La pareja que nos inició volvió a casa
No es fácil hacer encajar el estilo de vida que llevamos con el trabajo y los turnos, pero la verdad es que, si no es perfecto, se le acerca bastante. Nadia y yo aprendimos hace tiempo a robarle huecos al calendario, a cambiar guardias con los compañeros y a juntar tres o cuatro días libres cuando se podía.
Tras una temporada de sequía, sin escapadas, nos tocó devolver los turnos que nos habían prestado para viajar. Aun así no nos quejábamos: habíamos disfrutado mucho de los amigos nuevos y de los de siempre.
Cuando lográbamos cuadrar fechas, lo aprovechábamos para irnos lejos o, si eran pocos días, escaparnos a la casa del pueblo y pasarlo en grande con Theo y Greta.
Por si no los recordáis, Theo es un mulato enorme, ancho como una puerta, con una polla del tamaño que cabe esperar del resto de su cuerpo. Greta, en cambio, es una rubia hippie medio loca, con un cuerpo de escándalo y un hambre de sexo que no se sacia nunca.
Aunque saben de sobra que tienen la casa a su disposición, todavía nos llaman para avisar cuando van a llevar visita y el tiempo acompaña. Son así de detallistas.
Hace tiempo instalamos allí un sistema de cámaras, y no os podéis imaginar la cantidad de veces que los hemos visto a través de la pantalla, siempre con su consentimiento, a veces solos y a veces con alguno de sus amigos.
Ver a Greta cabalgando la enorme polla de Theo, o lamiéndola despacio como si fuese un helado, ha terminado más de una vez con Nadia y conmigo follando en el sofá sin llegar siquiera al dormitorio.
Con el grupo de amigos, los de siempre y los que se han ido sumando, siempre hemos disfrutado del sexo sin complejos y hemos descubierto cosas nuevas que probar.
Pero hay una pareja a la que le guardamos un cariño especial: Bruno y Lía, los que nos iniciaron en todo esto durante unas vacaciones en Lanzarote.
Durante estos años hemos mantenido el contacto por internet, llamadas y videollamadas, así que conocen al detalle cada una de nuestras aventuras, igual que nosotros las suyas.
¿Qué decir de ellos?
Bruno mide casi metro noventa, es fibroso, tiene una personalidad magnética imposible de ignorar y una polla larga y gruesa que sabe usar con una maestría que pocos hombres tienen.
Lía es justo lo contrario. No llega al metro y medio, tiene una carita de hada llena de pecas, una melena roja y rizada, un cuerpo menudo, unos pechos pequeños que me caben enteros en las manos y unos pezones rosados que se ponen duros en cuanto los rozas.
Hace poco nos contaron que venían a España durante un mes para continuar sus estudios de filología hispánica. Como iban a quedarse relativamente cerca, no lo dudamos: les ofrecimos nuestra casa para que se instalaran con nosotros todo ese tiempo.
Es obvio que nos hacía una ilusión enorme volver a verlos y disfrutar de ellos como aquel primer verano.
***
El día que llegaban me tocaba trabajar hasta la noche, así que fue Nadia quien se encargó de recibirlos. Mereció la pena llegar tarde solo por el recibimiento que me tenían preparado.
Nada más cerrar la puerta, y casi sin tiempo de soltar la mochila, distinguí en la penumbra del pasillo una silueta vestida de blanco. Sobre la tela resaltaba una mata de pelo rojo que se abalanzó sobre mí, se colgó de mi cuello y me rodeó la cintura con las piernas.
Riéndome, abracé el cuerpo menudo de Lía y lo apreté contra el mío mientras sus labios se cerraban sobre mi boca y su lengua entraba buscando la mía.
—¡Pero qué guapo estás! Te sienta bien la barba —dijo separándose un instante.
—Tú sigues preciosa —contesté.
—Mmmm. Cómo te eché de menos.
Notaba sus pechos pequeños aplastándose contra el mío y, sin poder evitarlo, mi polla empezó a despertar y a empujar contra el pantalón.
