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Relatos Ardientes

La apuesta que enfrentó a las dos parejas esa noche

Las chicas dejaron cerradas las apuestas antes de que llegaran nuestros invitados. Sería yo contra Bruno y, después, Lucía contra Carla. Los hombres íbamos primero, y tanto el ganador como el perdedor quedarían atados para no interferir en el segundo combate, pasara lo que pasara.

El que ganara la pelea de las mujeres desataría al ganador de la nuestra, y los dos vencedores recibirían el servicio de los dos perdedores. Solo después, los dos ganadores se enfrentarían entre sí para decidir qué pareja mandaba esa noche. Si ambos eran del mismo equipo, el asunto terminaba antes y los perdedores servían a quien los eligiera.

Sonaba complicado dicho así. En la práctica era simple: nadie quería ser el que terminara de rodillas.

***

Nos reunimos en nuestra casa con el salón ya despejado. Lucía y yo habíamos pasado la tarde recogiendo y preparando el espacio. Ella seguía algo molesta porque Carla había presumido de coquetear conmigo, y encima delante de ella. Se cruzaron un par de miradas afiladas la semana anterior, las dos se calentaron y así fue como se pactó este segundo duelo.

Carla llegó por fin con su «juguete» y me lo presentó como Bruno. Él y yo nos dimos la mano mientras nos medíamos de arriba abajo. Carla me dio un beso en la mejilla.

—Sin rencores, guapo —dijo—. Cuando le dé una paliza a tu novia, te voy a coger tan bien delante de ella que tendrá que tomar apuntes.

Sonrió y entró sin esperar respuesta. Bruno la siguió con una cara de «¿en qué me metí?».

En cuanto estuvimos todos en el salón, Lucía y Carla quedaron frente a frente, mirándose fijo. Desde donde yo estaba parecían dos rivales a punto de entrar en guerra. Carla era un par de centímetros más baja que Lucía y tenía el pecho más lleno; Lucía era más alta y de piernas largas. Parpadeé, sacudí la cabeza y me metí en medio.

—Bueno, ya está bien. Atrás las dos, antes de que esto se descontrole.

Las dos me miraron y dieron un paso atrás.

—Ahora —seguí—, desnúdense todos. Empezamos en pelotas y vemos qué pasa.

***

Nos desnudamos rápido, porque ya nos habíamos visto antes, todos menos Bruno. Él se tomó su tiempo, sin disimular que miraba a Lucía, hasta que Carla le dio una palmada en el hombro para que se apurara. Lucía y yo también lo miramos a él; tenía curiosidad por la competencia. Cuando por fin se bajó el pantalón, reconozco que me sentí algo intimidado. Lucía bajó la barbilla y hasta se mordió el labio. La pillé. Luego me miró con un punto de preocupación.

—Bien, chicos, ustedes abren —dijo Carla, sentándose en el sofá con Lucía—. A ver quién tiene la mejor de la casa esta noche.

Bruno y yo éramos de tamaño parecido, pero él tenía más músculo. Nos trabamos de inmediato e intentamos hacernos retroceder. Estábamos desnudos y nuestras pollas, a medio camino, se balanceaban mientras forcejeábamos. Él empezó a llevar el control y a empujarme por el salón a su antojo.

De algún modo conseguí rodearle el pecho con los brazos por debajo y apretarlo con fuerza.

—¡Grrr! —gruñó cuando logré levantarlo unos centímetros y quitarle apoyo.

Eso pegó nuestros cuerpos por completo y sentí su sexo chocando contra el mío mientras seguíamos peleando. Bruno era claramente más grande que yo, no solo en largo sino también en grosor. Sí, al lado del suyo el mío parecía pequeño. La verdad es que lo era.

Él me rodeó a su vez y empezó a apretarme las costillas. Gemí mientras me resistía. Conseguí llevar la mano derecha a su cara y empujarle la cabeza, pero apenas sirvió. Entonces levanté la pierna, le enganché el cuello con ella y tiré hacia atrás hasta que aflojó. Su llave cedió y por fin pude respirar.

Caímos los dos de rodillas y nos pusimos en guardia. Bruno fue un poco más rápido. Nos miramos: su sexo estaba casi erecto, igual que el mío.

