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Relatos Ardientes

Mi marido no paró hasta convencerme del trío

Cuando solté lo del trío con otro chico, fue solo para callar a Adrián. Sus celos saltaban como chispas cuando menos lo esperaba, y yo pensé que un comentario tan atrevido lo haría retroceder, reírse y dejar el tema en paz. Pero no lo conocía tan bien como creía. Lo que hice fue prender una mecha que no se apagaba.

De golpe, mi marido —el hombre que me había enseñado casi todo lo que sabía del placer— se transformó en un estratega que no aceptaba un «no» por respuesta. Y yo, que siempre había sido buena esquivando temas incómodos, no estaba preparada para lo que venía.

Al principio creí que el comentario quedaría en nada, algo que se le olvidaría con los días. Adrián no era de los que sueltan una idea así nomás. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, él con su tostada y yo con mi café, me miró con esa sonrisa torcida que me desarma.

—¿Seguiste pensando en lo del otro chico? —preguntó.

Casi me atraganto.

—¿Qué chico? —respondí, fingiendo que no sabía de qué hablaba.

No se dejó engañar.

—Ya sabes, mi reina. Lo que dijiste anoche. Un trío. Tú, yo, y alguien más.

Su voz era tranquila, pero sus ojos tenían un brillo que me puso la piel de gallina. Quise cambiar de tema, hablar del clima o de cualquier cosa, pero él siguió.

—Imagínalo, Carolina. Alguien tocándote mientras yo te miro. Los dos haciéndote sentir cosas que nunca sentiste.

Me reí, nerviosa.

—Estás loco. Eso no es para mí.

Pero él no se rindió. Se acercó, me tomó la mano por encima de la mesa y me miró fijo.

—No estoy loco. Solo pienso en lo bien que se te vería así, libre, disfrutando.

Sus dedos rozaron los míos, y aunque quise soltarme, no lo hice. Había algo en su tono, en su seguridad, que me hacía dudar de mis propios límites.

Los días siguientes fueron una danza extraña. Adrián no presionaba de frente, no era de los que insisten hasta agotarte, pero se las arreglaba para meter el tema en cada rincón de nuestra vida. Una tarde, viendo una película en el sofá, puso en pausa una escena subida de tono.

—Mira eso. Dos hombres con una mujer. ¿No te parece caliente?

Me puse roja y murmuré un «no sé» que no lo convenció. Otra vez, bajo la ducha, me enjabonó la espalda y susurró contra mi nuca que se imaginaba otra mano ahí, junto a la suya. Su voz era un ronroneo, y aunque el agua tibia me relajaba, mi cabeza era un torbellino.

Nunca le decía que no, porque no quería desilusionarlo, pero tampoco decía que sí. «Es raro, Adrián», le contestaba, o «no creo que pueda». Pero él, astuto, empezó a jugar con mi propia curiosidad, esa que siempre había mantenido escondida.

Una noche, después de una cena con vino, me llevó al cuarto y me desnudó despacio, besándome desde el cuello hasta el ombligo.

—Eres lo más sexy que existe —murmuró.

Mientras me tocaba, añadió en voz baja que se imaginaba a alguien más mirándome, deseándome igual que él, con él controlándolo todo. Sus dedos se metieron entre mis piernas y gemí sin querer, porque aunque la idea me asustaba, su voz y su tacto me estaban derritiendo.

No era solo lo que decía, era cómo lo hacía. Adrián sabía calentarme, sabía hacerme dudar de mis propios «no». Una mañana, mientras me vestía para salir, se acercó por detrás, me abrazó y me miró en el espejo.

—Mírate, mi reina. Eres un sueño. ¿De verdad no quieres que alguien más vea lo que yo veo?

Me reí y me aparté, pero él insistió, sin prisa, que solo lo pensara. Y eso era lo peor: no podía dejar de pensarlo. Cada vez que lo mencionaba, mi cabeza imaginaba cosas, un hombre sin rostro recorriéndome la piel, Adrián observando con esa hambre suya. Y por más vergüenza que me diera admitirlo, algo en mi cuerpo respondía.

***

El punto de quiebre llegó una noche que no olvidaré. Habíamos tenido un día largo y yo estaba agotada, tirada en la cama con una camiseta larga y nada más. Adrián volvió del trabajo, se quitó la camisa y se acostó a mi lado, acariciándome la pierna con esa calma que me volvía loca.

—Carolina —dijo, suave—, no me digas que no te tienta, aunque sea un poquito.

Suspiré, cansada de esquivar.

—Es que no sé. Me da miedo. ¿Y si no me gusta? ¿Y si te arrepientes?

Se acercó y me besó el hombro.

—Nunca me arrepentiría de algo que hagamos juntos. Y si no te gusta, paramos. Pero déjame verte así, libre, mía y de alguien más, solo una vez.

