Le propuse a mi mejor amigo cumplir nuestra fantasía
—¿Qué quieres desayunar, mi amor? —me preguntó Lorena desde la cocina.
—Un café y unas tostadas están bien —contesté sin despegar los ojos de la carrera que pasaban por televisión.
Después de trece años a su lado, Lorena seguía teniendo algo que hacía girar cabezas por la calle. Treinta y cuatro años, piel trigueña, el pelo castaño cayéndole en ondas hasta media espalda, piernas largas de tanto correr cada mañana. No era una mujer de curvas exageradas, pero se movía como si lo fuera, y eso bastaba. De carácter dulce, de esos que te hacen querer volver temprano a casa.
Yo soy Esteban, su marido, y el que les cuenta todo esto. Treinta y ocho años, programador de los que trabajan desde casa frente a una pantalla. Nada espectacular: delgado sin llegar a flaco, ni alto ni bajo, sin nada que me distinga demasiado. Salvo, quizás, las ideas que por aquellos días empezaban a meterse en mi cabeza.
Llevábamos ocho años de casados y cinco de novios antes. Una buena vida, no lo puedo negar. Mi trabajo remoto alcanzaba para los dos, así que ella se dedicaba a sus cosas, a sus mañanas de gimnasio, a su jardín. Vivíamos en una casa tranquila a las afueras de Bend, una de esas ciudades de Oregón donde nunca pasa nada. Por decisión de ambos no tuvimos hijos. Todo estaba bien. Tan bien, tan calmado, que sentía a la monotonía instalándose en silencio entre nosotros.
—¿Y si pasamos por ese lugar del que te hablé el otro día? —le dije esa tarde mientras manejaba hacia el centro comercial.
—¿Cuál? —preguntó, girando hacia mí.
—El que te dije la otra noche. En la cama. Mientras… —dejé la frase a medio camino, con tono pícaro y un poco avergonzado.
—¿La tienda erótica? —Se rió—. Claro que sí. Ya te lo dije: mientras quede entre nosotros, estoy dispuesta a probar de todo. Aunque no creo poder ir más allá.
No sé bien cuándo empezó, ni por qué. Hacía meses que una idea me daba vueltas en la cabeza: ver a Lorena con otro hombre. La amo, y no tengo la menor duda de que ella me ama a mí. Tal vez fue justamente esa certeza la que me dio permiso para fantasear. Tal vez eran los celos de siempre, transformados por algún mecanismo extraño en deseo. Tal vez quería verla rendirse, entregar el cuerpo y perder la cabeza por completo ante otro, con otra polla adentro, corriéndose como no se corría conmigo. No lo sé. Lo único que sé es que la idea fue creciendo, dejó de parecer una locura y se convirtió en la fantasía que le susurraba al oído cada vez que se la metía.
***
—¿Qué te parece este? —le pregunté en la tienda, sosteniendo un vibrador con estimulador incorporado.
Una vendedora se acercó al vernos indecisos y nos recitó la lista de funciones: varios modos de vibración, forma curva para el punto G, resistente al agua, control desde una aplicación en el teléfono. Lorena y yo nos miramos y sonreímos. Ninguno de los dos había probado algo así. Lo compramos sin pensarlo demasiado.
Esa noche estaba sobre ella, metiéndosela despacio. Lorena me clavaba los dedos en las caderas y tiraba de mí para que le hundiera la polla más hondo, abriendo las piernas todo lo que podía, con el coño chorreando alrededor de mi verga.
—Dame más —me pidió entre jadeos—. Más fuerte, cógeme más fuerte, no me dejes así de caliente, te lo suplico.
Había algo parecido a la frustración en su voz. Como si yo no estuviera a la altura de lo que su cuerpo pedía en ese momento. Lo conozco bien, ese tono. Nunca lo hablamos, pero los dos sabemos que no soy ningún semental, que mi polla no le llega tan profundo como ella querría, que no la lleno como necesita. El sentimiento siempre prevaleció sobre eso, y nunca hizo falta decirlo en voz alta.
Empujé fuerte un par de veces más, tratando de forzar la anatomía, pero mi verga golpeaba contra el mismo tope de siempre. Lorena arqueó la cintura buscando más, y no había más para darle. Me miró con los ojos brillando, mordiéndose el labio, y supe que ella también sabía.
—¿Y si probamos lo que compramos hoy? —propuso, con la respiración entrecortada.
