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Relatos Ardientes

La bacanal en la posada que ningún monje confesó

Llevábamos años vagando bajo el hábito remendado de los monjes errantes, esos que ninguna regla quería y que ningún concilio reconocía. Mendigábamos de pueblo en pueblo, fingíamos rezos por un plato caliente y seguíamos camino. Habíamos pisado las rutas de Roma y de Jerusalén, pero ninguna nos dejó tanta huella como la que llevaba a Compostela, atravesando los montes de Lobagrís.

Mi compañero de fatigas se llamaba Floriano, un novicio de barba escasa y carita de inocente que se ganaba la vida con dos cosas: hacerse el santo y todo lo contrario. Lo había recogido en un convento doble de aquellos montes, donde las viudas encerradas por sus maridos y las propias monjas lo exprimían noche tras noche, ordeñándole la polla hasta dejarlo seco antes de maitines. Lo saqué de allí medio consumido, y le devolví el color a fuerza de camino y de pan duro.

No mentiré: entre nosotros también hubo de eso. En las noches frías, lejos de toda mirada, Floriano demostraba por qué las monjas peleaban por su turno. Se arrodillaba entre mis piernas, me sacaba la verga del hábito con dedos ávidos y se la metía entera en la boca, chupando con una técnica de convento que ya quisieran las putas de las ciudades. Yo le agarraba de los rizos y le follaba la garganta hasta que se le saltaban las lágrimas, y él tragaba mi corrida sin perder gota. Después me tocaba a mí devolverle el favor: lo doblaba contra el musgo, le abría las nalgas y le ensartaba el culo a fondo, con las embestidas secas y hondas que la naturaleza me pedía. Más de una aldea se persignó al oírnos berrear entre los pinos sin entender qué clase de bestia gemía así.

Precisamente de bestia me habían puesto fama. En aquella comarca corría la leyenda del Garruño, un ser enorme y velludo que rondaba los bosques. Una tarde, bañándome desnudo en un arroyo, unas mozas me sorprendieron al darme la vuelta, vieron la verga colgándome hasta media pierna, gritaron ese nombre y echaron a correr. Desde entonces me señalaban como el Garruño, lo que tenía su parte buena y su parte mala: las mujeres querían comprobar si la fama era cierta, si de verdad la polla del monje errante era tan monstruosa como decían, y los hombres me miraban como a un sátiro dispuesto a saltarles la tapia.

***

Después de días perdidos en aquella niebla verdosa, salimos a un claro donde se levantaba una posada grande. La regentaban dos matrimonios de la misma familia. Los hombres, entrados en kilos y en años. Las mujeres, en cambio, nos detuvieron los ojos en el acto. La mayor, doña Casilda, era oronda sin exceso, de carnes blancas y firmes, con unas tetas enormes que se le desbordaban del corpiño. La joven, doña Ginebra, dejaba asomar entre el escote un par de pechos llenos y perlados que anunciaban un embarazo reciente, con los pezones oscuros marcándose bajo la tela fina.

El posadero mayor, un tal Bertoldo de cara avinagrada, nos recibió con un gruñido. Pero las mujeres, al ver nuestros hábitos raídos, se arrodillaron y nos besaron las manos con devoción. Yo aproveché el gesto para mirar de cerca lo que ellas, con una sonrisa pícara, no se esforzaban en esconder: dos escotes profundos donde se me iban los ojos y donde ya se me iba también la sangre a otras partes. Al rato ya estábamos sentados a la mesa, con viandas calientes y una jarra de hidromiel que no dejaban vaciar.

La posada rebosaba aquella noche. Habían llegado unos señores de alcurnia con sus damas, camino de la Corte, retenidos porque un eje de carruaje se había partido y andaban a la caza de un herrero. Mientras Bertoldo discutía dónde meternos —proponía el gallinero, para que durmiéramos entre plumas—, doña Casilda zanjó la cosa: dormiríamos junto a las habitaciones, como perros guardianes de la casa, sin pagar nada a cambio de echar una mano en lo que hiciera falta.

