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Relatos Ardientes

Mi marido quiso compartirme con su hermano

El sábado llegó como una tormenta que sabes que se acerca y no puedes esquivar. Andrés lo había preparado todo durante semanas, y yo, atrapada entre los nervios y una curiosidad que me quemaba por dentro, no sabía si quería que las horas volaran o se detuvieran para siempre. Cuando Tomás llamó por la mañana para confirmar que vendría a cenar, el corazón me dio un vuelco.

—Solo a charlar, ¿no? —preguntó con esa voz tímida que siempre tenía.

—Claro, hermano, tranquilo —le respondió Andrés, y ese «tranquilo» no me tranquilizó a mí en absoluto.

Porque yo sabía que aquello no iba a quedarse en una charla. Y aunque una parte de mí gritaba que parara todo antes de que empezara, otra parte —la que mi marido había despertado a fuerza de noches enteras hablándome al oído— estaba lista para saltar al vacío.

Tomás apareció a las siete con una botella de vino barato y una sonrisa nerviosa. Yo estaba en la cocina fingiendo que ordenaba algo, con una blusa suelta y una falda que, por primera vez en años, no me llegaba a los tobillos. Andrés lo recibió con un abrazo, como si fuera una visita cualquiera, y los tres nos sentamos en el salón, con el vino servido y un silencio que pesaba toneladas.

—¿Y si jugamos a algo? —dijo Andrés al fin, sacando la carta que ya había usado otras veces.

Lo miré, sabiendo perfectamente adónde iba. Tomás asintió, inseguro.

—Verdad o reto —anunció mi marido, y el estómago se me cerró.

Empezó suave. Tomás confesó que nunca había tenido una novia seria; yo conté que de adolescente me escapé de casa para colarme en una película prohibida; Andrés imitó a un cantante espantoso y los tres nos reímos hasta que el aire se aflojó un poco. Pero entonces volvió a tocarle a Tomás, y mi marido no dudó.

—Reto —dijo el pobre, y Andrés sonrió de lado.

—Baila con Carla. Aquí, ahora.

Me puse roja, pero me levanté. Tomás, torpe como siempre, me siguió. Apoyé una mano en su hombro, él puso la suya en mi cintura, y nos movimos despacio al ritmo de una música imaginaria que no sonaba en ninguna parte. Sentí su calor, su respiración acelerada contra mi sien, y cuando lo miré sus ojos huyeron de los míos. Andrés nos observaba desde el sofá, con una cerveza en la mano y esa chispa en la mirada que siempre conseguía ponerme nerviosa.

El juego siguió, y los retos subieron de tono ronda tras ronda.

—Bésale el cuello a Carla —ordenó Andrés en la siguiente vuelta.

Tomás dudó, pero se acercó temblando. Sus labios rozaron mi piel, suaves, inseguros, y un escalofrío me recorrió entera. Busqué la reacción de mi marido; él solo asintió, como si dijera «sigue». Entonces llegó mi turno, y Andrés no se guardó nada.

—Quítate la blusa, mi reina. Déjanos verte.

Tragué saliva. Lo hice despacio, dejando caer la tela hasta el suelo. Me quedé en sostén, y sentí los ojos de los dos clavados en mí como dos manos invisibles. Tomás enrojeció hasta las orejas; Andrés murmuró un «perfecta» grave que me hizo apretar las piernas sin querer.

***

No sé en qué momento exacto el juego dejó de ser un juego. Solo recuerdo la voz de Andrés rompiendo el aire.

—Tomás, tócala como yo te diga.

El corazón se me disparó. Miré a Tomás, que esperaba mi permiso con la boca entreabierta, y asentí, muda. Andrés se acercó y se sentó a mi lado.

—Ponle la mano en la cintura —dijo, y los dedos fríos de su hermano temblaron contra mi piel—. Sube despacio.

La mano de Tomás trepó por mi costado, rozándome las costillas, hasta detenerse justo bajo el borde del sostén. Yo respiraba rápido, atrapada entre el pudor y un calor que me subía desde el vientre. Andrés me giró la cara y me besó con fuerza, su lengua abriéndose paso entre mis labios mientras le hablaba a su hermano sin soltarme.

—Quítaselo.

Las manos torpes de Tomás buscaron el broche. Tras un par de intentos fallidos lo soltó, y mis pechos quedaron libres bajo dos miradas que los devoraban.

—Tócalos —gruñó Andrés contra mi boca.

Tomás obedeció, apretándome suave, sus dedos explorando como si no supiera por dónde empezar. Se me escapó un gemido que no esperaba, y mi marido sonrió y se apartó un poco, solo para mirar.

