El juego que la pareja del yate me propuso esa noche
Sabía lo que iba a pasar esa noche antes de que pasara. Lo había leído en la forma en que Nadia y Adrián se miraban cuando creían que yo no los observaba, en sus sonrisas a medias, en cada gesto pequeño que parecía parte de una coreografía ensayada. Todo estaba dispuesto para que yo terminara en el centro de algo, y lo peor, o tal vez lo mejor, era que yo también lo deseaba.
El deseo crecía dentro de mí como una marea que no sabía frenar. Pero a su lado, como una sombra que no lograba apagar, estaba Daniel.
Me senté en el borde de la litera del camarote y respiré hondo, intentando ordenar las ideas. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué clase de mujer desea algo así mientras su marido, el hombre que la había sostenido en sus peores noches, estaba a cientos de kilómetros, en Valencia, sintiéndose traicionado?
Me cubrí la cara con las manos, como si pudiera borrar la culpa que me quemaba el pecho. Pero era inútil. Daniel siempre había sido bueno conmigo, incluso cuando no me lo merecía. Había sido mi refugio. Y ahí estaba yo, dejándome arrastrar por una corriente que ni siquiera entendía del todo.
«Tampoco es solo culpa mía», me dije, buscando excusas para aliviar la conciencia. Daniel había sido el que se marchó, el que prefirió no quedarse a pelear. Había en su moral rígida algo que me asfixiaba, una sensación constante de estar en deuda con él. Y Nadia representaba justo lo contrario: libertad, deseo, riesgo.
Luego estaba la otra parte, la que no quería mirar de frente. No sabía cómo comportarme esa noche. La idea de estar con Nadia y Adrián a la vez me encendía y me aterraba por igual. ¿Cómo funcionaba algo así? ¿Qué esperaban de mí? ¿Dónde estaba la línea entre disfrutar y cruzarla del todo?
Pensé en Nadia, en cómo siempre parecía tener todas las respuestas. Ella no dudaba, no titubeaba. Quizás por eso la seguía: con ella, las reglas se disolvían. Pero yo no era como ella.
Me acerqué al espejo del camarote. Los ojos que me devolvieron la mirada estaban llenos de deseo, pero también de miedo.
Esta noche habrá un antes y un después, pensé, y un escalofrío me recorrió la espalda. No sabía cómo terminaría, pero sí sabía una cosa: pasara lo que pasara, no habría vuelta atrás. Y eso, de algún modo, me asustaba y me excitaba al mismo tiempo.
***
Quería estar arrebatadora. Quería que Nadia y Adrián me miraran como nunca lo habían hecho, y sobre todo quería sentirme deseada.
Cogí el vestido azul eléctrico que Nadia había insistido en que usara. Era una tela ligerísima, tan fina que parecía un susurro sobre la piel. Se ceñía a mis curvas sin apretarlas y terminaba a mitad de muslo, con un corte lateral que insinuaba mucho más de lo que enseñaba. El escote era profundo, imposible de ignorar, aunque sin caer en lo vulgar. El vestido era un arma, y esa noche estaba dispuesta a usarla. Decidí no complicarme: no me puse ropa interior. No iba a hacer falta.
Elegí unas sandalias de tacón alto, con tiras finas que trepaban por los tobillos. El tacón me hacía sentir más alta, más firme, como si cada paso fuera una pequeña conquista.
Me senté en el borde de la cama y abrí el neceser. Empecé con una base ligera que dejaba la piel luminosa, oscurecí los ojos con sombras ahumadas y alargué apenas el rabillo para darles un aire felino. Una capa de máscara los hizo parecer más profundos. Seguí las instrucciones que Nadia me había dado para intensificar la mirada, y creo que lo logré. Los labios los pinté de un rojo casi desafiante.
Al terminar, sonreí a mi reflejo. Parecía otra mujer, una sin dudas ni remordimientos.
Rebusqué entre los frascos del tocador hasta dar con unos tatuajes temporales que había comprado para gastarle una broma a Daniel. Escogí uno con forma de beso, dos labios pintados, y me lo coloqué justo en el borde del pubis recién depilado, alineándolo con cuidado con la curva de la cadera. Era un detalle íntimo, casi secreto, pero sabía el efecto que tendría si alguien lo descubría.
En el último vistazo al espejo vi a una mujer lista para lo que la noche tuviera preparado. Salí del camarote con un ligero temblor en las piernas, pero al primer paso los tacones marcaron su presencia contra el suelo. Esa noche sería imposible no mirarme. Y yo no pensaba apartar la vista.
