Compartimos la tienda con otra pareja esa noche
Somos una pareja joven de la costa, nos conocemos desde el instituto y llevábamos seis años juntos cuando pasó todo esto. Carla tenía veinticinco años por aquel entonces: mirada juguetona, una melena oscura que le caía hasta la mitad de la espalda, pechos firmes y un culo redondo que me seguía volviendo loco después de tanto tiempo. Yo tenía veintinueve, alto, delgado de tanto correr, el pelo corto. Nunca discutíamos, hacíamos planes juntos y el sexo entre nosotros seguía siendo bueno, de los que dejan marca.
Ese mismo otoño íbamos a dar el gran paso de irnos a vivir juntos. Por fin dejaríamos atrás los coches mal aparcados, los hoteles de paso y las habitaciones de casa de nuestros padres, donde había que follar en silencio y rezar para que nadie subiera. Estábamos eufóricos con la idea de tener un sitio nuestro.
Era agosto, un mes asfixiante, y decidimos escaparnos un fin de semana con un grupo de amigos a unas islas pequeñas frente a la costa. Íbamos ocho en total: cinco chicos y tres chicas, contándonos a nosotros. En vez de pagar un hotel optamos por acampar; salía más barato y tenía algo de aventura.
Uno de los chicos se encargó de las tiendas, porque su familia tenía una tienda de material de montaña. La sorpresa nos la llevamos al llegar: solo había traído dos, eso sí, enormes. Nos repartimos de cuatro en cuatro. A Carla y a mí nos tocó con la única otra pareja del grupo. Al principio no me hizo demasiada gracia, porque con ellos tenía menos confianza que con los dos amigos de toda la vida que dormirían en la otra tienda.
Marina tenía veintisiete años y se llevaba muy bien con Carla; ese era el único motivo por el que el reparto tenía algo de sentido. Diego, su novio de aquel verano, tenía veintidós y a él apenas lo conocíamos: lo habríamos visto un par de veces en alguna fiesta. Era tímido, callado, de los que se quedan un poco al margen del grupo, no sé si por la diferencia de edad o por carácter.
Montamos las tiendas y bajamos a la playa. El día transcurrió con total normalidad: fútbol en la arena, baños, palas, cervezas tibias. Cenamos unas hamburguesas antes de retirarnos a dormir. Esa primera noche, dentro de la tienda, hablamos un rato con la otra pareja. A solas con nosotros, Diego se soltaba mucho más; se reía, contaba cosas, parecía otro. Normal, supongo.
El sábado nos levantamos temprano para hacer una ruta de senderismo por la isla. El sol pegaba fuerte y la sombra de los pinos ayudaba poco. Cuando encontramos una cala escondida, no lo dudamos y nos metimos al agua. Las tres chicas se quitaron la parte de arriba y el ambiente se animó enseguida. Me daba un morbo enorme ver cómo mis amigos intentaban disimular las miradas hacia los pechos de Carla, que se paseaba juguetona con un bikini diminuto, dejando muy poco a la imaginación.
Tengo que reconocer una cosa: me ponía más que mis amigos miraran a mi novia que ver yo a las suyas. Por aquella época veía a veces porno del mundo swinger: intercambios, tríos, parejas que se compartían. Más de una vez me había masturbado imaginando a Carla con otro. Me costaba aceptarlo, y después de correrme me quedaba una sensación rara, casi de vergüenza. Pero aquel sábado, en la cala, la idea me producía un calor distinto.
Esta noche voy a tener material nuevo para mi cabeza, pensé.
Volvimos a la zona de acampada, cenamos y nos sentamos en un camino apartado a jugar a las cartas y al «yo nunca». Todo muy inocente, alguna broma subida de tono, buen rollo. Cuando se hizo tarde nos fuimos a dormir. La noche seguía siendo calurosa. Diego y yo nos quedamos solo en bañador; Carla en camiseta con el bikini debajo y Marina en bikini completo.
Después del día tan morboso, abracé a Carla y empecé a besarle el cuello. Estaba cachondo y ella lo notó enseguida. Me devolvió el beso. Nos daba un poco de corte, pero al otro lado de la tienda nuestros vecinos también estaban abrazados, dándose besos en la penumbra.
Los minutos pasaban y la cosa subía. Solo el ruido de nuestros besos rompía el silencio. Bajé la mano por su culo hasta llegar entre sus piernas, y Carla me frenó. Tímida, me hizo un gesto cómplice con los ojos, como diciendo «que están ahí». Levanté la cabeza para mirar y vi que Marina ya tenía la mano dentro del bañador de Diego. Se lo dije a Carla y ella se giró para comprobarlo.