Bajé al cajón de la mesita y saqué el vibrador. Volví a la cama, la besé despacio, deslicé la mano hasta su coño empapado y la acaricié con suavidad, hundiendo dos dedos hasta el nudillo para sentir cómo se le apretaba por dentro. Estaba tan mojada que me chorreaba por la muñeca. Saqué los dedos y me los llevé a la boca, mientras con la otra mano encendía el juguete y lo pasaba por sus pliegues, a una intensidad media, dando vueltas sobre su clítoris hinchado. Sus gemidos se dispararon. Abrió las piernas, puso su mano sobre la mía y empezó a guiar el movimiento a su ritmo. Entendí que sobraba: le solté el vibrador y se lo dejé por completo.
Ella seguía tendida, con una mano controlando el juguete apoyado sobre el coño y la otra amasándose una teta, retorciéndose el pezón entre los dedos, los ojos cerrados. Yo, meneándomela a su lado, le chupaba la otra teta, mordisqueándole el pezón, mientras la veía retorcerse. Mi polla latía en mi puño, dejando un hilo de líquido preseminal cada vez que la veía morderse los labios.
—¡Ahh! —Un gemido más agudo que los demás. Se lo había metido y simulaba una embestida con la muñeca, entrando y saliendo, con el ruido húmedo del vibrador chapoteando dentro de su coño llenando el cuarto.
—¿Te gusta sentirlo adentro? —le pregunté, sin soltarme la verga.
—No sabes cuánto… lo necesitaba —respondió con la voz quebrada—. Está tan hondo… tan grueso… Ay, Esteban, me llena entera. ¿Te gusta verme así?
—Me vuelve loco verte disfrutar. Métetelo hasta el fondo, amor. Todo.
Obedeció. Empujó el juguete de un tirón y gritó, arqueando la espalda del colchón. Empezó a follarse con él de verdad, sin ritmo, sin pudor, entrando y saliendo cada vez más rápido, con el coño abriéndose alrededor del silicona vibrando. Aquel juguete la estaba enloqueciendo como pocas veces. Al verla tan entregada, me animé a empujar el juego un poco más lejos.
—Preferirías que esto fuera la verga de otro hombre, ¿no es cierto? —le dije al oído, mientras ella no dejaba de moverse—. ¿Te gustaría tener a otro encima ahora mismo, metiéndote una polla de verdad hasta el fondo, como yo no puedo? ¿Una bien grande, bien gruesa, que te haga gritar de verdad? ¿Que te reviente ese coño chorreando?
Lorena no contestó, pero el juego la encendía más con cada palabra. Se arqueaba, movía el vibrador buscando los dos puntos a la vez, restregándose el clítoris con el estimulador mientras se lo hundía adentro.
—Sé que lo deseas. Dilo. Admite que quieres otra polla, una que te llene entera. Yo también lo deseo —insistí, mientras me la meneaba más rápido a un palmo de su cara.
Las piernas le empezaron a temblar. Las abrió todo lo que daban y se entregó. Al orgasmo, al juego, al deseo, a todo a la vez. El coño le convulsionaba visiblemente alrededor del juguete, expulsando chorros de flujo que le empapaban el culo y las sábanas.
—Esteban, perdóname —dijo mientras se venía, con la voz hecha pedazos—. Pero necesito una polla que me dé lo que mi cuerpo pide. ¡Un hombre que sepa cogerme! ¡Que me la meta hasta el fondo y no pare!
Al oírla, exploté. Me corrí sobre su vientre y sus tetas, largando chorros gruesos de semen que le salpicaron hasta el cuello. Ella siguió temblando bajo el vibrador, con mi corrida mezclándose con su sudor, gimiendo mi nombre y el de un hombre inexistente al mismo tiempo. Soltó la frase y soltó, con ella, todo lo que llevaba guardado dentro. No hablo solo del orgasmo. Hablo de la confesión.
***
A la mañana siguiente, con su cabeza apoyada en mi pecho, intentó disculparse.
—Amor, lo de anoche… el juguete, tus palabras, todo me arrastró. Esa no soy yo, tú lo sabes. Perdóname.
—No digas más —la interrumpí, riéndome—. Fue el mejor orgasmo de mi vida, y creo que el tuyo también. No solo no me molesta lo que dijiste: me encanta que te hayas soltado así. Tú déjate llevar.
Desde ese día, el juego se volvió costumbre. Casi indispensable. El vibrador se metía en cada uno de nuestros encuentros, porque era la única forma de que ella se corriera conmigo. Yo se la metía por atrás mientras ella se apoyaba el juguete en el clítoris, o me la chupaba de rodillas con el vibrador zumbando entre sus piernas, o se lo hundía en el coño mientras yo le llenaba la boca de semen. Y mientras tanto, cada vez que ella se venía gimiendo por otro hombre imaginario, yo quería más. Ya no me alcanzaba con la fantasía.