—Aquí hace falta de todo —dijo ella, mirándome de arriba abajo y deteniéndose sin disimulo en el bulto del hábito—. Y dos pares de manos jóvenes nunca sobran.

—Las nuestras están a su servicio, señora —contesté, sosteniéndole la mirada—. Y lo que cuelga entre ellas también, para lo que sea.

Ella se mordió el labio, se puso colorada hasta el cuello y se dio la vuelta con las caderas contoneándose más de la cuenta. Supe entonces que aquella noche no iba a ser de rezos.

***

Entre los viajeros distinguidos viajaba un prelado gordo de vestiduras rojas, el obispo Anselmo de Brena, que no quitaba ojo a Floriano. Yo conocía esa mirada. El novicio, más listo que el hambre, dejó que el obispo lo llamara a un rincón con la excusa de besarle el anillo, y allí, en lugar de confesarse, empezó a soltar una llantina taimada sobre lo mucho que había padecido a manos de otros. El prelado, conmovido y caliente a partes iguales, prometió escucharlo en privado más tarde.

Cuando llegó la hora, yo me aposté en una rendija del tabique. El obispo pasó de la plática moralizante a la práctica en un suspiro: le remangó el hábito a Floriano, le manoseó las nalgas con manos gordas y sudorosas, y se agachó a chuparle la polla como si llevara meses sin comer. El novicio lo dejó hacer, y lo cierto es que el prelado sabía mamar: se metía la verga hasta la campanilla y le lamía los huevos con la lengua ancha, gimiendo entre trago y trago. Pero Floriano sabía bien lo que hacía. Dejó que el clérigo se entusiasmara, le hizo creer que aquello era lo mejor que le había pasado en la vida, y poco a poco fue invirtiendo los papeles. Al obispo se le doblaban las rodillas de gusto cuando, al darse la vuelta el novicio, descubrió la vara que el muchacho llevaba escondida bajo el hábito, tiesa y goteando, más larga de lo que un obispo caliente se esperaba.

—Hazme penitencia, hijo —jadeó el prelado, remangándose las púrpuras y apoyándose sobre la cama, ofreciendo un culo blanco y gordo de rezos y comilonas—. Que sea dura. Métemela entera, no te pares aunque te lo pida.

Y Floriano, para vengar viejas cuentas, se escupió en la mano, se untó bien la polla, se la puso en el ojo al obispo y de una embestida se la clavó hasta la empuñadura. El prelado dio un aullido que ahogó mordiendo el colchón, y desde ese momento el novicio no le concedió tregua: le agarró de las caderas y empezó a follarlo con un ritmo brutal, sacándosela hasta la punta para volvérsela a meter de un golpe seco que le hacía temblar toda la carne.

Aproveché ese momento de descuido. Tenía yo mis propias ganas de cobrarme algo del alto clero, así que entré, me solté el hábito y le puse al obispo la verga contra los labios. Se le abrieron los ojos como platos al verla de cerca, pero abrió la boca sin rechistar. Le indiqué al novicio que me lo pusiera a punto y entre los dos lo ensartamos por delante y por detrás. Yo le follaba la boca sin miramientos, agarrándole las orejas gordas de asa, mientras Floriano seguía taladrándole el culo a un ritmo que hacía crujir la cama. Entre los dos lo dejamos sin aliento y sin más peticiones que un gemido sordo. Para nuestra sorpresa, cuanto más rudo era el trato, más lo pedía el muy condenado: se meneaba solo contra las dos vergas, se relamía cuando le sacaba la mía para escupirle en la cara, y suplicaba entre babas que le diéramos la corrida donde nos diera la gana.

Nos corrimos los dos a la vez, yo llenándole la boca hasta que el semen le rebosaba por las comisuras, y Floriano descargando dentro del culo del prelado con unos gruñidos de bestia, y dejamos al obispo exhausto sobre el lecho, con el hábito hecho un guiñapo y la simiente chorreándole por dos sitios, convencidos de que no sabría cómo seguir viaje al día siguiente.

