La bacanal en la posada que ningún monje confesó
Llevábamos años vagando bajo el hábito remendado de los monjes errantes, esos que ninguna regla quería y que ningún concilio reconocía. Mendigábamos de pueblo en pueblo, fingíamos rezos por un plato caliente y seguíamos camino. Habíamos pisado las rutas de Roma y de Jerusalén, pero ninguna nos dejó tanta huella como la que llevaba a Compostela, atravesando los montes de Lobagrís.
Mi compañero de fatigas se llamaba Floriano, un novicio de barba escasa y carita de inocente que se ganaba la vida con dos cosas: hacerse el santo y todo lo contrario. Lo había recogido en un convento doble de aquellos montes, donde las viudas encerradas por sus maridos y las propias monjas lo exprimían noche tras noche. Lo saqué de allí medio consumido, y le devolví el color a fuerza de camino y de pan duro.
No mentiré: entre nosotros también hubo de eso. En las noches frías, lejos de toda mirada, Floriano demostraba por qué las monjas peleaban por su turno. Y yo, que no me quedo corto en lo que la naturaleza me dio, le pagaba con la misma moneda. Más de una aldea se persignó al oírnos berrear entre los pinos sin entender qué clase de bestia gemía así.
Precisamente de bestia me habían puesto fama. En aquella comarca corría la leyenda del Garruño, un ser enorme y velludo que rondaba los bosques. Una tarde, bañándome desnudo en un arroyo, unas mozas me sorprendieron al darme la vuelta, gritaron ese nombre y echaron a correr. Desde entonces me señalaban como el Garruño, lo que tenía su parte buena y su parte mala: las mujeres querían comprobar si la fama era cierta, y los hombres me miraban como a un sátiro dispuesto a saltarles la tapia.
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Después de días perdidos en aquella niebla verdosa, salimos a un claro donde se levantaba una posada grande. La regentaban dos matrimonios de la misma familia. Los hombres, entrados en kilos y en años. Las mujeres, en cambio, nos detuvieron los ojos en el acto. La mayor, doña Casilda, era oronda sin exceso, de carnes blancas y firmes. La joven, doña Ginebra, dejaba asomar entre el escote un par de pechos llenos y perlados que anunciaban un embarazo reciente.
El posadero mayor, un tal Bertoldo de cara avinagrada, nos recibió con un gruñido. Pero las mujeres, al ver nuestros hábitos raídos, se arrodillaron y nos besaron las manos con devoción. Yo aproveché el gesto para mirar de cerca lo que ellas, con una sonrisa pícara, no se esforzaban en esconder. Al rato ya estábamos sentados a la mesa, con viandas calientes y una jarra de hidromiel que no dejaban vaciar.
La posada rebosaba aquella noche. Habían llegado unos señores de alcurnia con sus damas, camino de la Corte, retenidos porque un eje de carruaje se había partido y andaban a la caza de un herrero. Mientras Bertoldo discutía dónde meternos —proponía el gallinero, para que durmiéramos entre plumas—, doña Casilda zanjó la cosa: dormiríamos junto a las habitaciones, como perros guardianes de la casa, sin pagar nada a cambio de echar una mano en lo que hiciera falta.
—Aquí hace falta de todo —dijo ella, mirándome de arriba abajo—. Y dos pares de manos jóvenes nunca sobran.
—Las nuestras están a su servicio, señora —contesté, sosteniéndole la mirada—. Para lo que sea.
Ella se mordió el labio y se dio la vuelta. Supe entonces que aquella noche no iba a ser de rezos.
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Entre los viajeros distinguidos viajaba un prelado gordo de vestiduras rojas, el obispo Anselmo de Brena, que no quitaba ojo a Floriano. Yo conocía esa mirada. El novicio, más listo que el hambre, dejó que el obispo lo llamara a un rincón con la excusa de besarle el anillo, y allí, en lugar de confesarse, empezó a soltar una llantina taimada sobre lo mucho que había padecido a manos de otros. El prelado, conmovido y caliente a partes iguales, prometió escucharlo en privado más tarde.
Cuando llegó la hora, yo me aposté en una rendija del tabique. El obispo pasó de la plática moralizante a la práctica en un suspiro. Pero Floriano sabía bien lo que hacía. Dejó que el clérigo se entusiasmara, le hizo creer que aquello era lo mejor que le había pasado en la vida, y poco a poco fue invirtiendo los papeles. Al obispo se le doblaban las rodillas de gusto cuando, al darse la vuelta el novicio, descubrió la vara que el muchacho llevaba escondida bajo el hábito.
—Hazme penitencia, hijo —jadeó el prelado, remangándose las púrpuras y apoyándose sobre la cama—. Que sea dura.
Y Floriano, para vengar viejas cuentas, se la dio hasta la empuñadura. Aproveché ese momento de descuido. Tenía yo mis propias ganas de cobrarme algo del alto clero, así que entré, preparé mi propia herramienta y le indiqué al novicio que le tapara la boca con lo suyo mientras yo lo ensartaba por detrás. Entre los dos lo dejamos sin aliento y sin más peticiones que un gemido sordo. Para nuestra sorpresa, cuanto más rudo era el trato, más lo pedía el muy condenado.