—Acércate más —le dijo a su hermano.

Tomás se pegó a mí, su aliento caliente en mi cuello. Andrés me bajó la falda hasta dejarme en ropa interior y deslizó las manos entre mis muslos, abriéndomelos sin prisa.

—Mírala. Toca aquí —ordenó.

Los dedos de Tomás bajaron y me rozaron por encima de la tela. Estaba mojada, vergonzosamente mojada, y cuando me tocó solté un jadeo que no pude contener. Andrés se desabrochó el pantalón, liberó su sexo duro y me atrajo hacia él de un tirón suave del pelo.

—Aquí, mi reina —dijo.

Me incliné y lo tomé en mi boca mientras Tomás seguía acariciándome, sus dedos inseguros pero cada vez más insistentes. Lamí a mi marido despacio, recorriendo la punta, dejando que su sabor me llenara, y él gimió guiándome con la mano enredada en mi nuca.

—Así, exacto, así —murmuró. Después, sin aliento—: Quítale la ropa interior.

Sentí cómo Tomás me la deslizaba por las piernas. El aire fresco chocó contra mi piel un segundo antes de que sus dedos volvieran, esta vez directos, encontrando el punto exacto que me hizo gritar con el sexo de Andrés todavía en la boca. Mi marido se rió, tenso como una cuerda.

—Mételos —dijo.

Tomás deslizó dos dedos dentro de mí, bombeando despacio mientras yo me retorcía entre los dos, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera lo que sentía.

***

Andrés me levantó la cabeza y me miró con los ojos encendidos.

—De rodillas —dijo.

Me colocó sobre el sofá, las rodillas hundidas en los cojines y la espalda arqueada. Se acomodó detrás de mí y entró de una sola embestida que me arrancó un grito ronco.

—Tomás, ven —llamó—. Ocúpate de sus pechos mientras la hago mía.

Su hermano se acercó, inseguro, y se inclinó para atrapar un pezón entre los labios, lamiendo y mordisqueando con cuidado mientras Andrés me embestía con un ritmo cada vez más salvaje, sus caderas chocando contra mí. Mis pechos rebotaban contra la boca de Tomás, y aquella doble caricia me mandaba chispazos directos al cerebro.

—¿Te gusta, Carla? —jadeó mi marido.

Perdida del todo, grité que sí. Él aceleró, entrando tan hondo que sentía que me partía en dos, y Tomás, nervioso pero entregado, bajó de nuevo una mano hasta mi clítoris y lo frotó rápido, en círculos, mientras Andrés no paraba. El placer se me acumuló en el vientre como una ola que no cabía. Me vine con un grito desgarrado, el cuerpo entero temblando, apretándome alrededor de mi marido, y él gruñó y se dejó ir dentro de mí, sudando, mientras Tomás nos miraba rojo y agitado.

Nos derrumbamos los tres sobre el sofá, sudorosos, sin aire. Andrés me abrazó por la espalda y me besó la frente. Tomás se quedó a un lado, sin saber qué decir ni dónde poner las manos.

—¿Ves? —murmuró Andrés contra mi pelo—. Te dije que sería perfecto.

Y yo, todavía temblando, no fui capaz de negarlo. Porque aunque todo había empezado como un juego, en algún punto se había vuelto real. Y una parte de mí ya quería más.

***

El silencio que vino después no fue incómodo. Fue un respiro. Los tres, todavía jadeando y enredados, nos dejamos estar. No había arrepentimiento en el aire, ni esa tensión rara que yo había temido. Solo estábamos ahí, agotados, con los corazones latiendo fuerte y una complicidad que no necesitaba palabras.

Tomás fue el primero en moverse. Se incorporó, se rascó la cabeza con esa timidez suya que no se le iba ni después de aquello, y murmuró un «voy por agua» que sonó más a excusa que a otra cosa. Andrés se rió bajito sin soltarme.

—Trae para todos, hermanito.

Volvió con tres vasos y nos los repartió con una sonrisa torpe. Bebimos en silencio, como si acabáramos de terminar una partida de cartas y no algo que nos había desnudado por dentro y por fuera.

—¿Estás bien? —le preguntó Andrés.

—Sí —asintió Tomás, rojo pero tranquilo—. Solo… no sé. Fue raro. Pero bueno.

Sonreí, porque «raro» se quedaba corto y «bueno» también.