Pasé las manos bajo sus nalgas, las agarré con fuerza y la sostuve en el aire mientras ella movía la pelvis contra la mía, buscando mi dureza.
—Mmmm. Y noto que tú también —murmuró sonriendo.
Empezó a frotarse contra mí hasta que mi polla no podía estar más dura. La bajé al suelo con la intención de pasar a saludar a Nadia y a Bruno, pero Lía tenía un plan mejor.
Con una rapidez asombrosa me soltó el cinturón y me bajó el pantalón junto con los calzoncillos, liberando mi polla. La agarró con una mano mientras con la otra intentaba quitarme la camiseta, algo que terminé haciendo yo mismo.
En cuestión de segundos quedé desnudo frente a ella, que seguía masturbándome mientras me mordisqueaba los pezones sin dejar de soltar pequeños suspiros.
Sin perder más tiempo, volví a levantarla en el aire y la apoyé contra la pared. Le subí el vestido hasta la cintura y busqué su sexo.
Aparté el tanga a un lado y apoyé la punta de mi polla en la entrada de su coño, que ya estaba húmedo. Mientras nos besábamos, empujé de una sola vez, ahogando en mi boca el gemido que escapó de la suya.
Su sexo caliente envolvió mi polla por completo. Sentía cómo sus músculos se contraían a mi alrededor, apretando y soltando según se relajaba.
Contra la pared empecé a embestir mientras ella me mordía los hombros y susurraba sin parar.
—Mmmm. ¡Qué bueno! Así. Más. ¡Fóllame!
Desde el salón me llegaban las risas de Nadia y Bruno, pero no dejé de moverme dentro de ella ni un segundo.
La giré en el aire y la senté sobre el aparador de la entrada sin salir de su interior. Me separé un poco para mirarla a la cara.
No había cambiado nada desde la última vez que nos vimos. La misma piel blanca salpicada de pecas que le daban ese aire de duende, y, sobre todo, esos enormes ojos verdes que me miraban brillantes de deseo mientras se humedecía los labios rojos con la lengua.
Me agaché para besarla. Ella me apretaba la cintura con las piernas, marcando el ritmo, mientras mis manos subían hasta sus pechos pequeños y bien formados y notaban los pezones endurecerse a través de la tela.
Tiré del vestido hacia abajo para descubrirlos y pellizqué con suavidad sus pezones duros, arrancándole otro gemido.
—Sí. Así. Apriétalos. ¡Pero no pares!
No paré. Lía separó su boca de la mía, echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo mientras mi polla seguía entrando y saliendo de ella.
—¡Me corro! Mmmm. ¡Ya! ¡No pares! ¡Sigue!
Sentí sus espasmos contra mí, pero no me detuve hasta que noté que también yo me corría en su interior.
Sin salir de ella, bajé la cabeza y nos besamos, esta vez con calma.
—Te echaba de menos. Mucho —susurró.
—Y yo a ti. Mucho.
Riéndonos por el polvo a las prisas, nos separamos. Mientras me subía los pantalones, ella se bajaba el vestido y se recolocaba la parte de arriba.
***
Nos dirigimos al salón, donde nos esperaban Nadia y Bruno sentados en el sofá.
Fui directo a besar a mi mujer y, al hacerlo, noté en su boca el sabor inconfundible del sexo: señal de que ellos también habían tenido su propia bienvenida. Luego pasé a saludar a Bruno.
Seguía igual, salvo por el pelo más corto y una barba rubia bien recortada. Tras un buen apretón de manos y un abrazo, me senté con ellos mientras Lía se acomodaba entre su marido y Nadia.
Empezamos a contarnos las cosas que nos habían pasado en este tiempo, aunque la mayoría ya las conocíamos unos de otros.
—Por lo que vemos, no habéis perdido el tiempo —bromeó Bruno—. Y eso que os estrenamos nosotros.
—Todavía recuerdo la vergüenza que pasé al principio —dijo Nadia—. Pero lo que más recuerdo es lo natural que terminó siendo todo.