Notaron nuestras miradas y se rieron. Nosotros también. Marina rompió el hielo.
—Nosotros estamos muy cachondos —dijo sin ningún pudor.
—Nosotros también —respondí.
—No sé si os da reparo o vergüenza, pero podemos seguir y follar igual. Tiene su morbo —añadió ella, como quien propone un plan de lo más normal.
Era evidente que no era la primera vez que tenía sexo delante de alguien. Miré a Carla, que puso cara de «pues no sé, supongo». Le apreté la mano.
—Por nosotros no hay problema —dije.
Nos reímos los cuatro, nerviosos, y volvimos a lo nuestro.
Para que os hagáis una idea de cómo estábamos colocados: de izquierda a derecha, yo, Carla, Diego y Marina. Nosotros abrazados, ella dándoles la espalda; ellos boca arriba él y de lado ella. Seguimos un rato con los besos y las caricias hasta que, de reojo, vi cómo Marina le hacía una paja a Diego. Aquello me animó. Volví a bajar la mano hasta el sexo de Carla.
Algo nerviosa, quiso cambiar de postura, y ahora era yo quien les daba la espalda a ellos. Supongo que lo hizo para que no vieran lo que mis dedos estaban haciendo. Pero la jugada le salió al revés: ahora ella quedaba de cara a la otra pareja. Mientras yo le acariciaba el clítoris y le metía los dedos despacio, Carla no le quitaba ojo a Diego, que estaba completamente expuesto. Me di cuenta y, lejos de molestarme, me encendió todavía más. Le comí el cuello para que pudiera mirar tranquila, sin sentirse observada por mí.
Después de un rato, Carla me bajó el bañador, me empujó boca arriba y dejó mi polla al aire, ya dura del todo. Miré hacia el otro lado: Marina se la estaba comiendo a Diego. Carla hizo lo mismo conmigo. Bajó despacio, se la metió entera en la boca y me miró fijamente a los ojos. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. No había sentido nunca un morbo igual, recibiendo una mamada con otra pareja haciendo exactamente lo mismo a un palmo.
Estaba tan excitado que, si seguía así, iba a correrme antes de tiempo. La tumbé, le saqué la camiseta y le quité la parte de abajo del bikini. Me coloqué sobre ella, besándole los labios y el cuello, restregando nuestros cuerpos. Bajé hasta sus pechos, le lamí los pezones y seguí hasta su sexo. Empecé con la lengua en el clítoris y los dedos con cuidado. Ella se mordía los labios y se acariciaba los pechos. Me concentré en ella, olvidándome por un momento de que no estábamos solos.
De vez en cuando levantaba la vista para mirarla, y noté que ella no perdía detalle de la otra pareja. Me giré: estaban sentados, follando. Sin pensarlo, me incorporé y entré en Carla, que estaba empapada.
***
Los minutos seguían pasando entre susurros, choques de cuerpos y suspiros contenidos. En un momento, los dos chicos quedamos boca arriba y ellas encima, cabalgándonos. Les acariciábamos el culo mientras cruzábamos miradas cómplices entre las dos parejas. Aunque la tienda era amplia, estábamos muy cerca. Entonces Marina, sin dejar de moverse, agarró a Carla de la nuca y la acercó hacia Diego.
El corazón se me disparó. Un nudo de calor me cerró la garganta. La melena de Carla no me dejaba ver bien qué pasaba, pero las contracciones de su sexo apretando mi polla y el sonido de los besos me lo decían todo. A los pocos segundos se incorporó, se pasó la lengua por los labios y me miró con una mezcla de excitación y de miedo, por si me había molestado. Entonces, a modo de respuesta, ella misma agarró a Marina y la bajó hasta mí. Nos fundimos en un beso largo, con mucha lengua.
Temía correrme: Carla no dejaba de cabalgarme mientras se besaba con su amiga. Cuando paramos, los cuatro a la vez, nadie lo había planeado. Surgió solo. Nos miramos y Carla rompió la tensión.
—Ha sido divertido —dijo.
Nos reímos de nuevo, nerviosos pero encendidos. Y fue Diego, el callado, quien propuso repetir los besos. Aceptamos los cuatro. Los dos chicos sentados y ellas de rodillas, acercándose con torpeza.