***
Subí los últimos peldaños entre la emoción y los nervios. La brisa del mar me acarició la piel desnuda bajo el vestido y amplificó esa mezcla extraña de vulnerabilidad y poder. Al llegar a cubierta, la vi.
Nadia estaba de pie junto a la barandilla, su figura recortada por la luz tenue de las lámparas del yate. Había llevado su estilo al extremo, justo en el filo entre lo sexy y lo excesivo. Su vestido era rojo, de un satén que parecía reflejar cada movimiento. Apenas cubría lo imprescindible; los tirantes finísimos sostenían a duras penas la tela, y la espalda quedaba descubierta hasta el nacimiento de las nalgas. Era evidente que tampoco llevaba nada debajo.
Calzaba unas sandalias doradas de tacón altísimo, con tiras que subían casi hasta la rodilla y dibujaban sus piernas largas. El pelo le caía suelto en ondas desordenadas sobre la espalda, y los labios, del mismo rojo intenso, se curvaban en una sonrisa provocadora.
Por un instante me sentí relegada. Pero entonces recordé que aquello no era una competencia, sino un complemento en un juego cuyas reglas todavía estaban por escribirse.
Adrián estaba a su lado, relajado, con una copa en la mano. Llevaba unos pantalones de lino blanco y nada más; el torso desnudo brillaba apenas bajo la luz, realzado por la piel bronceada. Su postura era despreocupada, pero había algo en su mirada que me inquietó, una mezcla de interés y posesión que se afiló al verme aparecer.
—¡Vaya! —exclamó Nadia, con un tono que combinaba admiración y una pizca de envidia—. Carla, estás impresionante.
Adrián me recorrió de arriba abajo, y su sonrisa me hizo bajar la vista un segundo antes de recomponerme.
—Has subido el listón esta noche —añadió él, levantando la copa hacia mí—. Aunque diría que ya lo tenías ganado.
La tensión en el aire era palpable, pero había algo más, una especie de electricidad que me hacía sentir más viva que nunca. Me acerqué con una sonrisa contenida, intentando mantener la compostura mientras la mente me corría en mil direcciones.
Nadia se inclinó hacia mí, envolviéndome en su perfume, y me susurró al oído:
—Esto acaba de empezar. Disfrútalo.
Sentí un escalofrío y, por primera vez en toda la noche, me pregunté si de verdad estaba preparada para lo que venía.
***
Adrián me ofreció una copa de vino blanco. La tomé con una risa nerviosa, los dedos rozando los suyos un instante. El contacto fue breve, pero bastó para que una corriente me recorriera el cuerpo.
—¿Por qué no? —respondí, y me llevé la copa a los labios.
Mientras bebía notaba los ojos de Nadia sobre mí. Ella siempre había tenido una habilidad especial para leerme, para descubrir incluso los pensamientos que yo intentaba esconder.
—Creo que Carla necesita relajarse un poco más, ¿no crees, Adrián? —dijo, levantándose y avanzando hacia nosotros con una gracia casi hipnótica.
Se colocó detrás de mí y apoyó las manos en mis hombros. Su roce era leve; su presencia, abrumadora.
—Quizás solo necesita una pequeña ayuda para soltarse —añadió Adrián, en un tono que no dejaba dudas sobre sus intenciones.
De los altavoces empezó a salir una melodía lenta y sensual que parecía envolvernos. Nadia me tomó de la mano y me obligó a ponerme de pie.
—Vamos, Carla. Baila conmigo.
Antes de que pudiera protestar, ya me acariciaba el cuerpo por encima del vestido. Sus manos, cálidas y seguras, me recorrían la cintura mientras me guiaba con movimientos suaves pero deliberados. Adrián observaba desde su sitio, los ojos siguiendo cada gesto.
—¿Y yo? ¿No me invitáis? —dijo él, acercándose.
Nadia se rio.
—Claro que sí, guapo. Pero espera un ratito a que nosotras preparemos un poco más el asunto.
Mientras seguía acariciándome, sentí la mano de Adrián deslizarse entre mis piernas.
—Te he dicho que esperes, mi amor. Aguanta un poco —le ordenó Nadia, besándolo con pasión y apartándolo a la vez con la mano.
Ella retomó sus caricias. Yo notaba crecer la excitación con cada segundo. Sus dedos subieron por mis muslos bajo el vestido; luego se situó detrás de mí, me pidió que separara las piernas y llevó la mano hasta mi sexo ya húmedo.
Dios mío. Está pasando.
—No sé si soy capaz de hacer esto —dije, intentando girarme.
—Si te toco de un modo que no te gusta, me lo dices y paro —susurró contra mi oreja—. ¿Y esto? ¿Te gusta? Dímelo.