***
—Hola, Bruno. Escúchame, vente a tomar una cerveza, que tengo que contarte algo. Yo invito —le dije por teléfono.
Bruno tenía treinta y cuatro años, los mismos que Lorena. Amigo de la infancia, mi padrino de bodas, casi un hermano. Trigueño, alto, atlético, de esos que cuando salíamos de jóvenes eran mi único rival serio para conquistar a alguien en una fiesta. A él le confío todo.
—Mira —empecé, dándole vueltas a la botella en el bar—, esto me da una vergüenza tremenda, pero eres el único al que puedo contárselo. Hace tiempo que fantaseo con ver a Lorena cogiendo con otro hombre. Lo hablamos en la cama y ella se enciende, se corre gritando cada vez que se lo digo al oído, pero todavía no se anima a dar el paso. Por cómo se pone, estoy seguro de que lo disfrutaría tanto como yo.
—Carlos… digo, Esteban —se corrigió, serio—. No la puedes forzar. Si la empujas, no va a aceptar, y aunque acepte no lo va a disfrutar.
—Lo sé. Esa es la idea: que ella sola llegue. Pero no vine a pedirte consejos. Vine a pedirte que seas tú el que se la coja.
Bruno bajó la mirada.
—No puedo. No por ella, créeme. Por nuestra amistad. Si esto pasa de verdad, no quiero perderlos.
—Eso no va a pasar. Soy yo el que te lo está pidiendo. ¿Cómo voy a enojarme contigo? Y Lorena no tiene por qué saber nunca que esto lo hablamos tú y yo.
Tardó en aceptar. Pero aceptó.
***
La fiesta fue en casa de Bruno. Lorena se arregló como hacía tiempo no la veía: falda negra a medio muslo, una blusa ceñida y ligeramente escotada, tacones altos y su tobillera de plata, la que le regalé yo. Había unas diez personas, casi todas parejas. Bebimos, conversamos, y de a poco la gente fue marchándose, hasta que quedamos los tres solos.
—¡Estoy agotado! —exclamó Bruno dejándose caer en el sofá—. Pero me alegra que ustedes se hayan quedado.
—Oye, ¿no tienes algo más rico que esto? —preguntó Lorena entre risas, mirando su vaso.
—Para la dama tengo un licor dulce —respondió él con una sonrisa—. Aunque te advierto que es afrodisíaco.
—Cualquier cosa es afrodisíaca para mí —contestó ella, y los tres nos reímos.
Yo estaba sentado enfrente; ellos dos, juntos en el sofá. El alcohol fue subiendo, y con él el tono de la charla. Lorena, descuidada por la confianza, dejó que la falda se le fuera trepando entre cruce y cruce de piernas, hasta que apenas le cubría la ingle. Bruno, entre broma y broma, le apoyaba la mano en el muslo. Ella, lejos de incomodarse, parecía cómoda.
—¡Te dije que el licor era afrodisíaco! —se rió él, mirándole las piernas, la mano otra vez sobre su muslo.
Algo le pasaba a Lorena. Jamás, en años, le había permitido a Bruno algo así. Me miró con los ojos un poco perdidos, como buscando entender qué estaba ocurriendo, o tal vez buscando mi permiso.
—Tu amigo es un tonto —me dijo riéndose, mirándome a los ojos. Y luego, girando hacia él—: Pero gracias por el cumplido.
Y al decirlo cambió el cruce de piernas, dejando la mano de Bruno atrapada entre sus muslos.
Seguimos hablando como si nada. Él con la mano cada vez más arriba, ella cómoda, yo fingiendo que era lo más normal del mundo que le manosearan el coño a mi mujer delante de mí. La mano subió sin pudor, apartó la falda, avanzó. Desde mi lugar no alcanzaba a ver el punto exacto, pero veía la tela completamente levantada y a ella sin hacer el menor gesto por acomodársela. De tanto en tanto Lorena levantaba la pierna de arriba y la volvía a apoyar, facilitando el avance.
Era un juego silencioso y eléctrico, el de hacer lo prohibido a plena luz, fingiendo los tres que nadie veía nada. Hasta que noté el cambio en ella. Los ojos se le cerraban por segundos enteros. La boca entreabierta, el labio mordido, la respiración agitada. Bruno había llegado a destino y le acariciaba el coño por encima de la ropa interior. Vi cómo, de a poco, apartaba la tela con dos dedos y se los hundía adentro. Ella soltó un jadeo bajo y apretó los muslos sobre esa mano. Los dedos de Bruno empezaron a moverse dentro, entrando y saliendo con un ritmo lento, y yo alcanzaba a oír el ruido húmedo que hacía el coño de mi mujer al recibirlos.