***

Justo entonces entró una dama madura con una joven más ligera de ropa de lo que conviene. La mayor era doña Estefanía, tía y madrina de la moza; la joven, sobrina del propio obispo, ya bien entrada en años de casadera. Venían a presentarle la muchacha al prelado, y ante el cuadro que encontraron amenazaron con dar voces.

No podía permitirlo. Cerré la puerta y, sin perder los modos, les presenté nuestros respetos y nuestras herramientas, que sacamos de bajo los hábitos y pusimos a su disposición, todavía enhiestas y brillantes del festín anterior. Les ofrecí además un trago dulce para calmar los ánimos. Doña Estefanía, lejos de espantarse, se relamió los labios al ver el par de vergas apuntándola, midió a Floriano con los ojos y luego me midió a mí, y a mí me midió dos veces.

—Si Su Eminencia no está en condiciones —dijo, soltándose el corpiño y liberando unas tetas maduras y pesadas de pezones anchos como monedas—, alguien tendrá que atendernos. Y por lo que veo, aquí hay con qué.

La tumbé sobre la misma cama donde jadeaba el obispo. Le arranqué las faldas, le abrí las piernas y me encontré con un coño espeso, oscuro de vello, ya empapado de mirarnos. Le hundí la lengua entre los pliegues y la chupé hasta que empezó a retorcerse y a agarrarme del pelo. Cuando la tuve a punto de correrse, me subí encima, le puse la polla en la entrada y le fui metiendo la vara centímetro a centímetro, viendo cómo se le abrían los ojos y se le abría el coño a la vez.

—Virgen santa —gimió—, la de veces que había oído hablar de vergas así y la de veces que no me lo había creído.

La cabalgamos a dúo. Mientras yo la montaba, embistiéndola hasta el fondo con cada golpe, ella me morreaba con una lengua larga y diestra, y la invité a que la paseara por donde quisiera. Bajó por mi cuello, me chupó los pezones hasta ponérmelos duros, y volvió a mi boca lamiéndose sus propios jugos de los dedos. Se me sentó encima y empezó a botar sobre mi polla con una furia de años reprimidos, apretándose las tetas ella misma y ofreciéndomelas para que se las mordiera. Lo hizo, y juro que me llevó al séptimo cielo, con los muslos gruesos apretándome las caderas y el coño mordiéndome la vara en cada bajada.

Entretanto, Floriano se ocupaba de la sobrina, que primero lo descubrió con recelo y después con asombro, acostumbrada como estaba a cosas más modestas. La moza tenía un cuerpo delgado, con las tetas pequeñas pero de pezones rosados y respingones, y el novicio se los chupaba de rodillas mientras le levantaba las enaguas.

—Despacio —pidió la muchacha al verle la polla al aire—, que no estoy hecha a tanto. Nunca me han metido nada más grande que un dedo.

El novicio, paciente como buen confesor, la fue preparando con la lengua antes de darle lo demás. La sentó al borde de la cama, le abrió los muslos y le hundió la boca en el coño virgen o casi, chupándole el clítoris hasta que la moza empezó a jadear y a mojarse en abundancia. Le metió primero un dedo, luego dos, y cuando la sintió abierta y fundida le acomodó la polla en la entrada y fue empujando poco a poco. La fermosa moza pasó del miedo al gozo cuando sintió por primera vez una verga entera dentro, y acabó pidiendo más y más rápido, igual que su tío un rato antes, aferrada a las nalgas del novicio para clavársela más hondo.

Doña Estefanía, montada sobre mí, marcaba el ritmo de toda la escena con sus caderas anchas, subiendo y bajando en mi polla con chapoteos húmedos, mientras la joven, a su lado, descubría placeres que no sospechaba y aullaba cada vez que Floriano se la sacaba y se la volvía a meter. Cuando la tía me vio a punto de correrme, se levantó, se puso a cuatro patas junto a la sobrina y me pidió que le diera por detrás mientras miraba cómo su ahijada era desflorada a fondo. La ensarté de una embestida y le vacié la corrida dentro del coño con unos gruñidos que hicieron temblar el catre, y a mi lado el novicio hacía lo propio, descargándole a la moza sobre el vientre y las tetas hasta dejarla brillante de semen.