La más atrevida era Marina. Me abrazó y me besó con lengua mientras yo le acariciaba el culo. Cuando miré a Carla, estaba igual con Diego, dejándose tocar. Estuvimos así un buen rato, hasta que Marina propuso jugar a algo. Carla, de pronto, me miró con cara de pánico.
—Pero no tenemos condones —susurró.
—Tengo yo —lo resolvió Diego, estirándose hacia un bolsillo de su mochila.
Nos sentamos en círculo. Marina llevaba la voz cantante, era la que tenía experiencia en esto.
—Empezamos con una cadena de besos para no enfriarnos —ordenó.
Yo la besé a ella, ella a Carla, Carla a Diego y Diego de vuelta a Marina. Así, varias rondas. Después sacó el móvil y puso un temporizador de dos minutos.
—Ahora nos sentamos encima de los chicos y nos besan los pechos.
Devoré los pezones de Marina con ganas. El tiempo voló. Cuando sonó la alarma, Carla y Diego seguían enganchados; él besándole los pechos y ella abrazándolo por el cuello. Sentí una punzada de celos, pero de los buenos, de los que ponen.
—Chicos, que ha sonado la alarma —bromeó Marina.
Se separaron con un último beso, sonriendo. El juego continuó.
—Una paja de dos minutos, sin besos, mirándonos a los ojos —dijo.
Los cuatro desnudos, con las parejas cambiadas, masturbándonos en silencio. Las miradas eran cada vez más de pura ansia.
—Ahora os toca a vosotros: un dedo, dos minutos.
Como no dijo nada de los besos, los cuatro nos lanzamos a ellos mientras las acariciábamos por dentro. Cuando sonó la alarma, ellas suspiraban muy cachondas y a nosotros nos palpitaba la polla.
—Dos minutos de mamada —añadió, mirando con cara de pícara a mi novia.
Carla bajó hasta Diego.
—Para ser bajito, tienes buena polla —soltó, sonriendo.
Reconozco que conté los segundos para no correrme. Marina la chupaba de maravilla, con saliva, y yo no podía dejar de ver cómo Carla se comía otra polla delante de mí, con unas ganas que nunca le había visto. Cuando sonó la alarma respiré aliviado.
—Chicos, a comer —ordenó Marina abriendo las piernas.
Disfruté comiéndole el sexo. A ratos me agarraba de la cabeza y me empujaba contra ella.
—Besos en el cuello, dos minutos —dijo.
Ese fue el detonante final. Suspiraban, gemían, y cuando sonó la alarma nadie paró. Del cuello pasamos a los labios y de los labios a los cuerpos. Volví en mí cuando Carla preguntó, entrecortada:
—¿Y los condones?
Nos los pusimos. Ver cómo mi novia se metía otra polla dentro me excitó hasta un punto que no creía posible; el corazón me iba a mil. No podía dejar de mirar. Me esforcé en concentrarme en Marina, que con mi polla dentro se movía en círculos y me lamía la boca. Carla recibía embestidas a cuatro patas, la postura que más le gusta, mientras yo me colocaba de lado para poder verlos bien.
Luego Marina me tumbó y se subió encima. La agarré del culo y no dejamos de besarnos un buen rato, hasta que oímos movimiento al otro lado y a Carla decir «¿ya?». Estaban como nosotros, ella encima de él. Se abrazaron mientras Marina y yo seguíamos. Cuando Carla se levantó, vimos el condón lleno. Ahí sí llegó el momento incómodo: ellos habían terminado, Diego se quitaba el condón y Marina, ahora observada, cabalgaba de forma más mecánica, con menos fuego. Por suerte me corrí pronto.
Guardamos los condones en una bolsa y, para mi sorpresa, Carla me limpió la polla a lametones antes de abrazarme y juntar su nariz con la mía, como hace siempre que está cariñosa.
—Te quiero —me dijo, llenándome de besos antes de dormirnos los dos completamente desnudos.
Nuestros amigos también se durmieron abrazados. Al día siguiente la sensación entre los cuatro era extraña. Había pasado sin planearlo y nadie sabía muy bien dónde colocarlo. Volvimos a la playa casi sin hablar con ellos, y esa misma tarde regresamos en barco a tierra.
Carla y yo no hablamos de lo ocurrido hasta que la dejé en su portal. Me besó.
—Esto no va a cambiar nada, ¿verdad? —me preguntó.
—Nada —le dije—. Fue divertido. Y muy excitante.
Esa misma noche estuvimos hablando por mensajes hasta las cinco de la madrugada, masturbándonos cada uno por su lado, recordando lo que habíamos hecho en aquella tienda. Y eso fue solo el principio.