Él seguía hablándome a mí; ella ya se había salido de la conversación, incapaz de disimular y disfrutar a la vez. Movía la cadera contra la mano de mi amigo, buscándole los dedos, apretándose contra su palma. El momento llegó a su punto más alto cuando Lorena echó la cabeza hacia atrás y, sin pensarlo, abrió las piernas de par en par para darle paso libre. Se recompuso de golpe y me clavó la mirada, jadeando, con la mano de Bruno todavía enterrada entre sus piernas.
—Voy a la tienda de la esquina, a ver si tienen más cerveza —dije, sin dejar de mirarla.
Bruno asintió, sin sacar los dedos. Lorena, sin moverse, me sostuvo los ojos un instante. Después los cerró, abrió aún más las piernas —tanto que dejó ver su ropa interior rosada corrida a un costado y los dedos de mi amigo hundidos hasta los nudillos en su coño mojado— y dejó caer la cabeza por completo contra el respaldo.
***
El camino de ida y vuelta fue lento. No porque quisiera, sino porque no podía dejar de pensar. Lorena se estaba entregando delante de mí. ¿Por el alcohol? ¿Por darme el gusto? ¿Porque lo disfrutaba? Tal vez todo a la vez, me dije. ¿Y esa última mirada? ¿Quería que me fuera, que me quedara, o pedía permiso para algo más? Los celos me golpearon de pronto, fríos. ¿Habrá sido buena idea todo esto? No lo sabía. Pero a juzgar por lo dura que tenía la polla dentro del pantalón sin haberme tocado, supe que ver a Lorena en brazos de otro me volvía loco de excitación.
Al volver, antes de tocar el timbre, me asomé a la ventana de la sala. No tenía una vista completa, pero alcanzaba para entender.
Una mezcla de celos, rabia, lujuria y satisfacción me invadió el cuerpo de golpe. Bruno estaba sentado, el torso desnudo, el pantalón en el piso, y entre sus piernas colgaba la polla más grande que había visto nunca — gruesa, larga, dura como una barra, con las venas marcadas. Lorena estaba arrodillada frente a él, con la falda subida hasta la cintura y las bragas rosadas caídas en el piso. Le tenía la verga en la boca, chupándosela entera, ayudándose con las dos manos porque no le entraba de una vez. Escuchaba, apagados por el vidrio, los gemidos ahogados de mi mujer y los gruñidos graves de mi amigo cuando le llegaba a la garganta. Bruno le agarraba el pelo, le marcaba el ritmo, y de tanto en tanto la sacaba para verle un hilo de saliva colgándole de los labios hasta la punta de la polla. Ella lo miraba desde abajo, con los ojos húmedos, y volvía a metérsela sola.
Después ella se incorporó y se le montó encima, mirándolo de frente. Se acomodó el preservativo con las dos manos, sonriendo, y de a poco se fue empalando en aquella polla que jamás habría entrado en ella de una embestida. Se bajó despacio, con la boca abierta en un jadeo mudo, deteniéndose a media altura para acostumbrarse al grosor, hasta que se sentó del todo, con toda la verga adentro. Se quedó quieta un instante, los ojos cerrados, y sacudió la cabeza como si no pudiera creer lo que sentía.
Después empezó a moverse: un vaivén lento y profundo, las manos apoyadas en el respaldo a ambos lados de la cabeza de él para impulsarse mejor, subiendo y bajando por toda la longitud de esa polla que la abría en dos. La falda, totalmente desacomodada, le cubría apenas medio cuerpo. Las manos de él le apretaban las nalgas, marcándole el ritmo, separándoselas para verse entrar y salir. Bruno le subió la blusa hasta el cuello, le sacó el corpiño de un tirón y hundió la cara entre sus pechos, chupándole y mordiéndole los pezones erectos, y ella echaba la cabeza atrás, entregada, con los muslos temblándole cada vez que se enterraba hasta el fondo. Entre tanto se perdían en besos largos, con la lengua adentro, como dos adolescentes desatados.
La escuchaba, apenas amortiguada por el vidrio, decirle cosas que a mí nunca me había dicho.