—Veo que la tienes dura como yo —dijo—. A ver cuál aguanta más.

—Vale, te voy a ganar con esta. Me da igual lo grande que sea la tuya.

Lo dije con chulería, aunque por dentro estaba bastante intimidado. Nos acercamos hasta quedar frente a frente.

—Sin manos —avisé.

Bruno asintió. Los dos giramos a la derecha y chocamos los sexos con todas nuestras fuerzas.

—¡Grrr! —gruñimos al mismo tiempo.

Dios, fue como estrellarla contra una pared.

Por suerte él también hizo una mueca de dolor. Lo repetimos una y otra vez, y el ardor crecía con cada golpe.

***

En uno de esos choques perdí el equilibrio y caí encima de él. Nuestros cuerpos sudados se deslizaron entre sí, y agradecí la caída, porque me dolía tanto que estaba empezando a perder la erección.

—¿Te salvó la campana, eh? —dijo Bruno al sentir cómo la mía se ablandaba contra la suya.

—Que te jodan.

—No, eso es lo que voy a hacer yo con la tuya. Te voy a dejar claro quién manda, hombrecito.

Me rodeó con los brazos y me atrajo, aplastando mi sexo entre mi vientre y el suyo, duro como una piedra.

—¡Cabrón! —grité.

Empezó a frotar la suya arriba y abajo contra la mía, empujándola a donde él quería. Pero en uno de esos roces la mía se deslizó por debajo y, con el vaivén, volvió a endurecerse. Pronto pude plantarle cara otra vez.

—Vaya, ¿por fin vas a intentar competir? —se rió.

—Que te jodan. Duele, sí, me hiciste daño, pero el tamaño no decide nada. Aguanto más que tú y te hago correrte primero. Después vemos qué piensan las chicas cuando estés ahí tirado.

Miré a Lucía: tenía cara de preocupación, viendo cómo Bruno me dominaba. Intentó sonreír para darme ánimo, pero no le salió. Carla, a su lado, sonreía de oreja a oreja. Su hombre había llevado la ventaja todo el rato. Cuando crucé la mirada con ella, me guiñó un ojo. Todos sabíamos lo que estaba en juego.

Bruno aceleró el ritmo, frotando con más fuerza. Yo había recuperado la erección por completo y podía seguirle. De pronto noté que él soltaba algo de líquido. Entonces apreté yo, gruñendo, aprovechando los momentos en que nuestros sexos se alineaban a la perfección.

—Córrete para mí, Bruno. Ya casi estás.

—Que te jodan. Te vas a correr tú para mí.

—Ni de coña.

Estaba peleando contra su fuerza, así que decidí usarla en su contra. Hice como si quisiera tumbarlo hacia un lado y, cuando él empujó para resistir, me solté y tiré hacia el otro, rodando. La maniobra lo descolocó y terminé yo encima. Ahora sí estábamos sexo contra sexo, al cien por cien.

—¡Cabrón! —exclamó, sorprendido, al caer de espaldas.

Era apenas su segundo duelo de este tipo y no sabía bien cómo salir.

—Ahora te tengo —dije, tranquilo.

Empecé a frotar mi sexo contra el suyo; con lo duros que estábamos los dos, era como intentar equilibrar dos barras de metal. Lo solté y traté de sujetarle los brazos, sin éxito; me levantó un poco con pura fuerza, pero yo lo enganché con las piernas. Al hacerlo, nuestros sexos se apretaron más y los dos nos estremecimos.

—Grrr... —gemí, intentando mantener la presión.

Seguí frotando hasta que sus brazos se cansaron y fui bajando poco a poco. Conseguí deslizar la punta hasta la base de la suya, justo entre sus testículos. Al presionar ahí, soltó un gemido grave y largo.

—¡Vamos, tío! ¡No dejes que te haga eso! —le gritó Carla.

—¡Cállate! —saltó Lucía—. Estás cabreada porque creías que tu juguete iba a barrer a mi hombre y resulta que solo la tiene más grande. Nada más.

Carla la fulminó con la mirada, pero no discutió.