Sus dedos llegaron hasta el borde de las nalgas y se detuvieron ahí.
—Carla, ¿quieres que siga?
—Sí —contesté con una firmeza que me sorprendió.
—Bien —dijo, y tendió la mano hacia él—. Ven, amor. Ahora eres bienvenido a la fiesta. Carla lo está deseando, ¿verdad?
Mi cuerpo entró en una especie de pánico, pese a lo excitada que estaba.
—¿Te parece que probemos los dos a la vez? —preguntó Adrián mientras me acariciaba los pechos a través de la tela.
No respondí. Me lancé sobre sus labios y empecé a besarlo con todo lo que tenía dentro.
—Eh, yo también quiero, Carla —protestó Nadia, separándonos con suavidad para besarlo ella.
***
—Tienes el sexo más bonito que he visto en mi vida —dijo él.
—Gracias… —repliqué, turbada, levantando una mano para taparme los ojos. Sentía curiosidad por lo que venía y, a la vez, una timidez enorme.
—¿Quieres que te lo bese?
¿Qué? Era una locura. Pero aquella sensación extraña y perfecta me recorría como una descarga. Él ni siquiera me había tocado ahí y yo ya estaba al borde de perder el sentido. Un par de semanas atrás no habría imaginado que existiera un mundo así, uno donde un hombre y una mujer irresistibles te llevaban al límite del placer sin el menor reparo. Pero era real y me estaba pasando a mí.
—Dime lo que quieres, Carla. Puedo dártelo. Y quiero dártelo —dijo Adrián.
—Sí, hazlo —respondí, sin rastro de vergüenza.
Sentí su aliento caliente cuando sus labios me rozaron el vientre. Bajó un dedo despacio hasta el final y lo deslizó dentro.
—Estás empapada —susurró.
Como un acto reflejo, le puse una mano en la cabeza y lo agarré con suavidad del pelo. Nadia se entretenía besándome los pezones, ya liberados de la tela.
Adrián recorrió con la boca el mismo camino que había hecho el dedo y, al encontrar lo que buscaba, empezó a lamer sin dejar de girar dentro de mí. Sin que me lo pidiera, abrí instintivamente las piernas para facilitarle el acceso. No podía creer lo que sentía; era como subir poco a poco la cuesta de una montaña rusa, cada vez más alto.
Por detrás, Nadia terminó de subirme el vestido y me separó las nalgas. De pronto noté otra lengua, húmeda y cálida, recorrer una zona aún más íntima. La sensación fue tan fuerte que me temblaron las piernas.
—Carla, me encanta tu sabor —dijo ella desde atrás.
Sus manos subieron por mis piernas para abrirlas todavía más. Nunca me había sentido tan vulnerable. Estaba desnuda, convertida en un manojo de deseo.
***
Adrián me tumbó sobre los cojines de la cubierta y me abrió del todo las piernas. Nadia, sin acceso ya a mi espalda, se acercó a mi boca. Aproximó los pezones a mis labios esperando que la correspondiera, y vaya si lo hice.
Sentí algo cálido moverse en círculos alrededor de uno de mis pechos mientras su mano me pellizcaba el otro con dulzura. A esas alturas ya no distinguía de quién era cada lengua, cada dedo, cada caricia. Cerré los ojos. Alguien —supongo que Adrián— deslizó dentro de mí dos dedos, primero con suavidad y después con urgencia. Intenté arquear la espalda.
—Me gusta muchísimo —dije, levantando un brazo por encima de la cabeza para agarrarme al cuerpo desnudo de Nadia.
Adrián se apartó un momento y me miró.
—Eres preciosa —dijo. Cogió el móvil de la mesa y empezó a hacerme fotos—. Posa para mí, Carla. Eso es. Déjate llevar.
No opuse la menor resistencia. Incluso me excitó saber que lo hacía. Aquella noche sentía que no había ningún límite en mí.
Luego dejó el teléfono, se inclinó y apoyó toda la boca sobre mi sexo. Empezó a lamer con fuerza mientras yo notaba toda la sangre del cuerpo concentrarse ahí abajo. Una oleada imposible de frenar me recorrió de arriba abajo. Él volvió a llevar las manos a mis pechos sin que su lengua dejara de girar a un ritmo perfecto.
—¡No pares! —me oí gritar.
Todo era intensísimo. La sensación no dejó de crecer hasta que me corrí con fuerza contra su cara.
***
—Ahora voy a dedicarme un rato a Nadia, que la tenemos un poco abandonada —dijo él, recuperando el aliento—. ¿Me ayudas?
