suele esconder los deseos más interesantes. Me bastó observarlo un rato para intuir que detrás de su timidez había una curiosidad que ni él mismo se animaba a nombrar.

—¿No te dieron ganas de probar con un hombre? —le pregunté a Damián, casi sin pensarlo.

Él se rió, incómodo. Me confesó que nunca lo había hecho con otro hombre, que la idea no le molestaba pero que lo que de verdad lo volvía loco era estar dentro de mí.

—Eso se arregla fácil —le dije, y me incliné a desabrocharle el pantalón.

Se la chupé despacio, mirándolo a los ojos, hasta que la tuvo dura y palpitando contra mi lengua. Entonces me subí encima de él. Marcos, mi marido, se acercó por un costado y puso su miembro entre nuestras bocas, y los dos estuvimos turnándonos un buen rato, lamiéndolo, jugando, riéndonos entre beso y beso.

Damián me penetró por detrás mientras yo seguía con Marcos en la boca.

—Esto me gusta más que solo follarte a ti —murmuró Damián, agarrándome de las caderas—. Tenerlos a los dos a la vez.

Y a mí me gustaba todavía más que a él. Sentirme llena, ocupada por completo, con un hombre delante y otro detrás, era una sensación que no había imaginado que necesitaba hasta esa misma noche. Pero mientras me movía, mientras el placer iba subiendo, una idea distinta se me clavó en la cabeza y no me soltó: quiero ver a mi marido en el lugar en el que estoy yo ahora.

Con ese pensamiento me corrí, fuerte, mordiéndome el labio para no gritar. Al poco rato sentí cómo los dos terminaban casi a la vez.

***

Ya recompuestos, los tres tirados en la cama compartiendo agua y comentando la jugada, volví a insistir con mi idea. No era capricho. Lo había estado fantaseando desde hacía semanas.

—Quiero ver a Marcos debajo —dije sin rodeos—. Quiero ver cómo lo disfruta.

Mi marido puso cara de susto, pero no dijo que no. Damián, en cambio, tuvo otra ocurrencia.

—¿Y si os presento a un amigo? —propuso—. Es más joven, casi sin experiencia. Cada vez que me ve me pregunta si conozco a alguna chica discreta, de esas que no tienen problema en hacerlo con el marido delante.

—Vaya con Damián —le contesté, riéndome—. Eres el segundo que me propone lo mismo este mes.

La reacción de Marcos me sorprendió. En lugar de incomodarse con la idea del amigo, se le iluminó la mirada.

—Eso sí me gustaría —admitió—. Verte con otro, con alguien nuevo.

—De acuerdo —le dije—, pero primero hacemos lo nuestro. Tú y yo y Damián. Y no me digas que no, porque cuando te la chupo y te pongo un dedo por detrás te estremeces entero. Y cuando me follas a mí y te hago lo mismo, tampoco dices que no. Mírate cómo te estás poniendo solo de hablarlo.

Marcos bajó la vista, colorado.

—Tienes razón —murmuró—. Pero otro día. Hoy no.

—Damián, ¿a ti qué te parece?

—No puedo negarme a tu propuesta —contestó él, mirándome con una sonrisa torcida—. Eres una mujer demasiado encantadora como para decirte que no.

***

El día soñado por mí llegó un par de semanas después, y a regañadientes de mi marido. Damián vino a nuestra casa a la hora acordada con una botella de cava bajo el brazo. Saqué tres copas y brindamos por el acontecimiento, aunque a Marcos le temblaba un poco la mano.

—¿No deberíamos beber después? —preguntó—. Por si sale mal.

—Antes y después —respondí, y le di un beso largo para calmarlo.

Nos fuimos a la habitación y nos desnudamos sin prisa. La luz de la mesita estaba baja y cálida, y el aire olía al cava que habíamos dejado a medias en el salón. Empezamos con caricias, las manos de los tres recorriéndonos, las bocas buscándose en la penumbra. Yo me coloqué en el medio a propósito, para sentirlos a ambos al mismo tiempo, para borrar de raíz la incomodidad de mi marido a base de placer.

Noté cómo Marcos se iba relajando poco a poco bajo mis manos. La rigidez de los hombros se le aflojó, la respiración se le hizo más profunda. Cuando los vi a los dos con una buena erección supe que ya estaban listos.

Me puse en posición de misionera con las piernas abiertas, y Marcos se acomodó encima de mí. Antes de entrar me miró a los ojos.

—Espero que no te arrepientas de esto —dijo.

—No me voy a arrepentir —le contesté, y lo besé.