Quedamos casi en postura de misionero, frotándonos, yo arriba. Bombeábamos manteniendo el contacto a base de flexionar la cintura.

—Nnng... mmm... —eran los únicos sonidos que salían de los dos.

Sentí su sexo contraerse un par de veces. Sabía que estaba al borde, y yo también. Bajé el ritmo a propósito en la siguiente pasada, lo que pareció desorientarlo.

—Joder... —siseó—. Maldito.

Lo noté contraerse con fuerza. Me incorporé hasta que nuestros testículos se tocaron por completo y junté las bases. De repente soltó un grito ahogado y se corrió sobre su propio pecho. Fue cuestión de un instante: yo también acabé sobre él.

—¡Síiii! ¡Mi amor! —chilló Lucía.

Corrió a ayudarme a levantarme y me llenó de besos.

—Estuviste increíble. Estaba muerta de nervios, pero lo lograste. Te quiero.

—Gracias, cariño. Yo también.

Nos sentamos en el sofá. Lucía nos trajo agua a todos.

—Bien —dijo Carla, recuperando la sonrisa—. Hora de atarlos.

***

Para que fuera justo, Carla me ató a mí y Lucía a Bruno, en extremos opuestos del sofá. Lo único que podíamos hacer era beber agua y soltar comentarios mientras peleaban las chicas. Antes de empezar, Lucía vino a darme un beso.

—Lo vas a hacer genial —le dije—. A por ella. Te quiero pase lo que pase.

Sonrió, se levantó y encaró a Carla.

—Entonces —arrancó Carla—, ¿cómo lo quieres? ¿Que te dé una paliza o que te demuestre que cojo mejor que tú delante de tu hombre?

Lucía ladeó la cabeza, miró un segundo al techo y contestó:

—La verdad, no me apetece pelear a golpes, porque las dos terminaríamos lastimadas y el lunes tengo que ir a trabajar. Mejor te enseño cómo lo hace una mujer de verdad y luego entrenas a tu juguete con lo que aprendas.

—¡Zorra! —gritó Carla, lanzándose sobre ella.

Se engancharon del pelo, entre chillidos y jadeos, empujándose por el salón. Lucía agarró bien el mechón de Carla, la giró y la estampó contra la pared.

—¡Aaah! —gimió Carla al chocar de espaldas.

Lucía apretó su cuerpo contra el de ella, pecho contra pecho, y siguió presionando. Carla hizo lo único que le quedaba: levantó la rodilla y la clavó entre las piernas de Lucía. Lucía se quedó congelada, con la boca abierta en una «o» muda, y cayó de rodillas con los ojos llorosos. Carla la empujó al suelo y se arrodilló frente a ella, también sin aliento por el golpe contra la pared.

Bruno y yo nos quedamos boquiabiertos, viendo a nuestras chicas en el suelo, doloridas en vez de disfrutando.

—¡Eh! —corté—. No dejemos que esto se vaya de las manos.

Lucía empezó a moverse y se secó los ojos. Carla se acercó despacio.

—Perdón. Fue por instinto, me dejaste sin aire. Te lo compenso.

Le separó las piernas y bajó la cabeza hacia su sexo. Empezó a lamerla y besarla con calma.

—Oh, mierda... —soltó Lucía, dejando caer la cabeza hacia atrás.

Carla usó la lengua con más ganas y los gemidos de Lucía crecieron. Lucía le sujetó la cabeza con suavidad, manteniéndola donde le acariciaba justo el punto.

—Ah... sí... —jadeó, hasta que se corrió con fuerza al cabo de un minuto.

—Espero que me perdones —dijo Carla, pestañeando.

Lucía sonrió, la empujó de espaldas, le abrió las piernas y se hundió en ella con la lengua.

—¡Mierda! ¡Oh, Dios! —gritó Carla.

En cuestión de minutos llegó su primer orgasmo de la noche, mojando la cara de Lucía.

—Mmm —murmuró Lucía, limpiándose—. Esto va a ser divertido.

***

Lucía miró a Bruno, luego a mí, y sonrió. Notó que los dos estábamos otra vez excitados de verlas. Con una sonrisa pícara, agarró una pierna de Carla, la abrió bien y juntó su sexo con el de ella.