Relajé las piernas y cogí aire antes de girarme hacia ella. Nadia se había tumbado con las piernas completamente abiertas y se acariciaba sin el menor pudor.
—Claro. ¿Qué prefieres que haga? —pregunté, todavía sin recuperar del todo la respiración, ante una situación a la que nunca me había enfrentado.
—Tu amiga está deseando que se lo comas. ¿A que es lo que quieres, Nadia? —dijo Adrián, encendido.
—Sí, claro. Cómemelo tú primero —respondió ella, con una voz extraña, grave, cargada de deseo.
Nadia ya casi no hablaba; estaba como ausente, como bajo el efecto de algo. Abrió las piernas para ofrecerse del todo. Empecé a pasar la lengua sobre su clítoris mientras Adrián le agarraba los pechos con firmeza. Ella gemía y se retorcía, y de vez en cuando levantaba la cabeza para comprobar que aquello no era un sueño.
Adrián se situó detrás de Nadia y la acomodó sobre él, alzándole las caderas. Yo me concentré en su sexo, pasando del clítoris a la entrada, presionando, mordisqueando apenas los labios. Cuando ella estaba a punto de enloquecer, él se apartó. Nadia protestó al sentirlo lejos.
—Estás empapada —le dijo—. ¿Sabes lo que quiero hacerte? Voy a tomarte por detrás.
Colocó varios cojines bajo sus caderas hasta dejarla en el ángulo perfecto. Yo contemplé cómo le metía dos dedos y los movía rápido mientras ella se retorcía, gimiendo como loca. Sin dejar de hacerlo, apuntó con cuidado y empujó despacio hasta entrar en su ano. Nadia gemía en una mezcla de placer y algo más intenso.
—¿Quieres correrte ya? Dime qué quieres que haga —le preguntó él.
—Todavía no. No pares, por favor —suplicó ella.
Adrián aumentó el ritmo de las caderas cada vez más, hasta que Nadia empezó a moverse contra él y se abandonó a un orgasmo enorme que pareció arrasarle el cuerpo entero como una ola caliente.
—Ahora, mi vida —dijo él—, os vais a correr Carla y tú otra vez, ¿vale?
Y lo hicimos. Nadia se colocó sobre mí en un sesenta y nueve perfecto en el que yo apenas tenía que hacer nada: era ella quien, al moverse, restregaba su sexo contra mi boca mientras su lengua me llenaba. Adrián se acariciaba a nuestro lado, casi frenético. Nadia se corrió en el mismo instante en que él se vaciaba sobre sus nalgas y mi cara.
***
Los tres nos quedamos en silencio, con la respiración entrecortada. El sudor brillaba en nuestros cuerpos bajo la luz tenue de la noche mediterránea, pero la energía que habíamos compartido no se apagaba. Me incorporé primero. Estaba superada por algo más que deseo: una urgencia descontrolada que hacía que cada movimiento pareciera frenético.
—¿Y si seguimos? —murmuré, con la voz ronca.
Nadia sonrió débilmente desde el sofá, exhalando con cansancio mientras se acomodaba. Pero Adrián, sentado al borde de la mesa, frunció el ceño al ver con qué intensidad me inclinaba hacia él.
—Dame unos minutos para recuperarme, viciosa —dijo.
—¿No tienes algo que pueda… ayudar? —pregunté en tono ligero.
Nadia se levantó y se dirigió decidida al interior de la cabina.
—Entiendo. Veo que le estás cogiendo el gusto a esto muy rápido —dijo ella al pasar.
Volvió con una botella de champán helado y tres copas. Adrián se rio y descorchó. El líquido se derramó sobre su pecho y yo me incliné, sin pensarlo, a recogerlo con la lengua. Algo en mí se había soltado del todo y ya no encontraba el camino de vuelta. Esa noche, las líneas rojas que tanto me habían pesado se borraban una tras otra.
—Susana… digo, Carla —se corrigió él, riendo—, estás imparable.
—No pienso parar —respondí, acercándome desnuda con una sonrisa impúdica, llena de deseo y obstinación—. Esta noche no termina aquí. Quiero más.
—Carla, deberíamos… —intentó decir Nadia, pero alcé una mano sin siquiera mirarla y la corté en seco.
—No —interrumpí, con un tono tan firme que ambos callaron un instante—. Hacedme sentir llena otra vez.
La tensión en cubierta volvió a hacerse palpable, pero Nadia y Adrián comprobaron que esa noche nadie iba a detenerme. Estaba fuera de mí, empujada por una fuerza que no había sentido jamás. Y, en algún rincón de mi cabeza, sabía que cuando volviera con Daniel ya no sería la misma mujer que había subido a aquel yate.