Damián se colocó detrás de él. Le puso un dedo, despacio, mientras con la lengua lo iba humedeciendo. Yo tenía un tubo de lubricante debajo de la almohada, donde siempre lo guardo, y se lo pasé. Él se untó bien el miembro, sobre todo la punta, y después yo misma le abrí las nalgas a mi marido para que Damián apoyara la punta justo en la entrada.

—Muy despacio —le pedí a Damián.

Entró de a poco. Cuando lo tuvo dentro de la primera parte, le pregunté a Marcos si le dolía.

—De momento no —dijo, aunque estaba colorado como un tomate.

Lo besé apasionadamente para distraerlo.

—No te muevas tú —le dije—. Y tú, Damián, hazlo lentísimo y para cuando él te diga.

—Ahora sí me duele un poco —avisó Marcos al cabo de un momento.

—Marcos, escúchame —le dije, sosteniéndole la cara entre las manos—. Haz como si quisieras empujar hacia afuera, relájate. Y tú, Damián, aprovecha ese momento para entrar un poco más. Cuando se queje, paras.

Sabía cómo funcionaba porque a mí me lo habían hecho muchas veces. Por eso fui yo la que dirigió toda la situación, marcando el ritmo, diciéndole a cada uno qué hacer y cuándo.

—Creo que ya la tengo bastante dentro —jadeó mi marido.

—Damián, quédate quieto —ordené—. Marcos, ahora métetela tú hasta el fondo, a tu ritmo.

Y así fue. Con cada movimiento de mi marido hacia atrás, Damián se le iba metiendo más, y como estaba todo bien lubricado, el dolor del principio se fue transformando en otra cosa. Marcos empezó a suspirar. Primero bajito, después con menos vergüenza, hasta que los tres encontramos un ritmo común y nos acoplamos como si lo hubiéramos hecho mil veces.

Ver a mi marido así, entregado, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, fue más excitante de lo que había imaginado en todas mis fantasías. Yo lo tenía dentro de mí y él tenía a Damián dentro de él, y esa cadena de cuerpos conectados me parecía la cosa más íntima del mundo.

El primero en correrse fue Damián. Después yo, sintiendo a Marcos temblar encima de mí. Y mi marido fue el último, con un gemido largo que nunca le había escuchado.

—No la saques todavía —le pidió a Damián cuando terminó.

Damián se quedó quieto un rato más, abrazado a su espalda, hasta que poco a poco fue saliendo despacito.

***

Nos quedamos los tres tendidos, sudados, sin hablar durante un buen rato. Se oía solo el ventilador del techo y nuestras respiraciones, todavía agitadas, buscando volver a la normalidad. Yo tenía la cabeza apoyada en el pecho de mi marido y sentía su corazón latir rápido bajo mi mejilla, como el de alguien que acaba de cruzar una frontera y no se arrepiente. Fue él quien rompió el silencio.

—Ahora entiendo —dijo, todavía con la voz ronca—. Ahora entiendo por qué te gusta tanto que te la ponga por detrás.

Me reí y lo abracé. Damián nos miraba desde el otro lado de la cama con una sonrisa de satisfacción, como quien acaba de descubrir algo nuevo de sí mismo.

—¿Y qué hacemos con tu amigo? —le pregunté a Marcos, jugando—. ¿Sigue en pie lo del chico nuevo?

—Lo tengo muy presente —contestó él, sorprendiéndome otra vez—. Pero tenemos tiempo de disfrutar todo esto con calma.

Me gustó esa respuesta. Me gustó que ya no fuera solo una idea mía, que ahora los dos quisiéramos lo mismo.

—Hagamos una pausa —propuse—. El mes que viene retomamos. Sin presiones.

Porque lo que más me gusta, lo que más placer me da, es justamente esto: no tener un final escrito, saber que siempre hay una puerta más por abrir y que la vamos a cruzar juntos, a nuestro ritmo. Esa noche nos dormimos los tres en la misma cama, y por primera vez en mucho tiempo sentí que no nos faltaba absolutamente nada.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (6)

MarcelaRos

Buenisimo!!! Me encantó que haya sido ella quien tomó la iniciativa, eso le da otro sabor al relato 😍

Santi_Rosario

Que bueno que fue ella quien lo propuso, me sorprendió el giro. Muy bien escrito, chapeau.

AndreaBsAs

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de mas. ¿Cómo terminó la noche?

CarlosNoc

excelente!!!

Gustavo_pampa

Me recordó a algo que me pasó hace tiempo jajaja. Los encuentros planeados por ambos tienen algo especial. Muy bueno el relato.

Vale_lectora

Lo que mas me gustó es que fue ella quien tuvo la iniciativa. Eso no se ve seguido en relatos de esta categoria y lo hace sentir autentico. Ojalá haya segunda parte!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.