—¡Joder! —gimieron las dos al rozarse.

Lucía empezó a embestir y Carla respondió desde abajo con la misma energía. El choque húmedo se oía desde el sofá, mientras Bruno y yo, atados, nos acariciábamos despacio para no acabar por accidente.

Apenas unos minutos después, Lucía dejó a Carla sin aire.

—¿Qué pasa, Carla? ¿No aguantas el ritmo? —dijo con sorna.

—Que te jodan. Solo estoy calentando. Te voy a coger hasta mañana.

Al borde de otro orgasmo, Carla usó la fuerza de sus piernas para empujar hacia adelante, tumbó a Lucía de espaldas y se montó encima desde la posición dominante.

—Mira, te lo dije —jadeó.

—Todavía no ganaste nada —respondió Lucía, estirando la mano y apretándole el pecho.

—Mmm... —gimió Carla.

Lucía aceleró desde abajo. Las dos sudaban a mares, jadeando, frotándose un buen rato. Carla era fuerte, mucho más de lo que Lucía esperaba, y poco a poco fue tomando ventaja. Lucía empezó a aflojar; al principio apenas se notaba, pero yo lo vi, y Carla también.

—La última que me dio esta pelea fue Renata, y a esa apenas le gané —jadeó Lucía, casi para sí.

Ahora las dos resoplaban con fuerza, sudando, gimiendo seguido.

—¡Maldita zorra! —soltó una.

—¡Guarra! —contestó la otra.

Llevaban más de media hora frotándose sin parar. Mi sexo seguía duro como una roca, y el de Bruno también; los dos nos conteníamos para no corrernos antes de tiempo.

Justo cuando parecía perder, Lucía hizo lo único que se le ocurrió: agarró los brazos de Carla, se incorporó y la envolvió en un beso para distraerla. Carla se apartó de golpe.

—¡Perra! —e intentó empujarla.

Pero Lucía aguantó, forcejeó y logró voltearla, dejándola otra vez de espaldas. Como seguían conectadas, retomó la embestida con todo. Aun desde abajo, Carla daba tanto como recibía; sus muslos y sus caderas le permitían seguir el ritmo.

Lucía ajustó apenas el movimiento de las caderas y eso pareció afectar enormemente a Carla, que empezó a hablar más y a quejarse.

—¡Sí... sí... síii! ¡Joder! —gritó Carla al fin, corriéndose.

***

Entonces se volvió hacia mí, gateó, tomó mi sexo en su boca y me hizo una mamada increíble. Estuve a punto de acabar, pero se apartó justo a tiempo.

—Te quiero duro otra vez para lo que viene —dijo, y volvió con Carla.

La giró boca abajo, la levantó hasta dejarla de rodillas con la cabeza en el suelo, y empezó a tocarla por detrás mientras le frotaba el clítoris.

—¡Aaah... joder! —soltó Carla.

Lucía la trabajó con los dedos hasta arrancarle otro orgasmo en pocos minutos.

Mientras tanto, Bruno había estado retorciéndose en sus ataduras.

—Me suelto de estas cuerdas y me cojo a tu mujer cuando Carla termine —me amenazó.

—Ni lo sueñes. Esta noche no te coges a nadie —contesté, también forcejeando.

Carla, agotada, intentaba recuperar el aliento. Lucía se montó sobre su pecho, deslizando su sexo sobre los pechos de ella, frotándose despacio.

—Por fin puedo correrme contigo —dijo Lucía, con una pequeña sacudida de placer—. ¿Quieres probar a una ganadora?

Se deslizó hacia adelante y puso su sexo justo en la boca de Carla. Esta frunció el ceño y, de pronto, hundió la lengua con fuerza.

—¡Mierda! —gritó Lucía, pillada por sorpresa.

Carla le sujetó las caderas y empezó a lamerla con saña, devolviéndole cada momento de chulería. Lucía aguantó lo que pudo, pero Carla había encontrado la vuelta.

—¡Oh, joder... no... sí...! —gimió Lucía.

***

De ahí pasaron a una posición de sesenta y nueve, una sobre la otra, lamiéndose a la vez, rodando por el suelo para quedar encima. Carla sabía que, si aflojaba, no sobreviviría: Lucía había sido de las rivales más duras que había tenido. Eso la asustó y la empujó a darlo todo.