Cuando ambas cayeron rendidas por la fatiga y el vino, salimos de allí limpios de cuentas pendientes, dejando al obispo soñando con su penitencia.

***

Al asomarnos al pasillo, nos topamos con doña Casilda y doña Ginebra. Por el desorden de sus faldas, el rubor de sus caras y la humedad que se les notaba en las enaguas, comprendí que habíamos tenido público, y que se habían tocado mirándonos por la rendija. Una mano que se ofrece y no es rechazada, una sonrisa que invita: bastó eso para entendernos. Nos querían en sus camas, si lográbamos quitarnos de encima al gruñón de Bertoldo.

El plan lo urdí en la siesta del día siguiente. Mientras el posadero dormía, le pintamos en la piel unas manchas con tintura, y al despertar le hicimos creer que había contraído una enfermedad de las que se llevan por delante a un hombre. Aterrado, aceptó el remedio que le propusimos: pasar la noche entera rezando, metido en un barril de sal y serrín con la cabeza fuera, hasta que el mal saliera del cuerpo. El pobre Bertoldo se encomendó a todos los santos sin sospechar que el único milagro de la noche ocurriría en otra parte.

Mientras él rezaba a oscuras en el establo, yo me ocupé de doña Casilda. La posadera me esperaba en su alcoba, ya desnuda sobre las sábanas, con el pelo suelto y aquellas tetas enormes cayéndole a los lados. Verla abierta de piernas, con aquellas carnes generosas y blancas y un coño rosado brillante de deseo, era un festín. Me arrodillé entre sus muslos y empecé a lamerla, chupándole el clítoris y metiéndole la lengua bien adentro, hasta que se retorció y me suplicó que la follara ya. Pero antes de dársela, me subí a horcajadas sobre su pecho y le acerqué la verga a la boca. Me devoró con la boca primero, tragándose la polla con un hambre atrasada de años, mamándomela con las dos manos y con los ojos en blanco, escupiendo hilos de baba que le corrían entre las tetas. Me chupaba los huevos uno a uno y volvía a metérsela hasta el fondo de la garganta, gimiendo como si aquella fuera la primera polla decente de su vida.

Cuando la tuve al borde de correrme, la puse a cuatro patas al borde del jergón, le agarré esas nalgas gordas y blancas y le fui hundiendo la vara despacio, viendo cómo su coño se estiraba para tragarme entero. Cuando se la tuvo dentro, soltó un aullido ronco y empezó a echar el culo hacia atrás pidiendo más. La follé sin piedad, con las manos en su cintura y las tetas bamboleándose colgando bajo su cuerpo, tragándose entera la vara que su marido nunca le había dado igual. La puse a tono entre suspiros, le tanteé otros caminos escupiéndole entre las nalgas y arrimándole el capullo al ojete, pero ella me lo cerró con un respingo —«por ahí no, que es mucho, me partes en dos»—, y la dejé para Floriano, de tamaño más prudente, que aguardaba turno con doña Ginebra entre los brazos.

—Que cada uno reciba lo que mejor le venga —dije, e intercambiamos compañeras.

El novicio se colocó detrás de doña Casilda mientras yo tumbaba a Ginebra boca arriba y la ponía a mi merced. La preñada tenía un cuerpo delicioso: la tripa incipiente, las tetas hinchadas de leche futura, los pezones oscuros y sensibles. Se los chupé hasta hacerla arquearse, y cuando le abrí las piernas me encontré un coño estrecho, apretado, chorreando ya de excitación. Le metí la lengua un rato, jugando con su clítoris hasta que se corrió gritando y agarrándome de las orejas, y solo entonces le acomodé la polla en la entrada y empecé a empujar. Las dos sintieron entrar las dos varas a la vez, finas y resbaladizas en cuevas calientes, y las muy bribonas supieron sacarles el jugo, gimiendo en dúo, agarrándose de las manos sobre el jergón mientras Floriano y yo las taladrábamos al mismo compás.