No respondí, pero él no necesitaba palabras. Me giró despacio, se puso encima de mí y empezó a besarme, profundo, con esa urgencia que me desarmaba. Sus manos subieron por mis muslos levantándome la camiseta, y cuando me tuvo desnuda se detuvo un segundo, mirándome como si fuera algo que valiera la pena memorizar.

—Imagínalo ahora —susurró, metiendo un dedo dentro de mí, lento, mientras su otra mano me apretaba un pecho—. Otro hombre aquí, tocándote, y yo diciéndole cómo hacerlo.

Gemí, no pude evitarlo, y él sonrió, sabiendo que me tenía. Siguió así, tocándome, besándome, hablando.

—Tú en medio, los dos dándote placer, yo mirando cómo te vienes.

Sus dedos iban más rápido y mi cuerpo se arqueaba contra él, traicionándome.

—Dime que sí, mi reina. Solo di que sí.

Cuando metió otro dedo y me rozó el clítoris con el pulgar, perdí el control.

—¡Sí, está bien, sí! —chillé, medio orgasmo, medio rendición.

Él se rió, triunfante, y me besó la boca mientras yo temblaba debajo. No paró ahí. Se desabrochó el pantalón, me abrió las piernas y se metió dentro de mí con un empujón que me arrancó un grito. Me embistió duro, sus caderas chocando con las mías, sus manos clavadas en mi cintura, repitiendo contra mi oído que iba a ser mía así, con otro, y que iba a ser perfecto. Perdida en el placer, no podía negarlo más. Me vine otra vez, gimiendo su nombre, y él terminó dentro de mí con un gruñido grave.

Después, mientras descansábamos sudorosos y enredados, me acarició el pelo.

—Sabía que ibas a decir que sí.

—Eres un tramposo —murmuré, todavía agitada.

—No. Solo sé lo que quieres antes que tú.

Quise protestar, pero no pude. Porque tenía razón: me había convencido, no con fuerza, sino con ese ingenio suyo que me hacía caer cada vez.

***

Decir que sí fue como soltar una piedra por un precipicio: una vez que empezó a rodar, no había forma de pararla. A la mañana siguiente me desperté antes que él. Estaba tirado a mi lado, desnudo bajo las sábanas, con el pelo revuelto y esa cara tranquila que tiene cuando duerme. Me quedé mirándolo un rato, tratando de entender cómo habíamos llegado hasta acá.

Me levanté despacio, me puse la camiseta y fui a preparar café, pero mi cabeza no paraba. Mientras el agua hervía me apoyé en la encimera y cerré los ojos. ¿De verdad iba a hacer esto? ¿De verdad iba a dejar que otro hombre me tocara, con Adrián mirando? La idea me ponía la piel de gallina, y no solo de nervios. Había algo más, un cosquilleo que no quería admitir, una curiosidad que él había sabido despertar con sus palabras y sus manos.

Adrián entró poco después, en bóxer, rascándose la cabeza, y me dio un beso en la mejilla mientras se servía café. Yo seguía perdida en mis pensamientos, y él lo notó, porque nota todo.

—¿Qué pasa?

Dudé, jugando con la taza entre las manos.

—¿De verdad quieres esto? Lo del trío, digo.

Me miró fijo, sin parpadear.

—Sí. Lo quiero. Pero solo si tú lo quieres.

Quise decirle que no estaba segura, que me daba miedo, pero él se levantó, me abrazó por detrás y apoyó la barbilla en mi hombro.

—No tienes que decidir hoy —susurró, besándome el cuello—. Pero no me digas que no te gustó pensarlo anoche, porque te sentí temblar.

Sus manos subieron por mi cintura, rozándome los pechos por encima de la tela. Gemí bajito, porque tenía razón: mi cuerpo me delataba aunque mi cabeza siguiera peleando.

No lo dejó ahí. En los días siguientes empezó a mover las piezas, sutil pero firme, como si ya tuviera un plan. Una tarde, durante el almuerzo, lo soltó de la nada.

—¿Y si fuera alguien que conocemos? Alguien de confianza, para que no te sientas rara.

Lo miré con el tenedor a medio camino de la boca.

—¿Quién?

—No sé. Alguien como Bruno, por ejemplo. Es mi hermano, es tímido, no te incomodaría.

El corazón me dio un salto. ¿Bruno? ¿El mismo Bruno que apenas me miraba a los ojos cuando venía de visita?

—Estás loco —dije, riendo para quitarle peso.

Pero él no se rió.

—Piénsalo. Sería perfecto.