El sexo de Carla rozaba la boca, la barbilla y la nariz de Lucía. Una o dos veces bombeó tan rápido que la dejó sin respiración.

—¿Eh, zorra? ¿Tan chula que eras por hacerme correr un par de veces? —se burló Carla.

—¡Así se hace, mi amor! ¡Dale! —le gritó Bruno desde el sofá.

Lucía respondió con lo único que le quedaba: enganchó la cabeza de Carla entre sus piernas en una tijera firme, la hizo rodar y quedó encima otra vez, sin soltar la llave, lamiéndola con la lengua a fondo.

—¡Sí, bebé! —grité yo.

Carla se corrió en minutos, el primero en media hora desde que dominaba. Pero no se rindió: levantó sus piernas fuertes y enganchó la cabeza de Lucía a su vez. Quedaron las dos en una doble tijera, meciéndose despacio, con la mueca de dolor y placer cruzada en la cara, cada una empeñada en aguantar más que la otra.

***

De pronto, Bruno cayó sobre mí. Se había soltado las manos mientras yo miraba embobado a las chicas. Me sujetó, me tumbó de espaldas, me levantó los brazos por encima de la cabeza y empezó a frotar su sexo contra el mío.

—Ahora te demuestro de qué está hecha la mía —dijo.

Sentí de nuevo la barra de acero contra mí. Cuando empezó a frotar pude responderle, e incluso lo hice gemir un par de veces, pero tras unos minutos de presión llegó la punzada que conocía. No pasaron ni treinta segundos: gemí y me corrí sobre mi propio pecho. Él se inclinó, apretó la base de su sexo contra el mío y luego acabó encima de mí, mezclando todo.

Avergonzado, miré a las chicas. Seguían apretadas, una tijera contra otra, sin ceder.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Cuando abrí los ojos, seguía en el sofá. Miré y vi a Bruno cogiéndose a Lucía con ganas, mientras Carla le cubría la cara con su cuerpo y besaba a Bruno por encima.

—¡¿Qué demonios?! —grité, sobresaltándolos a los dos.

Carla saltó a un lado. Vi a Lucía despierta, alerta, haciendo muecas con cada embestida.

—Tranquilo —dijo Carla—. Perdieron, y esto es lo que se jugaba. ¿Recuerdas?

—Lo recuerdo. Lo que no recuerdo es ninguna cláusula de dejar a nadie fuera de combate. Tú y Lucía se pusieron violentas, vale, pero él no entraba en eso. Desátame. Ya.

Carla bajó la mirada, sabiendo que se había pasado, y me soltó mientras Bruno terminaba sobre Lucía.

Me levanté de golpe, lo aparté de un empujón y fui hacia Lucía para ver cómo estaba. La tapé y la senté contra la pared.

—Tienen que irse. Ahora —les dije a los dos.

—Pero... —empezó Carla.

—Ahora, Carla. Fuera.

Se fueron. Todavía desnudo, abrí el agua caliente de la ducha, volví por Lucía, la llevé conmigo y empecé a lavarnos. Nos quedamos un rato abrazados bajo el agua, como si esa noche, en el fondo, la hubiéramos perdido los dos.

—Te quiero —le susurré al oído.

—Yo también —respondió ella, bajito.

Nos quedamos hasta que el agua empezó a enfriarse. Después nos fuimos a la cama y nos dejamos caer, sin fuerzas, hasta quedarnos dormidos.

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Comentarios (4)

Caro_Noche

excelente!!! me tuvo pegada de principio a fin sin poder parar

NicoRiver_22

La premisa es genial. Una apuesta asi entre dos parejas es de las situaciones mas explosivas que podrias plantear. Espero una segunda parte!!

MatiasBaires

Muy bien escrito, tiene suspenso y calor a la vez. Se nota que sabes construir tension antes de llegar al punto. Seguí así

RosarioBaires

Lo que me encanto es que nadie cede facil, eso le da realismo. En estos relatos generalmente uno capitula rapido y aca no pasa eso. Muy bueno

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