—Fue muy sencillo —añadió Lía—. Lo deseabais pero no os atrevíais, así que lo hicimos nosotros por vosotros, como quien dice.
—La verdad es que como aquella primera vez no ha habido ninguna —reconocí.
—Suele pasar —sonrió Lía—. Yo aún me acuerdo de nuestra primera vez. Y fue algo parecido a la vuestra.
Estuvimos un buen rato hablando antes de irnos a dormir.
***
Ya en nuestro cuarto, mientras yo me duchaba, Nadia se metió conmigo bajo el agua.
—Mmmm. Menuda bienvenida te dio la pelirroja —dijo pegándose a mi espalda.
—Y creo que tú a ellos también. ¿O no?
—Ja, ja, ja. Ya sabes que sí. Los echaba de menos.
Mientras hablaba, me abrazaba por detrás y me agarraba la polla, masturbándomela despacio.
—¿Dejaste algo para mí? —susurró.
Con sus pechos grandes aplastados contra mi espalda, sus pezones duros clavándose en ella y sus manos jugando con mi polla y mis huevos, era imposible no excitarse otra vez. Apoyé las manos en los azulejos y me dejé hacer.
No tardó en ponerse frente a mí, levantando la cara para besarme sin soltar mi polla, que ya estaba completamente erecta. Su mano pasaba el pulgar alrededor del glande, provocándome pequeños espasmos de placer.
—Ya veo que sí —dijo mirándome a los ojos.
Fue agachándose mientras me besaba el pecho, deteniéndose un momento en mis pezones antes de arrodillarse y deslizar la lengua por el glande.
Yo seguía apoyado en la pared, sintiendo sus labios y su lengua rodear mi polla muy despacio. Todo en mi mujer me excita: su mirada mientras me lame, la manera en que me roza con la punta de los dedos.
No la dejé seguir mucho. La hice ponerse de pie, la giré y fue ella la que apoyó los brazos en la pared, arqueando el cuerpo contra el mío.
Ahora me tocaba a mí agacharme detrás de ella, besándole la espalda mientras bajaba. Llegué hasta su culo, lo abrí con ambas manos y deslicé los dedos entre sus piernas hasta su coño empapado.
Empecé a lamerle el ano, pasando la lengua a su alrededor mientras ella se retorcía y gemía bajito.
—Mmmm. ¡Sí! Cómo me gusta. Lo bien que lo haces.
Su respiración se aceleraba. Me incorporé, agarré mi polla y la guié hasta la entrada de su ano.
Empujé poco a poco hasta meter el glande y, con un solo envión más, la introduje entera, arrancándole un gritito.
Mis manos subieron a sus pechos y empecé a embestir cada vez más rápido. Sentía cómo su ano se abría y se cerraba con cada acometida.
De su garganta salían gemidos cada vez más altos, sin el menor esfuerzo por contenerlos, hasta que empezamos a oír risas desde la habitación de al lado.
—¡Me voy a correr! ¡No aguanto más!
Le apreté los pechos con más fuerza y bombeé más rápido dentro de su culo hasta sentirla correrse entre espasmos y pequeños gritos de placer.
Casi sin respirar, se apartó de mí, se arrodilló y metió mi polla entre sus pechos, masturbándome con ellos sin dejar de mirarme a los ojos.
Le acaricié la cara y llevé mis dedos hasta su boca, que lamió sin parar de mover los pechos. A punto de acabar, aceleró el movimiento hasta que terminé corriéndome sobre su cara y su pecho.
Riéndose, subió a besarme mientras el agua nos caía sobre la cabeza y yo le acariciaba el cuerpo.
Cuando terminamos de ducharnos, nos metimos en la cama escuchando cómo Bruno y Lía tenían su propia sesión en el cuarto contiguo.
Me quedé dormido enseguida, abrazado al cuerpo desnudo de Nadia, con un pecho en mi mano y una de las suyas apoyada sobre mi polla. Sabía que aquel mes solo acababa de empezar.