—Ay, papi, qué polla tan grande… me llegas hasta el estómago… no pares, cógeme, cógeme fuerte…
Después él la rodeó por la cintura, la besó al levantarse —con la polla todavía enterrada— y la recostó de espaldas sobre el sofá. Erguido, se acomodó el preservativo, le tomó los tobillos, le abrió las piernas de par en par y volvió a hundírsela de un solo golpe. Lorena gritó y el grito me llegó nítido, incluso a través del vidrio. Ahora la veía tendida a lo largo, la cabeza colgando del apoyabrazos, el pelo cayendo por el borde, las tetas rebotando con cada embestida. Una pierna sobre el hombro de Bruno, la otra en el aire, sostenida por su brazo. Seguía con los tacones puestos y la ropa interior rosada le colgaba de un tobillo.
La embestía con una fuerza que yo no le conocía a nadie, hundiéndosela hasta las bolas, tanto que el sofá golpeaba contra la pared y el pelo de ella seguía el vaivén violento. Desde la ventana llegaba el golpe seco y constante de los dos cuerpos, el chapoteo del coño empapado tragándose la polla una y otra vez, y los alaridos de mi mujer, que gemía como una perra en celo. La vi arquearse, tensarse entera y correrse debajo de él, con el cuerpo sacudido por espasmos, sin dejar de pedirle más. Bruno la sacó, la giró en cuatro sobre el sofá y se la metió por atrás, agarrándola del pelo, dándole nalgadas que le dejaban la piel roja. Ella se le empujaba contra la cadera, buscándolo, con el culo en el aire y la cara aplastada contra el cojín. Al poco rato Bruno se sacó el preservativo, dio dos o tres tirones con la mano y le vació encima toda la corrida: le pintó la espalda, las nalgas, el pelo, los omóplatos, con chorros gruesos de semen. Lorena se quedó ahí, en cuatro, jadeando, con la lefa de mi amigo escurriéndole por la piel.
Todo aquello fue surreal: mi mujer abriéndose para otro hombre, tragándose una polla que la mía jamás alcanzaría, su pie con la tobillera que le regalé apoyado en el hombro de él, los besos, la falda levantada, el semen ajeno chorreándole por la espalda. No pude más. Sin sacarme nada, sin tocarme apenas, me corrí ahí mismo, de pie, mirando por el vidrio, empapándome los calzoncillos y el pantalón de semen caliente.
Me alejé despacio hacia la puerta. Esperé a no escuchar nada y les di tiempo de vestirse antes de tocar.
—Creo que ya es hora de irnos —me dijo Lorena al abrir, todavía agitada, la ropa acomodada pero el pelo revuelto, las mejillas encendidas y las piernas un poco temblorosas. Al pasar a su lado sentí el olor a sexo, a sudor y a semen que le salía de la piel.
***
Nunca le pregunté qué pasó esa noche. Ella nunca me lo contó, y los dos hicimos como si no hubiera ocurrido. Pero la confianza con Bruno creció, empezamos a incluirlo en todos nuestros planes, y en la intimidad seguimos fantaseando. Solo que ahora, a Lorena, fantasear ya no parecía alcanzarle.
Lo confirmé semanas después, volviendo en el auto de la clase de tenis que tomábamos los tres los sábados. Ella se subió atrás, junto a Bruno, con la excusa de que le friccionara una molestia en la pierna. Yo manejaba, y por el espejo retrovisor veía cómo el masaje subía, cómo la faldita corta se le levantaba con cada movimiento, cómo la mano de él se perdía cada vez más adentro, hasta que le apartó las bragas y le hundió los dedos en el coño. Lorena buscó mis ojos en el espejo y, sin dejar de mirarme, guió esa mano hasta donde quería, abriendo las piernas todo lo que le permitía el cinturón.
—Más arriba —le pidió a Bruno, todavía mirándome a mí—. Ahí, papi, mételos ahí.
Cerró los ojos, abrió las piernas y se entregó otra vez, ya sin el menor pudor. La vi en el espejo desabrocharle el pantalón a mi amigo, sacarle la polla y bajarse a mamársela ahí mismo, con la cabeza hundida en su regazo y la mano de él apretándole la nuca, mientras yo trataba de mantener el auto en la ruta. Después se subió a horcajadas encima de él, de espaldas al asiento, mirándome a mí por el espejo, y se la clavó de un solo golpe hasta el fondo. Empezó a cabalgarlo ahí, en el asiento trasero, con las tetas fuera de la blusa, gimiendo mi nombre y el de él sin distinguirlos, mientras el auto avanzaba por las rutas más vacías que pude encontrar. Fue como si yo hubiera desaparecido, o mejor, como si solo estuviera para mirar. Y esa fantasía que un día nació como una locura en mi cabeza, la que jamás imaginé volver real, recién empezaba a escribir su parte más peligrosa.