Más tarde volvimos a cambiar. Puse a doña Casilda boca arriba, le levanté las piernas hasta los hombros y volví a ensartarla, esta vez cara a cara, mordiéndole las tetas hasta dejárselas rojas y follándola con embestidas hondas que le hacían saltar toda la carne. Y esta vez, con ella más caliente y más borracha, le insistí con un dedo por detrás mientras la follaba por delante, y la muy zorra ya no dijo que no: se dejó preparar, se dejó abrir, y cuando le pedí que se pusiera a cuatro patas y me la ofreciera, obedeció sin rechistar. Le escupí entre las nalgas y le fui metiendo la punta poco a poco, y doña Casilda, ya entregada del todo, recibió sin pudor lo que antes le había hecho gritar, mordiendo la almohada mientras yo le hundía la vara en el culo virgen hasta las bolas. Al lado, Floriano se follaba a Ginebra sentada sobre él, y la preñada rebotaba en su polla con una desvergüenza que ya la quisiera cualquier ramera.

Fue una noche larga, de las que no tienen final, con la posadera incansable, corriéndose una y otra vez sobre las dos vergas, y la joven más callada pero igual de activa, alternando entre chuparnos a los dos y ofrecernos su coño preñado. Terminamos vaciándoles la corrida encima, sobre las tetas, sobre las caras, sobre los coños abiertos y satisfechos, y las dos se lamieron entre risas lo que les quedó pegado a la piel.

***

Al amanecer liberamos a Bertoldo de su barril, curado de su falsa lepra. Tan agradecido quedó por haberle salvado la vida que nos rogó quedarnos como huéspedes eternos, y desde entonces se entregó al rezo con un fervor que antes no tenía. La posada, decía, sería a partir de ese día un lugar de penitencia y recogimiento.

No duró. Aquella posada perdida en los montes de Lobagrís acabó convertida en refugio secreto de nobles que buscaban lejos de sus palacios lo que en ellos no podían tener. Doña Casilda cada noche estaba más desenfadada, ya sin ningún agujero cerrado y pidiendo que la usaran por todas partes a la vez, y doña Ginebra descubrió que su vocación iba mucho más allá de servir hidromiel, y aprendió a mamar polla de rodillas mejor que ninguna. Floriano dudaba entre volver a la Orden o seguir el camino conmigo. Y yo, que cargo con la fama del Garruño desde aquel arroyo, supe que mi destino seguía siendo el de siempre: andar los caminos, consolar a los necesitados con la vara siempre a punto, y no confesar jamás lo que dejaba a mi paso.

Cuando supimos que el obispo Anselmo regresaba furioso, con sus parientas y un problema difícil de explicar bajo las faldas, no lo pensamos dos veces. Recogimos los hábitos, nos despedimos de la buena posada con una última bacanal en la que ya nadie tenía nada que esconder —doña Casilda ensartada por los dos a la vez, en el coño y en el culo, y doña Ginebra chupándonos por turnos con la cara embadurnada de semen—, y pusimos tierra de por medio antes de que el alba nos encontrara.

Berenguel de Tordoya

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Comentarios(7)

TitoMar23

increible, me tuvo pegado hasta la ultima linea!!

Romina_norte

Quede con ganas de mas... ¿habrá segunda parte en la posada?

CarvajalLecc

jajaja los disfraces de monjes le dan un toque que no me esperaba. Tremendo el detalle

vikingo_55

Me recordó a una historia que me contaron en un carnaval, cosas que pasan cuando hay vino de por medio jaja. Muy buen relato

ManuelArg22

Lo que mas me gusta es el ambiente que lograste, ese setting medieval le da un morbo especial que no ves seguido. Sigue escribiendo asi!!

Peregrino_noc

sin palabras. de lo mejor que lei en mucho tiempo

MarcosNocturno

¿Esto está basado en algo real? Se siente demasiado vivo para ser inventado

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