La idea se me quedó dando vueltas. Bruno era el menor, callado, un buen tipo que siempre se ponía nervioso cerca de mí. Pero también era el hermano de Adrián, y eso lo hacía… ¿más fácil? ¿Más raro? No sabía qué pensar. Él siguió sembrando, como si supiera exactamente cómo meterse en mi cabeza. Una noche, masajeándome los hombros frente al televisor, murmuró que imaginaba a Bruno aprendiendo conmigo, con él guiándolo, como un regalo para los tres. Le di un codazo y le pedí que parara, muerta de vergüenza, pero él insistía en que no había nada de qué avergonzarse, que era nuestro juego.

***

El día que decidió dar el paso, yo limpiaba la sala para distraerme. Adrián entró con una sonrisa que no podía esconder y tiró las llaves sobre la mesa.

—Voy a llamar a Bruno esta noche.

Dejé la escoba a un lado.

—¿Qué vas a decirle? —mi voz salió más aguda de lo que quería.

Me tomó de la cintura y me dio un beso rápido.

—Nada raro, mi reina. Solo voy a tantearlo, a ver cómo reacciona. Confía en mí.

Quise protestar, pero ya estaba marcando el número, y el corazón se me subió a la garganta. Lo escuché desde la cocina, fingiendo que lavaba platos mientras mis oídos se pegaban a cada palabra. Empezaron hablando de tonterías, el trabajo, una película, y casi me relajé pensando que no pasaría nada. Entonces Adrián cambió el tono.

—Oye, ¿te acuerdas de aquella vez que jugamos a la botella? Cuando Carolina te dio un beso.

Silencio. Mi mano se congeló sobre un vaso y juro que dejé de respirar. Bruno balbuceó algo nervioso, y Adrián siguió, ligero, diciendo que había estado bueno, que yo era increíble. Otro silencio, y la cara me ardía.

—¿Qué pensarías si te dijera que a veces fantaseamos con cosas así? Carolina y yo.

Quise correr a quitarle el teléfono, pero las piernas no me respondieron. Bruno tardó en contestar, y cuando lo hizo, su voz era un susurro.

—¿En serio? ¿Cómo qué?

Adrián no se apuró.

—Como compartirla, por ejemplo. Con alguien de confianza, como tú.

Me tapé la boca para no gritar. ¿Así de directo? Pero él sabía lo que hacía. Bruno solo alcanzó a decir que eso era raro, y Adrián lo cortó con un «tranquilo, solo es una idea, piénsalo» antes de colgar. Cuando entró a la cocina, lo miré como si fuera un extraterrestre.

—¿Qué hiciste?

Se rió y me abrazó.

—Solo planté la semilla. Ahora hay que esperar.

Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo, imaginando a Bruno pensando en mí, en ese beso torpe del juego, en lo que su hermano le había dicho. ¿Se asustaría? ¿Le daría curiosidad? Y yo, ¿qué quería que pasara? Adrián me acarició la espalda y susurró que todo iba a salir bien.

Pasaron un par de días y yo era un manojo de nervios. Cada vez que sonaba el teléfono creía que era Bruno. Hasta que un viernes llamó, y Adrián me hizo un guiño antes de contestar. Escuché pedazos: Bruno diciendo que lo había pensado, que no sabía cómo sentirse, que era raro «pero no sé». Adrián lo manejó como un experto, repitiendo que era algo nuestro, especial, que si se animaba sería con nosotros y nadie más. Al final, Bruno soltó un «quizás» que me dejó temblando.

Cuando colgó, me miró triunfante.

—Está dentro. Solo necesita un empujoncito más.

—¿Y ahora qué? —murmuré.

Me jaló al sofá y me sentó sobre sus piernas.

—Ahora lo invitamos, jugamos otra vez, y dejamos que pase.

Me besó, profundo, y sus manos subieron por mi camiseta apretándome los pechos mientras gruñía lo sexy que sería verme con él. Gemí, atrapada entre el miedo y el calor que me subía por el cuerpo, y supe que ya no podía escapar.

Esa noche, Adrián me hizo el amor como si quisiera marcarme, sus embestidas duras, sus palabras sucias al oído, repitiendo mi nombre y el de su hermano en la misma frase hasta que me vine gritando, perdida en la locura que él había creado. Después, mientras descansábamos, me susurró que el próximo fin de semana lo haríamos realidad. Y yo, con el corazón en la garganta, solo pude asentir, porque aunque seguía teniendo miedo, una parte de mí ya estaba lista para saltar.

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Comentarios (4)

MorboLector

excelente!!! de los mejores de la categoria, me engancho desde el titulo

Paloma_77

Por favor una segunda parte!! me quedé con ganas de mas jajaja

CristalLectora

Me senti muy identificada con esa tension inicial. La forma en que lo describis hace que parezca muy real, felicitaciones

GabyRos

jajaja el farol que se te fue de las manos... clasico! me paso algo parecido una vez y tambien termino sorprendiendome. Muy bueno el relato

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