Lo que más me sorprendió fue que, después, nada cambió entre nosotros. Con Tomás siempre había sido fácil llevarse bien: era el cuñado callado, el que aparecía con una herramienta prestada o cualquier excusa para charlar con su hermano. Y ahora, después de habernos cruzado de aquella manera, seguía siendo el mismo. Ni miradas extrañas ni silencios pesados. Al día siguiente pasó a devolver un destornillador que se había llevado por error y me saludó con un «hola, Carla» de lo más normal. Le respondí igual, como si jamás hubiéramos rebasado esa línea. Andrés lo notó y me guiñó un ojo más tarde, susurrándome al oído: «Te dije que sería perfecto».

***

Pero para Andrés aquella noche no fue solo perfecta. Fue como echarle gasolina a una hoguera que ya ardía. Los días siguientes estaba encendido, más caliente que nunca. Me buscaba en cada rincón de la casa: en la cocina me levantaba la falda y me acariciaba hasta hacerme gemir contra la encimera; en la cama me hacía suya con una furia que me dejaba marcada, gruñendo cosas como «verte con él me vuelve loco». Y yo, que todavía sentía el eco de aquella noche en el cuerpo, me dejaba llevar, respondiendo con la misma hambre que él me encendía.

Una tarde, una semana después, estábamos tirados en el sofá con una película de fondo que ninguno miraba. Andrés me acariciaba el pelo y, de repente, preguntó:

—Cuéntame, mi reina. ¿Qué sentiste?

Lo miré dudando, porque ponerlo en palabras era como desnudarme otra vez. Pero él insistió, suave y firme a la vez.

—Todo, Carla. Quiero saberlo.

Suspiré, me acomodé contra su pecho y dejé que las palabras salieran, crudas, tal como habían sido aquellos momentos.

—Al principio estaba muerta de miedo —empecé, y él asintió, escuchándome con atención—. Cuando Tomás llegó, pensé que me iba a arrepentir, que sería un desastre. Lo hice por ti, porque querías tanto esa fantasía… No creía que fuera a gustarme.

Hice una pausa, sintiendo cómo me ardía la cara, pero seguí.

—Y entonces empezó. Cuando me tocaste tú, y luego él… no sé, algo se soltó dentro de mí. Sentí sus manos, las tuyas, y fue como si mi cuerpo decidiera por su cuenta. Me gustó. Mucho más de lo que creía posible.

Andrés sonrió con esa mueca torcida que me derrite y me besó la frente.

—¿Qué te gustó más? —preguntó.

Me reí, nerviosa, pero no me escondí.

—Todo —dije, mirándolo a los ojos—. Tú diciéndole qué hacer, verlo ponerse nervioso y seguir igual, sentirlo dentro de mí mientras tú me mirabas… Fue intenso. Demasiado. Al principio era tu fantasía, pero en algún momento dejó de serlo. Cuando me vine con los dos a la vez, ya no lo hacía por ti. Me gustó por mí.

La voz me tembló un poco, porque admitirlo era confesar un secreto que ni yo sabía que llevaba dentro.

Andrés gruñó y me atrajo más cerca; sentí su sexo endurecerse contra mi pierna.

—Sabía que te iba a gustar —dijo, y me besó hondo, con esa urgencia que me volvía loca—. Verte así, tan libre, tan mía y tan de él al mismo tiempo… no hay nada más excitante.

Sus manos bajaron a mi cintura y me levantaron la camiseta. Antes de darme cuenta me tenía a horcajadas sobre él, abriéndome las piernas.

—¿Lo harías otra vez? —preguntó, acariciándome por encima de la ropa interior.

Ya mojada, jadeé un «sí» que lo hizo sonreír.

Esa noche me hizo el amor como si quisiera grabarse en mi piel: lento al principio, después duro, sus embestidas arrancándome gemidos que rebotaban contra las paredes del cuarto.

—Eres perfecta, Carla —gruñó al terminar, dejándose ir dentro de mí mientras yo temblaba con mi propio orgasmo.

Y supe que tenía razón. Porque, aunque todo había empezado por él, ahora era de los dos. Esa llama que se había encendido no iba a apagarse fácil. Habíamos cruzado una línea y, lejos de romper algo, nos había unido de una forma que yo nunca esperé. Perfecto, sí. Pero también el principio de algo mucho más grande.

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Comentarios (4)

ClaudioBaires

Me encanto!!! no esperaba engancharme tanto desde el primer parrafo. Sigue escribiendo por favor

SusanaK

que relato... lo empece y no pude soltar el celular hasta el final. Muy bien contado, se siente autentico

Marcos_89

Segunda parte!! por favor, quede con muchas ganas de saber como siguio todo despues

TobiasRDT

Buenisimo!! este tipo de relatos son los que uno busca. Seguí escribiendo

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