Nos corrimos los dos a la vez, y dejamos al obispo exhausto sobre el lecho, convencidos de que no sabría cómo seguir viaje al día siguiente.
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Justo entonces entró una dama madura con una joven más ligera de ropa de lo que conviene. La mayor era doña Estefanía, tía y madrina de la moza; la joven, sobrina del propio obispo. Venían a presentarle la muchacha al prelado, y ante el cuadro que encontraron amenazaron con dar voces.
No podía permitirlo. Cerré la puerta y, sin perder los modos, les presenté nuestros respetos y nuestras herramientas, que pusimos a su disposición. Les ofrecí además un trago dulce para calmar los ánimos. Doña Estefanía, lejos de espantarse, midió a Floriano con los ojos y luego me midió a mí.
—Si Su Eminencia no está en condiciones —dijo, soltándose el corpiño—, alguien tendrá que atendernos.
La cabalgamos a dúo. Mientras yo la montaba, ella me morreaba con una lengua larga y diestra, y la invité a que la paseara por donde quisiera. Lo hizo, y juro que me llevó al séptimo cielo. Entretanto, Floriano se ocupaba de la sobrina, que primero lo descubrió con recelo y después con asombro, acostumbrada como estaba a cosas más modestas.
—Despacio —pidió la muchacha—, que no estoy hecha a tanto.
El novicio, paciente como buen confesor, la fue preparando con la lengua antes de darle lo demás. La fermosa moza pasó del miedo al gozo, y acabó pidiendo más y más rápido, igual que su tío un rato antes. Doña Estefanía, montada sobre mí, marcaba el ritmo de toda la escena con sus caderas anchas, mientras la joven, a su lado, descubría placeres que no sospechaba.
Cuando ambas cayeron rendidas por la fatiga y el vino, salimos de allí limpios de cuentas pendientes, dejando al obispo soñando con su penitencia.
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Al asomarnos al pasillo, nos topamos con doña Casilda y doña Ginebra. Por el desorden de sus faldas y el rubor de sus caras, comprendí que habíamos tenido público. Una mano que se ofrece y no es rechazada, una sonrisa que invita: bastó eso para entendernos. Nos querían en sus camas, si lográbamos quitarnos de encima al gruñón de Bertoldo.
El plan lo urdí en la siesta del día siguiente. Mientras el posadero dormía, le pintamos en la piel unas manchas con tintura, y al despertar le hicimos creer que había contraído una enfermedad de las que se llevan por delante a un hombre. Aterrado, aceptó el remedio que le propusimos: pasar la noche entera rezando, metido en un barril de sal y serrín con la cabeza fuera, hasta que el mal saliera del cuerpo. El pobre Bertoldo se encomendó a todos los santos sin sospechar que el único milagro de la noche ocurriría en otra parte.
Mientras él rezaba a oscuras en el establo, yo me ocupé de doña Casilda. Verla abierta de piernas, con aquellas carnes generosas y blancas, era un festín. Me devoró con la boca primero y me recibió después a cuatro patas, tragándose entera la vara que su marido nunca le había dado igual. La puse a tono entre suspiros, le tanteé otros caminos que ella me cerró con un respingo —«por ahí no, que es mucho»—, y la dejé para Floriano, de tamaño más prudente, que aguardaba turno con doña Ginebra entre los brazos.
—Que cada uno reciba lo que mejor le venga —dije, e intercambiamos compañeras.
El novicio se colocó detrás de doña Casilda mientras yo ponía a Ginebra a mi merced. Las dos sintieron entrar las dos varas a la vez, finas y resbaladizas, en cuevas calientes, y las muy bribonas supieron sacarles el jugo. Más tarde volvimos a cambiar, y doña Casilda, ya entregada del todo, recibió sin pudor lo que antes le había hecho gritar. Fue una noche larga, de las que no tienen final, con la posadera incansable y la joven más callada pero igual de activa.
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Al amanecer liberamos a Bertoldo de su barril, curado de su falsa lepra. Tan agradecido quedó por haberle salvado la vida que nos rogó quedarnos como huéspedes eternos, y desde entonces se entregó al rezo con un fervor que antes no tenía. La posada, decía, sería a partir de ese día un lugar de penitencia y recogimiento.
No duró. Aquella posada perdida en los montes de Lobagrís acabó convertida en refugio secreto de nobles que buscaban lejos de sus palacios lo que en ellos no podían tener. Doña Casilda cada noche estaba más desenfadada, y doña Ginebra descubrió que su vocación iba mucho más allá de servir hidromiel. Floriano dudaba entre volver a la Orden o seguir el camino conmigo. Y yo, que cargo con la fama del Garruño desde aquel arroyo, supe que mi destino seguía siendo el de siempre: andar los caminos, consolar a los necesitados y no confesar jamás lo que dejaba a mi paso.
Cuando supimos que el obispo Anselmo regresaba furioso, con sus parientas y un problema difícil de explicar bajo las faldas, no lo pensamos dos veces. Recogimos los hábitos, nos despedimos de la buena posada con una última bacanal en la que ya nadie tenía nada que esconder, y pusimos tierra de por medio antes de que el alba nos encontrara.
Berenguel de Tordoya